&wid Abril 2006 | LA TECLA CON CAFÉ
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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006.

Los dioses que Cuba envió a Nicaragua

Por Mercedes Rodríguez García

Uno más a la larga lista de lauros periodísticos de Alicia Elizundia Ramírez. Se trata del Premio Iberoamericano de Ética Elena Gil, convocado por el Centro Félix Varela, y adjudicado al libro de testimonios No somos dioses, fruto de su misión internacionalista a Nicaragua.

Presentado al público en varias oportunidades, y  vendido con bastante éxito editorial, por sus páginas transitan  hermosos e impactantes testimonios de integrantes de la brigada médica cubana, arribada a tierra nica el 21 de noviembre de 1998, tres semanas después de los azotes del huracán Micht.

Aunque el título niegue la condición de dioses, de hecho estos hombres y mujeres ratifican con su actitud la acepción que da el petit Laurousse a ese sustantivo: “Seres supremos y conservadores del Universo”.

¿Acaso podría desmentirse que descendieron del cielo y llevaron consigo la salvación; que fueron adorados porque apartaron la muerte de las aguas y el fango y separaron la luz de las tinieblas; porque sembraron amor, confianza y verdad; porque gracias a ellos renació un bosque de esperanza?

Para que el lector no se pierda en lo puramente anecdótico, la autora sitúa datos estadísticos y ofrece detalles de la geografía e historia de ese país centroamericano, dosificados, sin provocar la fatiga que producen los números en retahíla, la sobresaturación de fechas, los nombres y las citas injustificadas.

Alicia describe al margen la pincelada impresionista. Necesita narrar la para convencer a quien lee. Por ejemplo, en la historia de Marina una mujer a quien de niña le atacó la poliomielitis. Pese a su deplorable estado físico barre, limpia, lava y plancha desplazándose sobre el suelo inundado en agua.

Bastante y diverso los productos comunicativos en forma de libro salidos de la pluma de colegas de toda la isla. Se le ocurrió a Fidel, y encontró respuesta de manera inmediata.

En el caso de Alicia, al faltarle los imprescindibles efectos de la radio, —en la cual ha echado pie desde su graduación en la Universidad de La Habana—, no quedó más remedio que, al margen de algunas normas de redacción y estilo, asirse al lenguaje coloquial popular por tal de mantener la dramaturgia intrínseca del relato, y, de ese modo, suplir lo que en sonidos le resultaría ¿más fácil? de decir.

Insatisfecha del resultado de un primer momento testimonial, la sensible profesional regresa a la patria de Sandino, luego de la retirada del personal cubano de Salud. Con el mismo ánimo y acuciosidad  recorre de nuevo parajes, caseríos y comunidades.
En 163 páginas se resume la faena periodística de un año dividido en dos jornadas. El texto fue terminado con prisa, urgía a la editorial, y puso a correr a su autora. En él se anuncia sin estrépito, dice y convence, y puede seducir a un trago de lectura en el trayecto, en la guardia, en la estresada vigilia.

Libro escrito por mujer, huele a mujer de punta a cabo. Existen sutilezas, matices, colores, temblores, lágrimas, sudores, exiguas alegrías, y abundante dolor. El veredicto final se los dejo a ustedes.
 

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La rusa de Santa Clara

Como casi en toda época, desde los mitológicos Dalila y Sansón hasta Cleopatra y Marco Antonio, en la Antigüedad; Julieta y Romeo, en el Medioevo; Josefina y Napoleón, en la era Moderna, y Evita y Juan Domingo Perón, en la contemporaneidad, la capital villaclareña de principios del siglo XX también tuvo su fabulosa pareja, protagonista de un amor que escandalizó a la alta sociedad de la ya populosa villa: Olga y Joaquín. Médico él. Ella, una atractiva y librepensadora moscovita.

Por Mercedes Rodríguez García

Fue en 1982, de viaje por la entonces Unión Soviética, cuando me vino a la mente el asunto, mientras transitaba del hotel Rossia a la Plaza Roja.

Faltaban pocos días para que terminara el segundo mes del año. En esa época los  la nieve y el hielo se derriten. En las calles se forman charcos de agua fangosa y los carámbanos se acumulan en los tejados hasta que, ante el asomo tímido del sol,  ruedan brillantes por las cornisas. La escarcha se funde con el lodo, y el andar por las aceras se torna pesado y peligroso.

Más o menos semejante descripción del tiempo era la que hacía en 1960 Olga Skvortsova a su nieta cubana, en misiva fechada el 23 de febrero. Conocí de la carta algo más de dos décadas después, cuando me enteré de que el escritor Enrique Cirules preparaba una novela sobre la extraordinaria mujer cuya vida quedaría atada para siempre a Santa Clara.

¿Quién era esta moscovita llegada de la legendaria y desconocida Rusia a la Ciudad de Marta, la patriota y benefactora que el día de la inauguración del teatro La Caridad hiciera su entrada acompañada del brazo del Dr. Rafael Tristá, alcalde y padre del  hombre con quien contrajo matrimonio a poco de haberse conocido en el París de 1907? ¿Vive todavía en Santa Clara alguno de sus descendientes directos? 

AMOR  A  PRIMERA  VISTA

Joaquín Tristá, médico de 23 años, ampliaba estudios en la Sorbona cuando conoció a Olga Skvortsova, de 19 años, quien trabajaba como aya en una mansión francesa. Dicen que la lozanía, encanto, forma de pensar e independencia de la joven desquiciaron al no menos atractivo cubanito, cuyos relampagueantes ojos castaños desordenaron a su vez el corazón de la muchacha, con la cual se casó meses después. Tampoco demoró mucho la llegada del primogénito Boris, un francesito que pronto atravesaría el Atlántico, avisado su padre de que el abuelo se hallaba gravemente enfermo.

Don Rafael Tristá no pudo conocer al nieto. El activo patriota de la contienda libertadora contra el yugo español, falleció varios días antes de la llegada del barco a puerto habanero.

La casona de dos plantas, altos techos y numerosas habitaciones, acogió al matrimonio y al pequeño, no sin cierto disgusto. Joaquín, al marchar a Europa, estaba comprometido con una distinguida y aristocrática señorita de la localidad. Para que el escándalo fuera mayor, Olga se pasaba días enteros vagando por las calles de la ciudad y conversando con la gente, cuestión prohibida de modo terminante a las damas de la aristocracia. 

A ello se unían sus visitas a los barrios pobres donde vivían los negros, y los paseos con Boris por la plaza central. Allí, muy tranquila, sentada en un banco mientras el chiquillo jugaba, ella encendía un cigarrillo y se ponía a leer.

En el hogar las cosas tampoco marchaban bien. Olga gustaba de la música. Sin tener en cuenta el luto riguroso que imperaba por la muerte del cabeza de familia, ligera de ropas —decía que el calor la asfixiaba— se sentaba delante del piano y, del mismo modo, deambulaba por las habitaciones...

¡Pánico!, ¡horror! imperaban en aquel ambiente conservador, lleno de prejuicios religiosos y sociales. Sin embargo, ya no tenía tan a su lado al amado y defensor esposo. 

SE CALDEA EL CLIMA POLÍTICO

Acá y allá estallaban motines contra la prepotencia norteamericana. Cuando los cubanos casi tenían ganada la guerra contra España, intervienen los Estados Unidos e imponen a la nación un status semicolonial. La presencia permanente del poderoso vecino del Norte se afianza cada vez más, pues con frecuencia desembarcan sus marines en la Isla.

En tales circunstancias Joaquín prefiere no dedicarse a la política y sí por entero a su profesión. 
«De la mañana a la noche atendía a sus pacientes. Se volvió receloso, precavido y partidario de las tradiciones. Por las noches, después de cenar, se iba a jugar a las cartas o al dominó con los amigos, y empezó a frecuentar una logia masónica», acota Cirules en una entrevista concedida en 1989 a Serguéi Sere­dá, corresponsal de la TASS en La Habana.

Como es lógico, Olga se quedaba sola muy a menudo. De vez en cuando comentaba para sus adentros:

—Joaquín no me ama, ¡ya no es aquel cubano de ojos ardientes que conocí en París!

Mas nadie podía imaginar cómo iba a reaccionar la decidida y desprejuiciada extranjera.

Una tarde, luego de largas meditaciones, escribió a sus parientes en San Petersburgo. Les contaba de sus penas, temores y tribulaciones.

«En cierta ocasión —continúa Cirules— Joaquín llevó a Olga y su hijo a La Habana para resolver unos asuntos. Y un buen día, en el ‹‹San Carlos››, donde se hospedaban, se aparecieron un tío y una tía, que habían llegado a Cuba para socorrer a su querida sobrina.

 La decisión parece que se tomó en un instante. Cuando el esposo volvió al hotel, el vapor se llevaba ya a Boris, Olga y sus familiares hacia Nueva Orleans, desde donde zarparon luego rumbo a Europa.


A LA PUERTA TOCA UNA UCRANIANA

De regreso a Santa Clara, la localidad es pábulo para largas murmuraciones y comentarios de los más diversos tipos. Pero el escándalo más gordo estalló pasados varios meses, en pleno verano de 1910. Una mañana tocó en la casa de los Tristá una mujer vestida con un atuendo desacostumbrado en Cuba: ancha falda y blusa bordada con profusos y brillantes motivos en colores.

 —¿Usted es  señor Joaquín Tristá?

—Para servirle, ¿qué desea?

—Soy amiga de Olga  Skvortsova. Mire, le traigo el crío, está de pecho, hombrecito, hijo suyo... 

—Por favor, entre y siéntese, explíqueme claro y despacio para entenderla.

—Se nombra Yuri, es gemelo, nació en Moscú, en 28 de junio. Con otro,  Iván,  quedó ella.

—Pero, ¿por qué?, ¿cómo puede...?

—Olga piensa injusto privar padre de sus tres hijos. Ya conocer usted cómo decidir ella sus cosas.

Podrán imaginarse la reacción de Joaquín y el resto de la familia Tristá. Lo cierto. Yuri creció junto a su padre. Iván y Boris, junto a su madre. Con el caer de las  hojas del calendario la historia de la Rusa de Santa Clara se fue olvidando.

Cuando estalló la II Guerra Mundial Olga marchó como traductora al frente. En 1917 la Gran Revolución de Octubre la sorprende, junto con Iván y Boris, en Járkov. En 1922, al enterarse por la prensa de la hambruna desatada en Rusia, Joaquín le pide en una carta a Olga que le mande los muchachos. Ellos mismos deciden. Boris se negó. En enero de 1923, Iván se reunió con su padre y hermano en Cuba. Juntos cursaron la secundaria, les llamaban «los moscovitas».

Terminado el bachillerato, en 1928, matriculan en la Universidad de La Habana. Gobernaba en Cuba el tirano Gerardo Machado. Iván entra en contacto con la intelectualidad de izquierda e intima con Rafael Trejo. Por su parte Yuri toma parte en una rebelión armada y luego se suma al movimiento progresista liderado por Guiteras.


CONTINÚA LA HISTORIA UN HIJO DE YURI

Luego de una segunda visita precisamos detalles:

—¿Qué fue de su tío Iván?

—Cuando se recrudeció la lucha contra el machadato él y papá pasaron a la clandestinidad; el viejo tuvo que esconderse aquí en Santa Clara, y mi tío se vio obligado a regresar a la URSS, donde se reunió con mi abuela y su hermano Boris. Como ciudadano soviético fue llamado al ejército, y en 1936 acudió como militar en ayuda de la República Española. Al terminar la Gran Guerra patria tenía el grado de comandante. Ejerció largos años en el Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras.

—Visitó su segunda patria después del triunfo de la Revolución?   Por supuesto, y se encontró con su hermano, y los viejos amigos y compañeros de lucha. También visitó la tumba de José Antonio Echeverría, hijo de su prima hermana Conchita. La última vez que vino fue en 1969. Falleció en julio de 1985, a los 75 años. 

—¿Y qué fue de Boris?

—Llegó a ser destacado ingeniero metalúrgico, laureado con el Premio Estatal. También murió. 

—¿Pudo su padre Yuri volver a ver a la madre?

—Sí, hizo un viaje a la URSS. Después de muchos decenios se encontraron. En 1961 Antonia María fue a estudiar becada a ese país. Ella es la Viví de la carta que usted me dice le sirvió de base a Guillén para escribir la crónica. Cuatro años después falleció mi abuela.

—¿Y su papá?

—También, en 1989.

—Su hermana  enviudó en 1973 del comandante nicaragüense Oscar Turcios Chavarría. Tiene usted una sorprendente familia... ¿Conoce de la novela que escribe Enrique Cirules?

 —Sí, le he ayudado en lo que he podido. No sé cómo se las habrá arreglado a la hora de reconstruir casi un siglo de historias.

Desprecio al mejor amigo

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Por Linet Hernández Moredo
(Alumna de Periodismo)

¡Estudiantes, ¡no alimenten a los perros! Insólita orden, pero común en las reuniones de la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas. ¿El profesorado pretende que un joven ignore a otro ser vivo hambriento, solo por ser un cuadrúpedo carcomido por la sarna? Evidentemente, no debe razonarse así en el esfuerzo contra el entristecedor merodeo de estos animales, problema que se extiende actualmente a las calles y a buena parte de los centros laborales en nuestro país.

Un buen día, el hombre se aburre de su mejor amigo y le hace el último favor de abandonarlo en un lugar espacioso, con comida y muchos “dueños”. El desgraciado deambula, maloliente, entre mesas de comedor y piernas extrañas, por pasillos y áreas verdes de nuestro centro.  Al mediodía gusta de refugiarse bajo las escaleras.

Siempre hay compadecidos que lo reciben en su cuarto, en detrimento del reglamento escolar. Peor, hacen peligrar su salud y la de todos los vecinos, ecologistas o no. 

Pero hay más, cuando los trabajadores de Salud Pública acuden a la solicitud de los directivos de la escuela, se activa una “brigada de salvamento”. Se adjudica a los estudiantes el delito de esconder a los animales para evitar su dramática captura: las víctimas vuelan antes de impactarse sobre el carro. No se dispone de otros recursos, tales como disparo de tranquilizantes, para su traslado.

Si algunos estudiantes se identifican con los protagonistas de ARK, inclinación encomiable, comprendan que la institución docente no cuenta con las condiciones materiales de aquella serie televisiva, ni figura entre sus funciones el rescate de animales.

Ahora bien, por eficiente que sea la actividad de los defensores, la lógica llama a no cargarles absolutamente la persistencia de numerosos caninos distribuidos en todas las zonas de la universidad.

La situación, común en el país, repito,   evidencia la inconstancia por parte del Ministerio de Salud frente a este conflicto.

En cuanto al sacrificio de los atrapados, proceso desagradable para todos, está condicionado por dos cuestiones fundamentales: la difícil situación económica que propicia el creciente número de ejemplares abandonados y enfermos, y el desenfado con que el pueblo cubano asume la cría de perros callejeros, sin sacarlos de su vida vagabunda. Por ejemplo: se limitan a darle algo de comida y no les importa que los desechos atiborren el entorno.

Por tanto, hasta ahora, la opción más viable es respetar las recogidas por parte de la institución sanitaria.  Un proyecto para encontrar personas dispuestas a atendenderlos, valdría. Pero busquemos casa limpias si queremos a los perros.

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La Rosa que tiene nombre

Por Mercedes Rodríguez García

El 22 de agosto de 1986, mientras las tropas soviéticas invadían Praga, refiere Umberco Eco haber encontrado el principio conductor, el “hilo de plata” que lo llevaría a escribir El nombre de la rosa.

Casi seis siglos y medio después, el Medioevo vuelve a inspirar a un narrador que, con la meticulosa exactitud del historiador, elabora una novela cuyo punto de partida no es otro que las inquietudes y temas debatidos en aquellos años.

Y de ellos se hace eco —eso es: como su apellido— y, como eco, profundiza, Amplía, fabula esas voces con una riqueza de timbre que las demás voces no tienen. (Recordemos Narciso y Golmundo, de Hernan Hesse; Medioevo, próximo futuro, de Roberto Vacca.) Como el eco, el semiólogo italiano no inicia, pero sí tiene la última palabra, la definitiva, a juicio de muchos críticos y estudiosos de su extensa y compleja obra.

Como en la controvertida novela, el film homónimo de Jean Jacques Annaud, aborda el imaginario cotidiano medieval que rige el espíritu y la trama central de esta cinta que somete a dura prueba al lector medio.

Ambientada en la Italia de principios del siglo XIV (1329), la película es fuel a la representación literaria que hace Eco de ese mundo donde la ciencia, el arte y la literatura proceden de los monasterios. En sus bibliotecas y scriptoriums tiene lugar la parte más importante del quehacer intelectual, mientras que en sus huertas y campos de cultivo, encuentran espacio campesinos libres y siervos de estas instituciones monásticas (unidades esencialmente autárticas) a las cuales corresponde el gran mérito de hacer que la producción del arte se realizara por los propios monjes, dentro del marco de talleres ordenados, con división del trabajo, y dirigidos más o menos racionalmente.

Y es consecuente también el film con el contexto donde se desarrolla la acción, uno de los períodos más intrincados y desconcertantes de la historia universal.

A las vísperas del Humanismo, luchas entre Imperio e Iglesia se disputan el poder sobre el cristianismo, sin que ni uno ni otra se den cuenta de que las grandes instituciones medievales declinan, y con ellas el universalismo político y la unidad de las “república cristiana”
Ahora las fuerzas nuevas son las monarquías nacionales; las lenguas vulgares (las románticas) desplazan a la lengua universal (el latín), y para la Edad media toda fragmentación es amenaza, confusión, pecado.

Por eso la confusión tiene el aspecto hórrido, bestial y primitivo de Salvatore,
quien habla u8na lengua híbrida, mezcla confusa de los “volgari” románicos sobre un fondo latino.
Quizás no con la magistralidad de Eco, la película presenta los signos de este mundo en formación; de manera velada, sin vislumbrarlos demasiado.

Sin embargo, el trasfondo impresionante, vivo, crudo y grandioso del Medioevo, es casi un epítome cinematográfico de la Edad Media; historia, filosofía, teología, costumbres, ideas políticas y estéticas, historia económica; una concepción de la vida en la que todo tipo de actividad estaba mediatizada por la “marcha hacia el bien último; y el predominio de la Fe sobre la Razón era una virtud personal y colectivamente administrada por el sacerdote, por el médium omnipotente con la Verdad”.

En el celuloide cobran autenticidad copistas, miniaturistas que el scriptorium, junto con la biblioteca benedictina, son los lugares más importantes del convento, precisamente por ese fecundo papel cultural como conservadores de la tradición y de libros.

En esos espacios, donde Fray Guillermo de Baskerville inicia su investigación sobre la muerte del joven y hermoso miniaturista Adelmo de Otranto, hallado sin vida en la barranca bajo el edificio de la biblioteca; donde la lujuria de la muerte parece conjugarse como causa del delito y radicar el secreto de los restante homicidios. (“El mal en la abadía búscalo en quien sabe demasiado, no en quien no sabe nada”, aconseja Ubertino de Casale al franciscano inglés.)

En esta comunidad monástica donde amanuenses, miniaturistas, traductores y biliotecarios, ocupan un lugar muy importante. La escritura era entonces un arte muy difícil. El libro —imagen del mundo—  resultaba un objeto sagrado, lujosamente encuadernado e ilustrado, que no estaba hecho solo para ser leído y constituía, además, un bien económico. La escritura no era personal, sino que respondía a un modelo invariable que impedía la rapidez y se realizaba en el silencio más absoluto. Era una tarea particularmente penosa. Y ese ambiente, dominado por la disciplina y el aislamiento, era propicio para las pasiones insatisfechas, celos, intrigas, injusticias, rivalidades, llevadas a veces al paroxismo y hasta el crimen y otros actos pecaminosos y delictivos.

Se trata del reflejo exacto de un mundo donde las transmisión oral, la representación gráfica y la iconografía, constituían los instrumentos de comunicación idóneos “sometidos al control de cada territorio y al control supremo de la Iglesia sancionadora”. Fuera de la abadía, peregrinos, predicadores, mercaderes y juglares, serán agentes de intercomunicación.

Respecto a la descripción y caracterización de personajes, la cinta de Annaud raya en lo fabuloso. Podría dar muchos ejemplos en tal sentido. Mas, creo suficiente el relativo al arte, a la iconografía medieval y renacentista en los cuales se inspira el propio Eco para elaborar la gran metáfora que se sobrentiende en toda la novela (“el mundo al revés”), y que no deriva solo de los textos medievales, sino también de la pintura de Brueghel el Viejo y otros retratos en los que la tradición iconográfica “parece familiarizada con santos y anacoretas en cuya soledad en el desierto o en una celda, las tentaciones de la carne, del cual Malaquia es un pálido iniciador, genera hombres fatales y superhombres”.

Eco logra formas de construir un personaje; Annaud, imagina, selecciona, y el actor Sean Connery (Guillermo de Baskerville), pone su sangre, figura e inteligencia.

Son ricos los detalles visuales de los decorados, las tomas brumosas de la abadía, los laberintos y pasadizos, las construcciones, ventanas, puertas, torres, murallas. Todo en luces y sombras. Luz que enseña y anuncia; sombra que oculta y deforma, tal y como debió ser entonces, ambiente notablemente reforzado por la banda sonora (cantos gregorianos, cánticos, misereres), que se ajustan y llevan a la reflexión del tema y a la naturaleza misma de los sucesos que ocurren en la abadía, a donde llegan Guillermo y su pupilo Adso de Melk.

Figuras históricas representativas de la época se mezclan con héroes de ficción. Mundo fabulado y realidad. Montaje de enormes materiales que no salen del contexto medieval, estructuras unitarias... en función de ir preparando la revelación final, el hallazgo del texto prohibido (la segunda parte de la Poética, de Aristóteles, que el filósofo había dedicado a la Comedia: el Finnis Africae) cuyas páginas envenenadas causaban la muerte.

En el film —como en el libro— lo trágico y lo cómico se enfrentan en dos categorías interpretativas del Medioevo: la seriedad inhumana se separa y rechaza a su amiga la risa, transgresora y cuestionadora.

Lo serio medieval oficializado, unilateral (muy diferente a lo serio del mundo antiguo coexiste con lo cómico), representa “un mundo limitado, relativo, jerárquico, inmóvil, ligado a la intimidación, al terror, al miedo, a la resignación, a la docilidad; en una palabra, a la muerte”, y que niega como tal el otro aspecto inseparable de la naturaleza humana, lo cómico, la risa, “esa risa creativa que lleva al conocimiento y a la verdad, y por tanto, peligrosa: risa subversiva, capaz de vencer el miedo cósmico y derrumbar el orden limitado, clasista, que no tienen ninguna correspondencia en el universo y, por lo tanto, contranatural”. (La risa que nada tiene que ver con la ironía y el sarcasmo modernos, solo negativos y destructores.)

La sociedad medieval, temerosa de la fuerza de transformación de lo cómico, controla la risa legalizándola en determinadas circunstancias y en fecha precisas (fiestas de carnaval, de los locos, etc.), donde la colectividad podía libremente, a través del lenguaje profanatorio y de las bufonadas, abolir el mundo social y opresor y, saliendo de él —aunque fuera a coto plazo— “crear un mundo invertido, universal, fuera de la jerarquización”, en que lo cómico unía al mundo “alto” y al mundo “bajo” en un segundo mundo utópico en el que triunfaban la igualdad, la libertad y la abundancia.
Seriedad y humor separaban a los protagonistas antagónicos (Baskerville/Burgos). Risa y seriedad encontramos por separado en el franciscano y su pupilo Adso. La mofadora, irónica, audaz, pero también humana libertad de juicio de Guillermo, contrasta con la seriedad, cautelosa obediencia del joven benedictino, delineada “como latente atributo de un carácter propiamente alemán”.

Finalmente, el fuego devora la abadía. La cultura dejará de ser patrimonio de los monjes, símbolo que la autenticidad e intensidad del incendio deja ver de forma clara: la desintegración del propio sistema feudal, del que los conventos fueron pilares importantes.

Adso termina su viaje y tomará el camino místico de la fe (se refugia en el monasterio de Melk). Ha rechazado la búsqueda y el conocimiento, preconizados por su maestro Guillermo. La frase final en latín (en la novela) “stat rosa prístina nomine nomena nuda tenemus”, resulta la única referencia al título, y por tanto, será significativa.

La rosa es la reina de las flores.

¿El nombre de la rosa?: ¿Juego postmodernista para despistar destruyendo significados? ¿Asociación escolástica del alma y la rosa? ¿El espíritu humanista que siempre se impone? ¿Verdadera falta de correspondencia con el texto? ¿Indeterminación forzosa: humor, sarcasmo, fuego, fuerza diabólica de la muerte, de la rosa?

Los 130 minutos de la trama se acaban como el libro que cerramos. Si la cultura es el conjunto de modos de vida de grupos determinados, cultura medieval es toda la obra. Imaginario cotidiano de Humberto Eco sobre el que Annaud filma, para que la verdad, el conocimiento y la belleza sean también para nosotros, para que el eco de Eco continúe profundizándose, ampliándose, fabulando voces en estos tiempos cercanos y parecidos a aquel 22 de agosto de 1968 en que el escritor italiano encontró el principio conductor, el “hilo de plata” que lo llevó a escribir El nombre de la rosa.


Bibliografía:

1. Umberto Eco, El nombre de la rosa, alguna clave, revista Nueva época, México 1985.
2. ----------------, Apostillas a El nombre de la rosa, revista Opción #7, La Habana, 1989.
3. Fornellés, Alfredo. Historia de la filosofía, Tomo I, Editorial La España Moderna, Madrid, 1994.
4. Rivero, Darcy. El proceso civilizatorio, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1992.
5. Rossi, Anunnziata. Un libro prohibido, revista de la UNAM, México, 1985.
6. Torres, Eduardo. Antología del pensamiento medieval, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
7. Vasconcelos, José. Historia del pensamiento filosófico, Ediciones Universal Nacional de México, 1987.
8. Vázquez Montalván, Manuel. Historia y Comunicación Social, Alianza Editorial, España, 1985.

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Todavía su energía habita la casa

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Por Mercedes Rodríguez García

Celia María Hart Santamaría, hija de Haydée, la Heroína del Moncada, dice:

"Tenía la capacidad de ser muy cariñosa y muy exigente, una mezcla que nos resultó muy difícil de enfrentar a mi hermano y a mí. A veces no necesitaba palabras, era como si tuviera una luz por dentro, una luz que hacía que todo se viera."

La observo desde mi asiento en la fila trasera, cinco sillas más a la derecha de donde ella se encuentra. Me interesan sus reacciones ante las canciones que interpretan Vicente Feliú, Lázaro García y el trío Trovarroco junto a Vionaika Martínez. No persigo una lágrima, ni un suspiro. Celia María ya me había demostrado, semanas atrás, una extraña fuerza, nada temperamental. Quizás -como el Moncada para su madre-  Haydée sea para ella «un hecho biológico y espiritual», al decir de Cintio Vitier. 

De todas maneras, Celia María no es de hierro. Al menos, tararea. De perfil le hallo bastante parecido con su madre. De vez en cuando ladea a ambos lados  la cabeza, hunde la barbilla en el pecho, se acaricia las mejillas con los pétalos de dos girasoles que sostiene entre sus manos; ora cosquillea con ellos las orejas, ora los deposita en sus piernas y, con la diestra libre, surca hacia atrás el cabello rubio.

Durante el primer encuentro habló sobre su madre:

«Era muy preocupada, sobre todo porque yo fuera una persona útil y honesta. Nos sacaba la punta a los lápices, nos forraba las libretas, con el mismo cariño y energía con que nos exigía el máximo de puntuaciones. Tenía la capacidad de ser muy cariñosa y muy exigente, una mezcla que nos resultó muy difícil de enfrentar a mi hermano y a mí.»

Fue en Encrucijada, en ocasión del 75 aniversario del natalicio de Abel. Dos colegas la abordaron a boca de jarro. Una pregunta, dos preguntas, tres... Aprovecho y  grabo sus declaraciones, esta, sobre el segundo jefe del Movimiento 26 de Julio, el tío que no conoció, pero al que siempre sintió como si estuviera vivo.

«El cariño hacia él  me llegó a través de mamá, más por el sentimiento que por las descripciones o narraciones que ella pudiera hacerme de ese  que fue su hermano más chiquito y mimado, y en el que no dejó de pensar ni un solo instante.»

En carta a Benigno y Joaquina,  la propia Haydée rebela lo que a Celia María le ha costado trabajo resumir.

Ante la pérdida del hijo, no se resignan. Entonces les llama «padres privilegiados» porque tendrán un hijo que no se convertirá en un viejo feo y arrugado, sino que continuará con su cara linda y tierna. ¡Cómo entonces aceptarlo muerto! Si para ella, a quien le reprochaban que «nada más quería a Abel, que era lo único que me importaba en la familia» su hermano continuaría siendo el guía, el eterno joven rebelde y noble. A sus progenitores, venidos desde España, le pidió: «amen esta tierra donde él nació, quieran a Cuba, quieran a Fidel...»

CON LA MISMA FUERZA DE SU MUERTE

«A mí me sorprende la muerte de mamá siendo una jovencita. Lo que más recuerdo de ella es su fuego. Era muy obsesiva, por ejemplo, con las cosas de la escuela. Nos repasaba cualquier materia por tal de que saliéramos bien. Nada la detenía. Así que la recuerdo con la misma fuerza que tuvo su muerte.»

De sus años escolares, Celia María rememora:

«Yo ponía a mi papá, Armando Hart, en el sitial del dirigente que era, algo que me resultaba un poco raro. No podía pasar inadvertida. Sin embargo, cuando me preguntaban acerca de mi mamá, simplemente decía: directora de Casa de Las Américas, y va que chifla. Nada más.»

La emoción le acentúa el cansancio. Hace calor afuera. En la sala de vídeo, la atmósfera se torna más placentera. Otra interrogante:

—¿Qué significa para ti volver a Encrucijada?

—Vine una vez, creo que un Día de las Madres, a ver a mi abuela. Tendría unos 13 años. Ese solo hecho me remueve. No sé por qué la asocio con una abuela que tenía mi mamá, que ella quería mucho y por la que me pone María, no porque ese haya sido su nombre de guerra. En este aspecto de las su vida sería bueno que profundizaran, porque no hay muchas cosas en claro. ¿Qué tal era la abuela Lita? Mi tía Aida, cuenta una cosa y otra contaba mi mamá, son personas muy arraigadas. Yo creo que se trata de una familia muy especial, incluso mi tío Aldo. A veces dicen cosas que una no entiende, en el fondo, muy profundas y que a mi edad no tenían explicación, pero bueno, con esos bueyes tuvimos que arar.»

Como mujer al fin, no descubre su edad. No hace falta. Ante el grupo se muestra en extremo desenfada. Su lenguaje gestual deja en blanco muchas palabras: las manos, sobre todo, arman. Los ojos, la descubren. Las cejas, en un abrir y cerrar de abanico retador, la descubren. Por momentos adivino a su madre. Pero también a Hart, en ese ceceo inconfundible, defecto de dicción  a la mayoría de los cubanos resulta agradable:

«Mamá era muy fabuladora. Es el caso de la piedra. Habría que comprobarlo. Me contaba que un día, tal vez algún aniversario  relacionado con la República Española, mi abuelo sacó una bandera o algo parecido. Y ella, como era, le lanzó una pedrada. Bueno, tuvo que salir corriendo. Ni siquiera se me ha ocurrido preguntarle a mis tíos Aldo y Aida sobre el asunto. Yo pienso que es verdad, porque lo contaba con tanta vehemencia: ?No la saques, papá, que aquí solo se pone la cubana’, dice que le dijo...  ¡¿y como era ella de tremenda..!?»

 —Entonces, ¿venir aquí...?

—Me ha traído ese sentimiento por Abel que transpiraba mi mamá. Abel, su muerte... La dejó marcada de manera imborrable.

CAMBIÓ SU CUMPLEAÑOS

—¿Cómo fueron sus relaciones con los intelectuales?

—Bueno, vienen a mi mente las tortillas de papa cruda. Virarlas era todo un acontecimiento, como apagar la velitas. Participaban todos los de la Casa: Carpentier, Benedetti, el consejo de dirección en pleno, Mariano, Retamar. Mi casa era como un puerto abierto a todas las naves. Cada 312 de diciembre para mí será su cumpleaños, ella se adueñó de este día. La fiesta comenzaba desde por la mañana, aunque su fecha de nacimiento es el día 30. Yo creo que eso viene por una tradición cristiana, que a mi me gusta mucho: la celebración de la natividad, y eso limpia cualquier tristeza, quiero decir, celebrar los aniversarios de nacimiento ante los de la muerte, es el caso de nuestros héroes y mártires, como siempre se ha hecho con Martí, cada 28 de enero.

—¿Cómo recuerdas a Pablo, a Noel, a los muchachos de la Nueva Trova?

—Pablo y Silvio, muy flaquitos. Siendo yo niñita mi mamá me insistía: ’Fíjate bien, esta gente va a ser muy importante’.  Me instaba a que oyera lo que ellos tocaban. A mi juicio mamá tenía un bajo nivel escolar, sin embargo, me asombraba su juicio para distinguir la buena literatura de la mala, la pintura, la cerámica. Poseía una extraña sensibilidad. Ahora hay libros y estudios sobre la llamada inteligencia emocional, estudios de psicólogos, que yo creo que eso pudiera explicar en mucho lo de la cultura que logró alcanzar mi mamá.»

ELLA CREÍA QUE ABEL ERA LO MÁXIMO.

«Me contó que cuando estaba en el Movimiento con Abel, antes de conocer a Fidel, Abel era lo máximo. Pero un día, llegó Fidel a 25 y O, y cuando él se va ella le replica en tono inquisitovo: ’ Abel, ¿tú estás claro que el jefe es él?

—¿Nadie de la familia se te parece a Abel?

—Mi mamá decía que mi hermano. A mí no. Porque mi tío tenía los ojos muy claros, y era sí, bien parecido y portado, muy elegante. Co respecto a mi tío, no me canso de decir que  transpiró en mi hermano y en mí ese sentimiento que siempre la inundó y que la dejó marcada de manera imborrable. Cuando Trigo hablaba de Abel, directa e indirectamente me recordaba a mi mamá. Ella hablaba calladita sobre las formas y las cosas de Abel, pero siempre con un sentimiento de subordinación, que lo tuvo también para con Fidel.»

—¿Qué más recuerdas de Haydée con relación a tu tío Abel?

Que en la escuela ellos estudiaban mucho a Martí, y que era Abel, en vez de ella, quien la repasaba, porque se llevaban unos cuantos años. ’Si, mi hijita -me decía-, Abel entró a la escuela muy pequeñito, pero sabía más que yo’.  Para ella Abel era algo insuperable.

CERCANO EL CUMPLEAÑOS DE HAYDÉE

Se impone el homenaje. Encrucijada natal. Diciembre 23. El día verdadero será el lunes 30. Vicente, Lázaro  Vionaika y el trío Trovarroco , superan con la música las palabras: Si de tanto soñarte, Sueño de un despertar, Dulce abismo, Aurora de los ángeles, Créeme, Yo estaba en el otro borde, Siempre será el amor, El rey de las flores, Todo el mundo tiene su Moncada, Soneto a Yeyé... Y Yeyé, aquí y allá y en toda esta Isla.

Desde mi asiento en la fila trasera, cinco sillas más a la derecha de donde ella se encuentra Celia María, que terminado el acto, en el batey del central que lleva el nombre de Abel, se dispone a escapar...

 —Me debes una foto.

—¿Sí?

—Sí, aquí, junto a Nené Prieto, la que le enseñó a bordar a tu madre.

—¡Qué lindo bordaba mi mamá! ¡Por qué esas dotes no se heredan?
Y en el aire se queda la pregunta.

Se va junto a Vilma, la tía Aida, sus dos hijos.
 
De prisa deja un cofre a las cuidadoras del museo en el ingenio insignia. Era de Haydée. No sabe bien lo que guardaba en él.

Delante de las fotos se extasía. Han pasado 22 años. La madre sigue allí, habitando la misma casa con su energía.

Porque Haydée, la Heroína del Moncada, era como si tuviera una luz por dentro, una luz que hacía que todo se viera, una luz que nunca se ha apagado.

Nota: Los dos colegas que compartiero esta entrevista: Alberto González Rivero y Enma Rodríguez Aguilera, de la CMHW.

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