viernes, 05 de febrero de 2021
10:55:15 am 

No me sorprende que Mario Vargas Llosa contribuya a la campaña electoral del banquero Guillermo Lasso. En noviembre de 2012, Vargas Llosa fue el orador estrella de la XLVI Asamblea Anual de la Federación Latinoamericana de Bancos (Felaban), en Lima. Igual que entonces, Vargas Llosa, en su papel de intelectual orgánico del capital financiero, ahora también despliega un mensaje autoritario, superficial y cliché. 

¿Por qué Vargas Llosa habla, en términos autoritarios, sobre política ecuatoriana? Porque él ha renegado de los planteamientos de sus primeras novelas (La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral), en las que criticaba las estructuras de poder del capital y a los militares y a la prensa como guardianes de aquellas estructuras, y se ha convertido en predicador del neoliberalismo y en vocero del capital financiero.

El premio Nobel le sirve a Vargas Llosa para erigirse en autoridad y opinar sobre la política de un país sin conocer las vicisitudes de su historia. Él se apropia de la palabra de los ecuatorianos; se imagina serlo —aunque ese pensamiento de sí mismo como ecuatoriano es retórica vacua— y, como el colonizador de antaño, nos dice a los ecuatorianos por quién tenemos que votar para que nuestro país sea “ejemplar”. Vargas Llosa ejerce esa autoridad por sí y ante sí ya que le bastan las líneas básicas del discurso del poder ya sea para condenar a Julian Assange, denigrar al feminismo o elogiar a la banca.

"La palabra éxito resume lo que él quisiera hacer del Ecuador", dice Vargas Llosa refiriéndose al banquero candidato. ¿Un premio de Nobel de Literatura hablando de manera ramplona sobre el "éxito" como una aspiración de vida? ¿No es ese simplismo arribista lo que él criticaba en las novelas ya mencionadas y en Los cachorros?

La noción de "éxito" encubre el mito del "banquero exitoso" y es la expresión tácita de una falacia: un empresario que, como gerente de un banco, se ha enriquecido es un empresario que, como presidente, enriquecerá al país.

¿Acaso el escritor que reflexionó sobre Flaubert y Madame Bovary ahora nos dice que la aspiración de un país debe ser el boticario Homais y lo que él representa? A Vargas Llosa le calza lo que escribió sobre Homais: "El farmacéutico repite los dogmas positivistas, mediante las fórmulas más rudimentarias y los argumentos más manidos, sin aportar a esa filosofía la más mínima contribución personal…"

En boca de Vargas Llosa la palabra "libertad" asociada a un banquero es tan solo un lugar común que él manosea para regocijo del maridaje del poder político y el poder económico. Lo que Vargas Llosa expresa tras ese cliché es el anhelo de una burguesía rentista y especulativa que busca destruir el Estado y las políticas públicas en función de una mayor concentración de la riqueza.

En El sueño del Celta, Vargas Llosa disecciona con crudeza el proceso de acumulación capitalista basado en la esclavitud, pero como intelectual orgánico de los banqueros promueve, bajo la superchería de la "libertad del individuo", el sometimiento de ese mismo individuo a las veleidades del mercado en donde, como en el juego del Monopolio, el propietario del capital siempre acrecentará su riqueza y el resto dará vueltas alrededor del tablero hasta perder el juego.

Vargas Llosa escribió, en febrero de 2009, en Letras libres: "En la civilización del espectáculo el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón". En el espectáculo de la propaganda política, el marqués de Vargas Llosa —que, durante la novedad de su idilio con Isabel Presley fuera asiduo de las portadas de Hola— se ha convertido en un bufón al servicio de los banqueros.

(Fuente: pagina 12/Raúl Vallejo es escritor ecuatoriano, autor de "El perpetuo exiliado" (Premio de la Real Academia Española, 2018).