Blogia
LA TECLA CON CAFÉ

Cafetal adentro

De la pesadilla batistiana al sueño rebelde de Camilo y Che

De la pesadilla batistiana al sueño rebelde de Camilo y Che


10:46:23 a.m.

Por Mercedes Rodríguez García

En último mes del año 1958 todavía le quedaba a Batista tiempo para maniobrar, aunque no estaba seguro de poder controlar la situación del país, al menos hasta el  24 de febrero, fecha en que transferiría constitucionalmente» la silla presidencial a Andrés Rivero Agüero.  

Su «fuerza de abatimiento más grande» era un reporte de la Dirección de Operaciones G-3 del EMC, referido al último encuentro sostenido entre los rebeldes en el oriente cubano: Guisa, «punta de lanza a las puertas de Bayamo», había caído en manos de los guerrilleros.

No obstante, el General manejaba la posibilidad de detener el empuje de Fidel Castro con la ayuda Estados Unidos de Norteamérica. La rebelión amenazaba sus cuantiosos intereses y no iban a permitir que se perdieran 5, 700 000 toneladas de azúcar, previstas para 1959.

  

Pero los norteamericanos se mantenían escépticos respecto a al régimen, «muy presionados por los sectores académicos y la prensa que impugnaban el apoyo de Washington a las dictaduras militares de Venezuela, Colombia, República Dominicana y también Cuba. Lo más sensato era una «tercera fuerza» formada por moderados antibatistianos no necesariamente procastristas, pero sí «reconocidos demócratas y pronorteamericanos». Una política tangencial que «no implicara necesariamente la llegada de Fidel Castro a Palacio». Por lo pronto, mantendrían el embargo de armas, a la vez  que acrecentarían la farsa y el engaño.

Che, Escambray

Mientras tanto los rebeldes habían dividido a la isla en dos y ocupaban uno por uno los territorios de Las Villas, y en las montañas del Escambray, bajo los bombardeos de la Fuerza Aérea del Ejército (FAE), los combatientes del Movimiento 26 de Julio (M-26-7), representados por el Comandante Ernesto Guevara y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR-13 de Marzo), acordaban un pacto de unidad en la lucha.  No sucedió igual con el Segundo Frente Nacional,  que mantuvo una posición anti unitaria y abiertamente contrarrevolucionaria, y se replegó hacia el sur del macizo montañoso.

Batista no eran ningún iluso. Por eso decidió defender y mantener a toda costa su dominio sobre el centro y occidente del país. De ahí que el coronel Alberto del Río Chaviano, jefe del regimiento 3 Leoncio Vidal de esta provincia, concentrara hombres, medios y técnica  en Cabaiguán y Fomento para, desde allí, acometer contra El Pedrero y Gavilanes donde, según informaciones de la inteligencia militar, se encontraba el grueso de los rebeldes, a quienes desde el 28 de noviembre «ablandaban» desde  el aire.

De modo bien diferente los revolucionarios obtenían fondos monetarios. Los hacendados, colonos y ganaderos aportaron al Che en Las Villas unos 700 000 dólares, en carácter de impuestos voluntarios anticipados». Para los finales de la guerra civil ello representó una importante inyección económica, específicamente  en lo relativo al pertrecho de los hombres que atacarían «el Campamento de Santa Clara».

Camilo, un nuevo frente

Pero antes del asalto a la capital villareña el comandante argentino venido desde la Sierra Maestra al frente de la columna 8 «Ciro Redondo», trazaría la estrategia para cortar por el sur los posibles accesos a los refuerzos del ejército a través de las principales carreteras y vías férreas; mientras que en la zona norte la Columna 2 «Antonio Maceo», comandada por Camilo Cienfuegos, abriría un nuevo frente guerrillero en coordinación con el Partido Socialista Popular (PSP).

 

En su campamento de Juan Francisco, Camilo estrenaría la planta transmisora e intercambiaría por radio con el Che, quien por primera vez  haría un recuento radial de la marcha invasora de su columna.

Afirmó entonces que Santa Clara «estaría virtualmente en sus manos cuando realmente se hiciera una ofensiva de todos los factores revolucionarios agrupados». [...] Creo que estamos al borde de un colapso», aseveró. A una última pregunta sobre si estimaba posible cenar todos juntos en Nochebuena, respondió: «Bueno, todos podemos cenar, el asunto es dónde».

Libertad de pueblos y ciudades

Para entonces, fuerzas rebeldes conjuntas del M-26-7, el DR-13 de Marzo y el PSP, acometerían numerosas acciones de envergadura que, en rápida sucesión conllevarían la liberación de pueblos y ciudades:

El 16 de diciembre soldados del Che, bajo el mando del capitán Rogelio Acevedo, derriban el puente de hierro de Falcón y hacen realidad separar en dos la Isla. Mientras, tropas rebeldes del  DR-13 de Marzo, bajo el mando del comandante Faure Chomón Mediavilla, ocupan el poblado de Báez. Al día siguiente, un comando del propio Directorio ataca y toma el Palacio de justicia (Audiencia), en donde era juzgado Joaquín Milanés, El Magnífico. En esa demostración de audacia, de gran resonancia local, murió el capitán Ramón González Coro.

El 20 de diciembre, en un punto conocido como Purpurí, en Camajuaní,  Camilo sostiene un tiroteo con soldados que viajaban en un jeep. En el encuentro mueren un militar y el temible teniente de batistiano apodado Látigo Negro. Ese mismo día y el siguiente, tiene lugar en el poblado remediano de General Carrillo, la Plenaria Azucarera en Armas. Camilo ataca y toma Zulueta,  e inicia el asedio (duró 10 días) al cuartel de Yaguajay. Simultáneamente, guerrilleros de la columna 8 atacan Guayos y Cabaiguán, en la actual provincia de Sancti Spíritus. El 23, tropas del DR-13 de Marzo atacan el cuartel de  de Manicaragua.


Para los placeteños, la víspera de Nochebuena se convierte en preludio de fuego. Desde la habitación 22 del hotel Las Tullerías el Che proyecta el ataque a la capital villareña. Ordena entonces al comandante Víctor Bordón Machado marchar hacia el centro-sur de la provincia, con el objetivo de destruir el puente sobre el río Sagua la Grande, en las inmediaciones de Santo Domingo, evitando con ello la entrada de refuerzos provenientes de La Habana, y detener al enemigo que intentara retirarse de Santa Clara.

 

Los días 24 y el 25, rebeldes comandados por Guevara combaten por Remedios y Caibarién, en esta última villa junto con fuerzas combinadas de la Columna 2 «Antonio Maceo». Santa Clara la ciudad más importante del centro del país y nudo de las comunicaciones iba quedando aislada. El Che había calculado ocuparla en un mes, pero solo necesitó cinco días a partir del 27, al «retirarse el enemigo de Camajuaní sin ofrecer resistencia», como el mismo escribiría años más tarde. En Santa Clara Batista se había jugado su última carta: el tren blindado. Se suponía que el equipo técnico del convoy garantizaría el permanente buen estado de las vías, y que su bien armada dotación enfrentaría y pararía la ofensiva rebelde.

Destino para un tirano

No obstante el ambiente bélico en el Oriente y Centro cubanos, el chief  Fulgencio confiaba en los poderes de Chano Betongó, su Babalawo, quien le advierte que la señal de la divinidad en el humo era negativa, trágica, irremediable, y que por ello debía sacrificar seis novillos, seis cerdos, doce gallinas...

Batista no aceptó, pero tampoco se dio por vencido. Chano Betongó suplicó de nuevo. El santo replicó con enojo que los caminos estaban cerrados y que se acercaba el mar de aguas rojas.. y decidió alejarse.

Sí, el santo le daba la espalda al dictador pero ayudado por los rebeldes liderados por Fidel, Raúl, Camilo, Che y demás jefes guerrilleros. Al dictador no le quedaba ninguna otra salida. Prolongar su permanencia en Cuba podría tener un trágico desenlace, y por sus venas no corría sangre de mártir. A estas alturas, ya no creía en milagros.

La noche del 31 Batista aplica a fórmula indicado por el embajador Smith: un gobierno «equidistante», ni tirano ni rebelde, una maniobra golpista de Eulogio Cantillo Porras, el general farsante, mentiroso y traidor que anunciara desde Columbia la huida de Batista y llamara a instaurarse en el poder.

Che y Camilo avanzan

Pero Fidel no cree en jugarretas. Desde las puertas de Santiago de Cuba, ordenó a sus comandantes Che Guevara y Camilo Cienfuegos continuar el avance hacia la capital del país y tomar allí las posiciones claves. Por Radio Rebelde llamaría a la huelga general:

—«... ¡Revolución, sí, golpe militar, no! ¡Golpe militar de espaldas al pueblo y a la Revolución, no, porque solo serviría para prolongar la guerra! [...]¡Escamotearle al pueblo la victoria, no, porque solo serviría para prolongar la guerra hasta que el pueblo obtenga la victoria total!» 

Era el primer día de año 1959. Los pueblos liberados por Camilo y Che celebraban la Navidad más larga de cuantas habían vivido. La pesadilla del tirano había acabado. Terminaba la pesadilla del tirano, comenzaba un Enero de sueños rebeldes, la vigilia perenne por la libertad.

Nota: Los entrecomillados pertenecen al libro «Batista, últimos días en el poder», de José Luis Padrón y Luis Adrián, Betancourt. En algunos casos constituyen citas textuales pero, en otros, solo frases construidas sobre el discurso de los personajes, de acuerdo con la descripción de ambos escritores.

Cuba o Washington

Cuba o Washington

 

6:43:15 p.m.

De Céspedes a Fidel hemos crecido y aprendido tanto, que ya nunca más podra engañarnos el capitalismo, y frente a cualquier ropaje con que se presente sabemos desnudarlo y barrerlo.

Por Fernando Martínez Heredia*

Campo militar o sitio de labranzas y ganado, centro del comercio o jurisdicción administrativa, en la bonanza o en la ruina, el destino de cada comunidad en la Cuba colonial era ajeno a su voluntad. El colonialismo, ese crimen mayor a escala planetaria cometido por la expansión del sistema capitalista, mandaba en todo, desde la invocación eclesiástica oficial que precedía al nombre de la ciudad de Bayamo hasta las limitaciones o prohibiciones que se aplicaban a los individuos de castas consideradas inferiores.

Como todo orden de dominación, el colonialismo tiene sus leyes. Una colonia no tiene historia propia, sus nativos son eternos niños, sus recursos pertenecen a la metrópoli, que puede esquilmarla, imponerle los tributos que desee e implantar las formas más salvajes de explotación en ella. Esto último sucedió en Cuba con la esclavitud masiva del siglo XIX, un millón de personas traídas en ochenta años. Sobre la explotación más despiadada de su trabajo y la opresión y humillación permanentes se levantó la colosal riqueza de la colonia de Cuba.

Así era gobernada Bayamo, como todo el país. Pero una lenta y dilatada acumulación de rasgos específicos estaba formando en la isla una comunidad que podía llegar a ser nacional. Sin embargo, ella no era suficiente por sí sola. Diferentes acciones y formas de resistencia de los hijos del país le fueron añadiendo a la identidad naciente un costado de negación del dominio y del derecho del otro, que se volvía extranjero en la medida en el que el criollo se volvía cubano. El abuso, la represión y la soberbia condujeron al rechazo y el rencor, pero eso tampoco era suficiente.

Tuvo que aparecer la necesidad de rebeldía, y con ella la de darle organización y sentido. Esos dos rasgos convirtieron al prófugo, al campesino pobre, al bandolero y al apalencado, unidos al señor criollo local ofendido, díscolo y conspirador, es decir, a sectores y gentes nunca antes reunidos, en los sujetos que se unieron para una empresa común, nunca antes vista. Hace ciento cincuenta años, el oriente de Cuba hervía en desobediencias, y cientos de personas estaban al margen de la ley. Pero faltaba la conversión de la subversión o el motín en una rebeldía detonada con un fin preciso, que convirtiera la actuación en falange combativa y la pasión en ideales expresos. Faltaba la revolución.

Aunque fuera doctor en leyes y propietario de fábrica con esclavos, hombre culto, buen jinete y amigo del arte, Carlos Manuel de Céspedes era un colono más. Su carácter firme y sus ideas avanzadas lo hicieron líder local de conspiradores, uno entre los posibles directores. Pero su determinación personal era superior, y en la hora singular supo comenzar a labrar su grandeza. Él pronunció la primera frase de la leyenda mambisa: «España nos parece grande porque la miramos de rodillas. Levantémonos».

El 10 de octubre de 1868, Céspedes inauguró la política revolucionaria cubana y llamó al pueblo a pelear, con la misma campana, por la libertad y por la justicia. Aquella acción destrozó los imposibles y creó una nueva realidad. En esos diez días que van de La Demajagua a la toma de Bayamo, Céspedes abrió la brecha para que insurgiera el pueblo, y para que todo el que ansiaba ser rebelde pudiera convertirse en soldado y en ciudadano, en revolucionario.

Después que acontecen, los grandes eventos históricos se pueden enunciar fácilmente, y hasta pueden parecer fáciles al pensamiento pequeño, el que cree que siempre sucede solamente lo que debe suceder. O al que cree que esos acontecimientos deben sujetarse a un esquema, a camisas de fuerza de la Historia manejadas por doctores incapaces de cometer ninguna locura. Al pie mismo de unos hechos en lugar remoto, el adolescente habanero José Martí, que ya conoce bastante de imposibles, sabe que lo que sucede en Bayamo parece un sueño. Por eso escribe:

«No es un sueño, es verdad. Grito de guerra / lanza el cubano pueblo enfurecido / el pueblo que tres siglos ha sufrido / cuanto de negro la opresión encierra». A Martí, tan lejos y tan pobre, lo iluminaba la luz de Yara, porque en tiempos de revolución la luz no se propaga de manera uniforme. Y una semana después de la quema gloriosa de esta ciudad por los revolucionarios, el joven escribe la frase que será definitoria para toda la época que apenas se inicia: «O Yara o Madrid».

Céspedes liberó a sus esclavos la primera mañana, pero la justicia tuvo que abrirse paso frente a los obstáculos provenientes de su propio campo. La independencia y la abolición tuvieron que fundirse en un solo propósito, y la libertad personal y la ciudadana, reunidas, asumir la forma de gobierno republicana. Los revolucionarios tuvieron que volverse superiores a ellos mismos, y no solo a sus circunstancias. La guerra fue la fragua tremenda en la que se lograron los prodigios necesarios, y ella se alimentó con los sacrificios, el heroísmo y la constancia de muchos miles de hombres y mujeres.

Dar la vida, pasar hambre y escasez de todo, combatir, todas las formas de la entrega y el altruismo se hicieron cotidianas. La bandera de la estrella solitaria se volvió sagrada, y la marcha, el campamento, el héroe, el amado y la amada, la jornada de sangre y de muerte, se expresaron en canciones.

Cuando todo se condensó para sobrevivir, escoger lo vital y ganar fuerzas, el himno de Bayamo se quedó en ocho versos guerreros que invitan a pelear, retan a la muerte necesaria y prometen vida eterna. Próceres y pobres de todos los colores aprendieron que era la revolución la que le daba probabilidades de éxito a sus luchas y sus anhelos más sentidos. Y lograron sentirse hermanos mientras compartían todas las vicisitudes. En la guerra revolucionaria nació la identidad nacional cubana, con su contenido y objetivos populares.

La historia ha sido nuestra maestra, y en esta región nos dio sus primeras lecciones. Más de ochenta años después, buscando en aquella gesta fuerzas para asaltar el futuro, los niños cantaban, poco antes de arrancarse los juegos de un tirón: «que Bayamo fue un sol refulgente / donde puso el cubano valiente / muy en alto el pendón tricolor». Y en La historia me absolverá, el joven rebelde Fidel reivindicaba el abolengo patriótico de Oriente, donde, decía: «se respira todavía el aire de la epopeya gloriosa» y «cada día parece que va a ser otra vez el de Yara o el de Baire».

El discurso de Fidel en el centenario del 10 de Octubre, en La Demajagua, es una pieza maestra para la comprensión de nuestra historia. Escojo una de sus tesis y lo cito:

«Si una revolución en 1868 para llamarse revolución tenía que comenzar por dar libertad a los esclavos, una revolución en 1959, si quería tener el derecho a llamarse revolución, tenía como cuestión elemental la obligación (…) de liberar a la sociedad del monopolio de una riqueza en virtud de la cual una minoría explotaba al hombre (…) Suprimir y erradicar la explotación del hombre por el hombre era suprimir el derecho de la propiedad sobre aquellos bienes, (…) sobre aquellos medios de vida que pertenecen y deben pertenecer a toda la sociedad».

La historia sigue siendo maestra, pero ahora trae consigo una gigantesca cultura de liberación acumulada. De Céspedes a Fidel hemos crecido y aprendido tanto, que ya nunca más podrá engañarnos el capitalismo, y frente a cualquier ropaje con que se presente sabemos desnudarlo y barrerlo. Y nuestra patria ha crecido tanto, que lo que fue Yara hoy es Cuba, y Cuba es mucho más que una isla liberada.

El antagonista en el mundo actual también es mucho más grande y poderoso, cuenta con inmensos recursos materiales y una cultura ubicua, muy capaz e incluso atractiva, que es su arma principal en esta fase de su guerra contra Cuba.

Pero es el mismo enemigo de que este país pudiera ser independiente desde hace doscientos años, el mismo que truncó la gran revolución libertadora hace 118 años e impuso su dominio neocolonial, el que ha hecho todo lo que ha podido contra este pueblo desde 1959, el águila rapaz, grande en el crimen y en la inmoralidad. Aspira a debilitarnos y dividirnos, a reclutar cómplices y acabar con la sociedad que hemos creado entre todos y con la soberanía nacional.

El desafío, entonces, es del mismo carácter que cuando era o Yara o Madrid, y la disyuntiva vuelve a ser tajante. Ahora es: o Cuba o Washington.

Y en el recuento de los que ya estamos acostumbrados a pelear juntos forma en las filas la luz de Yara, y se reúnen en Bayamo, sitio sagrado de la patria, las artes y las ideas, los homenajes y los sentimientos, el clarín que llama y la decisión revolucionaria. La canción mayor en la voz de todos, el himno en la voz del pueblo. Y como faro y guía, la bandera del triángulo rojo y la estrella solitaria.

*Filósofo y ensayista cubano. Es Premio Nacional de Ciencias Sociales. Entre otros libros ha publicado “El corrimiento hacia el rojo” y “Repensar el socialismo”.

Céspedes, El Padre de la Patria, una oportuna conferencia de Eusebio Leal

Céspedes,  El Padre de la Patria, una oportuna conferencia de Eusebio Leal

 

2:21:44 p.m.

“El secreto y el sigilo fue quizás el arte que precedió al 10 de octubre. Las fraternidades masónicas son una institución discreta. Hoy lo podemos hablar y sé que en el público hay hermanos masones de distinto grado. Céspedes lo fue, como lo fueron también todos los que, reunidos en Las Tunas, tomaron la decisión de qué día y a qué hora se produciría el alzamiento”.

Así introdujo el Historiador de La Habana, doctor Eusebio Leal Spengler, el recorrido de casi una hora y media a través de pasajes remotos e impresionantes de la historia de Cuba. Ocurrió este lunes en el patio central del habanero Pabellón Cuba, durante una conferencia organizada por la Asociación Hermanos Saíz.

 “Se cuenta —apuntó Leal— que en una comida en que Céspedes participa con uno de los prominentes hombres, este le habla del tema más delicado, que ya no es el del tiempo, sino el de cómo; es decir, cómo obtener las armas, y Céspedes le responde en la mesa de una manera fulminante: la tienen ellos (los españoles). Esto se convertiría luego en una regularidad en la lucha y la insurgencia cubanas: la tienen ellos, por lo tanto, había que quitárselas, y no era fácil”.

 

”Yo adoro a Elpidio Valdés como creación artística y considero que ha jugado un papel importante en hacer atractiva la historia a nuestros niños y a todos nosotros. Pero deploro que se presente siempre al adversario con una estupidez generalizada. No fue así, y esto es lo grave del problema. Se desataría una fuerza telúrica sobre aquellos que decidieron alzarse, sólo comparable con las guerras en territorio peninsular, como la guerra civil española de 1936 a 1939, que enfrentó a padres con hijos y a hermanos con hermanos”, señaló.

En determinado momento durante la Guerra de los Diez Años, esa fuerza telúrica del ejército español llegó a alcanzar los 100 000 hombres. De ahí que durante su conferencia “Carlos Manuel de Céspedes: la virtud revolucionaria”, el Historiador reveló al primero en alzarse, al que por acuerdo, secundarían todos, y que “llegó a la revolución por la evolución de las ideas, no por el color de una cuna determinada”.

Según ha escuchado Leal, hay quien dice que Céspedes estuvo hasta en Jerusalén; no obstante, han sido comprobadas las visitas del abogado y políglota a Italia, Londres, Berlín, Estambul, París… y de cuyas vivencias en dicha capital, su descendiente, el desaparecido Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, guardaba un dibujo, la estampa del patriota y su esposa junto a la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, alrededor de un piano, acompañando al compositor Federico Chopin.

Sin embargo, como resaltó el Historiador, utilizó toda su influencia en función de la libertad. Céspedes, al igual que el vicepresidente de la República en Armas, Francisco Vicente Aguilera, y la mayoría de los hacendados quienes lideraron la Guerra, iniciaron acaudalados y murieron en la más absoluta pobreza. 

“¿Por qué el 10 de octubre y no otra fecha?” —se pregunta Leal—. Muchos dicen que por casualidad, pero yo opino que no. El diez de octubre era el cumpleaños de la reina Isabel II, y la monarquía habanera hacía una gran festejo. Por eso en la mañana de 10 de octubre, en La Demajagua, Céspedes lee su manifiesto al mundo, y ya sale con indumentaria de soldado”, relata.

En ese momento, Céspedes lleva una bandera diferente, “una bandera con los colores invertidos de la bandera chilena, elaborada por Candelaria Acosta, una hermosa joven mestiza con quien él engendró dos hijos. Y se alzó Céspedes, y ocurrió el Grito de Yara, el primer encuentro con el enemigo. Así se alzó, con doce hombres, y una voluntad inquebrantable, la misma que tuvo Fidel en Cinco Palmas tras la expedición del yate Granma”.

Una vez en Bayamo —prosigue Leal— Céspedes constituye un Ayuntamiento, con un negro y un obrero, por primera vez, sentados allí. Bayamo va a ser la primera capital de la Revolución, la ciudad a la que determinaron darle fuego ante la imposibilidad de detener el paso del enemigo.

Por otro lado, en los altos de El Pino, en las ventas de Casanova, se le ofrece al entonces joven dominicano de 37 años Máximo Gómez, la posibilidad de luchar primero por esa nueva Patria que va a ser también como la suya.

En la distancia, Bayamo debió parecer un bastión recién asaltado. Ilustra Leal que “en la frontera quedaba todavía el humo, y estaba ardiendo aun la famosa casa de las columnas, cuyos propietarios eran los padres de Céspedes. No así su casa que sobrevivió al fuego, en parte. Resulta que cuando el Conde de Valmaseda llega a la ciudad, encuentra allí un cartel que decía: Plaza de la Revolución. Esa fue la primera Plaza de la Revolución”. 

En palabras de Martí, rememoradas por el Historiador, la Asamblea de Guáimaro pensaba en el futuro, Céspedes pensaba en el hoy. Para el patriota, cada discusión era tiempo perdido, cada reunión era tiempo perdido, porque no se podía retrasar más el tiempo de la victoria.

Uno de los sucesos icónicos, fue el documento con cientos de firmas, al terminar la asamblea, por decenas de patriotas, pidiendo la anexión de Cuba a Estados Unidos. “Céspedes tuvo que darle de paso a ese documento —relata Leal— pero ante la promesa incumplida por el presidente norteamericano Grant, de apoyar la lucha, el héroe decide no trasladar el acuerdo al gobierno de los Estados Unidos”.

 

Días después, Céspedes escribiría en un manifesto a Manuel Mestre —cita el Historiador—: “por lo que respecta a los Estados Unidos, tal vez esté equivocado, pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación, y entre tanto, que no salga del dominio de España, siquiera sea para constituirse en poder independiente, y mucho me temo que cuanto haga y proponga sea para entretenernos y no acudamos en busca de otros amigos más eficaces o desinteresados”.

El ocaso del patriota vino tras su deposición por parte de la Cámara, no sin antes sufrir el intento frustrado de una salida del país, con la ayuda de su esposa, Ana de Quesada, quien fue traicionada por el poeta Juan Clemente Zenea y finalmente se vio obligada, en plena gestación, a salir de Cuba.

Confinado hacia la Sierra Maestra, en un lugar llamado San Lorenzo, el presidente viejo, como lo denominó Leal, recibía a través de los botes que llegaban los daguerrotipos —fue así como puedo ver a sus hijos nacidos en el exilio— y se enternecía mostrando a los campesinos el prisma de colores de la caja de Daguerre, con las imágenes de Carlos Manuel y Gloria de los Dolores, y en San Lorenzo, enseñando a leer y a escribir, cuando apenas ha cumplido los 55 años, le sorprenden los que vienen a asesinarlo.

Esta historia, devenida leyenda, podrá ser apreciada por el público mediante la ficción cuando en enero próximo, según anunció el Historiador, Ediciones Boloña publique una “fascinante novela” sobre Céspedes a manos de su coterráneo, el escritor Evelio Traba.

Un siglo y medio después de aquella epopeya, donde en palabras del Historiador, nació el mito de la revolución posterior, hay que reflexionar “qué caro costó este cielo, y esta tierra; qué caro defender la dignidad de una nación; qué caro y qué sublime vivir los tiempos que hemos vivido, y qué hermoso es haber tenido hombres como él, y como los que he mencionado”.

 (Fuente: HR)

Otro atentado contra el libro cubano

Otro atentado contra el libro cubano

 

6:04:47 p.m. 

Por Moisés Mayán
(Tomado de El Caimán Barbudo) 

Como la gran mayoría de los lectores cubanos no estoy buscando nada en específico, sino simplemente echándole un vistazo a las ″novedades editoriales”. La librería está organizada de manera sobria y hasta atractiva…

No se advierten las típicas aglomeraciones de volúmenes, unos encima de los otros (como si se tratara de la mesa de trabajo de Albert Einstein), o la amalgama entre títulos de diversos géneros y editoriales colocados al azar en los estantes. Un póster de la pasada Feria del Libro cuelga de la pared, y un Premio Nacional de Literatura sonríe desde una fotografía enmarcada. Además, han colocado algunas sillas, distribuidas intencionalmente en el espacio libre, que permiten sentarte y hojear con detenimiento el libro que planeas llevar a casa.

Ciertas portadas me seducen. Aunque no podemos afirmar que nos hemos convertido en ases del diseño editorial, sí creo que estamos avanzando en la dirección correcta, sobre todo del brazo de varios artistas jóvenes que se esfuerzan por romper convencionalismos, y pasan buena parte de su tiempo libre navegando por los perfiles y colecciones de prestigiosas editoras europeas. Es lamentable advertir una niña con su muñeca en la cubierta de una edición de Casa de muñecas del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, o ilustraciones que se repiten en libros de distintos autores, o el abuso del arte figurativo como referencia obvia al título de un texto que el diseñador no ha tenido interés de leer, y donde el editor no impuso su criterio.

El eje de la tierra traquetea de manera audible como las bielas de mi bicicleta, cuando impresionados por una cubierta volteamos el libro para enfrentarnos a su prospecto adjunto, las palabras de contracubierta. Es una disposición psicológica de algo que pudiéramos denominar “sistema elemental de reconocimiento del lector”. Una suerte de mecanismo de sonar determinado por la siguiente metodología: Primero, examen de la ilustración de cubierta, (en caso de pasar esta fase inicial que guarda una relación directa con la visualidad); segundo, lectura de la nota de contracubierta, y de ahí al desencanto, la persuasión definitiva, o la reacción más terrible: una certeza insondable de que no comprendes nada de lo que te están queriendo decir.

Horror. Un escalofrío te recorre la espina dorsal, temes no ser lo suficientemente culto, cuestionas tu nivel académico, tu hábito de lectura, y en un acto liberador y casi fóbico, restituyes el libro a su sitio. Respiras aliviado y te alejas rápidamente de la librería, punto de ventas, kiosco, carpa o local de presentaciones. ¿Te ha sucedido alguna vez? Toma una bocanada de oxígeno antes de continuar leyendo, porque no eres tú el culpable.

Aleatoriamente, como un dispositivo electrónico, selecciono cuadernos de poesía de los anaqueles. Los dispongo bocabajo, o al revés, o de espaldas, del mismo modo en que un mago acomoda sus cartas para el principal truco del espectáculo. Realizo mis lecturas preliminares:

″La obra de este autor se inserta por derecho propio en el corpus de la literatura cubana. Empleando recursos inherentes a la poesía, elabora una propuesta intimista donde la subjetividad alcanza niveles insospechados, asumiendo temas como el amor, la muerte, la patria, la sensualidad, y la escritura misma. Cuaderno de una rara belleza, con un lenguaje provisto de múltiples significados. Bitácora personal que es a la vez símbolo y testimonio”.

¡Qué no cunda el pánico estimados poetas! ¡No corran a voltear sus cuadernos! Esta nota no pertenece a ningún texto en específico, corresponde a (casi) todos nuestros libros. Es la lectura entrelíneas, el resumen de las palabras que han escrito nuestros editores, nuestros amigos poetas, un fragmento del acta del prestigioso jurado, y lo que es peor, en ocasiones lo que nosotros mismos luego de rompernos la cabeza toda una tarde, terminamos enviando por e-mail a la editorial.

Nuevamente entresaco algunos libros, pero me limito al género cuento. Aquí les va el prospecto:

La siguiente entrega es un conjunto armónico de relatos que comparten marcadas superficies de contacto. En sus páginas, el realismo más cotidiano se complementa con una dosis de fantasía que no perturba al lector. Personajes psicológicamente complejos y otros no tanto, desarrollan existencias al límite, y conflictos como la emigración, el suicidio, la marginalidad y la violencia, dialogan con el erotismo y el humanismo a ultranza. Su lectura nos aportará una visión otra de nuestra realidad.

¡Quietos narradores! La indicación para los poetas también les funciona a ustedes. Contemplo con recelo los libros bocabajo y me pregunto: ¿Qué pretenden esas notas de contracubierta? ¿Por qué no me motivan a comprar el texto? ¿Por qué me perturban, aturden y anestesian?

Estamos perdidos en la selva gnoseológica, y transformamos en circunloquio la frase que debe traspasar como flecha el caparazón del lector. Queremos que en la escueta nota de cubierta asome nuestro intelecto compendiado, confundimos para no asumir la obligación de expresar (como bien dijo Víctor Fowler), vagamos en los arduos territorios del lenguaje, somos más líricos que el poeta que presentamos, más narradores que el narrador que sugerimos, más académicos que el doctor que proponemos, y lo esencial queda fuera del cerco que teje la palabra. Si las primeras oraciones de un libro, o los versos iniciales de un poemario, establecen un contrato con el lector, entonces las palabras de contracubierta lo sientan en el departamento de personal y le despliegan todas las planillas que necesita firmar.

En una librería atiborrada en Ciudad de Guatemala, donde podías comprar en la misma caja registradora, una novela de Leonardo Padura y un e-book, me encuentro frente al poemario Completamente viernes. Ni siquiera tiene palabras de contracubierta pero en la nota de solapa leo:

De verdadero regalo para los lectores puede considerarse este nuevo libro de Luis García Montero, en el que sus versos abordan ―como cabría de esperar de uno de nuestros mejores poetas contemporáneos―, el sentimiento amoroso, un tema al que la poesía última parecía hacer renunciado…

No sigo leyendo, sencillamente lo dejo caer en mi bolsa. Desde la cubierta irradia el sello de Tusquets Editores. Más adelante descubro una novela de José Saramago, que hasta donde tengo conocimiento no ha sido publicada aun por Arte y Literatura. Fíjense en este brevísimo guiño firmado por Eduardo Lourenço: Todos los nombres es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos. ¡Al fondo de la bolsa Alfaguara!

La recomendación para decidirme a comprar la trilogía Millennium me llega en la voz de Mario Vargas Llosa:

Acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Víctor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página “¿Y ahora qué, qué va a pasar?”

¿Qué nos está sucediendo? Las palabras de contracubierta, o las notas de solapa, o la sinopsis, o como quiera que se definan, son el prospecto adjunto del libro, y el lector necesita justificar su compra antes de deslizarse la mano en el bolsillo.

Los convenios poligráficos nos garantizan vistosas cubiertas, pero ¿qué o quién nos garantiza unas legibles palabras de contracubierta? Estoy consciente de que una vez más hurgo con la punta del dedo en la llaga, remuevo la costra para que fluya la sangre limpia, quizás no exista otra fórmula. Voy a decirlo en medio de un gran silencio:

Nos urge redactar notas de contracubierta que tomen al lector del gaznate, que lo hagan palidecer mientras pisa perplejo la trampa del libro, palabras que le suenen convincentes y sinceras, y que definitivamente lo catapulten a la fase tres: COMPRAR.

 

 

“Como intelectual y ser pensante estoy en contra de toda vulgarización”

“Como intelectual y ser pensante estoy en contra de toda vulgarización”

 

7:03:40 a.m. 

El sitio Cubadebate tuvo el privilegio de contar con la presencia del Dr. Eusebio Leal para tratar un tema tan importante como el uso de los símbolos nacionales. Una cuestión que el historiador de la ciudad ha tratado en recientes declaraciones y textos publicados en nuestra página y otros medios de prensa. 

También —como no podía ser de otra manera cuando se conversa con hombres de su magnitud— Cubadebate abordó otros tópicos tan polémicos como necesarios. Les dejo las preguntas y las respuestas del querido Historiador de la Patria. 

—¿Qué ha motivado sus recientes reflexiones? Podría profundizar sobre cuáles son sus principales preocupaciones sobre la comercialización de los símbolos nacionales y en general el uso inadecuado de los mismos. 

—Si cualquiera de nosotros pasa por una tienda donde venden artículos domésticos, por ejemplo, artículos del hogar, objetos para la limpieza y el aseo, productos para la cocina, una de esas tiendas que tienen de todo, y ve en el medio que también están vendiendo la bandera, es una equiparación que a mí no me resulta grata. 

“Al triunfo de la Revolución se creó un sistema de tiendas que fue auspiciado por el Partido que se llamó El Cartel Revolucionario y nacieron por la urgencia que tenían las organizaciones políticas y de masas de tener retratos de Martí, de los mártires, la bandera, el himno en partitura. Esas tiendas constituían una respuesta a una necesidad. 

“Pero hoy no existen y los cubanos y personas admiradoras de Cuba pueden tener la necesidad de adquirir una bandera, la partitura o la grabación del himno nacional. 

“Cada año de la Revolución se hacía, por los grandes músicos cubanos, un himno. Recuerdo el del Primero de Mayo, el de la milicia, el de los milicianos de artillería, el del tercer y cuarto aniversario y otros como La Internacional. 

“Dónde puedes conseguir un disco con La Internacional que es un himno bello, creo que es el más subversivo que recorrió la Tierra después de La Marsellesa. Es el himno de los trabajadores que cantamos el Primero de Mayo, pero es imposible obtenerlo en un disco. 

“Sin embargo, existe una vulgarización de los símbolos nacionales a propósito con una idea absolutamente comercial por parte de personas que tergiversan un poco la necesidad y convierten en comercio lo que no es comerciable. 

 

“Lo que más me repugna es ver la bandera cubana como he tomado el ejemplo convertida en un delantal o verla convertida en una ropa interior o en un zapato. 

“Imitando las malas costumbres de un comercio brutal que entra en el país no solo desde los Estados Unidos, sino desde cualquier otro lugar. Traen de allí múltiples cosas que son de una vulgaridad extraordinaria y creo que no se puede responder a la vulgaridad con otra. Hay que responder con una acertada posición que creo está contenida dentro de una ley vigente. Hasta que esa ley no se modifique, todo lo que se haga con la bandera y los símbolos nacionales es, por su naturaleza, ilegal. 

“Ahora bien, las leyes son leyes, son pétreas. Su interpretación es acorde con la voluntad o con el espíritu del legislador al redactar el texto. Pero yo he usado con orgullo en la solapa de mi traje un pin con la bandera de Cuba. Técnicamente parecería lo mismo, pero no, es una posición respetuosa. La he usado en Naciones Unidas. La he paseado orgullosamente por las calles de Nueva York y de Washington y quisiera tener aquel pin que en ese momento me lo prestaron porque aquí no era fácil conseguirlo. 

“Había también un sistema de tiendas del Partido, El distintivo, en el cual podías comprar pines de Playa Girón, de todo. La gente iba, coleccionistas de todas partes del mundo. Era una tienda del Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central (del PCC). 

“No estoy en contra del orgullo que siente un deportista cuando levanta su bandera en el pódium. No puedo estar en contra de eso, aunque no esté escrito así en la ley: ‘los deportistas podrán llevar la bandera en tal lugar’. 

“Tengo la vieja bandera que era de mi mamá y la coloco en el balcón de mi casa en la fiestas nacionales, nadie nunca se ha opuesto a eso, ni hay por qué oponerse. Ahora, la bandera no se puede usar de cortina de pared, ni se puede usar para cubrir una mesa, no. La bandera tiene su cuidado como lo tiene nuestra propia ropa, cosas que nosotros queremos, Tú no tomas tu camisa con la que te vas a vestir y la tiras en la cocina. Todo tiene un cuidado, la bandera tiene su culto propio y es el símbolo de una nación, le pertenece a todos y a ninguno. Le pertenece a la nación. Nos representa a todos al igual que el escudo que lo llevan las Fuerzas Armadas en su sombrero. 

“De ninguna manera se puede usar el escudo nacional para otro fin, está en la Sala del Tribunal, está en los lugares donde está el Presidente de la República. Existen estados donde hay una bandera hasta del presidente, cuando está presente en su residencia está la bandera presidencial colocada con el escudo. A veces es la bandera con el escudo como ocurre en algunos países. Por ejemplo en la Federación Rusa, cuando está el Presidente la bandera lleva inserto el escudo. 

“Entonces, hay un tratamiento especial para ella. Eso es lo que considero. Como intelectual y ser pensante estoy en contra de toda vulgarización. Y siempre adoptaré las políticas que el gobierno asuma en esta dirección. 

“Para poder cambiar la ley hace falta el voto de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Me consta que se ha trabajado en un proyecto de actualización de la ley que ha sido realizado y consensuado. Sin embargo, se llevó a la Asamblea y habían criterios diversos. Se pensó que lo más conveniente es, como siempre hace la dirección de la Revolución, que se consulte porque hay distintos criterios. En última instancia, los legisladores representamos al pueblo. Como diputado yo represento a la nación, a mis electores y al pueblo. Cuando llegue el tema a la Asamblea será discutido y como ese es el escenario, allí daré mi opinión y mi criterio. 

—Hay otro tema con respecto al uso de banderas foráneas como la de Estados Unidos y el Reino Unido en prendas de vestir, que se ha convertido en moda… 

—Hablemos claro, la bandera americana se la ponen en ese mercado de ropa. A veces aparece uno con un pulóver de la británica u otra. En todas partes del mundo en la universidades hay pulóveres, suéteres que llevan el anagrama del país, llevan un bordado del escudo. También los niños en la escuela,  lo he visto en San José, Costa Rica, en escuelas de Cuba, que recuerdan la presencia de Maceo. Llevan un monograma en el hombro con la bandera de Cuba con el rostro de Maceo, yo no puedo objetar eso, es en el espacio escolar. 

“Cuando me refería a la vulgaridad, que es lo que usted me está preguntando, veo por la calle personas, incluso con un físico desproporcionado o desagradable, que llevan colocado el banderón y yo diría como Martí cuando llega a Nueva York y va a ver bailar a la bailarina española, que era una maravilla, Charito Otero. Cuando llega Martí dice: ‘han hecho bien en quitar el banderón de la acera; porque si está la bandera, no sé, yo no puedo entrar’. A Martí tanto le imponía ver el banderón colocado afuera de la nación que en ese momento oprimía con sus leyes y sus mecanismos al pueblo de Cuba. El pueblo cubano iba a continuar luchando por su libertad y esgrimiendo su bandera contra esa otra. Su propia bandera había nacido del ingenio y lavada, como dijo Martí, con sangre de otras influencias, con la sangre de múltiples sacrificios. 

“Entonces, no se puede combatir esa vulgaridad con otra vulgaridad. Yo no inundaría la Cuba de banderas cubanas, la pondría en los lugares oficiales, como en la escuela, que es un orgullo ponerla. Dondequiera que haya una institución pública está la bandera. No tiene por qué estar en un rincón, en un rincón metida para cumplir una consigna. No tiene por qué estar metida, como la he visto yo, en el vestíbulo de una cocina de un restaurant, porque se pide que haya un rincón patriótico ¿cómo que un rincón? La patria no ocupa un rincón. Tiene que estar en el centro. No estoy de acuerdo con el rincón ni con el bustico de yeso, ni nada de eso. Creo que hay que elevar el espíritu hacia otras cosas. No estoy en contra de que se coloque, cómo no se va a poder colocar la bandera. 


“Los mismos que llevan eso (banderas extranjeras en la ropa o en accesorios) a veces no tienen en su cabeza un compromiso real. Es un desconocimiento, una frivolidad, una superficialidad, una falta de cultura. No quiero ofender a nadie porque no me es lícito ofender a nadie. 

“Por lo menos aprendí de Fidel Castro, de nuestro líder Fidel, que no se puede combatir con epíteto ni con grosería. Jamás he escuchado a Fidel decir una palabrota en público, ni en ningún lugar, mas repele eso, le molesta, le mortifica la vulgaridad. 

“Te repito, no ofendo a nadie, esas personas a veces no tienen ni conciencia de lo que está pasando. Ves un bici-taxi con una bandera americana como si fuera una avanzada de lo que supuestamente vendría. No han venido, no porque no han querido, sino porque no han podido, porque un pueblo entero sí con conciencia a estado armado hasta los dientes para defender cada palmo del suelo de Cuba, detrás de su bandera. 

“No creo que colocando símbolos externos, popularizándolos, se visualice compromiso. Cuando Fidel encabezó la gran batalla, la Batalla de Ideas, explicó ese cambio por completo del diseño de los actos públicos: no se aplaudía se llevaba la bandera cubana. Y recuerdo que explicaba que después todo el mundo se llevara esa banderita como recuerdo. 

“Yo tengo la bandera que llevó él en un memorable Primero de Mayo, cuando terminó le tomé la bandera de la mano con gentileza. La banderita con el palo, tomé esa banderita y la conservé. La tuvo él en sus manos. 

“Recuerdo las palabras de Máximo Gómez en la batalla de Palo Seco, viendo lo que se armó allí decía: ‘eso de cargar a la desbandada y triunfar es un privilegio exclusivo de los cubanos’. Pero a la desbandada se pudo ganar en Palo Seco, pero no se puede ganar hoy. 

“Hay que saber usar los medios sofisticados que existen. El tiempo de la vida es muy breve, el tiempo de crear pensamiento es muy breve. Cuando pones en el televisor una novela anodina y vulgar le estás robando una parte de su tiempo a los que la están viendo y los estás formando en groserías, superficialidades, en un retrato equívoco y marginal del pueblo cubano. Hay que buscar siempre la vanguardia. Siempre hay vanguardias en la sociedad y nosotros tenemos que estar afiliados permanentemente a las vanguardias, que son, como decía Lenin, selectas y escogidas, las que hacen las revoluciones abriéndole el paso a los pueblos. En cuestiones de patria cuando se es conservador, es en lo único que se es más revolucionario.  

Enlaces relacionados: 

 

 

Tres preguntas y tres respuesta de Julio García Luis sobre medios públicos y privados

Tres preguntas y tres respuesta de Julio García Luis sobre medios públicos y privados

 

10:13:07 p.m. 

Por Rosa Miriam Elizalde

¿No debiera ser la propiedad social la mejor garantía del uso de los medios para el servicio público? ¿No debiera ser la distinción entre propiedad y gestión una clave para la calidad profesional? ¿No pudiera esa gestión profesional funcionar en base a cultura y valores compartidos con el propietario social, similares a las que existen entre editores y consorcios en el capitalismo desarrollado? Que su voz, rescatada del fondo de un baúl familiar, sea la que hable. 

El mapa de los medios ha cambiado dramáticamente con las nuevas plataformas tecnológicas y el debate sobre la comunicación ha regresado al siglo pasado en Cuba. Pensábamos que la naturaleza social de este derecho humano no podía colocarse tan fácilmente en el mostrador del mercado, pero hace rato dejaron de estar claras las fronteras entre un sistema de medios públicos, mayoritariamente estatales en el interior de la Isla, y otro sistema de medios estatales y privados, anclados fundamentalmente en Estados Unidos, disputándose la atención de las audiencias cubanas. Estos últimos, con muchísimo dinero y violando las leyes y el sentido común, a pesar de sus nulas posibilidades de éxito.

Pero hoy el Granma y El Nuevo Herald están al alcance de un clic y los cambios en la economía hacen florecer empresas ávidas por anunciarse —restaurantes, alquileres y servicios de todo tipo—, muchas de carácter legal. Como era de esperar, han surgido cientos de negocios que viven de la publicidad y median las relaciones entre el espacio público, fuertemente regulado, y el digital, con limitada o ninguna regulación, que coexisten en complejo equilibrio bajo las reglas de la oferta y la demanda. Mientras, en el país se trabaja por concretar una política de comunicación que debe poner un orden socialista, contrapeso de las decisiones económicas de un mismo signo, en el complicado escenario de la convergencia. 

En río revuelto, ganancia de pescadores. Así como existen medios con infraestructura y registro digital estadounidense o europeo, pero con oficinas, empleados y audiencias en Cuba, se recomponen los viejos instrumentos propagandísticos de EE.UU. para el cambio de régimen en la Isla. Ocurre en la ancha llanura de Internet, donde en la noche todas las vacas son oscuras y los conceptos empiezan a vaciarse de contenido —lo privado renace como alternativo; la empresa mediática como medio ciudadano; el individualismo como socialismo; el cinismo como ética— con la sola excusa de avanzar en los espacios que ya se habían recuperado para las grandes mayorías de este país.

En una nota para sus clases en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, Julio García Luis (1942-2012) reflexiona sobre esa pelea que no es nueva entre los que apuestan por la privatización de los medios, y quienes intentan demostrar que nuestra profesión, desde la práctica del socialismo, puede hacer frente a los desafíos que tiene por delante. Lo hace a través de tres preguntas que son, también, profundas certezas: 

 

“¿No debiera ser la propiedad social la mejor garantía del uso de los medios para el servicio público? 

¿No debiera ser la distinción entre propiedad y gestión una clave para la calidad profesional? 

¿No pudiera esa gestión profesional funcionar en base a cultura y valores compartidos con el propietario social, similares a las que existen entre editores y consorcios en el capitalismo desarrollado?” 

Con la ayuda de las hermanas Nadia y Nidia Díaz, viuda y cuñada de Julio, respectivamente, he estado ordenando y preparando para una futura publicación una zona de la papelería de quien fuera Decano de la Facultad de Comunicación, que abarca textos escritos desde la década del 80 del siglo pasado hasta poco antes de morir, en enero de 2012. 

Hemos seleccionado unos 40 materiales que incluyen apuntes, discursos, ensayos, cartas y crónicas, todos inéditos y con un valor extraordinario para comprender el escenario, los avances y retrocesos de la prensa cubana en el último medio siglo. 

No he terminado el ensayo introductorio para este proyecto. Julio asumió el periodismo como una construcción de ciudadanía, con sus múltiples dimensiones que trascienden el tema al que nos convocó Cubaperiodistas. Pero si algo sostiene su pensamiento es la defensa de la propiedad social de la prensa y su apasionada convicción de que Cuba puede construir un modelo de comunicación socialista, negado a otras sociedades que intentaron “el asalto al cielo”. Por eso, mi propuesta es que sean respondidas las tres preguntas que Julio le hizo a sus estudiantes y que lo haga él mismo. Que su voz, rescatada del fondo de un baúl familiar, sea la que hable. 

Por tanto, lo que usted leerá a partir de ahora son fragmentos de esos textos inéditos —algunos sin título aún y otros, sin fecha—, obra de un pensamiento coherente e iluminador en los tiempos que corren.

Las tres preguntas, las tres respuestas de Julio

 —¿No debiera ser la propiedad social la mejor garantía del uso de los medios para el servicio público?

En el debate entre propiedad social y propiedad privada de los medios, tengo las siguientes convicciones:

  • Una verdadera democratización de la prensa, y el ejercicio ético del periodismo, requieren como premisa la propiedad social sobre los medios.
  • La propiedad social, por sí misma, no es tampoco garantía suficiente de una prensa de servicio público, participativa, sustentada en valores y formadora ella misma de valores.
  • Se requiere que ésta forme parte de un proyecto clasista, popular, de justicia social y socialismo (en una interpretación amplia de este concepto), que lo haga capaz de imprimirle a los medios una política de desenajenación y plena liberación del ser humano.
  • Tal política de información y comunicación, para realizarse, requiere de una especial mediación y articulación entre el sistema político y el sistema de medios, que se debe expresar en la gestión profesional de estos. 

Resulta mucho más difícil advertir la actuación de un sistema propagandístico cuando los medios de comunicación son privados y no existe censura formal, en particular cuando tales medios compiten activamente, atacan y exponen con cierta periodicidad los errores del gobierno y de las corporaciones, y se autocalifican enérgicamente de portavoces de la libertad de expresión y de los intereses generales de la comunidad.

Por tanto, el verdadero peligro, tal como yo lo aprecio, no está en los nuevos fenómenos asociados a las redes digitales, sino en el envilecimiento, mercantilización, identificación con las cúpulas de poder y renuncia a la función crítica y de servicio público de la gran masa de medios convencionales, que cada vez tiene que ver más con el imperio y sus intereses, y cada vez menos con los países, su gente y sus problemas.

En Cuba deberíamos evitar que momentos de desconcierto o de revés le den pábulo a algunas tendencias liberales o extremistas, que propugnan los valores de la propiedad privada en nombre del fracaso estatal. El rechazo al burocratismo y al inmovilismo no debe llevarnos al liberalismo burgués y a la trampa de los mecanismos capitalistas. La necesidad de mayor eficiencia económica y más impulso al desarrollo científico-técnico, que reclama el socialismo, no debe hipotecar nuestra perspectiva comunista.

Las fórmulas de ultraizquierda que a veces oímos o leemos son exabruptos de diletantes, al margen de la complejidad real de los problemas. Nuestra tarea tenemos que resolverla hoy con fórmulas nacidas de la realidad cubana, con la gran masa de periodistas de país, con los cuadros de la prensa, con el Partido y su dirección en cada nivel, con todos los organismos políticos, de masa, estatales y administrativos, con el papel activo de los trabajadores y el pueblo que son los protagonistas de la información.

Seamos realistas. En nuestra prensa, no sólo se destaca una avanzada consciente, junto a un sector descreído y apático; también se destacan inevitablemente corrientes extremistas y liberales. Ellas a veces se presentan como muy radicales y atraen a personas sinceras. Pero su caldo de cultivo por excelencia lo dan oportunistas y resentidos. Estas tendencias no pueden esperar. Para ellas, el baño de sangre ha de ser ya. Las cabezas deben rodar a más tardar mañana temprano. Si algo no sale como es debido, es que hay un gran culpable agazapado en alguna parte, a quien sólo hace falta descubrir y defenestrar. Todo el que ocupe algún cargo, obviamente, es un canalla a eliminar. Si alguna fórmula atractiva aparece en la arena internacional: a imitarla, sin más demora. Si intereses sensibles del país pueden ser lastimados por un manejo irresponsable de nuestra libertad de prensa: abajo los intereses el país. Todo en blanco y negro, todo fácil, todo expedito. Óptica de diletantes. Eso sí es peligroso

Por tanto, la pregunta sigue siendo esta: ¿puede haber periodismo en el socialismo? Para nosotros la respuesta es: sí, puede y debe haber un periodismo de calidad. ¿Es fácil? No. ¿Es un problema resuelto? No. ¿Basta con seguir la experiencia pretérita y actual del socialismo? No. ¿Hay que buscar una respuesta cubana a este problema? Sí. El capitalismo, obviamente, no sólo ha desarrollado una experiencia en este terreno, sino que posee determinadas ventajas. La irresponsabilidad que supone la propiedad privada de los medios es una de ellas.

—¿No debiera ser la distinción entre propiedad y gestión una clave para la calidad profesional? 

Nuestra prensa es partidista, es revolucionaria. Ese es su mayor timbre de orgullo. Es una conquista histórica irreversible. No hay en esto ni habrá la menor concesión al liberalismo o al oportunismo. La política que aplicamos en Cuba es indiferente por completo a toda idea de congraciarnos o hacernos simpáticos a Occidente, y por eso la propiedad de la prensa deberá seguir estando en manos de la sociedad organizada. Seguimos una consecuente línea de principios

Ahora bien, ese carácter revolucionario no se expresa en una gestión directa del Partido sobre los medios. El Partido dirige en términos políticos de orientación, control, ayuda y trabajo con los cuadros. Cada órgano de prensa cubano responde a determinada organización o institución. Cada uno de esos órganos tiene una dirección con las máximas atribuciones ejecutivas. Esta dirección debe disponer de autonomía y decidir qué se publica y cómo se publica. Los periodistas, a su vez, han de ganarse también con su talento y su coraje una amplia autonomía. No debemos tener ningún temor en emplear esta palabra. El periodismo, como forma del trabajo intelectual, requiere de espacio para la libertad creadora.

Nuestra prensa supone un cambio esencial en cuanto al sistema de propiedad, a los perfiles de cada órgano, a los contenidos y prioridades temáticas, y dispone de soportes que permiten usos del lenguaje, velocidades de trasmisión y alcance de los mensajes que no pudieron siquiera soñar los actores de los medios en el pasado. Es preciso cobrar verdadera conciencia de las potencialidades que ello encierra y aprender a explotarlas.


Las tendencias negativas que proliferaron en el país en los años 80 olvidaban el trabajo político, el peso de los factores ideológicos, la atención al hombre, y todo lo subordinaban a los mecanismos económicos y a la estimulación monetaria. Pero aun colocando en su justo lugar estos elementos, ni el Partido ni el Estado solos, ni los organismos administrativos y las organizaciones de masas por su sola cuenta, podrían atender todos los problemas. El Partido mismo no es una especie de dios que todo lo vea, lo conozca y lo resuelva. La construcción del socialismo únicamente puede entenderse como un trabajo de toda la sociedad.

En otras palabras, si las propias masas no desarrollan su capacidad de autogestión, si no se estimula la nueva actitud cívica y se crea una nueva cultura de la economía y el deber social, sería imposible dar respuesta a la infinidad de requerimientos cotidianos que plantea la producción y demás esferas de nuestra vida. La prensa debe contribuir decisivamente a esto. Ella debe levantar la bandera de la lucha permanente contra todo lo mal hecho. Debe ser un instrumento de estímulo, de crítica, de orientación y de acicate a la reflexión social.

Sólo con el Partido, con su comprensión, con su apoyo activo, será posible avanzar, vencer la resistencia consciente e inconsciente con que tropieza el ejercicio profesional, y lograr que se arraigue gradualmente una nueva cultura de la información y el papel de la prensa en nuestra sociedad.

—¿No pudiera esa gestión profesional funcionar en base a cultura y valores compartidos con el propietario social, similares a las que existen entre editores y consorcios en el capitalismo desarrollado? 

Cuba fue el primer país en hacer una revolución socialista a partir de una cultura de prensa occidental y moderna. Los periodistas cubanos —al menos el núcleo fundamental de ellos— son tan talentosos y capaces como los de cualquier otro país. Tienen tanto potencial como los científicos, técnicos e innovadores cubanos que nos enorgullecen. No podemos admitir unilateralmente la idea de que los periodistas sean los únicos culpables de los problemas en la gestión de la prensa.

El problema esencial, a nuestro juicio, es transformar el ejercicio periodístico, sin menoscabo de los principios revolucionarios. Dentro del sistema de partido único y del reconocimiento del papel dirigente y orientador de nuestra organización de vanguardia, debemos hallar los métodos y estilos que garanticen la autonomía de los órganos de prensa, las atribuciones de sus directores y la práctica profesional del trabajo periodístico.

Toda nuestra prensa es revolucionaria. Es un resultado de las características de nuestro proceso histórico. No hay espacio en ella para defender la contrarrevolución, el capitalismo, el racismo, el guerrerismo o el odio hacia otros pueblos y naciones. Pero dentro de estos límites políticos hay un vasto espacio para el criterio independiente y para reflejar los intereses, percepciones y enfoques de las diferentes capas, sectores sociales e individualidades que forman nuestro pueblo. No hay que privatizar los órganos de prensa para lograr que estas opiniones obtengan un reflejo adecuado en nuestros medios de información, lo que no debe interpretarse sin embargo como que ya los cubanos lo hemos logrado. Esa tarea es posible y debemos realizarla.

Estamos convencidos de que demostrar la viabilidad del pluralismo de opiniones, dentro de una revolución que construye el socialismo, entraña un reto a la voluntad creadora y puede ser, al mismo tiempo, un servicio importante al esclarecimiento del gran debate ético, político e ideológico que hoy tiene lugar en nuestras sociedades.

Al tocar este punto, quisiera apuntar que observamos ciertos argumentos que identifican el pluralismo de opiniones con el pluripartidismo. Es oportuno señalar al respecto que el proceso histórico cubano ha transcurrido en un sentido opuesto. La Revolución pasó del pluripartidismo al partido único, sobre la base del programa socialista.

No hay en nuestro país base social para otro partido. El nuestro es a la vez el partido de la clase obrera y el de los campesinos, las capas medias, los intelectuales y demás trabajadores. Es el partido del socialismo, pero también el partido patriótico de la nación cubana. Y no vemos ciertamente que haya contradicción alguna entre la dirección de ese partido único y nuestra determinación de perfeccionar y ampliar cada vez más los mecanismos democráticos de la sociedad, incluyendo lo referente a un periodismo de nuevo tipo que propicie el diálogo, la polémica y abra espacio a todos los que deseen opinar e incluso discrepar dentro de nuestro proyecto hacia el socialismo.

Admitir que el socialismo no ha creado aún un modelo acabado que aproveche todas las potencialidades de desarrollo de la prensa socialista, no puede arrastrarnos al criterio de que nuestra única posibilidad sea la de copiar al capitalismo, de la misma forma que las deficiencias y formalismos de que ha adolecido la democracia socialista no deben conducirnos a idealizar la democracia liberal burguesa.

Desde nuestra óptica, no debiéramos permitir que gane terreno entre nosotros el concepto extraño de que la propiedad social sobre los medios de información es excluyente con la variedad, la diversidad de opciones y el ejercicio del criterio independiente.

Para nosotros, es precisamente la propiedad social la que debe garantizar el pluralismo de opiniones y el ejercicio de una prensa situada por encima de intereses privados y de grupos. Es cierto que históricamente esto ha sido en muchos casos formal. Es cierto que han existido deformaciones y que ellas se han revertido en una prensa monótona y gris. Pero estas realidades no son prueba de otra cosa sino de que hemos cometido errores y debemos enmendarlos. No significa que sea irrealizable la posibilidad de apoyarnos en las enormes ventajas de la propiedad social sobre los medios de información para un auténtico ejercicio de nuestra libertad de prensa, que puede y debe auspiciar un periodismo mucho más veraz, democrático y calificado que la propiedad privada burguesa.

(Fuente: Cubadebate/Cubaperiodistas)

El Decálogo "neo-neoliberal"

El Decálogo "neo-neoliberal"


7:18:50 p.m.

Guía sucinta de los nuevos códigos que maneja un "neo-neoliberalismo" que se ha reciclado discursivamente.

El Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica ha venido publicando  una  serie de análisis [1] sobre las categorías conceptuales con las que opera la derecha del subcontinente, tanto a nivel político como mediático.

El presente artículo condensa los principales mensajes detectados. Pretende ser una guía sucinta de los nuevos códigos que maneja un "neo-neoliberalismo" que se ha reciclado discursivamente para tratar de hacer olvidar los resultados catastróficos de sus políticas en los años 80 y 90.

Gestión eficiente. Ya no es el tiempo de las ideologías. Ni siquiera de la política. Lo que supuestamente le importa a la gente es que las cosas funcionen. El político se asimila a un empresario. Sólo se valoran los resultados.

Liderazgos no carismáticos. En consonancia con el concepto anterior, se precisan dirigentes sin carisma personal pero con una pátina de buenos gestores. La grisura de carácter se identifica con seriedad y responsabilidad para abordar los asuntos públicos. Se prefiere al contable de oficina antes que al líder de masas. Éste se asocia a un populismo manipulador.

Banalización de lo político. Frente a los grandes constructos del pasado, la política se reduce cada vez más a una suerte de presentaciones inconexas donde prima lo anecdótico. La frivolización se traviste de "humanización". Programas de variedades y entretenimiento se constituyen en el escenario preferido por los políticos, en detrimento del escenario institucional.

Meritocracia. Los logros son productos del esfuerzo personal y no de las condiciones sociales. La maximización de la educación es el elemento legitimador del mérito. Se presenta un sistema educativo en abstracto al que supuestamente todo el mundo tiene acceso, sin tener en cuenta la extracción de clase. Del aprovechamiento o no que haga el individuo dependerá su suerte.

Desarrollo y consumo. El progreso se presenta como un desarrollismo sin límites que propicia la posibilidad de un consumo calificado como "derecho" (y ocultando de esta forma los derechos legítimos como el derecho a la vivienda, sanidad, trabajo, salario digno, etc.).

Ineficiencia de los modelos socialistas. Son "intrínsecamente ineficientes". Su éxito a principios de siglo fue un espejismo propiciado por unos precios de las materias primas que alcanzaron máximos históricos. Una vez resituadas las cotizaciones, estas propuestas vuelven a demostrar su inconsistencia. Se teje un hilo sutil que las relaciona con los antiguos regímenes comunistas de la Europa del Este. Regresa la teoría del Fin de la Historia. El capitalismo es el único sistema válido.

Regreso a los referentes occidentales. Estados Unidos y Europa occidental son los modelos, en antagonismo a la autoidentificación latinoamericana de la propuesta bolivariana. Todo se valora en función de su mayor o menor parecido al Primer Mundo. Es un retorno a los complejos de inferioridad que tan funcionales han sido a las élites locales.

Sacralización de la unidad. Los gobiernos progresistas han polarizado a los países, enfrentando a hermanos contra hermanos. El Neo-neo liberalismo levanta la bandera de la unidad por encima de las diferencias de clase. No importa ser rico o ser pobre. Lo verdaderamente importante es la pertenencia a una misma nación. La lucha de clases queda invisibilizada.

Formalismos democráticos. Se ponen en primer plano los protocolos  de las democracias electorales de origen liberal, con el voto como máxima posibilidad de ejercicio político para los pueblos. Cualquier experiencia de democracia protagónica es deslegitimada. La economía libre de mercado se considera un requisito indispensable de la democracia.

De la política social a la asistencial. Se elimina la consideración de las políticas sociales como derechos. Se entiende que éstas impiden el desarrollo de un país y privan a sus destinatarios de los estímulos necesarios para trabajar o emprender. Únicamente se reserva una precaria política asistencial para los sectores más vulnerables, más como contención de posibles protestas —y vuelcos electorales— que como una acción decidida a sacarles de su condición.

 (Fuente: teleSURtv/ Alejandro Fierro/Ava Gómez)

*Este artículo se encuentra publicado en http://www.celag.org/el-decalogo-neo-neoliberal/

[1] Para consultar los análisis completos ver:

 

 

El Fidel de las conspiraciones periodísticas

El Fidel de las conspiraciones periodísticas


6:14:21 a.m.

Por Mercedes Rodríguez García

La tarde del 24 de marzo de 2003 deseaba más que todo encontrarme con Ignacio Ramonet para decirle que periodistas de todo el país acababan de romper el récord que él había establecido de conversación con Fidel, pues a razón de tres días al año y unas diez horas diarias, llegaban a 150 las que debimos permanecer junto al Comandante en Jefe en el más largo, fructífero e inolvidable de todos los congresos periodísticos de la historia de Cuba.

Pero el autor de Cien horas con Fidel no andaba por todo aquello. Mi colega francés, director de Le Monde Diplomatique, solo transitaba como un duende  por mi eufórica y trasnochada imaginación. Transcurría la última sesión del VII cónclave de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) que, a sugerencia del propio líder previsor, continuó celebrándose de forma diferida desde octubre de 1999, siempre con su presencia y como un colega más. Él mismo lo aseguró entonces: «Me gusta mucho el oficio, de verdad, ténganme por uno de ustedes».

¡Qué íbamos a imaginarnos todo lo que le disfrutaríamos, todo lo que nos diría!, incluso en tono confesional, tan en susurro, que muchos recurrimos a los audífonos del sistema de traducción para poder escucharle con nitidez.

Y aunque valdrían fechas y horarios, prefiero contarles de Fidel sin tiempo fijo. Un Fidel que ha confesado sentirse a sus anchas entre periodistas, sin «los tres pares de ojos» que le cuidan mientras escribe «sobre una tabla en las piernas, sentado en el borde de la cama». Ese con quien he compartido en tres congresos y una decena de reuniones de la UPEC, desde 1980.

Acrisolar al ser humano que es Fidel Castro Ruz constituye un desafío para cualquier periodista, y resulta imposible hacerlo de una sola ojeada, en una sola circunstancia, evento, suceso y género específico, sea crónica, artículo o reportaje. ¿Una entrevista a Fidel?, quizá. Aunque a mí no se me ha ocurrido ni me lo han encomendado ni lo he intentado nunca. Paradójico: no sabría qué preguntarle sin que yo adivinara el rumbo de sus respuestas. Bien lo he leído, escuchado y seguido.

Otro asunto sería dibujarlo entre periodistas, o como periodista. Aptitud y talento bastan para no escatimar en disquisiciones sobre su autenticidad al respecto. Para él nada resulta obvio ni existen detalles menores, ni ninguna verdad es aceptada de antemano.

Prestigiosos intelectuales lo han catalogado como un hombre astuto, curioso, inquisidor —pregunta sobre cosas que sabe para confirmar sus datos—,  cuestionador hasta de la propia historia, hiperquinético, con una sed insaciable de conocimientos, antidogmático por antonomasia, con una increíble capacidad de previsión, no por iluminación, sino por razonamiento.

Fidel disfruta la emoción del riesgo. Es arduo,  tenaz, corajudo, con una información inmensa y variada que le permite moverse con facilidad en cualquier situación y contexto. Más dotes periodísticas aparte. Como abogado y como político, conoce el papel que juega la prensa en la sociedad. Es un estratega de altos quilates y sabe poner las cosas en orden para ejecutar o conseguir algo. Incluso, posee su propio sistema especial para disimular y, hábilmente, conseguir un fin.

En mis viejas agendas de trabajo y documentos archivados conservo anotadas algunas de sus expresiones que así lo revelan. Era 1986. Nos golpeaba ¡y de qué manera! el síndrome del silencio, llamado también el síndrome del misterio o «mentalidad de mordaza». Entresaco algunas que estimo textuales:

«Veo a la prensa jugando un papel importantísimo en la elevación de la moral y en la preservación de todos los valores sagrados de nuestro pueblo, en la denuncia, en el combate, en la lucha contra todas las cosas mal hechas […] Quién puede educar más que la prensa. El socialismo debe basarse en el ejercicio de la crítica y en la apelación a la conciencia y los valores humanos […] Los periodistas deben investigar, saber qué anda mal, qué hechos lesionan a la economía del país, qué corrompe a la gente, y no solo exponer, sino combatirlos a través de ese poderoso instrumento que son los medios de difusión masiva. […] Cada periodista debe ser un gladiador contra las cosas que a su juicio marchan incorrectamente. Y es también un luchador por que las cosas marchen bien, un creador de la nueva sociedad».

No había caído entones el muro de Berlín, y muchos de los que hoy ejercen en los medios ni habían nacido. Vendrían al mundo años después, en pleno período especial, o en los finales de aquel siglo XX en el que tocamos fondo, pero cuando también, ante los ojos atónitos del mundo, permanecimos y renacimos.

Es bueno contar para conocer y amar, que de conocimiento y amor andamos bien urgidos. Muchas veces nos lo ha repetido Fidel. «No se puede amar lo que no se conoce». En ello radica la importancia que le concede a la Historia. «Solo cuando conocemos las raíces vamos a las esencias y podemos coger las mentiras diabólicas disfrazadas de angelitos que se cuentan por ahí», refieren mis apuntes de entonces.

A tono con ello sus disquisiciones sobre cómo adentrarnos en los orígenes y no solo en lo relativo a lo «último de las comunicaciones», cuando en los debates del nuevo siglo primaba el tema de las nuevas tecnologías, y por sobre el equipamiento, insuficiente u obsoleto, se empinaban la inteligencia y la voluntad.

Para Fidel resultaba alentador «comprobar cómo el uso de la computación representaba mayor conocimiento y felicidad». Por eso exaltó y le dio las gracias al veterano periodista del semanario Vanguardia, de Villa Clara, que con 85 años de edad «aprendió a emplear las nuevas tecnologías y es un ejemplo del interés por la superación». Se trataba del inolvidable periodista e insustituible jefe de Redacción, Roberto González Quesada, a quien él mismo entregó, la noche del 14 de marzo de 1999, el Premio Nacional de Periodismo José Martí».

En otro momento, durante un receso, afirmó disfrutar mucho lo que hacen los periodistas, y se refirió a cuestiones de estilo y de lenguaje con las que a veces él mismo tenía conflictos al «querer inventar cosas o violar alguna regla de la Gramática», o al repetir deliberadamente. Dijo gustarle que «sus escritos tengan un poquito de elegancia, incluso un poquito de cadencia» y defender más el principio de comunicar la idea que la regla de la Gramática. «Una sola palabra mal usada puede causar estragos irreparables. […]  Mi especialidad es un poco la del ajedrecista: combinar esto con lo otro, empezar por aquí y terminar por acá, para lograr el efecto […] Yo creo que el lenguaje es algo vivo que no puede ser sometido siempre a reglas».

Tal vez en esa indocilidad a los moldes, a los arbitrios, a los corsés, radique la causa de lo insólito, lo inusual, de algunos de sus comportamientos que, por espontáneos, guiados por el fuego de la pasión o la ceguera de la emoción, han puesto a correr a los escoltas. Una anécdota de aquellos tiempos de congresos remite a situación semejante.

Ya él mismo había clausurado la reunión. Por los altavoces de Palacio se pide a los delegados e invitados avanzar hasta el aledaño hotel Palco. Fidel va delante. En una de las áreas abiertas de la instalación se sube en una silla. «Pregunten», conmina. Responde, aclara. «Es muy importante que estén muy bien informados de todo […]  La línea trazada es el máximo de información posible. Pero no queda más remedio que conspirar. Hay un amo en el mundo que se llama Estados Unidos, y para enfrentarlo hay que tener más información, mentalidad de conspiradores. Mientras más preparado esté nuestro pueblo, tendrá más libertad». Y de seguido, un llamado a los periodistas a «seguir teniendo mentalidad de luchadores, pero esta vez con las armas más poderosas de estos tiempos: la inteligencia y la cultura».

Evocar a Fidel entre los periodistas nunca deberá ser cuestión rutinaria ni motivo único de jornadas por el Día de la Prensa, aun cuando la que transcurre le haya sido dedicada, con justicia, en el año de su cumpleaños 90.

Como siempre, el espacio nos constriñe y el cierre apremia. Para otra oportunidad quedan mis anécdotas; postergados, mis deseos con Ramonet. ¿Una entrevista a Fidel? No creo. La lista de espera continúa creciendo. ¿Qué le preguntaría si volviéramos a encontrarnos? Sí, claro… Comandante, ¿qué ha cambiado en usted luego del inoportuno traspiés y la enfermedad que lo obligó al reposo y al despido de la vida política en activo? ¿Un consejo a Fidel? ¿Una recomendación a un elegido en el que sigo creyendo? Por supuesto… No se despida nunca, Quijote rebelde, eterno timonel del Granma. Siga conspirando. Usted lo sabe: el ajedrez no ha terminado.