&wid Junio 2006 | LA TECLA CON CAFÉ
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Sin tiempo para los años altos

Por Mercedes Rodríguez García

Desde sus sillas de rueda María y Zeida me hacen señas. Quieren un cigarrillo y candela. Sin vacilar, se los ofrezco. No saben dónde ponerme ni donde más alto encaramar un par de sonrisas que, como alpinistas expertas, suben por entre las arrugas hasta coronar las frentes. «Usted es una gran señora», me dicen.

 

Aún faltan cuarenta minutos para las diez de la mañana y ya en los pisos se va evaporando la humedad de la primera limpieza del día.

 

Por los espaciosos pasillos y corredores, descubro unos cincuenta de esos hombres y mujeres que habitan el Hogar, por donde deambulan, charlan, tejen, leen, esperan la visita, el almuerzo, el noticiero, la hora pensada para salir de pase o salir un rato a la calle a encontrarse con vecinos y amistades de antaño.

 

«Yo soy la menor de todos, la ahijada de Tita Conde y Luis González tengo 73 años y nací pesando cuatro libras», expresa de un tirón Adela Milagros, la que se despierta cantando todas las mañanas, la parlanchina, la que se autodiagnostica crisis cíclicas de «melancolía ambulatoria», la que deshilvana su humilde pasado de conserje para tejer una fábula como secretaria de Cintio Vitier en la Universidad Central. «Que nadie me hable de muerte, que bastante cerquita la he tenido. Una vez estuve en terapia intensiva con 240 de presión.»

 

Pero no, Adela, no es la más joven. Norberto, mulato de carcajada violenta, .ya alcanzó las seis décadas. Le falta una pierna, pero nada le impide ser el campeón. «Toda la vida he sido un hombre alegre, para mí no hay hora triste ni momento malo, los problemas me los tiro a la espalda. ¿Mujeres? Tuve cantidad. Sí me gusta la música. Cuando joven toqué en un conjuntico. No, no tengo música preferida. Una tarde, estando en el Ejército Rebelde, allá por Altos de Conrado, entré a un barcito y escuché en un barcito una canción que hablaba de la madre. Hay letras y melodías que llegan al corazón y pinchan el alma.»

 

Para Cándida, que acaba de cumplir 70, no hay mejores canciones que las de Julio Iglesias, el español que dice Oristela, haber visto actuar en el Camilo Cienfuegos, allá por los años 60, «cando era del MININT y me pusieron a cuidar la cola.» Nació en 1917, en el campo.«Si hay algún secreto para llegar a viejo, solo le puedo decir: trabajo y carne de puerco.»

 

¿Qué cree usted José Alberto? «Mi médico me dijo que iba muy bien. ¡Qué clase de pregunta tú me haces, chica? Yo lo que he hecho durante toda mi vida es pelar, y los barberos guardamos muchos secretos. Sí no sabré cosas. Porque para ese oficio hace falta mucha cultura, usted tiene que entretener al cliente para que no se aburra y se vaya. Me enseñó mi padre, todavía vive, tiene 92 años.» ¡Vaya que sí está soñando José Alberto, nacido en 1905.

 

—¿Qué edad me dijo que tiene su padre?

—Mantengo buen oído y buena lengua. Ya le dije, 92 años, y vive. Mi madre no, murió en un accidente...

Y con el recuerdo viene el llanto. “Perdóneme, perdóneme, siga preguntando. Prefiero pelar con máquina que con tijera, es más rápida, pero no asienta el corte...»

 

José Alberto conserva el porte elegante, la altivez del mozo, los modales del caballero, el gesto sobrio, el don de mando, la severidad del juez. Sobre su sillón de ruedas parece todavía el jefe de familia.

 

De igual modo, Zoila aparenta toda la nobleza del mundo. De modales delicados y hablar pausado, irradia tranquilidad, paz y sosiego. «Enviudé hace 34 años y aún sigo enamorada de mi esposo. No pensé llegar a anciana, pero de nada me puedo quejar a los 88. Siempre llevé una vida cómoda, metódica, en la finca, cuidando de la casa y de mis hijos.»

—¡Teje que es una preciosidad!, dice  Angela, quien desde niña trabajó como doméstica.

«Francisco Oms era mi esposo, zapatero. Llegué a tener  22 pares de zapatos hechos por él. Ahora, a los 76 años, los nervios me traicionan. Ayudo en todo lo que puedo, a ver si se me van los malos pensamientos.»

 

Por eso Gregoria, prefiere tener siempre un compañero a su lado. «Para espantar la soledad, que tiene la cara muy fea. Aquí hasta me pusieron dientes y me garantizan el calzado ortopédico. ¿Usted no lo cree? ¿No es verdad? Solo tengo 67 años, me gusta vestir bien, pintarme los labios, total, la gente siempre va a hablar.»

 

Entonces Cándida, emite su juicio:

 

«Pues yo me casé aquí. Hice tremenda boda, con traje y Palacio de los Novios. Ya él murió. Me han hecho tres operaciones en la cadera, y eso me limita. Me gusta leer. Cuando llega la noche me deprimo un poco, lloro. A principios de Julio me iba a casar, pero lo pensé mejor. ¡Demasiado soberbio el hombre!»

Y no sé si será verdad. Me pareció que Gabina y José Miguel... Él dice que ella es su novia, pero la mujer, con un guiño, lo pone en duda. Gabina con 83 años, y José Miguel, con 80, piensan llegar a los 120 años.

Por primera vez, y sanamente, siento envidia. Envidio la energía de ambos, la fuerza con que ríen y burlándose de su hipertensión, la expresividad en sus chistes picantes. Y codicio también la esperanza cierta de los que ya no pueden andar y permanecen en sus dormitorios. Se les baña y cambia de ropa, toman su alimento o medicina.

Reposan y esperan. Esperan. Soles y lunas resbalan por las paredes y se acumulan en la piel, seca, delicada, matizada de lunares. Saben que al final no les faltará una mano amorosa y solidaria, motivo suficiente para verlo todo verde y floreciente, aunque no se pueda andar sobre los pies, ni alcanzar los frutos de un salto juguetón y campechano. A la altura de los años que han vivido, se brinca sin garrocha y sin impulso.

Hoy, la meta es cierta, la distancia, sueño; el amanecer, derecho.(Ver más de ancianos en Villa Clara en: www.vanguardia.co.cu.)
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Siempre el mismo timonel rebelde del Granma

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Aquel día de julio de 2003 la oportunidad de conversar con alguien muy cercano al Comandante en Jefe llegó sin preparación previa. Estaba en Santiago de Cuba. Había fiesta caribeña. Pienso en que este 13 de agosto Fidel cumplirá 80 años, y bueno resulta rememorar una de las conversaciones más fructíferas que he tenido en los últimos tiempos: Se trata de la entrevista que hiciera entonces a Pablo Caballero Cuza, fotógrafo personal del máximo líder de la Revolución cubana.

Por Mercedes Rodríguez García

Estoy  en la sala del plenario donde el 21 de septiembre de 1953, se iniciara el juicio a los encartados en la Causa 37 radicada en la Audiencia de Santiago de Cuba por el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

No sé si más o menos que entonces. Pero el calor de este 5 de julio de 2003 resulta sofocante. Así que no me cuesta ningún trabajo sentir en carne propia el que debe haber pasado el joven Fidel Castro, de cuello y corbata, enfundado entonces en su único traje, de lana color azul marino. Quizás haya sido esta una de las razones por las que demoró en usar semejante vestimenta, muchos, muchos años después, y luego de aparecer en público con una guayabera blanca, todo un acontecimiento para los cubanos y motivo para que más de una agencia de prensa extranjera encabezara sus despachos sensacionalistas.

Y de blanca guayabera anda también, de un lado a otro del imponente salón, un mulato canoso, de cara ancha, mediana estatura y complexión fuerte, a quien me he propuesto «conquistar», y Mónica, mi colega santaclareña, retratar en plena actividad.

Lo conozco de vista y de nombre. Sobre una mesa, en mi casa, tengo una foto que nos hiciera, junto a Fidel, a las cuatro mujeres de la delegación villaclareña al VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el 14 de marzo de 1999. En semejantes reuniones con carácter diferido, volveríamos a coincidir, siempre muy cerca ambos del máximo líder de la Revolución cubana.

Sin embargo, ¿constituiría este un argumento lo suficientemente persuasivo como para que me concediera una entrevista con todas las de la ley? ¿Me reconocería Pablo Caballero Cuza, fotógrafo personal del Comandante en Jefe? Y como de momento no se me ocurrió otra cosa, lo enfrento con un amistoso «¿Qué tal, Pablo?», como si se tratara de un viejo conocido al que demuestro singular cariño, gracias al efecto unísono de delicados y continuos palmoteos de mi mano derecha sobre sus sólidos bíceps.

—Labor difícil, ¿eh?

—Ya estoy acostumbrado, en esta profesión se ejercita todo.

—¿Estimulante?

—Sí, siempre en movimiento físico y mental, con los reflejos activados.

¡Bárbaro!, digo para mis adentros. Entre los dos ha surgido una corriente empática. Lo confirmo porque, además de responderme con afabilidad, me pasa su brazo izquierdo por el hombro y me insta a seguirlo.

Del Palacio de Justicia a la actual Ciudad Escolar 26 de Julio, vamos a pie. A las 7:00 p.m. debe inaugurar una exposición con fotos inéditas de Fidel, y aunque el sol todavía reverbera, solo faltan minutos para la apertura.  

Respecto a la solicitud formal de entrevista, no me dijo ni sí ni no. Sin embargo, tratándose de quien se trataba, debía confesarle mis verdaderos intereses, de modo que no viera en preguntas sucesivas segundas intenciones y, sin prejuicios y hasta donde le fuera posible, me refiriera aspectos poco o nada conocidos acerca del jefe de Estado cuya cantidad de atentados fallidos se clasifica como récord mundial; y por demás, hombre que rechaza el culto a la personalidad y nada proclive a revelar aspectos de su vida privada.

Sobre la marcha continuamos el diálogo:

—¿Desde cuándo trabaja como fotógrafo del Comandante en Jefe?

—Desde 1969 ó 1970.

—¿Alguna vez se ha ganado un regaño por cuestiones profesionales?

—¿Por tirarle una foto? No, aunque en determinado momento en que está absorto en lo que dice o hace,  el relámpago del flash lo saca de su concentración, lo mismo le sucede con las luces de la televisión.

—Y, debido a causas imprevistas, ¿se ha quedado sin película?

—Sí, mas se ha solucionado porque él ha sabido esperar pacientemente. En ese aspecto es muy comprensible.

Tiene Fidel —y usted, por supuesto— predilección por una marca específica de cámara fotográfica?

—No. Yo siempre he preferido la Nikon, porque es de las mejores, muy segura. No puede decirse que Fidel sea un aficionado a la fotografía, aunque sí ha tomado algunas y aprecia su valor documental y artístico. Siempre habla de las imágenes de Martí, de cómo a pesar del tiempo han llegado a nuestros días en bastante buenas condiciones; he aquí una de las ventajas con respecto a la digital, que no resisten más allá de 20 años de almacenamiento. Yo prefiero el negativo en colores, o  blanco y negro, según los fines.

—¿Lo considera un personaje difícil de captar?

—Eso depende de dónde se encuentre. Si se trata de una reunión, hablando con alguien, recibiendo a una personalidad. En los recorridos se muestra muy dinámico, se mueve entre la gente, conversa con los obreros, con los jóvenes, y ello dificulta un poco la labor del fotorreportero. Al final se obtienen las mejores imágenes por su fuerza y naturalidad.

—¿Cuál fue su primera misión como fotógrafo en el Consejo de Estado?

—En 1971 acompañé al Comandante a Chile.

Al respecto le comento:

Viajó en un IL- 62, desde entonces nunca ha dejado de hacerlo, los considera un equipo fuerte. La prueba es él, lo ha confesado en público, incluso los recomienda a compatriotas y turistas. Su proverbial sentido del humor, de la ironía —según Frei Betto, «a veces sarcástica»— constituye una de las armas que utiliza magistralmente contra el enemigo, incluso, acompañada de ciertos gestos. No obstante, en las fotos que se publican aquí no abundan esas expresiones. ¿Cuántas fotos le ha tomado a Fidel?

—Aproximadamente un millón de negativos, cada uno de 36 fotogramas. Pero no soy yo solo, en total deben existir cerca de 5 millones. De cada película se escogen para publicar entre tres y cuatro fotogramas.

—¿Como se inició en la fotografía?

—En el Ministerio del Interior; luego pasé varios cursos: en la UPEC, en el ICAIC, en Cartografia y Catastro. Lo demás, mucha práctica.

Entre las fotos que usted ha hecho de Fidel, ¿alguna con significación especial?

—Para mí todas poseen un gran significado, incluso, no puedo distinguir entre una imagen del Comandante en Jefe y la persona del  Comandante en Jefe.

—¿Acaso no siente predilección por una foto determinada?

—Para mí todas y cada una poseen el mismo valor.

—Bien, démosle otro enfoque a la pregunta: ¿ninguna foto emblemática?, algo así como el Che de Korda.

—Puede que con el tiempo alguna alcance esa connotación, pero no quiero ni pensarlo. Yo he preferido exhibir esta muestra ahora y no en otro momento porque constituyen imágenes vitales de un hombre que, pese a los años, mantiene los mismos ímpetus de joven, un vigor y una disposición anímica increíbles. En este sentido hay una foto muy elocuente, a la salida del Memorial a José Martí, conversando por el celular con Pérez Roque, que estaba en África. Está apoyado en la parte delantera de su «Mercedes», cruzado el pie izquierdo sobre el derecho, no sé, pero hay algo que lo asemeja a un muchacho.

—¿Qué es lo que usted más disfruta de su trabajo?

—Las genialidades del Comandante en Jefe, su capacidad creadora y visionaria, su humanismo, su caballerosidad, su comprensión y muchas cosas más que admiran su pueblo y el mundo entero, pero sobre todo su sencillez. Fíjate, un día nos ponchamos durante un recorrido, fue por Holguín. Él dijo: «Dame acá la llave, que yo mismo voy a cambiar la goma.» Se tiró rápido como un rayo, y la escolta y yo más atrás. Allí está la foto cambiándole el neumático al jeep.

—Cuénteme otra historia.

—¿Sobre fotos?

—Bueno... sí.

—También de recorrido, con un periodista extranjero. Fidel escogió el lugar, frente al mar, cercano al Complejo Morro-Cabaña. Sin apurarse, muy sereno, en franca actitud contemplativa se dejó fotografiar. Yo aproveché la ocasión, no le gusta posar, lo ha hecho en escasísimas oportunidades.

—Y usted, ¿también se mantenía sereno?

—Sereno, aunque siempre dispuesto a ejercitar el cuerpo, la mente, la fuerza...

—¿La imagen a que hace referencia forma parte de la exposición?

—Sí, la encabeza.

—Si tuviera que salvar una de esas 39 fotos, ¿escogería esa?

—Todas.

—¡Ah, no! ¿Vamos a caer en lo mismo? ¿Y si no le da tiempo?

—Haría como el capitán de barco: moriría junto a ellas.

—¿Qué han significado para usted todos esos años junto al Comandante en Jefe?

—Una escuela de Revolución, de dignidad, de humanismo, de patriotismo e intransigencia revolucionaria.

—Y desde la perspectiva del líder, del guerrillero, ¿cómo ve al Fidel Castro de estos tiempos?

—Como el mismo rebelde timonel del Granma.

—Por ahora ni una pregunta más, Pablo, tal vez cuando vea la exposición...

—Confío en usted, soy mejor tirando detrás del lente que hablando.

Ya de noche, el guantanamero Pablo Caballero Cuza corta la tradicional cinta.

Efectivamente, ¡allí está! la bella foto de Fidel frente al mar; la primera a la izquierda, sin dudas un símbolo: de cuerpo entero, en uniforme de campaña, bien firme sobre el diente de perro; erguida, inquisitiva y noble, retadora, la mirada se pierde en ese mundo posible, infinito y mejor. Al fondo, la hermosa Habana, estirándose de este a  oeste junto al litoral, tratando de alcanzar el sol que se marcha junto con la tarde.            

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La página de MercyLaTecla,
desde el centro de Cuba.
Una mujer que desde hace
mucho decidió sus destinos
por el periodismo y el magisterio,
y aún sigue apostando por ambos.



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