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sábado, 07 de noviembre de 2020
12:16:09 am
 

Por Mercedes Rodríguez García

Escribo de jueves para sábado, para la edición semanal de Vanguardia, apremiada por el cierre — y con la bola de cristal averiada—, por lo que no me da tiempo a conocer el conteo más actualizado de las enrevesadas elecciones presidenciales del martes 3 de noviembre en Estados Unidos, cuyas diferencias de votos entre Trump y Biden continuaban siendo mínimas en algunos de los estados clave que faltaban por decidir y que pudieran inclinar la balanza a uno u otro candidato.

A última hora de la tarde en que redacto la atención estaba enfocada en el recuento de votos en Nevada, Pensilvania, Carolina del Norte y Georgia, mientras que en Arizona, un estado en el que las proyecciones de algunos de los principales medios habían dado la victoria a Biden, las distancias entre ambos se han acortado.

Entonces, tal y como andaban las cosas, voy a arriesgarme y a asumir como real la autoproclamada victoria que —ante la vorágine de información sobre el escrutinio de los datos, cuando veía que perdía margen con su oponente—, se ha arrogado Donald Trump en cuatro estados clave —irresponsablemente, todavía sin datos definitivos— calificando el proceso de «fraude», pidiendo que se dejen de contar los votos —pura dinamita—, y  amenazando con acudir a la Corte Suprema «para ver qué ha pasado».

Sabe muy bien que lo que ha pedido y denunciado como engaño, precisamente en unos comicios en el que el sufragio por correo ha sido más numeroso que nunca debido a la pandemia, es para que las boletas sin contar aún no se tengan en cuenta. 

No es constitucional, pero quien se juega la reelección traza sus estrategias y escoge la táctica para que le funcionen very well, aún —como es su caso— de manera surrealista o rozando el absurdo, en un país donde todo puede ocurrir y nada asombra que ocurra. Tal es el caso de asentar que las presentes elecciones serán ilegítimas si no las gana él,  a mi juicio —y el de los expertos— el mensaje de campaña más resbaladizo lanzado por el republicano, o afirmar que los demócratas han contratado agentes norcoreanos y chinos para firmar sobres, lo que indica su ignorancia sobre la forma en que se rastrean y tabulan las papeletas. 

Mas, la postura de Trump me parece comprensible si se tiene en cuenta que en 2016 —sin los millones de contagiados ni miles de fallecidos por la Covid-19 en la gran nación— obtuvo resultados mucho mejores en el recuento de votos presenciales que con el voto por correo. Entonces, impedirlo incrementaría sus probabilidades de ser reelegido, ya que los votos suprimidos corresponderían en gran medida a los de sus detractores. 

¿Y si me equivoco al asumir como segura la autoproclamada victoria de Trump, y como ha vaticinado el profesor norteamericano Allan Lichtman, sucede que este año se acaba la era de Donald Trump y empieza la de Joe Biden…? Claro, vale. Puede suceder. 

Según Lichtman hay fallos en el sistema que le han hecho perder votos aTrump. Los republicanos, por ejemplo, no ganaron en 2018 las elecciones legislativas; la pandemia del coronavirus, ha cambiado todo en pocos meses y ha llevado EE.UU. a la recesión; la muerte de George Floyd a manos de la policía en Minneapolis y los graves episodios de violencia y conflictividad social que desató; el juicio político (impeachment) al que Trump se vio sometido en el Congreso, y el protagonismo en otros muchos escándalos, desde la supuesta trama rusa para influir en los comicios de 2016 hasta las acusaciones de nepotismo en la Casa Blanca. Lichtman cree también que Trump no ha sufrido grandes fracasos, pero tampoco ha cosechado ninguna victoria relevante. 

¡Qué Donald Trump no es un entusiasta de la verdad!, se sabe. Asimismo, que según un estudio realizado por The Washington Post, desde que llegara al cargo de su boca han salido 20.055 falacias. Que desde que entró a la Casa Blanca tras ganar las elecciones en 2016 no hay día en el que no sea el protagonista de algún titular escandaloso, de algún twiteo ofensivo, indecoroso o provocativo. Que un total de 11 mujeres le han denunciado por diversos tipos de acoso, y que sobre ellas ha dicho que puede «agarrarlas del coño» o «lo que sea», pero además que las besa en la boca sin pedirles permiso. Que se considera «inteligente» por su habilidad para no pagar impuestos durante casi dos décadas. Que ha sido capaz de burlarse de un periodista discapacitado en un acto de campaña… 

No obstante  Donald Trump es «un gran showman», y su figura solo genera simpatías en su base más fiel de votantes, y eso bien que lo ha sabido encauzar y explotar a su favor el rubio del gran tupé. 

¿Y Joe Biden? «Sucesor de Obama y su legado nada menos, ideológicamente —afirma Lichtman— es moderado y explota esa imagen de conciliador con la oposición, seguro debido a su carrera dilatada, de trato afable, con raíces obreras, la lucha contra el racismo es uno de sus puntos fuertes. Además, quiere acabar con los estigmas y se ha comprometido a aprobar un plan de lucha contra la pobreza. Gusta su discurso entre la media del electorado, pero él mismo es su peor enemigo: sus despistes, sus incoherencias, hacen saltar las alarmas». 

¿Biden ganador? Claro, vale. Puede suceder. Pero según Licthman sin perder de vista las circunstancias que pueden alterar su plan: el coronavirus, Rusia, Irán, los escándalos que en cada campaña se saca de la manga en el último minuto... Pese a ello, insiste en la fortaleza de sus conclusiones. Sólo puede fallar si los resultados se impugnan ante los tribunales —lo que estaría por ver—, o si la desmotivación y las dudas sobre las elecciones terminan por dar una baja participación, cosa que no ha sido así sino todo lo contrario. 

En definitiva, sea de nuevo Trump o por primera vez Biden, los cubanos  —como ha escrito el colega Aldo Musa en el sitio digital CubaSí—,  con Trump «ya sabemos lo que tenemos que enfrentar, y con el demócrata, la historia demuestra que no se puede ilusionar mucho con un mejor trato, aunque siempre habrá que tener un compás de espera».

 Cierto que con Donald Trump —pero desde la era Carter— los sectores de la extrema derecha cubanoamericana han tenido fuertes aliados dentro del equipo gubernamental norteamericano y contado con su complicidad para los planes de liquidar a la Revolución, a favor del más extenso e inhumano bloqueo conocido por la Humanidad, y hacer fracasar cualquier diálogo con posibilidad de entendimiento.

Con mandato de Clinton hubo momentos de entendimiento, principalmente en el flujo migratorio y en la solución de la denominada crisis de los balseros.

Posteriormente, con George Bush en el poder, las cosas fueron de mal en peor, hasta que en el segundo mandato de Barack Obama fue posible el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, el 17 de diciembre del 2014.  Fue entonces que por vez primera y única EE.UU. se abstuvo en la resolución presentada anualmente por Cuba en la ONU de condena al bloqueo.

El exvicepresidente bajo el mandato de Obama, refirió hace poco en Florida, reñido bastión electoral donde reside un sector importante de cubanos: «Necesitamos una nueva política hacia Cuba. El enfoque de este gobierno no está funcionando. Cuba no está más cerca de la libertad y la democracia hoy que hace cuatro años».

No hay por qué ilusionarse si ganase Biden, no se puede esperar que su política hacia Cuba sea de tan alto perfil como la de Obama en su segundo mandato. De entonces acá se ha hecho mucho daño y Biden no va a dar prioridad a Cuba en su política exterior.

La historia se ha encargado de ilustrar que tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata han mantenido y defienden las mismas concepciones estratégicas y doctrinales. Trump con un enfoque directamente confrontacional y agresivo; el de Biden, menos estridente, centrado en propuestas para empoderar a la clase media a través de mejoras en los programas de educación, inversión en instalaciones escolares, una reforma fiscal en favor de la clase media y garantías a la salud.

En resumen, y sin resultados finales en varios estados: con Trump de nuevo, más de lo mismo; con Biden, lo mismo con lo mismo, y por supuesto, Cuba, en sus mismas: mantener la independencia y soberanía que tanto le ha costado, pero siempre dispuesta a conversar civilizadamente y sobre la base del respeto mutuo y el Derecho internacional.