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Un hombre que tuvo tres nombres

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En 1988, como parte de una investigación sobre la Lucha contra Bandidos en territorio del Escambray, conocimos la historia de un militante del Partido Comunista Español y militar de academia indisolublemente ligado a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y a su Comandante en Jefe. En ocasión del 50 Aniversario del Desembarco del Granma y del cumpleaños 80 de Fidel, publicamos testimonios inéditos sobre…

Por Mercedes Rodríguez García
Fotos y fotocopias: Manuel de Feria


Transcurre la tarde del 4 de marzo de 1960. Un avión, procedente de Curazao, toca tierra cubana. En el aeropuerto de Rancho Boyeros reina la confusión. Una y otra vez el personal de aduana revisa pasaportes y requisa bolsos y maletas.

—¿Qué sucede?, pregunta el recién llegado, un cincuentón de complexión fuerte, bajo de estatura, cabello escaso y algo canoso. Llaman la atención sus ojos profundamente azules y expresivos.

—Una explosión en el puerto de La Habana, responde alguien sin más explicación.Se trata del vapor francés La Coubre. Traía armas a la Revolución. Un sabotaje, una nueva provocación yanqui. El hombre no tardará en conocer detalles.

Viene desde la Unión Soviética, y pasó por Checoslovaquia y Bélgica. Por motivos que muy pocos conocen encubre su verdadero nombre bajo la personalidad de un pequeño comerciante de tabaco, de ahí las necesarias escalas que lo han ido acercando con seguridad a Cuba.
Calmado, decide abandonar cuanto antes la terminal aérea. ¿A dónde dirigirse? Lo mejor será alquilar un taxi hasta la ciudad. Camina rápido, casi con agilidad maratónica. En la valija: escasas prendas, un estuche con puros y 50 dólares. Sin percatarse, alguien le sigue...

— ¡Oiga, oiga, deténgase por favor!

El recién llegado para en seco. Presiente que es a él, y se voltea con igual brusquedad.

—No mire para atrás y vaya hasta la máquina aquella, el chofer sabe a dónde llevarlo.

¿De quién se trata en realidad? ¿Qué lo trae al convulso escenario de Cuba en plena efervescencia revolucionaria? ¿Quiénes y a dónde le llevan?

«TE LLAMARÁS ÁNGEL, ÁNGEL MARTÍNEZ RIOSOLA»

Francisco Ciutat de Miguel es su nombre de pila, pero amigos y familiares le llaman Paco. Hasta que el 28 del propio mes, durante un recorrido por la Laguna del Tesoro, en la Ciénaga de Zapata, el Comandante en Jefe Fidel Castro decide otorgarle un alias:

—Hay que cambiarle el nombre, camarada. ¿Cuál le pondremos? Bien, lo he pensado, le pondremos Ángel. Usted es el más viejo de todos y muy parecido a mi papá, que también era español. Se llamará Ángel, Ángel Martínez Riosola. Luego veremos lo de los grados.

«Así me lo contó Paco, pasados unos cuantos años del encuentro. Estuvieron varios días por la Ciénaga, recorrieron la zona, estudiaron la geografía de la región y conversaron ampliamente sobre la situación cubana y una posible y cercana agresión», refiere Sofía Kokuina, la esposa rusa con quien se uniera dos años más tarde de su arribo a la Isla de la Libertad. 

«Nos conocimos el 21 de marzo de 1964, de casualidad, en un cumpleaños al que me había invitado un aviador coterráneo y amigo de Paco. Nos enamoramos a primera vista, enseguida arreglé los papeles y nos casamos.

—¿Quién fue el hombre que lo llamó al salir del aeropuerto?

—Flavio Bravo, comunista de fila que lo condujo a casa del también militante, Secundino Guerra. El 6 ó el 7 le presentaron al Che, y unos días después, como el 10 ó el 11, a Raúl, de quien llegó a convertirse en asesor, pues desde los 16 años ya Paco estudiaba en colegios militares. Cuando se produce el alzamiento dirigido por el fatídico general Francisco Franco contra la República, ostentaba el grado de teniente coronel del Ejército Popular Español.

«A pesar de su formación guerrera, lo caracterizaba la dulzura, hablaba muy bajito, siempre muy cariñoso; jamás gritaba, ni al dar una orden a sus subordinados. De no ser por el uniforme, nadie pensaría que se trataba de un curtido estratega de dos grandes contiendas bélicas, porque Paco también combatió en la URSS, durante la Gran Guerra Patria.

—Sofía, ¿compartieron ustedes familiarmente con Fidel?

—Relativamente, porque trabajábamos intensamente, a veces hasta 15 horas diarias. Algunos domingos, de pesquería, en la playa de Santa María, con la familia, como si fuera un bañista más. Recuerdo que Paco hacía unas tortillas españolas, a la catalana, con papas y aceite, que Fidel estimaba deliciosas, únicas. Todo muy sencillo, comíamos debajo de los pinos, a veces el propio alimento del mar, recién capturado durante una pesquería previa. Fidel es un magnífico anfitrión, incansable narrador de anécdotas, junto a él no existe espacio para el aburrimiento. Posee una energía extraordinaria, creo que de él emana cierto fluido vigorizante. Hay que verlo reír a carcajadas, a veces hasta de sus propias maldades. Durante aquellas excursiones lo disfrutábamos mucho, igual que a Raúl. Con Guevara nos relacionábamos de igual modo, pero el Che era más parco y sobrio.

—¿Cree de verdad que Paco se parecía al padre de Fidel?

—Yo pienso que esa fue una galantería de su parte, para distinguirlo entre unos diez españoles que integraban este grupo de militares de academia llegado a Cuba como asesores. Lo cierto: Paco y Fidel establecieron muy buenos lazos, tal vez por esa forma de tratar con la gente que tenía mi marido que, aunque nada bien parecido, poseía unos ojos azules magnéticos, preciosos, incapaces de reflejar ira, odio u otro sentimiento parecido. Tampoco a él le escaseaban los cuentos, hablaba sin parar. Además, compartían el gusto por el ejercicio físico. A pesar de su complexión, Paco se mostraba muy liviano. Esa prontitud fue la que le permitió abordar, en solo segundos, el último barco que, perdida la República, se separaba rápidamente del muelle, proa a Inglaterra, atestado de emigrados, niños, jóvenes, viejos, hombres, mujeres, soldados, milicianos…

—¿Volvió Paco a España?

—Después que murió Franco y legalizaron el Partido Comunista Español, en 1977, hasta el 8 de abril de 1985, cuando enfermó. La Orden Playa Girón se la dieron en el hospital. Hasta el CIMEQ fueron Fidel y Raúl. Quería morir en Cuba y aquí murió, el 30 de noviembre de 1986. Está enterrado en el panteón de las FAR.

«LLEVÓ A LAS FAR LA ORGANIZACIÓN Y LA ESTRATEGIA MILITAR MODERNAS»

En su despacho de la Oficina de Historia del II Frente Oriental Frank País, en el reparto Kolly, en Ciudad Habana, nos recibe el comandante Belarmino Castilla Mas, para hablarnos del Comandante Angelito, con quien estrecha relaciones en el Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

«Yo lo veo como ese hombre excepcional que llevó a las FAR la organización y la estrategia militar modernas. Él tuvo la virtud de enseñarnos el camino, los primeros pasos en aquella gran tarea, en aquella importante empresa que fue la creación y organización de las fuerzas armadas de nuevo tipo. Uno de los que más se destacó, por su experiencia, por su brillantez, por sus conocimientos, por su lealtad permanente a la causa revolucionaria, por la identificación tan estrecha lograda entre nuestros principales jefes, incluidos los compañeros Fidel y Raúl. Y a todo ello contribuyó grandemente su calidad como ser humano, su gran cultura general y militar, y su ferviente amor a las causas de la clase obrera y, específicamente, a la de nuestra Revolución cubana.

—¿Por qué piensa que los soviéticos lo escogieron cuando Cuba les pidió asesoramiento militar?

—Porque reunía todas las condiciones, incluso, hablaba la misma lengua materna.

—¿La misión en concreto?

—Ya tenían lugar las primeras medidas que apuntaban el carácter socialista del proceso revolucionario, y el enemigo imperialista amenazaba con una invasión. Nuestro ejército, nacido con el desembarco del «Granma» y forjado en la lucha guerrillera, carecía de conocimientos militares profesionales. En concreto: requeríamos asesoramiento para formar grandes unidades regulares y sus estados mayores, ejército, divisiones, defensa antiaérea, marina de guerra, centros de dirección, capacitación del personal capaz de asimilar la nueva técnica combativa. Y fueron estos compañeros, veteranos, los primeros que nos ayudaron.

—¿Y en la Lucha Contra Bandidos (LCB)?

—Junto con el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, Angelito funda el Ejército Central. Aquí su labor no se limitó solo a la instrucción y asesoramiento. En el Escambray trazó y tomó parte en varias acciones, hasta que cae herido en combate. La bala se le incrustó en un pie, cojeó por bastante tiempo.

—También cumplió misiones en el exterior…

—Cumplió varias misiones, entre ellas en Argelia, cuando el referendo con Marruecos, y en Viet Nam. El estilo de la guerra en este último país nos resultaba vital, un objetivo estratégico, una escuela que hoy podemos resumir en el concepto de Guerra de todo el Pueblo.

—¿Cierto que Fidel lo estimaba con preferencia?

—Tal vez. Fidel siempre ha estudiado profundamente las grandes campañas y contiendas bélicas en el curso de la humanidad, siente admiración por los hombres que se revelan como grandes estrategas…

—Y Angelito lo era, ¿cierto?

—Ante todo, fue un maestro que no se limitó a la teoría, que supo compartir sacrificios y riesgos, consecuente con el internacionalismo proletario, gente sencilla, modesta, de sentimientos fraternales, de elevado prestigio. Un hombre que no vaciló en ningún momento para trasladarse nuevamente a su patria a continuar luchando por su pueblo desde las filas del Partido Comunista Español, a cuyo Comité Central pertenecía. Solamente una cruel enfermedad, cuando ya físicamente le era imposible continuar, y la persistencia del propio Comandante en Jefe, pudieron hacerlo regresar a Cuba.

—¿Con cuál de los nombres se le recuerda más?

—No importan los nombres. Un hombre puede llamarse de cualquier manera, en este caso Francisco Ciutat de Miguel, el verdadero; Pavel Pablovich Stepanov, su patronímico ruso, o Ángel Martínez Riosola. Al Comandante Angelito, se le recordará siempre por su obra, por su amistad y lealtad a Fidel, el siempre rebelde timonel del «Granma», Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.








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Mensaje de Fidel a Chavez

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Para  quienes gozan con su impresencia, este mensaje al amigo y camarada venezolano. Porque el silencio de los valientes, es la sonrisa de los vencedores; y la rabia, impotencia y cacareo de  mentirosos y timoratos.  

La Habana, 4 de diciembre de 2006

"Año de la Revolución Energética en Cuba"

Compañero Hugo Chávez Frías

Presidente de la República Bolivariana de Venezuela

Hugo:

Seré breve para que la emoción no me traicione.

Tu victoria fue contundente, aplastante y sin paralelo en la historia de nuestra América.

Los pueblos oprimidos del mundo agradecerán siempre la estrategia y el coraje con que libraste tan difícil batalla de ideas.

Tu hazaña política y la del pueblo venezolano han conmovido al mundo.

Los cubanos estamos felices.

Un fortísimo y martiano abrazo.

Fidel

http://www.cubaperiodistas.cu/noticias/septiembre06/20/01.htm

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Sagua la Grande: acercamiento a una región

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Por Gisselle Morales Rodríguez

Alumna 5to. año. Periodismo 

 “El espíritu sagüero ha sido siemprei inquieto, activo, progresista...” [1] El origen incierto de los pueblos se remonta a la edad de sus raíces. Se gestan, crecen, se hacen grandes las ciudades y sus hijos salen al mundo con el sabor inconfundible del terruño, porque a él están atados desde el nacimiento.Lugares son estos donde el aire sabe diferente, los amaneceres parecen tener el sello de lo propio, y la gente camina orgullosa por las calles que le pertenecen. Cierto es que todas las ciudades poseen un encanto peculiar: edificios simbólicos, grandes fábricas, el mar a sus pies, pero para los habitantes de Sagua la Grande, el río es único. A sus crecidas achacan las desdichas del pueblo; a sus tiempos de quietud apacible, el bienestar de una villa acostumbrada a la prosperidad.A casi dos siglos de la fundación oficial del pueblo, algunos creen ver en los sagüeros rasgos de un marcado regionalismo. Mas no son ellos de la estirpe malsana de los chovinistas, no pretenden fomentar localismos mezquinos. El regionalismo de Sagua no es más que la identidad de una zona que se sabe poseedora de riqueza material, cultural e histórica.Desde sus orígenes y hasta nuestros días, la Villa del Undoso fue construyéndose en este centro norte de Cuba, una especie de isla dentro de la Isla. 

Aproximación al concepto regional  

Su espacio diferenciado tuvo Sagua en el siglo XIX cuando se abrió al mundo. Estudiar su historia puede ayudar a develar misterios porque así comienza la memoria nacional, por la unión de los sucesos regionales. Muchas y diversas son las definiciones de región. Algunas dan demasiado peso al elemento natural, como si el espacio geográfico definiera a priori la personalidad de la unidad social a crear. Hoy, casi todos los especialistas coinciden en que la región va más allá de un ámbito definido y meras características formales.Es, ante todo, un ente histórico-cultural asentado, eso sí, en una determinada comarca geográfica, que se va desarrollando de acuerdo a sus potencialidades y que se manifiesta en el surgimiento y posterior consolidación de intereses clasistas propios, que no se excluyen de devenir nacional.Según Hernán Venegas Delgado, el término debe concebirse como una categoría donde los elementos geográficos e histórico-culturales se den la mano. [2]

En Cuba, el proceso de identidad regional comenzó a manifestarse desde los primeros años de la colonización, pues los propios asentamientos iniciáticos no eran más que la expresión del aprovechamiento de los recursos naturales en pos de objetivos económicos. ¿Dónde se fundaron las originales siete villas? En las costas o a orillas de ríos, para propiciar la comunicación entre el Nuevo y el Viejo Mundo: lo prioritario era el destino cubano de puente para lanzar a España las riquezas de un continente áureo.Luego, cuando se impuso el desarrollo agrícola, la ocupación del espacio geográfico estuvo íntimamente vinculada a la acción transformadora del hombre sobre el medio, para fomentar las actividades económicas más propicias.De ahí que las divisiones político-administrativas que adoptó España durante los siglos XVIII y XIX se adecuaran y respondieran a los intereses en juego. El gobierno hispano delimitaba jurisdicciones y otorgaba tenencias de gobierno en realidades económico-sociales ya formadas.

De esta manera, la región era primero un hecho espiritual que luego se oficializaba.Los antecedentes más remotos de diferenciación regional en el centro de Cuba fueron las ciudades de Trinidad, Sancti Spíritus, Remedios (fundadas en el siglo XVI) y Santa Clara (en el XVII), a las que luego se sumaron, gracias a la expansión plantacionista azucarera del siglo XIX, Sagua y Cienfuegos.

Muchas y cruentas fueron las disputas entre estas jurisdicciones por el reparto territorial, y tan antiguas que se remontan a los tiempos en que las mercedaciones otorgadas por los cabildos locales provocaban litigios por los límites y violaciones de espacios.Así, fueron surgiendo y consolidándose características inherentes a grupos humanos distribuidos en todo el centro de Cuba, y que no solo se distinguirían por sus intereses económicos, sino también por los asideros espirituales a los que se aferraban. La política, las instituciones, las corrientes ideológicas, fueron formas de la conciencia social que expresaban el nivel alcanzado en el desarrollo material de la comunidad, sus intereses, sus aspiraciones de pueblo en ciernes.

En cada región surgieron por entonces líderes, personalidades, prensa, obras que mucho hablan de la perdurabilidad de un empeño: el engrandecimiento de la patria chica. Sucedió con Trinidad, Remedios, Villa Clara… ¿por qué no habría de ocurrirle a Sagua? Todas aquellas poblaciones fueron testigos de personas que devendrían benefactoras para la ciudad, que legaron su patrimonio espiritual o sus recursos en pos del desarrollo.Resulta asombroso que en el centro de la isla, tantas jurisdicciones hayan convivido con sus disímiles, y a veces antagónicas, características.

Seis regiones compartieron un espacio geográfico muy similar y, sin embargo, sus historias reflejan las diferencias de aquellos momentos iniciales.Deslumbra el hecho de que, a pesar de los orígenes diversos y separados en el tiempo, todas hayan logrado tal grado de independencia y ganas de individualidad. Más allá de los siglos que han pasado desde las fundaciones de Trinidad, Sancti Spíritus (ambas en 1514) y Remedios (1514-1520), pueblos surgidos en la colonización temprana; a pesar de la historia más reciente de Santa Clara (1689), ciudad típica del poblamiento interno; o del cercano surgimiento de las jóvenes Sagua la Grande (1812) y Cienfuegos (1819), derivadas de la expansión plantacionista azucarera, todas han trascendido por un apego fuera de los común a sus raíces, a las actividades que fomentaron y a su desarrollo intelectual.

En unas, las cualidades tuvieron siglos para asentarse; en otras, la identidad como región surgió en un período corto pero intenso. Tal fue el caso de Sagua la Grande, que en solo décadas transitó de la insignificancia más dolorosa, a un desarrollo económico y espiritual extraordinario. Dejó de ser territorio mercedado para convertirse en región.

 Los albores de Sagua

Lejanos, perdidos en las brumas del pasado se hallan los orígenes de Sagua. Se habla de un poblamiento aborigen que vivió en la costa norte del actual territorio villaclareño, en parte del otrora Sabana o Sabaneque.  Referencias a esos asentamientos se encuentran en las Crónicas de Indias pero, ¿cuánto de verdad hay en todo esto?

Lo cierto es que allá por 1511 Pánfilo de Narváez y Fray Bartolomé de Las Casas bojearon estas costas. Las precisiones geográficas y latitudinales de aquellos primeros cronistas hacen pensar que fueron recibidos por los indios de esta zona, que respiraron el aire de un supuesto poblado Cagua.Sin embargo, desde ese entonces hasta 1590 la zona pareció estar sumergida en un terrible letargo.

El río no pasó desapercibido y sus aguas supieron de la presencia de corsarios y piratas durante los siglos XVI y XVII, que escondían en sus márgenes el producto de los saqueos y hallaban refugio seguro en los montes de sus orillas.

Mas no solo fueron los forajidos quienes se interesaron por estas tierras. En la etapa pirática de Sagua hubo asentamientos de trabajadores que desmontaban los bosques de maderas preciosas de la zona. Por el río se trasladaron hasta la metrópoli barcos cargados de maderas que luego serían utilizadas para la construcción del monasterio y sitio real de San Lorenzo del Escorial. Acaso fue esta una de las actividades económicas iniciales de la región. No fue hasta el 13 de junio de 1590 que estas tierras fueron mercedadas.

El cabildo de Sancti Spíritus, por aquella época sumamente extenso y rico, otorgó a Don Alonso de Cepeda la hacienda de Sabana de Sagua, hoy Jumagua, y el español “espirituano” vino a establecerse, no en un paraje desolado, sino en un lugar ya habitado por seres anónimos que no dejarían otra huella que la certidumbre de su presencia. Cepeda estableció una Casa de Pasajeros y se dedicó a lo que tantos beneficios reportaba por aquel entonces: la ganadería y el desmonte de los bosques de maderas preciosas.

Aún sin identidad de pueblo, el asentamiento crecía. Sus hijos legítimos estaban por nacer, pues hasta ese momento la población consistía en una amalgama difusa de españoles y  nativos de otras ciudades ya fundadas. La comarca de Sagua perteneció primitivamente a Sancti Spíritus, cuyo cabildo proveía.

Luego, bajo la tutela de San Juan de los Remedios permaneció hasta el último cuarto del siglo XVII, fecha en que el cabildo de Villa Clara [3] comenzara a tomar las riendas de la zona.  Los habitantes aumentaban a medida que se descubrían las potencialidades de la región geográfica. Ya desde 1785, fecha en que Don Santiago Contreras estableció la primera vega de tabacos, este nuevo renglón económico fue fomentado y utilizado para el progreso del lugar.Añádase a esto el hecho de contar con una salida al mar en excelentes condiciones y situación geográfica. De ahí que en 1795 se estableciesen las matrículas del mar y fuera nombrado jefe el vecino de Villa Clara, Don Sebastián Oramas.

No podía aquella jurisdicción perder el control sobre tan prometedora zona. Ya hacia 1800 Sagua era conocida por los villaclareños como El Embarcadero, por ser el punto hasta donde llegaban las goletas. Fueron estas, y no otras, las grandezas de Sagua hasta su fundación oficial. A su favor tenía una ubicación excepcional para el comercio marítimo, condiciones navegables de su río, la riqueza de unas tierras que solo habían sido explotadas para el tabaco y la ganadería, pero que se convertirían décadas después en su más envidiable tesoro.

El 8 de diciembre de 1812, gracias a la gestión de los vecinos, en especial de Don Juan Caballero, se ofició una misa que dio a luz al pueblo. En aquella pequeña iglesia de madera y bajo la advocación de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, quedó fundada la ciudad que se venía gestando desde tantos años antes.Sobre este día, Antonio Miguel y Beltrán, historiador de la villa, escribió en 1905: La fundación de un pueblo no constituye ni puede constituir un hecho aislado y sin importancia en la historia de la humanidad. Algo de grande interés hay, de trascendental y majestuoso en ese acto, que no puede ni debe pasar inadvertido para los que forman la colectividad que se historia (...) El pueblo no muere, como una hecatombe, un cataclismo o el Juicio Final no lo hagan desaparecer para consternación del mundo de los vivos. Los pueblos viven siglos, y el origen de muchos se pierde en la oscura y  eterna noche de los tiempos. [4] 

Mas no solo la ciudad se inició nominalmente. Caballero repartió el terreno en solares entre algunos isleños de Canarias con el loable propósito de fomentar la urbanización y productividad de la región naciente.El caso sagüero es interesante. Prácticamente desde sus orígenes andaban los pobladores en afanes de independencia para desarrollar sus principales rubros.

Con una economía sólida para el sustento de las familias asentadas en el pueblo, aún de pocas y cortas calles, pero sin esa impetuosa prosperidad de otras villas vecinas, en 1822 ya Sagua había creado su Ayuntamiento. La libertad la concedía el Real Decreto del 23 de mayo de ese año y otorgaba a todo poblado de creciente importancia económica, la facultad de constituirse en Ayuntamiento. Pero poco duró la independencia, porque el 1ro de abril de 1823 se declararon nulos todos los actos del Gobierno Constitucional. Volvía Sagua a caer bajo los designios de Villa Clara en calidad de simple partido pedáneo.

El intento sería apenas el preludio de la separación futura. 

Sagua 1835: despegue “dulce” 

En 1833 Sagua contaba con 2 ingenios de raspadura y una economía básicamente ganadera, al igual que el resto de la región villaclareña a la cual pertenecía. Hasta entonces, solo había sitios de labor, potreros, bosques, vegas de tabaco. Pero en 1835 se introdujo la caña de azúcar en los campos sagüeros.

El Occidente de la Isla ya había despertado al oro dulce desde el siglo XVIII. La incorporación de Cuba a la economía de plantación cañera había provocado un vertiginoso desarrollo, tanto de la tecnología y la mecanización, como de las relaciones capitalistas de apropiación y propiedad.La invasión azucarera de Occidente a Oriente se detuvo casi en la llanura de Colón. Solamente penetró en el centro norte, por Sagua la Grande, y al sur, por Cienfuegos.

La región de Villa Clara quedó en buena medida al margen de esa difusión. Quizás ahí radicó el inicio de las disputas entre una Sagua cada vez más azucarera y una Villa Clara a la saga de la explosión cañera.A raíz de la naciente industria sagüera el poblado, que hasta entonces no pasaba de ser un caserío escuálido, sin movimiento comercial, comenzó a ganar importancia. Los primeros hacendados en introducir la caña a gran escala en las fértiles márgenes del río fueron Francisco Peraza, Roberto Stell, Santiago Macomb, y Jorge Bartlett, iniciadores de los que serían luego poderosos clanes azucareros.El creciente interés que despertaba el territorio para los inversionistas occidentales y extranjeros propició la urbanización y cuidados estéticos de la ciudad, así como el aumento de los habitantes. Si en 1827 solo vivían en Sagua 463 pobladores, hacia 1839 eran más de 4 mil 800.

En 1840, apenas 5 años después de la introducción de la caña en la región, se habían construido ya 26 ingenios, algunos de los cuales contaban con máquinas de vapor, sueño inalcanzable para casi todos los propietarios orientales.Sin embargo, el aumento de población no solo estuvo dado por la elevación del nivel de vida, sino porque, además, para la prometedora industria se hacía imprescindible la introducción de mano de obra esclava.

Si durante los siglos XVI y XVII la esclavitud en la zona fue casi inexistente (algún que otro esclavo doméstico de los colonos de otros tiempos) debido a que la ganadería, la tala y la vega de tabaco eran espacios para hombres libres, el auge azucarero trajo aparejado para Sagua la introducción excesiva de negros esclavos.El censo de 1841 sacó a la luz los alarmantes por cientos que luego se agravaría más. De los 17 mil 497 habitantes, 10 mil 934 eran blancos, 5 mil 566 negros esclavos y solo 995 negros libres. Por esa misma época Remedios, la octava villa de Cuba, solo contaba con 2 mil 732 esclavos.

Evidente resulta, entonces, el inusual despegue esclavista sagüero. Se convirtió así, en el polo azucarero más importante del centro cubano pues sus producciones eran exorbitantes (566 mil 619 arrobas de azúcar en 1846), poseía una enorme cantidad de ingenios modernizados (59 en ese mismo año) y un número cada vez mayor de esclavos (más de 5 mil 500).En 1862 ya habitaban los campos de Sagua alrededor de 19 mil 150 esclavos. La avidez de los propietarios por obtener mano de obra para la plantación aumentaba con el tiempo, a pesar de la Ley Penal del 2 de marzo de 1845 que prohibía el tráfico de negros. Pero ahí cerca estaba el puerto, habilitado para el comercio exterior desde 1847, y la región se convirtió en plaza fuerte del comercio ilícito de esclavos. No obstante, los negros se encarecían a diario porque entraban ilegalmente.

Se hacía imprescindible recurrir a la civilización china: hacia 1862 en Sagua la Grande ya habitaban 3 mil 113 asiáticos en calidad de semi-esclavos, que establecieron en el pueblo el primer Casino Chino de Cuba (1880).[5]La esclavitud del negro y la semi-esclavitud del chino en Sagua fueron fenómenos tanto intensivos como extensivos, que no solo ayudaron al desarrollo económico de la ciudad, sino que conformaron toda una mezcla de culturas que daría origen a una identidad interracial tan común en toda Cuba.

Con tales condiciones materiales y la ventaja de una situación geográfica envidiable para el comercio marítimo, tanto con el Occidente como con el extranjero [6], solo faltaba a los intereses latifundistas sagüeros el establecimiento de comunicación rápida con el interior del país. Así surgió, en la década de 1840, la idea de construir el ferrocarril, que se llevaría a vías de hecho en el decenio posterior. Ese sería uno de los momentos cumbres de la defensa de los intereses esclavistas de Sagua, no ya en el plano personal, sino regional.

Sagua vs. Villa Clara: historia de un litigio limítrofe 

El vertiginoso desarrollo económico, el progreso que en todos los órdenes se apreciaba en la Sagua de 1840 dio pie a la conformación de una conciencia social marcada, ante todo, por los intereses de hacendados y latifundistas preponderantes. Estos oligarcas sagüeros fueron formulando sus necesidades económicas pero, más allá del aspecto material, fueron consolidando sus aspiraciones de reconocimiento.

El auge económico devino catalizador para la consolidación de las esencias regionales de los pobladores de Sagua la Grande.Pocas comenzaron a parecerles las concesiones que otorgaba el cabildo villaclareño a la zona que le pertenecía desde el siglo XVII. El reconocimiento social debía convertirse en reconocimiento político. Es este uno de los pasos ineludibles en la conformación del territorio regional.Un primer intento de separación se había efectuado en 1822, que poco había durado pero que les había permitido a los sagüeros valorar el sabor de la toma de decisiones propias. Inconformes estuvieron desde entonces bajo la administración villaclareña. En 1843 comenzaron a manifestarse nuevamente las aspiraciones de independizar a Sagua la Grande de la jurisdicción de Villa Clara.

Según el historiador santaclareño Miguel Dionisio González en su libro Memoria histórica de Santa Clara y su jurisdicción, los sagüeros nunca estuvieron gustosos con la dependencia de Villa Clara. [7] 

Y es que no hallaban razones los habitantes de Sagua para seguir atados a una zona con intereses económicos tan ajenos. ¿No se convertiría Villa Clara en un freno para las aspiraciones de los sagüeros?Nada ilustra más la situación de desencanto de la ciudad hacia su instancia superior, que las palabras del propio Antonio Miguel Alcover en su Historia de la Villa de Sagua la Grande y su jurisdicción: Por aquí por Sagua existía un verdadero descontento que no reconocía otra causa que la apatía o indiferencia con la que en Villa Clara se tomaban las cosas de Sagua, que no fueran veneros de explotación. Aquel cabildo jamás hizo nada en obsequio del progreso de Sagua, pues cuanto había y se conseguía de los centros superiores, era obra exclusiva de los vecinos del Puerto. Villa Clara, más bien fue rémora al fomento, que palanca impulsora en lo que a su administración sobre Sagua se refiere. Sus cabildos se pusieron siempre en frente, aun en los momentos en que el nuevo pueblo, con vitalidad propia, quería con justicia declararse en mayoría de edad.[8] 

Ante la petición de los vecinos de Sagua, el Gobernador Superior Civil de la Isla solicitó en diciembre de 1843 al cabildo de Villa Clara que le informara sobre la situación real de la zona. Reportes económicos, comerciales y sociales era todo lo que le pedía.

El cabildo de Villa Clara se prestó solícito a cumplir la orden; pero no incluyó en la comisión encargada de atender el caso a ningún sagüero. Después de exponer en un informe las características del pueblo y la región en general, los comisionados pidieron al Gobernador que no aprobara la solicitud de Sagua, pues habían llegado al consenso unánime y ¿objetivo? de que no ha llegado todavía el momento en que aquel caserío pueda emanciparse sin ocasionar perjuicios a los vecinos de esta villa, lo mismo que a los de Sagua la Grande, aún cuando estos se presuman mejorados con la creación de la Tenencia de Gobierno que han solicitado. [9] 

El objetivo era evidente. No quería Villa Clara prescindir de la única salida al mar que aún le quedaba, pues al sur ya Cienfuegos ocupaba un lugar preponderante. Una vez independizada Sagua, Villa Clara quedaría aislada u obligada a transitar por jurisdicciones ajenas. Y la “presunción” sagüera de quererse erigir como Tenencia de Gobierno se llevó a vías de hecho en 1844. Ese 13 de diciembre, el Capitán General de la Isla, Don Leopoldo O’Donell otorgó la Tenencia de Gobierno político–militar a Sagua la Grande, ciudad que desde entonces se levantaría al frente de los partidos jurisdiccionales de Rancho Veloz, Quemado, Alvarez, Amaro, Calabazar y San Lorenzo.En enero de 1845 la noticia llegó al cabildo de Villa Clara y las autoridades se opusieron rotundamente pues no solo consideraban la demarcación excesiva, sino también irregular.Según Manuel Dionisio González: Al desmembramiento que había sufrido nuestro distrito con la demarcación de límites hecha a Cienfuegos, se añadió esa otra pérdida de territorio por la parte del norte, con lo que se le desposeyó de la más rica porción que le quedaba; y en vano el cabildo aspiró entonces a un nuevo arreglo de términos...[10] 

En años posteriores la jurisdicción de Villa Clara lucharía legalmente por tener una salida al mar y consiguió el territorio del Embarcadero del Granadillo, aunque de forma arbitraria para sus habitantes. Este punto de la costa norte le fue usurpado a Sagua la Grande.Sin embargo, Sagua tampoco quedaba estática en esta pelea por las zonas limítrofes.

En 1849 consiguió que se incorporara a su territorio la Colonia de Vives o Santo Domingo, ciudad fundada en 1819 para fomentar el poblamiento blanco, pero que por sus pobres condiciones geográficas y el acoso constante de Villa Clara, no pudo fructificar. A la jurisdicción sagüera se adhirió cuando perdió su independencia, en detrimento de Villa Clara, que la había deseado desde sus inicios.Este ir y venir de fronteras es expresión directa del desarrollo alcanzado por una región que no solo luchaba para ser reconocida como gobierno independiente, sino que, además, intentaba evidenciar su preponderancia sobre villas mucho más antiguas. Sagua la Grande a partir de la década de 1830 vivió su época de esplendor económico y consolidó los rasgos de una identidad fraguada desde años anteriores. 

Empeños del gobierno propio

El auge plantacionista azucarero de Sagua la Grande se basó en pilares sólidos: la esclavitud generalizada de miles de negros, en su mayoría bozales; la fertilidad de las tierras bañadas por el río, y las facilidades comerciales que implicaban la posesión de un puerto tan bien enclavado.Pero la transportación del azúcar, hasta entonces envasada en cajas de casi 20 arrobas y llevada de una zona a otra en carretas, se hacía sumamente difícil para una región prolífera que aspiraba a ampliar sus miras.Fue por la década de 1840 cuando la idea comenzó a tomar forma en los sagüeros.

Mas no solo el capital de la zona se empleó en la construcción del camino de hierros. Desde La Habana, varios hacendados compraron acciones en el que fuera, en su momento, un proyecto de avanzada.

Tal fue el caso de José Morales Lemus, que, junto a los propietarios locales José Eugenio Moré, Tomás Ribalta y  Fernando Eguileor, costearon la mayor parte de las obras.Fueron los años de 1856 y hasta 1860, tiempos de trabajo en los que con orgullo los sagüeros fueron viendo satisfechas sus expectativas.

En varias ocasiones se cambiaron los planes iniciales, dificultades inesperadas del terreno retrasaban a deshora la marcha del ferrocarril, pero la idea titánica de unos pocos se convirtió, al fin, en beneficio de muchos. El 25 de enero de 1860 se unió la línea que había tenido su origen en La Boca (hoy Isabela) con los raíles de Cienfuegos. Quedaban así en comunicación directa ambas costas, las dos ciudades más representativas del despegue azucarero en la zona central de Cuba.Las ventajas para Sagua fueron enormes. No solo el ferrocarril depararía enriquecimiento aún mayor a los inversionistas y propietarios de ingenios, sino que contribuyó a fortalecer el proceso de regionalización al centro norte de la Isla.

¿Cómo? Pues precisamente por la identificación que se urdió alrededor del nuevo fenómeno. La concepción de los latifundistas azucareros cambió: ya no producían para satisfacer a la jurisdicción de Sagua o para enviar sacarosa a La Habana y esporádicamente a Estados Unidos. El ferrocarril les daba ahora la oportunidad de introducirse en la economía de las demás zonas centrales y de establecer vínculos comerciales con regiones de intereses diferentes y actividades económicas distintas.

Este arduo ejercicio de lidiar con realidades histórico-geográficas tan disímiles como Cienfuegos y Villa Clara, solo podía efectuarse desde una plena conciencia de las potencialidades de la propia localidad.  Así se proyectó la burguesía esclavista sagüera, respondiendo a los intereses económicos pero, sobre todo, con la certeza de estar abogando por la prosperidad, no solo de una familia, sino de toda la región.Los horizontes monetario-mercantiles se ampliaron y el sentido de pertenencia se afianzó. No podía ser diferente.Unido al auge azucarero, a la inauguración del ferrocarril, que fuera en aquel tiempo uno de los primeros en Cuba, la jurisdicción sagüera se vio honrada con el título de Villa, tan largamente ansiado por sus habitantes.

En la conciencia colectiva del pueblo, ya lo eran desde mucho tiempo antes, pero no fue hasta 1867 que oficialmente la ciudad comenzó a llamarse Villa de la Purísima Concepción de Sagua la Grande. Bajo la égida de Nuestra Señora se siguió desarrollando la región. Sus características fundamentales las determinó el grupo oligárquico hegemónico: los hacendados azucareros mantuvieron siempre una postura política conservadora.

 ¿Quién sino la metrópoli podría mantener el interés creciente en la esclavitud? ¿Acaso la corriente independentista podía asegurar la estabilidad de un régimen beneficioso para ellos? De ahí que no se dieran en Sagua descollantes ejemplos de sublevaciones abolicionistas ni pensadores de un marcado reformismo, como sí sucedió en Villa Clara. 

Sagua, región Grande

El origen incierto de los pueblos se remonta a la edad de sus raíces; el presente se aquilata por el legado histórico-cultural de un pasado único. Sagua surgió y se convirtió en región por obra y gracia del plantacionismo esclavista azucarero. Hoy, a casi dos siglos de su fundación, los sagüeros se saben hijos de una villa próspera, diferente a todas las que convivieron en el siglo XIX cubano. Distinta y, como todas, con una identidad propia. Sin chovinismos ni pretensiones de villa engreída, Sagua logró convertirse en una especie de isla dentro de la Isla. Y para eso lucha desde entonces, para seguir siendo una ciudad grande.          

Bibliografía:  

  1. Alcover y Beltrán, Antonio Miguel: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su jurisdicción, Imprentas Unidas La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905
 
  1. Cabrera Cuello, Migdalia: Las corrientes políticas e ideológicas en Villa Clara en el siglo XIX hasta el inicio de la Guerra Grande, Editorial Capiro, Santa Clara, 2002
 
  1. González, Miguel Dionisio: Memoria histórica de Santa Clara y su jurisdicción, Imprenta La Ristra, Santa Clara, 1942
 
  1. Guerra Díaz, Carmen: Colonización y región: aproximaciones al estudio del caso villaclareño, Islas (116), Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, Santa Clara, enero-abril, 1998
 
  1. Le Riverend, Julio: Historia económica de Cuba, Ediciones Revolucionarias, La Habana, 1971
 
  1. Venegas Delgado, Hernán: Notas críticas sobre la economía colonial de Villa Clara, Islas (81), Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, Santa Clara, mayo-agosto, 1985
 
  1. _____________________: Teoría y método en historia regional cubana, Editorial Capiro, Santa Clara, 1994
                                   


[1] Alcover, Antonio Miguel: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su jurisdicción, Imprentas Unidas La Historia y el Correo Español, Sagua la Grande, 1905
[2] Venegas Delgado, Hernán: Teoría y método en historia regional cubana, Editorial Capiro, Santa Clara, 1994
[3] La villa de Santa Clara también se conoció como Villa Clara o Villaclara, al parecer como una contracción del verdadero nombre. En la bibliografía consultada sobre este tema, los tres términos se emplean indistintamente para referirse al mismo territorio.
[4] Alcover, Antonio Miguel: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su jurisdicción, Imprentas Unidas La Historia y el Correo Español, Sagua la Grande, 1905
[5] Recientes investigaciones documentales han probado que el Casino Chung Wah sagüero se fundó varios años antes que el de La Habana,  que hasta hace poco estaba considerado el más antiguo de Cuba
[6] Hacia 1842 se habían establecido relaciones comerciales por mar con La Habana, Matanzas y Estados Unidos.
[7] González, Manuel Dionisio: Memoria histórica de Santa Clara y su jurisdicción, Imprenta La Ristra, Santa Clara, 1942.
[8] Alcover, Antonio Miguel: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su jurisdicción, Imprentas Unidas La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905
[9] González, Manuel Dionisio: Memoria histórica de Santa Clara y su jurisdicción, Imprenta La Ristra, Santa Clara, 1942.
[10] Íbidem

Senel Paz: Soy un animal de las sombras

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Por Miguel Angel Valdés Lizano

Alumno 5to. Año de Periodismo

Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas

 

Algunos amigos me alertaron sobre su condición de criatura esquiva. El anonimato era su madriguera y, como experimentado depredador, aún poseía la capacidad de intuir cualquier amenaza a su mundo de silencio. Cualquier error en mi estrategia le permitiría escapar fácilmente.  Oculto entre la jungla humana que escuchaba sus palabras, logré percibir con cautela el carácter lento, pero contundente de sus gestos.

Durante casi una hora, sin mostrarse agotado, habló sobre la obra de Heras León, su maestro y amigo. Recordaba con nostalgia aquella época de incomprendidos, los días en la escuela de Periodismo, la fe juvenil en el futuro. Me enfrentaba a un animal más que instintivo, calculador. Solo un disparo preciso lograría atraparlo.  Pululando en Revolución y Cultura encontré, por casualidad, algunas de sus primeras huellas en el mundo de las letras; de ahí podía sacar un buen gancho para atrapar a la bestia. Parecía olfatear mi presencia. Me acerqué lentamente después que concluyó la charla. Lo saludé frente a frente, y en el momento decisivo, el que define si se es cazador o cazado, aguanté la respiración y apreté el gatillo:

Senel, ¿usted recuerda aquella entrevista que le realizó a Soler Puig en sus inicios como periodista?

―Sí ―respondió sin poder contextualizar la interrogante, como intentando descubrir en vano algún rasgo familiar en mi rostro. ¿En realidad le resultó tan difícil como cuenta? ―inquirí, una vez más.  ―Lo difícil no fue por él, sino por mí ―confesó sonriendo―. Cuando uno comienza en el periodismo resulta un reto enfrentarse a aquellas personalidades que admira; eso me pasó a mí con Soler ―agregó con una llamita pícara en la mirada.  “Entonces usted conoce lo que siento yo ahora porque me propongo entrevistarlo” ―le propiné con mis palabras su golpe de gracia. Se sabía capturado. Simplemente sonrió y, casi sin opción, decidió premiarme con sus respuestas.  

—¿Se define como periodista, escritor o guionista?  

―Soy escritor: narrador y guionista; pero no periodista. Estudié Periodismo pero no creo que me pueda considerar como tal. Me sirvió como herramienta, un camino para buscar otros rumbos como los del séptimo arte. Me aportó mucho, pero no creo que sea bueno en este oficio, por ello, mi mayor muestra de respeto hacia esa profesión ha sido dejarla de ejercer.  

—¿Por qué el personaje de la abuela campesina se reitera en varias de sus obras literarias?  

―Aunque yo hablo en los relatos de una abuela, en realidad son dos.  «El prototipo de mi personaje resulta la fusión de mis dos abuelas. Crecer en el campo junto a dos seres como los que yo tuve resulta un privilegio. Como no había ni radio en aquellos montes era usual que la gente se sentara en torno a un buen narrador empírico bajo la luz de la chismosa. Hasta en los velorios se contaban cuentos. Las familias que no tuvieran una persona que narrara bien, estaban perdidas y hasta llevaban una vida más desgarradora.  

«Mi abuela paterna, casi analfabeta, era una gran cuentera de aventuras, se inspiraba en acontecimientos de su realidad a los que le otorgaba, a veces, un carácter fantástico, con un empleo asombroso de la organización dramática. Mi abuela materna poseía una gran capacidad para improvisar y sus cuentos se inspiraban también en elementos de su realidad inmediata, aunque resulta cómico que sus historias muchas veces se entrelazaran entre sí, provocando una desorientación casi total en sus receptores porque se perdía el hilo central.»  

—¿Por qué un medio tan hostil para la cultura como puede ser el campo, resulta en ocasiones, como en su caso, enorme fuente de inspiración?  ―La infancia deja huella en todo ser humano. Aunque tuve una vida dura en el campo, plagada de hambre y miseria, como la dibujan los reportajes del Granma, siempre existieron dos ingredientes hermosos en todo eso: mi familia y el paisaje geográfico donde crecí.  

«Nací en una zona de Fomento que parecía un mar verde, los arrieros surcaban las lomas del Escambray, hasta confundirse con las nubes allá en las alturas. Tuve abuelas maravillosas, hermanos muy traviesos. Los lazos existentes entre nosotros contrastaban con nuestro nivel de vida, incluso, nos ayudó a sobrellevar tanta miseria.  

«Recuerdo que cuando comencé a estudiar mis compañeros se quejaban por la beca, yo la pasaba bien porque, por lo menos, comía todos los días, y además, descubría cosas que nunca había comido. Sin embargo, la vida agreste del lomerío y luego la pueblerina que conocí al mudarme para Cabaiguán, me marcaron por siempre.  

—¿Por qué su reacción cuando se decidió separar a Heras León de su plaza de profesor en la Facultad de Periodismo?

―Heras fue mi profesor de técnicas periodísticas. Cuando nos informaron sobre su sanción surgió un estado de inconformidad muy grande entre todos mis compañeros que lo apreciábamos. Yo solo tenía 19 años y poseía un concepto vago sobre la política. Planteé mi inconformidad en la dirección de la facultad y a los dirigentes estudiantiles. No considero que me haya propuesto asumir una actitud contestataria, sino que actué movido por un principio de justicia que me enseñó desde niño mi familia. Casi pierdo mi carrera. Aquellos eran momentos muy complejos. Desde entonces me tildaron de “cabecita de playa”.  

—¿Hasta qué punto puede decirse que recibió el influjo de la narrativa cubana de los sesenta?  

―Soy un escritor que me formé bajo la influencia de los narradores de la generación que me antecedió, no solo de los cubanos, sino también de muchos otros de Latinoamérica. Los admiré mucho porque trataron temas como la tierra. Aprecio, por ejemplo, la obra de Juan Rulfo, Onelio Jorge Cardoso y también a otros más contemporáneos como Reinaldo Arenas. Ellos constituyen mi punto de partida. Sobre el legado de los escritores de los sesenta pretendí erigir mi propio mundo. Sin embargo, mis narraciones nacen más por necesidad que por influencias; gracias a eso logré encaminar mi forma propia de decir, aunque reconozco con orgullo y satisfacción la herencia obtenida.  

—¿Cuál es su criterio sobre la novela cubana de los sesenta, unas veces tan endiosada y otras, tan marginada?

―Muchas veces se reduce la novela cubana de los sesenta a las que nacieron como simple reflejo del emergente ideal social revolucionario. En esta época también se escribieron otros textos valiosos como Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante; Celestino antes del alba, de Arenas; Paradiso, de Lezama y El siglo de las luces, de Carpentier.  

«Dentro de esas otras obras que sirvieron en esencia para promover las ideas revolucionarias, pueden encontrarse joyitas como Bertillón 166 de Soler Puig, que muchas veces resulta menospreciada y, aunque posee la maldición del escritor recién estrenado, no resulta para nada esquemática, ni complaciente. Además, en sentido general, todos estos textos con frecuencia no tuvieron la máxima calidad estética, pero sí se voltearon hacia temas marginados por la literatura precedente.»  

Oficialmente en los últimos tiempos se ha reconocido el lamentable matiz grisáceo que imperó en la política cultural cubana de los setenta. ¿Cree usted que esta cumplió con el objetivo ideológico que la originó o, como piensan muchos, logró el efecto contrario?  

―Creo que los mismos criterios de política cultural que primaron terminaron demostrando su carácter erróneo, en cuanto a la relación entre el arte y la Revolución. Debemos analizar ese período como evidencia de las tensiones propias de todo proceso radical. Sin dudas, resultó un momento gris pero, al mismo tiempo, demostró la solidez y lo genuino de las transformaciones. Nadie vino de afuera a corregirnos, fueron nuestros intelectuales y dirigentes quienes revirtieron la situación. Esta etapa hay que estudiarla con mayor profundidad y no verla simplemente como un trauma eterno, como algo frustrante.  

—¿Cuál es el aporte principal de los escritores de su generación a la narrativa cubana?  

―Mi generación se encuentra integrada por narradores de la talla de López Sacha, Reinaldo Montero, Arturo Arango, Leonardo Padura, Abel Prieto, Mejides... Estos escritores no rompieron de forma definitiva con los que le antecedieron, más bien constituyeron un puente que buscó la continuidad, se luchó porque no faltara ningún eslabón entre los dos períodos. Mantuvimos una actitud de búsqueda en las obras de la generación anterior que habían sido víctimas de incomprensiones e intentamos rescatarlos porque sentíamos que los necesitábamos. Necesitábamos a Heras, a Jesús Díaz, a Lezama, a Virgilio, a Novás Calvo, a Infante. Por eso, no ocurrió una ruptura virulenta con la literatura anterior, como sí sucedió con la generación posterior a nosotros. 

—¿Desde su condición de creador cómo valora la gestión de Abel Prieto frente al Ministerio de Cultura?  

―Me has hecho una pregunta que yo debía rechazar porque para mí Abel no es solo un ministro, sino también un amigo. Nos conocemos desde la universidad cuando nadie sospechaba, soy más categórico, nadie hubiera apostado que llegaría a ocupar ese cargo. Era el tipo del que cualquiera hubiera dicho: este llegará a ser cualquier cosa menos dirigente. El conocerlo desde hace tiempo me ha permitido palpar su perseverancia.  

«Cuando realizo una recapitulación de todos los años transcurridos, encuentro siempre su coherencia como persona, como revolucionario profundo, valiente y complejo; cualidades que siempre lo acompañaron, con mayor o menor grado de madurez. Si a eso le sumas su capacidad de diálogo, su sentido del humor criollo y sus profundos conceptos sobre la identidad nacional; te das cuenta que resulta un ministro de lujo.»  

—Por favor, dígame su criterio acerca de lo que algunos denominan “literatura de la diáspora”.  

―Considero que la categoría “literatura de la diáspora” se refiere más a los autores que a la literatura en sí. Las más importantes obras de estos escritores de la emigración nacieron en la Isla. Los principales libros de Infante, Novás Calvo, Montenegro, Labrador Ruiz, se gestaron antes que sus autores abandonaran el espacio físico de nuestra realidad insular.  

«Esto provoca una especie de frustración, un vacío... Lamentablemente resulta muy difícil chocar con ellos. Muchas veces las actitudes políticas asumidas por las partes no han sido positivas. Muchos creadores nunca superaron lo que escribieron en Cuba. La relación de un artista con su espacio es vital y casi siempre el vínculo directo, genuino, se quiebra con la lejanía. Las obras escritas en el exterior, que de alguna forma pudieran considerarse cubanas, se encuentran más marcadas por la nostalgia que por el espíritu de la Isla. Ellos rearman sobre la nostalgia una Cuba-otra.  

«Fuera de esta perspectiva traumática no ha madurado una literatura que refleje nuestra identidad real porque Suecia podrá producir muy buenos suecos; España, muy buenos españoles, pero solamente aquí pueden producirse cubanos. Muchos escritores abandonaron muy jóvenes nuestro país y su marco referencial se tornó exiguo, subjetivo. Otros, más que por valores estéticos, han trascendido por sus posiciones políticas.»  

—¿En qué medida reconoce en su obra la influencia de Reinaldo Arenas?  

―Reinaldo es un escritor muy importante para mí. Entre nosotros más que influencias existen coincidencias. Cuando se lee Celestino antes del alba y Un rey en el jardín, se encuentran convergencias en cuanto a la estructura familiar, con el ambiente agreste, en cuanto a la reconstrucción de la historia reciente... No obstante, lo que yo escribo proviene de influencias autobiográficas; no librescas. Me identifico con Reinaldo en lo relacionado con nuestra infancia, nuestras sensibilidades, los paisajes. Eso hace que los mundos literarios de ambos concuerden hasta cierto punto.  

«Luego cada cual siguió su rumbo. Alcanzamos nuestras definiciones estilísticas y conceptuales. Sus últimos textos no tienen nada que ver conmigo. Tampoco comparto con Reinaldo la actitud que asumió ante la vida, su sentimiento de frustración, su carácter irritado y maldito; en ese sentido somos antípodas.» 

—En su obra El lobo, el bosque y el hombre nuevo se aprecia un tratamiento original del tiempo, elementos del metarrelato e intertextualidad. ¿Coincide usted con quienes lo consideran el primer relato post-moderno de la literatura cubana?  

―Me considero un escritor primario e instintivo, aunque eso no quiere decir que no me mantenga de espaldas a las tendencias más actuales de la literatura. No reelaboro teóricamente lo que escribo, ni siquiera como profesor de Dramaturgia me gusta encasillarme en este mecanismo de pensamiento conceptual. Me salen las cosas sin necesidad de pincharlas para descubrir el misterio. El lobo… ciertamente posee una serie de características que no asumo de forma consciente ni porque esté de moda. Se encuentra en el ambiente como expresión de la naturaleza del escritor de estos tiempos, se convierte en una necesidad. Uno se inserta sin proponérselo.  

—¿Qué permanencia le augura a esta literatura post-moderna en la historia de las letras universales?  ―No puedo hacer vaticinios tan difíciles. La post-modernidad responde a un espíritu, a un momento. Solo el tiempo podría colocarla en el lugar preciso. Considero que es una expresión auténtica en correspondencia con la cosmovisión del hombre de hoy. Responde a una sensibilidad que refleja nuestros tiempos. He leído a escritores como Kundera, Kurt Vonnegurt Jr. y, aunque te confieso que no los ubico entre mis favoritos, debo reconocer que me resultan atractivos y pueden que, en determinadas ocasiones, afloren en mis relatos, de manera inconsciente.  

—Algunos especialistas consideran que la cinematografía cubana de los 90, e incluso la que se ha hecho en los 2000, no trasciende de la crítica vacua, simplista y metonímica de la realidad. Usted como guionista de filmes como Lista de Espera y Las noches de Constantinopla, ¿qué opina al respecto?  

―Criticar es un proceder muy complejo para encontrarle el tono, porque se somete a muchas desviaciones. Pienso que sí, que el cine por múltiples factores se ha banalizado, ha caído en la puya, en la sátira ciega, en el estereotipo de la realidad. Hemos perdido el carácter reflexivo que debe poseer la crítica. Aunque se han creado obras muy buenas en este período como Madagascar, y Suite Habana.  «Resulta incuestionable afirmar que el arte se ha subordinado a la industria. Hemos tenido que apoyarnos en las co-producciones para no dejar de filmar, y casi siempre debemos hacer concesiones, mostrar la imagen que se vende. .» 

—¿Siente especial predilección por algún director específico de la historia del cine cubano?  

―Yo creo que el cine vive mucho de festivales y de premios; eso daña el arte. Me opongo a toda esa publicidad. Frecuentemente como motor del consumo se promueven listas y nombres, sin ni siquiera señalar los criterios de selección. No me gusta ser excluyente, estas cosas no se comparan. Es como en la literatura: a veces tengo ganas de leer a López de Vega y otras a Balzac; no podría definir por eso cuál es mejor. Lo mismo me sucede con el cine: a veces quisiera ver un filme de Fernando Pérez; a veces a un director joven.  

—¿Cuán satisfecho se sintió con la adaptación de Fresa y Chocolate, realizada por Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea?  

―No me gusta decir que el tema de Fresa y Chocolate sea la intolerancia, sino el reconocimiento de la diversidad humana; eso te hace bueno o malo en función de la virtud. La película y el relato original van destinados a enseñar que la actitud ante el progreso debe ser la única forma de distinción entre los hombres. Pienso que ese mensaje llegó a las personas, y vive aún.  

«Resultaba necesario reflexionar sobre ese aspecto desde hace mucho tiempo. Vivíamos momentos peculiares para la historia cubana y, más que por obtener prestigio o fama, escribí el relato para desahogarme, para compartir mi meditación. Creo que esa es la misión de todo creador que aprecie su oficio. La adaptación en gran medida cumplió también con ese propósito desde las particularidades del lenguaje audiovisual.»

 —¿Por qué no se le ve en nuestros medios?  

―Creo que no hay por qué castigar a las personas. No me gusta el bombo y platillo. No soy de los artistas que para satisfacer el ego deben verse todos los días en la televisión. Disfruto mi intimidad, soy un animal de las sombras. http://www.laventana.casa.cult.cu      

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Una mujer que desde hace
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por el periodismo y el magisterio,
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