&wid Noviembre 2006 | LA TECLA CON CAFÉ
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La calidad, una cuestión ética

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Por Luis Machado Ordetx

Teóricos del entendimiento publicitario no se cansan de decir que «[…] medio mundo habla de creatividad al otro medio mundo». Si partimos del supuesto que, «crear es hacer, y pensar en algo que antes no se había hecho», aunque bien pudo haberse ideado sin llegar jamás a ejecutarse; entonces, nosotros, entramos, desde hace poco, en el sendero de «recapacitar de otra manera» en relación a lo que, en un tiempo atrás, se miró como habitual. www.cubanosdekilates.blogia.com

Concordamos en que «crear» es buscar soluciones a viejos problemas. Partimos de una óptica donde imperan métodos no lógicos que se apartan de lo trillado y rutinario, muy lejos de esos esquemas preparados a priori, y donde, a veces, no se resuelve nada, porque nuestro propósito estriba en destapar o desempolvar el pensamiento libre de cortapisas desestimulativas, y por ende buscar soluciones coordinadas, pues, por qué, existen a la vista de todos.Obvio que las técnicas y métodos para impulsar la creatividad no son nuevas, y tampoco hemos inventado nada.

Desde la Teoría del Brainstorming —tormentas de ideas—, hasta las recientes, el mundo «intenta» con Unamuno aferrarse a que «Solo abrazando lo absurdo se puede lograr lo imposible» en defensa de una calidad traducida en productos comunicativos superiores.

Eso nos obliga a cotejar la calidad de las producciones periodísticas dentro de las conceptualizaciones éticas, lejos de errores involuntarios, pero errores al fin, que laceran, vengan de donde sean, una profesión que tiene por misión educar, indagar y pulsar la realidad inmediata, a la par que defiende desde adentro, con miles de fórmulas instrumentadas, las calumnias que «quiere» imponer el imperialismo sobre los destinos de la   nación.

La generación, acumulación y distribución de conocimientos, constituyen pilares en cualquier hacer, mas en periodismo, como realización humanística y comprometida con el tiempo, donde  aún las rutinas o subrutinas productivas, del acto programático por naturaleza, se consolidan resultados predecibles y especificables a partir del talento creador de las individualidades y colectivos.

Verpraet, apoyando los conceptos Vivaldi, destacó, y es cierto, que «[...] el periodista debe poseer un triple sentido: sentido del tiempo, de la actualidad y del público», para ver y saber, hacer ver y saber hacer, como profesional, catalogado, además, del perfil del escritor que investiga y divulga acontecimientos de trascendencia social y de actualidad nacional o extranjera desde la óptica de defensa de los principios político-ideológicos atribuibles a una plataforma partidista, revolucionaria y editorial.

Nuestra misión es promover el desarrollo político y cultural de los cubanos, resguardar y trascender junto a sus conquistas en el plano interno y externo, donde los valores agregados y de percepción de la calidad de los productos comunicativos, bien seleccionados y creados, ofrezcan originalidad y singularidad.Nada hacemos con llenar páginas con textos y fotografías, bajo el subimperio de la falta de originalidad y la indagación periodística, si a la postre, el discurso mediocre, no deja aportaciones.

En otras, cumplimos orientaciones y creemos que nos comemos el «mundo», pero las contribuciones son mínimas o máximas, según se cotejen.No obstante, las definiciones de calidad del periodismo son atribuibles, casi en exclusivo, a lectores, oyentes o televidentes, y aunque se cree que, en última instancia, es el público el que define la calidad, no contamos con rigores científicos que demuestren en qué medida son satisfechas esas necesidades.

Tendríamos que hablar del sensus communis donde pensamos como profesionales en interés de la colectividad, y por ese tamiz se infiere la calidad de cada entrega, por mínima que sea en publicaciones on line u off line que den al traste con ineficiencias humanas, limitaciones materiales    —existentes en cualquier lugar—, negligencias y…, reiterativas en cualquier medio de prensa cubano.

No bastan cursos de superación, si carecemos del sentido de identidad, del juicio por la calidad de las ediciones y del contacto estrecho entre todos los factores, y se denomine lo que está mal con el único adjetivo posible: MAL, pero posible de publicarse después que se corrijan todas las fallas de enfoque o de género.    

Sin llegar a la perfección, y muy distante de las aspiraciones, a mediados de 2005, la UPEC en Vanguardia, revitalizó su Comisión de Calidad, con otros conceptos, incluyendo un hacer de espías anónimos, al estilo de los Hermanos Grimm, que leen y verifican las ediciones con espíritu crítico.A partir de entonces, esas opiniones, lunes tras lunes, se producen, por más de una hora y media, sesiones de intercambio y reflexión colectiva, a veces, no del todo participativo que se desea.

Hay una revisión sistemática a los productos finales que aparecen en el semanario y sus tres mensuarios: Arimao, El Santaclareño y Melaíto, incluso el diarismo del sitio digital.

Alguien puede aludir, ¿post-mortem?, pero siempre hacia un enfoque de calidad.Antes no hacíamos nada, y el pensamiento se quedaba encerrado en unos pocos. Hoy se comparte, y se aprende, al tiempo que el Consejo de Dirección se sitúa desde la perspectiva de un miembro más de la UPEC, aunque sus responsabilidades conlleven respuestas y tomas de decisiones.

Vital es la perspectiva del reconocimiento a los mejores textos, fotos, títulos y diseños, a la vez que se aborda, desde el estilo, hasta el proceso de corrección, apuntando hacia la aprobación o el desacuerdo colectivo.En cuenta, tenemos las sugerencias, individuales o colectivas para mejorar los enfoques, intercambios y las entregas comunicativas pre-edición.

Un error ahora, casi nunca, aunque se diga que el hombre es el único que tropieza dos veces con idéntica piedra, se repetirá, porque subyace en cada individualidad, y por tanto en la autoexigencia personal y profesional.Una mirada hacia la búsqueda de fortalezas y debilidades, principalmente, y la práctica, demostró la necesidad y urgencia de instrumentar talleres, donde intervinieran todos los periodistas, para abordar desde el punto de vista teórico las posibilidades del periodismo de opinión en nuestras páginas, y fundamentar una identidad y un vínculo con los lectores, terreno en que, además, se aprovecharían las potencialidades de ilustración de los humoristas de Melaíto.

Nuestros problemas tenemos que resolverlos nosotros, fue la perspectiva, y no deben importarse en cuanto a calidad del pensamiento. Así se fundamentó el perfil editorial, de acuerdo a la política, del comentario y el reportaje, con sus tipicidades, incluso del uso del titulaje, el diseño y los componentes gráficos y fotográficos, hecho que obligó a  periodistas, en el plano individual, a investigar y penetrar más en las aristas que trata, y la correlación con otros temas y la multiplicidad de fuentes.

Lejos de auto (complacencias), el espíritu (auto) crítico, de superación técnico-profesional, aumenta en cada sesión, y aunque estamos lejos, repito, de una solución que privilegie la calidad —por limitantes objetivas o subjetivas—, los productos comunicativos son superiores en repercusión social, política e ideológica.Prima el reconocimiento de las potencialidades del aprendizaje individual y colectivo, desde la tónica de lo participativo, con lecturas previas  de los materiales, mayor cohesión, tomas de decisiones, y mirada crítica ante lo mal concebido y de elogio oportuno en todas las circunstancias.

Tendríamos, entonces que hablar como Martí, «[…] el elogio oportuno fomenta el mérito y la falta de elogio lo desanima», porque pensamos que el primer peldaño hacia el triunfo por la calidad es la unión sólida de todos, y ese constituye el ánimo que prima entre los miembros de la UPEC en Vanguardia.

Un ejemplo: carecemos desde hace tiempo de jefe de redacción —área clave en el proceso de edición—, y en reiteradas publicaciones aparecieron continuas erratas. ¿Qué sugirió la Comisión de Calidad?: instrumentar una solicitud a la dirección de órgano, previa aprobación de la membresía, de establecer el PERIODISTA DE CIERRE, lugar donde se ubicaron  profesionales de experiencia, junto a jóvenes en proceso de formación, para velar por la calidad.Aquí, se participa, antes de la edición final, en la revisión íntegra de los materiales.

Más de un enmienda se corrigió en el camino, lo que contribuye, sin duda —resaltando la espontaneidad y voluntariedad de ese grupo—, a consolidar el prestigio de las entregas impresas.   Ese equipo comparte experiencias y conocimientos, y evitar la duplicación de esfuerzos, proceso que hace más efectiva la etimología de COMUNICACIÓN: «construir una fortificación común», donde la calidad, como conjunto de características inherentes a un producto, en este caso el periodístico, cumpla con una necesidad y una expectativa establecida y obligatoria de la gestión de un conocimiento cada vez más activo en la comunidad.

Desde agosto, los que intervienen en el cierre, práctica que en Vanguardia hace casi 15 años dejó de realizarse, tienen el reconocimiento individual y colectivo, y constituye un hacer voluntario, al margen del cumplimiento de otros compromisos profesionales con el órgano, y donde, además, se consume tiempo, entraña responsabilidad y tomas de decisión.¿Cuál es el rol de la organización de base?: Generar un sentimiento de identidad y sensibilidad para alcanzar grados de calidad y repercusión político, ideológica y social de nuestros mensajes, capaces de garantizar decisiones a partir de los logros del colectivo, del conocimiento y la inteligencia que desplieguen en la identificación de los errores y sus causas.

No olvidemos que, como profesionales, somos intermediarios de la información, y de nuestra responsabilidad depende la repercusión en el destinatario. Por eso, más que hablar de rutinas productivas, prefiero el concepto de la gestión de la calidad, pues implica mejoras continuas de nuestros procesos diarios.

De ahí que afianzar destinos cualitativos superiores, represente esforzarnos en cumplir con las necesidades, tanto internas como externas, que contraemos con el lector, apuntalar la formación y superación técnico-profesional, reconocer los valores, la creatividad y la necesidad de cambio a favor de un ambiente de trabajo en equipo, capaz de hallar pautas en la solución de problemas teóricos y prácticos del hacer periodístico.  

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Palabras de amigos para Enrique resucitado

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Por Mercedes Rodríguez García 

Más de medio millar de quemadenses marcaron su espacio en el parque de la localidad cabecera la mañana del lunes 30 de octubre, cuando coterráneos, familiares y amigos intelectuales de faenas y andanzas decidieron resucitar a Enrique Nuñez Rodríguez.La primera edición del Concurso de crónicas que lleva su nombre, resultó el pretexto para que el gran cultor del género hiciera acto de presencia, y con su lema preferido: «¡al carajo la gota que hoy es un día muy especial!», continuara todo el tiempo dando muestras de lo poco que le interesaba el descanso eterno, ante placeres tan terrenales como el añejo, la carne de cerdo y las muchachas bonitas.

«Sé que andas por ahí, Enrique, indagando por tus amigos», dijo Pedro Méndez, caricaturista, www.lakodorniz.com

en sui géneris plática de apertura con el socio de recalo permanente, durante los viajes de Ciudad Habana a Villa Clara, rumbo al terruño que lo vio nacer el 13 de mayo de 1923. A los 79 años, el 28 de noviembre de 2002, dejó de existir. Ahora lo volvemos a encontrar en breves entrevistas a sus amigos de siempre.

«ENRIQUE, UNA AUSENCIA QUE SE EXTRAÑA»(Abel Prieto Jiménez, Ministro de Cultura) 

Primero se niega, ya ha dado varias declaraciones a la prensa. Insisto. Una, dos, tres… «Mire, yo fui la única que logró una entrevista suya cuando presentó El vuelo del gato en Santa Clara...» El recurso surte efecto. Sonríe, y me acerca a él con su largo brazo sobre mi hombro: «Está bien, pero no me chantajees... Es una broma, pregúntame.»

—¿Podías asumir como Ministro frente a Enrique Nuñez Rodríguez?

—Con Enrique, impensable, inimaginable. Éramos muy amigos, hermanos, además. Aquí lo he estado sintiendo todo el tiempo. Enrique es una ausencia que se extraña; al menos yo, de manera permanente. Fue una persona que hizo conmigo y con muchos otros coetáneos míos, un tipo de relación que saltaba las barreras generacionales. Gente extraordinaria, llena de amor a la vida, impregnaba todo lo que hacía con un sentido del humor maravilloso. Hombre tremendamente optimista, jamás lo vi deprimido, o en baja, como decimos los cubanos. Yo no me las doy de Ministro con nadie, pero con un tipo como él asumir una posición almidonada, ¡qué va!»

«LA MUSICA FUE UNA DE LAS COSAS QUE NOS UNIÓ»(Silvio Rodríguez Domínguez, cantautor) http://www.silviorodriguez.org/index.cfm

Contrario a lo que pensaba, acepta con afabilidad responder a mis preguntas. Luego de un breve comentario que me viene a la memoria, penetro el coro que lo rodea: 

—¿Cierto que Enrique escribió la letra de una canción y se la dio para que la musicalizara,  que le respondió que no servía, y que mejor continuara cultivando la crónica..?

 —No, no, no, él era muy inventor. Si eso hubiese sucedido alguna vez, seguramente lo que fallaría era la música que yo le hubiese puesto a la canción.

—¿Y no siente el compromiso de componer algo para Enrique?

A lo mejor quizá lo mencione, de seguro cuando se me aparezca, hace rato que lo estoy esperando.

—¿Alguna anécdota jocosa con él? 

—Muchas, pero el de las anécdotas era Enrique. Yo soy el de las canciones.

—¿Nunca lo puso en ridículo?

—Muchas veces, pero siempre con extremo cariño y con esa manera tan peculiar de entablar conversación.

—Enrique era el primero en asumir el ridículo para con él mismo. 

Sí, entonces ya uno no se sentía mal cuando él lo mencionaba o hacía un cuento, un chiste a costilla de uno.

—Hace un rato catalogabas de entrañable la amistad entre ustedes…

Se trata de una amistad de muchos años, desde que yo daba mis primeros pasos en la Nueva Trova. Fue una de las primeras personas que me acogió en su hogar como amigo. Él me llevó a conocer a otros trovadores, estuvimos juntos en muchas peñas.

—Por ejemplo, ¿en Guanabacoa...?

—Íbamos a veces a Guanabacoa, a casa de Juan Arrondo, autor de tantos y magníficos boleros. La música fue una de las cosas que nos unió. También conocí a Guyún, uno de los trovadores tradicionales más grandes que he conocido, gracias a Enrique.

—¿Y el vínculo con la literatura...?

El vínculo común con la literatura era, además,  la preocupación por la realidad nacional, aspecto que analizábamos bastante y que constantemente nos mantenía, nos renovaba. Porque nunca nos faltó algo nuevo que comentar acerca de Cuba, de nuestro acontecer, de las cosas que pasaban.

—¿Una relación perdurable aún?

—Una relación que cultivamos y  perduró hasta sus últimos días en que lo fui a visitar, y que perdurará por ese vínculo, es ese cariño que le tengo y siempre le tendré.

—Silvio, usted nunca había estado en Quemado ¿Se le parece en algo este pueblito a Enrique?

—Se me parece por lo acogedor y alegre que me ha resultado. Mientras viajábamos hacia acá yo le decía a la gente: «Tengo que ver el parque.» Y bueno, aquí estoy, en el escenario de tantos cuentos y anécdotas de Enrique, figurándome al gran protagonista de todos esos relatos maravillosos. Y sí, lo veo aquí porque seguramente su espíritu nos ronda, presto ha jugarnos una de sus bromas.»

«ENRIQUE ERA UN VACILÓN»(Víctor Bordón Machado, Comandante del Ejército Rebelde)

Terminado el acto anda rápido y cruza la calle por frente al hotelito. Le doy alcance. «Comandante, ¿puede atenderme un momento? ¿Lleva prisa? Solo un par de preguntas sobre Núñez Rodríguez. ¿Pudiera contestármelas?» «¡Claro, arriba!»

En este momento, en este lugar, ¿algún recuerdo en específico para Enrique?

—Toda la vida, aquí y en todas partes, pero aquí más, se trata de la patria chica de ambos.

—¿Su condición de Comandante de la Revolución constituyó una limitante para las bromas con él?

—Mi hija, él era un vacilón, no reconocía fronteras, una gente divina que me ponía al rojo vivo... 

—Dicen que usted es el encargado de cumplir un gran deseo de Enrique para con los quemadenses.

—¿Síii? ¡Ah, ya sé!, la emisora de radio. En el primer semestre del año próximo quedará completa. Así que no va a venir a buscarme para pasarme la cuenta.

«UNA PRESENCIA SIEMPRE PATERNAL»(Marilyn Bobes León, poetisa y narradora)www.lajiribilla.cu

Sentada, inhala y exhala con furia el humo de un cigarrillo con filtro. Suavemente me coloco a su lado y le doy las buenas tardes. Sin pedirle permiso, aprieto el play de la grabadora. El chasquido le hace voltear la cabeza, los cuatro ojos se reconocen. «¿Qué tal amiga?».

—Háblame de tu relación con Enrique. 

—Ya sabes, compartíamos el vicio del cigarro, que a él lo mató y a nosotras terminará matándonos también. Nos picábamos constantemente el uno al otro. Cuando me sentía deprimida, y él se hallaba por mis alrededores, su simple sombra me quitaba los malos ánimos.  

—Dicen que un hombre y una mujer nunca pueden ser amigos...

—Tonterías. Enrique era un tío, una presencia paternal siempre en mi vida. Una amistad entre un hombre un poquito mayor, y una mujer, no tan joven pero tampoco tan vieja, una relación que guardaré entre las cosas más lindas que me han ocurrido en la vida. 

—¿Te hizo confesiones de tipo profesional?

—Lo entrevisté una vez y le preguntas muy fuertes, confesó cosas y cosas. Pero nada prohibido, nada que no pudiera contarse. Enrique era un artista, un hombre de pensamiento abierto, un revolucionario excepcional.

—¿Qué fue lo que ocurrió que te hizo decidir de una vez el viaje hasta aquí?

—Algo muy extraño. Registraba una caja con papeles viejos cuando me llaman por teléfono para invitarme. De momento me excusé, ya sabes,  mamá está muy viejita y temo dejarla sola. Pues bien, cuando regreso a la caja, abro un papelito: era un mensaje de Enrique, quien mantenía la costumbre de felicitarme por escrito siempre que yo ganaba un premio. «Se trata de una señal», me dije,  y ya ves, aquí estoy.

«ERA UN BUEN HOMBRE, MEJOR, UN HOMBRE BUENO»(Miguel Barnet Laza, escritor, etnólogo, poeta) www.fundacionfernandoortiz.org

Intencionalmente lo dejo para el final pues Miguelito, como me advirtieron, era lo que se dice un verdadero cómplice de Núñez Rodríguez. La entrevista tomaba un curso muy revelador, pero ya el tiempo —como ahora el espacio— conspiraba como enemigo.

«Enrique y yo logramos una alianza de complicidad por muchas razones. Él me hablaba de sus amores y yo a él de los míos, y por ahí empezó todo. Luego, el trabajo en la UNEAC, en la que por largo tiempo compartimos la misma oficina. Era un individuo de mucha simpatía, con una actitud de comprensión para con los demás muy difícil de encontrar; mucho más culto de lo que la gente piensa, leía cuanto libro caía en sus manos. Poseía una gran habilidad para contar.

—Con Enrique la broma circulaba ágil, también establecer un diálogo. ¿Cómo era discutiendo?

—A veces no compartíamos la misma opinión. Yo me juzgaba más flexible que él en algunas cosas, y él creía que tenía la razón. Entonces discutíamos, pero de manera sana, la sangre nunca llegó al río. Siempre muy fiel a sus principios, muy consecuente con sus ideas.

—Algún recuerdo de Enrique que le haya conmovido.

—Ya enfermo, muy enfermo, durante una sesión de la Asamblea Nacional. Alguien hizo un elogio de él. ¿Y qué crees que hizo? Se levantó y, con la voz totalmente apagada, dijo: «¡Viva Fidel!» Y eso me conmovió mucho y me alentó para siempre. Sé que lo dijo desde el fondo de su corazón.

—¿Dignidades comunes, Barnet?

El concepto de cubanía, de arraigo por lo nuestro. Independientemente de eso, él tenía criterios estéticos que yo no compartía, pero en la diversidad también se encuentra la unidad, y en ese sentido entre nosotros existía una fuerte corriente empática. 

—Además de excelente humorista, escritor, periodista, qué otras cualidades de Enrique usted resaltaría?

Enrique fue un gran patriota, lo que se llama —y lo digo con fuerza y seguridad— un buen hombre. O mejor, un hombre bueno. Por eso nos entendimos tanto, porque quizás yo no soy tan bueno y él me hizo mejor.         

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«Era muy él mismo »

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Testimonio de Bárbara Sánchez quien cuidara de niño a Alejandro García Caturla. Descendiente de esclavos, Abibe, como todos la llamaban, nació y se crió en el hogar de la distinguida familia  remediana. Su vínculo permanente con el singular músico le permitió, a los 85 años de edad, revelar por primera vez aspectos pocos conocidos de la vida del también abogado y juez, nacido el 7 de marzo de 1906.  

Por Mercedes Rodríguez García 

Cuando el tiempo pasa y se pega a la piel secándola o arrugándola, al periodista le quedan pequeños o grandes privilegios, muchos de ellos guardados —también aparentemente olvidados— en una especie de archivo natural al que van a parar agendas usadas, fotos no utilizadas, alguna más que otra cinta magnetofónica, transcripciones, versiones, entre un río crecido de papeles y documentos que, por algún motivo no devolvió o prefirió quedárselos para posteriores trabajos, o como prueba del hecho descubierto o narrado. Por estas razones, hace unos días, hallé la copia dela transcripción del testimonio que me ofreciera, en 1975, Bárbara Sánchez (Abibe), hija de esclava, pero nacida y criada libre en casa de los abuelos y madre de Alejandro Evelio García Caturla, en Remedios. Hasta la entonces anciana de 85 años[1] llegué una mañana gracias a colaboración de mi amigo Miguel Martín Farto, compañero de andanzas literarias, parrandero fanático, estudiante de Medicina y ferviente colaborador de Feijóo, ese viejo y zorro Samuel siempre a la caza de colaboradores entusiastas para su grupo y sui géneris revista Signos, y ¿culpable? del ¿extravío? de la valiosísima grabación que en aquella oportunidad le hice a quien cuidara del primogénito Caturla durante su niñez. No cuentan en esta oportunidad pormenores que ambienten la entrevista. (Descripciones, gestos, caracterización del personaje, etc.) No los consigna la copia de la transcripción ni tampoco existen rastros en los vericuetos de mi memoria. Obligada me veo a prescindir de tales elementos que sin duda  enriquecen la situación y matizan el diálogo. Además, las características de esta revista, no me permiten reproducir detalles que quedaron impresos en el periódico Vanguardia, cuando prácticamente me entrenaba en los quehaceres reporteriles, ya convertida en víctima de la síntesis, en tirana del adjetivo y en mártir del apremiante cierre nocturno de la edición diaria.[2] Dejo pues a Bárbara dueña absoluta de la historia y del espacio. Solo breves e imprescindibles acotaciones. «Cuando mataron a Alejandrito se acabó la casa de los Caturla, allí nunca más sonrió nadie no se volvió a escuchar el piano.» Fueron las primeras palabras de la anciana que, luego del casamiento de doña Diana y don Silvino, el 24 de marzo de 1905, fuera a residir al nuevo hogar de la pareja, en la calle José A. Peña No. 35. «Casi al año exacto de casados, doña Diana dio a luz a Alejandrito[3], que fue el primero de cuatro hermanos. Yo tenía 16 años y me había acostumbrado mucho a la señorita de la casa, por eso cuando mi señora se casó yo me dije: 'voy a extrañar a la señorita porque ahora se va a vivir sola. Tengo que hacer algo.' Y con mucho respeto, por todo el cariño y distingo que le tenía, se lo pedí. Entonces me respondió: 'Está bien, es buena idea, pero antes hay que contar con papá, si está de acuerdo, te vas con nosotros.' Por eso es que vi crecer a Alejandrito. «A él lo amamantaron Teotista, Andrea y Lucía, tres negras de la antigua dotación, pero no esclavas, porque hacía más de veinte años que se les había dado la libertad y ya se les pagaba un salario[4]. Yo nací en la casona que era de sus abuelos y luego de sus padres, en la calle General Carrillo[5]. Se puede decir muy bien que vivió allí, porque fue en ese lugar donde pasó los mejores ratos de su infancia y adolescencia, incluso, allí sentó su despacho de abogado. «Yo lo ví muy bonito, casi recién nacido, con su pelo muy negro. Le ponían unos mamelucos preciosos, de género muy fino, todo de blanco, con cintas y encajes. Yo me bañaba hasta dos veces en el día para estar siempre limpia cuando lo cargaba. Mientras lo dormía le cantaba rondas y nanas muy lindas, y ya de dos años más o menos, cuando por alguna razón me callaba, él me decía: 'Canta, Abibe, canta'. Entonces continuaba con sonsonetes o alguna canción de cuna africana hasta que se quedaba rendido. «Todos lo mimaban. De niño no le faltó nada. Fíjate, le daban unas cajitas llenas de monedas de oro para que se entretuviera. Él las sacaba y las regaba por el piso, las ponía en fila o en pila según el tamaño, se acostaba en el suelo y, desde esa posición, las contemplaba alelado. ¡No! No le daba manotazos ni nada de eso. Yo creo que él imaginaba cosas, ¡vaya usted a saber qué cosas! «Casi toda la familia por parte de doña Diana tocaba el piano y, chiquitico, de tres o cuatro años más o menos, se sentaba a tocarlo, digo, a sonarlo, porque sus deditos iban de un lado a otro de las teclas, sin notas pensadas. Yo le decía que se bajara, que lo iba a desafinar, pero no me hacía caso porque la familia se lo consentía todo. Después sí, una maestra de aquí de Remedios, le dio clases de música.[6] «También le gustaba hacerse pasar por director de teatro. Se reunía con sus primos y amiguitos del barrio e improvisaban actuaciones. Ponían una sábana como telón de fondo, el repetía lo que debían decir, tocaba algo al piano y los demás cantaban y bailaban. «Ese muchachito era tremendo, se pasaba la vida cantando, yo creía que en vez de músico iba a ser cantante o actor de teatro, y ya ve usted, fue hasta juez. ¡Y qué clase de juez! Ya crecidito me decía: 'Tú veras, Abibe, deja que yo sea grande, todo el mundo va a hablar de mí.' Óigame, y así mismito fue. «Alejandrito casi siempre jugaba en la casa, pero a veces lo dejaban ir a un solar cerquita donde se juntaba con un montón de negritos. Debe haber sido por allí donde lo interesaron en los bembés y cabildos de nación. Yo creo que por ahí le entró el gusto por lo africano, a tal punto que tuvo 11 hijos en dos matrimonios con negras. Fundó dos familias, como se decía entonces, de color. Pero para que usted vea, fue un padre muy preocupado, joven, pero muy preocupado. «También fue muy buen hijo. La madre se desvivía por él y él también la adoraba. Doña Diana era muy aconsejadora cuando él salía del pueblo: 'Alejandrito, no vayas a sacar la mano cuando vas por la carretera; no te acuestes tarde, no dejes de comer ni te agotes tanto trabajando.' Cosas de madre, porque Alejandrito era lo más responsable que usted pueda encontrar. «Él me decía: 'Abibe, es que mamá se cree que yo soy un niño.'Y para mí nunca dejó de serlo. Si me lo hubiera permitido hubiera sido hasta su guardaespaldas, que por cierto, nunca quiso tener. «Se llevaba muy bien con sus hermanos. Él llegaba a la casa y se sentaba al piano y a veces su hermana Laudelina cogía la guitarra y se ponían a tocar los dos. ¡No, mi hija, qué me voy a acordar de la melodía! Eran muchas, a veces hasta inventadas en el momento. Alejandrito tocaba también la viola, el violín y creo que el clarinete y otros más de viento. «Como abogado era muy bueno y, como juez, muy recto. Bueno, de esta parte no le puedo contar muchas cuestiones porque no hablábamos de esos asuntos. Tal vez Catana[7] pueda contarle más en particular. Lo que si sé es que Alejandrito nunca dejó de escuchar a nadie que fuera a verlo. Hasta su casa iba la gente a pedir justicia, y él los escuchaba muy atento, sin reproches, sin un gesto de desagrado. «Todo el pueblo lo quería, digo, toda la gente buena de este pueblo. Porque Alejandrito también tenía enemigos. Sí, politiqueros unos y delincuentes otros. Los primeros querían administrarlo cuando él hacía justicia. El no diferenciaba a los acusados ricos de aquellos que nada poseían. Multaba o metía preso a todo el que no cumpliera con las leyes. «Una vez hizo dormir en la misma celda a un comerciante que tenía mucho dinero aquí. Los familiares del rico querían llevarle una cama con colchón para que durmiera, y Alejandrito dijo que no, que ahí todos tenían que dormir igual. Eso lo recuerdo porque levantó mucha polvareda y lo incomodó tanto que lo hizo soltar hasta una palabrota, no tan fuerte como las que grita cualquiera ahora, pero sí un '¡Caramba! ¿Qué se ha creído? ¿Que el dinero diferencia los huesos de los ricos y los huesos de los pobres?'. Tenía fama de hombre incorruptible, y así fue hasta su muerte. «Otra vez, en un pleito grande, Alejandrito ya tenía todas las pruebas para condenar a un asesino, pero con muchas influencias políticas. Bueno, por todas partes que pasaba Alejandrito buscando pruebas y más pruebas, lo que encontraba era chanchullos, mentiras y amenazas. Un día llegó a la casa y me dijo: 'Abibe, lo peor es que yo sé lo que hay y me quieren hacer el bobo'. Esa fue una de las pocas veces que lo vi triste y muy serio. «Sí, sí, era muy pulcro en el vestir, siempre de traje y sombrero, se veía muy buen mozo. Los zapatos siempre le brillaban cuando salía de casa, pero muchas veces regresaban empolvados o enfangados cuando hacía las gestiones a pie.  «Tenía todo muy ordenado y no gustaba que nadie le tocara sus libros y mucho menos sus papeles. Aunque tenía quien le hiciera las gestiones, por ejemplo ir al correo, él personalmente  buscaba la correspondencia. Decía que para dar un paseíto y estirar las piernas.  «Era lo que se dice un hombre metódico. Se levantaba muy temprano y trabajaba hasta eso de las doce del día. Regresaba a la casa, se aseaba, almorzaba, reposaba, merendaba algún jugo, jugaba un tiempo con sus hijos, y luego se iba a casa de sus padres que era donde tenía el piano, y entonces se ponía a tocar. Por la noche se ponía a estudiar algún caso o una partitura. A las once más o menos ya iba y se acostaba. «La muerte de Alejandrito fue un golpe muy grande. Había que ver el entierro, una verdadera manifestación, y aunque la comparación no es la mejor, tan grande como en las fiestas de los Siete Juanes. «Detrás de su muerte había muchos. Una vez dos de mis hijas llegaron a un central, creo que al Adela, y en una tribuna improvisada había encaramado uno de aquellos politiqueros de la época. Cuando se bajó alguien se le acercó —que mis hijas lo escucharon muy bien— y le dijo que a Caturla lo habían matado. ¿Y sabes lo que respondió?: 'No ahora, a ese lo debían haber matado diez años atrás'. ¡Qué hombre tan desvergonzado!  «Un día que regresaba de Placetas, Alejandrito me dijo que Catana lo había advertido que no cogiera siempre por el mismo lugar, porque ya una vez, en Palma Soriano le había hecho un atentado. No lo mataron por puro milagro. Los enemigos le salían por todas partes, por Ranchuelo, por Buena Vista, por Remedios mismo. Yo creo que él sabía que lo iban a matar porque preparó el testamento para que sus hijos no se quedaran sin nada. Yo no sé como se enteró doña Diana, pero un día, de mandada que era cuando se trataba de Alejandrito se fue hasta la mismita mansión de Gómez Gómez, en Santa Clara, para pedirle que a su hijo no podía pasarle nada. «Pero Alejandrito era algo así como maniático, rebelde, jorocú. Por aquí, decía, y por aquí cogía. No por terquedad en cuestiones de justicia. En lo demás, no tenía prejuicios, vivía su vida: él era muy él mismo. 'Yo no tengo que huir ni esconderme de nadie, Abibe, yo no soy un bandido, soy un hombre leal a la ley'.  Así me contestaba siempre que yo también le tiraba de los pelos por lo despreocupado que andaba de pueblo en pueblo. «En el museo están el traje que traía puesto el día[8] que lo mataron; el sombrero, todo aplastado, y los espejuelos con los cristales rajados. «No, mi hija, ¡qué va!, ¿yo al museo? En realidad no me gusta ir, si algún día no me queda más remedio, tal vez. Tampoco me gustan las conversaciones. Uno dice cosas y después ponen otra, por eso nunca doy entrevistas. A usted, por lo que es, por Martín Farto, que es su amigo, y remediano muy querido en este pueblo. «No sé cómo he hablado tanto. Es que usted pregunta mucho y a veces me dice palabras muy delicadas de responder, cosas que no fueron como la gente dice, la gente inventa mucho. Yo no sé usted. Pero no le he dicho nada que de cierta manera no lo haya hablado por ahí, con otros, tal vez no periodistas, pero gente al fin, claro, usted lo anota todo y afianza con mi voz en ese aparato moderno. «¿Qué de qué me lamento? ¡Vaya, caray: de nada! Porque ni de negra ni de vieja, que negra y vieja voy a ser por mucho rato. Siempre ando así, con calma, sin molestarme, limpia por fuera y por dentro porque de nada tengo que arrepentirme.  

«¿Con respecto a Alejandrito? Haber, déjeme hacer más memoria que la que he hecho hasta ahora... Quizás de que no hubiera podido un piano con su dinero, para tenerlo en casa, con sus hijos. Me hago la idea que en uno de sus viajes a la Capital tenía visto uno. Pero ya ve, lo mataron, lo mataron antes de cumplirse el sueño. Hay sueños que no se dan, y cosas que una jamás sueña y ocurren. Así es la vida.

             


[1] Nació el 4 de diciembre de 1890. Murió en su Remedios natal, el 31 de abril de 1991, a poco de cumplir los 100 años,  en su de casa de la calle Claribel entre Franco y Subirana.
[2] Ver el  reportaje «Alejandro García Caturla: Resplandor contra todas las sombras» publicado por la autora  en el periódico Vanguardia del 15 de junio de 1975. 
[3] El 7 de marzo de 1906.
[4] La Ley del 12 de febrero de 1880 de abolición de la esclavitud, no convirtió automáticamente a los esclavos en hombres libres. En virtud de la formulación legislativa, el antiguo amo abonaría al esclavo «liberto» solamente una parte del salario que por su trabajo debiera recibir, si fuera libre, pasando la otra parte a manos del amo en calidad de indemnización, por la pérdida que representaba liberar al esclavo.
[5] Hoy Camilo Cienfuegos No. 51.
[6] Se refiere a la profesora María Montalbán.
[7] Caturla tuvo dos uniones consexuales al mismo tiempo. Bárbara se refiere a Catalina Rodríguez (Catana) con quien tuvo tres hijos. La otra fue Manuela, quien murió de tifus en 1938. Catalina falleció hace relativamente poco, en La Habana.
[8] 12 de noviembre de 1940

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Revés para el gobierno norteamericano

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Tras la derrota electoral, renunció Donald Rumsfeld La dimisión del jefe del Pentágono fue confirmada por el presidente Bush; la política en Irak fue la principal preocupación de los votantes

WASHINGTON.— El secretario de Defensa Donald Rumsfeld renunció tras la victoria electoral de los demócratas, anunció el presidente George W. Bush en conferencia de prensa.  "Ahora, luego de varias conversaciones sobre el asunto, el secretario Rumsfeld y yo acordamos que es el momento justo para un nuevo liderazgo en el Pentágono", dijo Bush.  Bush anunció además que Rumsfeld será reemplazado por Robert Gates, oriundo de Texas, que "tiene experiencia de primera mano para enfrentar los retos", agregó el mandatario.  "El mensaje fue claro. El pueblo quiere que dejemos de lado el partidismo y que trabajemos juntos."— George W. BushGates fue jefe de la CIA, la Central de Inteligencia estadounidense.  Decepción. Bush admitió su "decepción" por la victoria demócrata en las elecciones legislativas y aceptó que comparte "una gran parte de la responsabilidad" en la derrota republicana.  Trabajo conjunto. "La idea de encontrar convergencias. Fue una elecciones muy reñida, la gente espera que trabajemos juntos. La victoria conlleva responsabilidades. Nancy Pelosi [la próxima presidenta de la Cámara de Representantes] quiere que trabajemos juntos y yo también", dijo el mandatario.  "Sé que el nuevo liderazgo quiere lograr objetivos y estamos ansiosos por lograrlo".  Irak. Bush explicó que "los soldados entienden las consecuencias de la guerra. Hay un firme respaldo para las tropas en EE.UU., algo que no sucedía en Vietnam".  Además, consideró que no hay una guerra civil en ese país. "Tenemos que asegurarnos que no suceda", dijo.  El presidente criticó a los demócratas por sus manifestaciones públicas de atacar la forma de llevar la guerra del presidente.  "Comparto una gran parte de la responsabilidad de la derrota"  La lucha contra el terrorismo. "Vamos a ayudar a este gobierno [iraquí] a sostenerse a sí mismo", aseguró el presidente, que advirtió que una "rápida" retirada de las tropas norteamericanas puede convertir a Irak en "un refugio para Al-Qaeda", el grupo terrorista considerado responsable de los atentados del 11 de setiembre de 2001 contra el Pentágono y las Torres Gemelas de Nueva York.  El presidente admitió que "estas elecciones cambiaron muchas cosas aquí en Washington, pero no cambió mi responsabilidad fundamental, que es la de proteger al pueblo estadounidense de un ataque".  Inmigración. El mandatario se refirió al tema de la inmigración como un tema importante, "Forma parte de la lista de asuntos que queremos encarar. Esperemos que tomemos medidas enérgicas sobre el tema de inmigración. Es un tema vital y pienso que podemos encontrar terreno comun con los demócratas".  Rumsfeld dijo que la guerra contra el terrorismo fue "incomprendida". El saliente secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld dijo que la guerra contra el terrorismo, de la cual es uno de los artífices, ha sido "incomprendida" y aseguró que la "historia" recordará los aportes de George W. Bush.  Es "una guerra un poco incomprendida, poco familiar, la primera guerra del siglo 21" que "no es bien conocida, no fue bien comprendida, es difícil para la gente comprender", sostuvo en la Casa Blanca, flanqueado por el presidente Bush y quien le sucederá en el cargo, Robert Gates, un ex jefe de la agencia de inteligencia estadounidense (CIA). http://www.lanacion.com.ar  

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