&wid LA TECLA CON CAFÉ

Falleció Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana

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viernes, 31 de julio de 2020
7:05:11 pm 
 

El doctor Eusebio Leal falleció este 31 de julio en su ciudad natal, a los 77 años de edad, víctima de una penosa enfermedad. De conformidad con la familia de Leal, sus cenizas serán conservadas para que, una vez controlada la Covid-19 y como justo reconocimiento a su imperecedera obra, nuestro pueblo pueda tributarle un merecido homenaje en el Capitolio de La Habana. 

Nadie fue tan leal a La Habana, al patrimonio cubano, a la historia y la cultura de este país y sus hombres, como Eusebio Leal Spengler, nuestro Historiador. 

Hoy nos abandona físicamente pero su pensamiento, su obra, su incansable amor por la belleza, la vida, la verdad y la virtud de los hombres y mujeres de esta Isla permanecen entre nosotros. Estamos en deuda con hombres como él. 

Amando esta ciudad y este país, con el nervio vivo como lo hizo durante toda su vida, es nuestro mejor homenaje. 

 

Celebremos su maravilloso paso por la vida, demasiado breve para quienes le quisimos por su obra y por sí mismo. Hay que seguir por sobre esas huellas, la paciente e infinita labor de salvar el patrimonio de nuestra Cuba a la que tanto amó y consagró su vida.

Miguel Díaz-Canel Bermúdez
Presidente de la República de Cuba

 

Decretan duelo oficial por fallecimiento de Eusebio Leal

El Presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel decretó duelo oficial este viernes con motivo del fallecimiento del doctor Eusebio Leal Spengler, historiador de la ciudad de La Habana, desde las 00.00 horas hasta las 12:00 de la noche del 1 de agosto de 2020.

Durante la vigencia del duelo oficial, la bandera de la estrella solitaria se izará a media asta en los edificios públicos e instituciones militares.

El doctor Eusebio Leal falleció este 31 de julio en su ciudad natal, a los 77 años de edad, víctima de una penosa enfermedad. 


De conformidad con la familia de Leal, sus cenizas serán conservadas para que, una vez controlada la Covid-19 y como justo reconocimiento a su imperecedera obra, nuestro pueblo pueda tributarle un merecido homenaje en el Capitolio de La Habana. 

Síntesis biográfica de Eusebio Leal Spengler

Eusebio Leal Spengler, nació en La Ciudad de La Habana, el 11 de septiembre de 1942. Fue Doctor en Ciencias Históricas de la Universidad de La Habana, Máster en Estudios sobre América Latina, el Caribe y 

Cursó estudios en la Universidad de La Habana 1975 de Licenciatura en Historia. Ha cursado estudios de post-grado en Italia sobre restauración de Centros Históricos por beca conferida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Italiana.

Fue Miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba desde el IV Congreso, Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular en la IV-1993, V-1998, VI-2003, VII-2008, VIII-2013 y IX –2018 Legislaturas, Embajador de Buena Voluntad de la Organización de las Naciones Unidas.

Comienza a trabajar en 1959 en la Administración Metropolitana de La Habana y en 1967 fue designado Director del Museo de la Ciudad de La Habana, sucediendo en su cargo al Doctor Emilio Roig de Leushenring, del que fuera discípulo. 

Asume las obras de restauración de la Casa de Gobierno, antiguo Palacio de los Capitanes Generales y Casa Capitular que concluyen en 1979. En 1981 se le confiere la responsabilidad de conducir las inversiones de las obras de restauración aprobada por el Gobierno de la Ciudad el 5 de mayo de aquel año. 

 

El 16 de abril de 1986 le es asignada la responsabilidad de las obras en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña y, más tarde, en el Castillo de los Tres Reyes de El Morro. Conforme a la declaración de la UNESCO el perímetro de las antiguas murallas y el Sistema de Fortificaciones para la defensa de la ciudad fue inscrito en el Indice del Patrimonio Mundial en 1982 con el número 27. 

Historiador de la Ciudad de La Habana. Presidente de Honor del Comité Cubano del ICOM y Presidente de Honor del Comité Cubano del ICOMOS y de la Sociedad Civil Patrimonio, Comunidad y Medio Ambiente; Decano de la Facultad del “Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana”, Título de Profesor de Mérito de la Universidad de La Habana, presidente de la Red de Oficinas del Historiador y Conservador de las Ciudades Patrimoniales de Cuba, presidente de Honor de la Sociedad Económica de Amigos del País, presidente del Grupo de Parlamentarios de Amistad Cuba- México. 

Además, vicepresidente del Grupo de Parlamentarios de Amistad Cuba- Japón. 

Ha escrito ensayos, prólogos y artículos sobre historia de Cuba, arte, restauración y otros temas de carácter general. Es autor de los libros: Regresar en el tiempo, Detén el paso caminante, Verba Volant, Fiñes, Carlos Manuel de Céspedes El Diario Perdido, La Luz sobre el Espejo, Poesía y Palabra (I y II), Para no Olvidar( I,IIy III), Fundada Esperanza, Patria Amada,Bio-Bibliografía (I, II,IIIy IV),Legado y Memoria, Hijo de mi Tiempo y Aeterna Sapien. 

Descargue su bibliografía completa aquí: Curriculum de Leal (Español)

Eusebio Leal Splengler: uno de los cubanos más reales y útiles de nuestros tiempos

Por Eduardo Torres Cuevas

En pocas personas como en Eusebio Leal Spengler he hallado el modo armónico en que se articulan tan diversos componentes del conocer, sentir, amar y pensar a Cuba.  (Foto: El Doctor Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, al recibir  el título de Doctor Honoris Causa en Humanidades)

Puedo asegurar que en pocas ocasiones me he sentido tan triste como hoy. A pesar de ello, es un privilegio siempre hablar sobre Eusebio. Es difícil, porque es tal la envergadura, la variedad, la riqueza, la originalidad, la osadía, el rigor y la grandeza de Eusebio, que no puedo menos que confesar que estas palabras no son más que una aproximación muy limitada de quién es uno de los más grandes cubanos de todos los tiempos.En pocas personas como en Eusebio Leal Spengler he hallado el modo armónico en que se articulan tan diversos componentes del conocer, sentir, amar y pensar a Cuba.

Pudiera decirles que su obra es grandiosa, sin embargo, no creo que sería original si dijera ha recibido la investidura de Doctor Honoris Causa y Profesor de Mérito de 20 universidades nacionales y extranjeras; y ha pronunciado conferencias magistrales y académicas en más de 74 universidades en no menos de 45 países, colocando la imagen científica y cultural de Cuba en lo más egregio de los espacios académicos de diversas partes del mundo. A su vez, ha recibido altas condecoraciones de por lo menos 29 naciones. Sin embargo, estos títulos y condecoraciones no expresan las esencias del hombre que nació en un solar de La Habana, que se ganó la vida como mensajero de una farmacia y que llegó a tener una cultura poco común antes de titularse de una universidad. Su esencia era la de un hombre de pueblo que vestía humildemente la ropa de un trabajador, que andaba La Habana hablando con cada una de las personas humildes que se le acercaban y que soñaba en reconstruir para darle al presente las dimensiones extraordinarias de nuestra historia. Simplemente, es un gran hombre de pueblo.

Ha recibido los títulos más importantes, los que no llegan en pergaminos, que no los otorgan los académicos, sino los que él más ama y reconoce, que son los que le confiere una multitud de pueblo impresionado y agradecido, no ya por la palabra sino por la reducción de la pesantez de la piedra y el ladrillo o de la construcción pétrea y vivificadora de la obra. Está llena más que las pupilas, las mentes amplias y agudas y los corazones sensibles y nobles ante la exorbitante riqueza del rescate urbanístico y humano de la huella de los hombres que construyeron la imagen que de La Habana o de otras ciudades y localidades cubanas disfrutamos hoy.


El quehacer de Eusebio, ante todo pensado, después organizado, con posterioridad espiritual y culturalmente materializado, que todos podemos observar al peregrinar por Cuba y por su capital, está inscrito ya como patrimonio de la humanidad. Ha sido una voluntad férrea, una inteligencia dedicada y certera, y un conocimiento profundo lo que le ha permitido a este hombre domesticar el pasado y convertirlo en joya del presente. 

Su dirección, al frente de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, recoge la restauración y terminación de 80 obras de patrimonio cultural, 14 hoteles, que rememoran espacios y momentos de la cultura cubana en tiempos diferentes reunidos en un todo por el presente que contempla, un centenar de instalaciones turísticas y 171 obras sociales, a lo que se añaden 3092 viviendas beneficiadas. Todo ello en un periodo de 10 años, y no incluyo aquí lo que ha hecho en el último lustro. Al referirse a su obra siempre destaca, con humildad y agradecimiento, lo que significaron para sus logros los diálogos y el apoyo de Fidel. 

Es Eusebio Leal uno de los más fructíferos escritores de nuestro tiempo. Sorprende la cifra de sus obras. Estamos hablando de 3 531 registros que abarcan hasta el 2010. Hago esta acotación porque faltan aún 10 años de producción intelectual en el conjunto que señalamos. Es muy variado el conjunto: artículos, folletos, discursos impresos y libros. Todos responden a un conocimiento adquirido en esas incesantes búsquedas que parecen no haber dejado tiempo al descanso o, quizás con más propiedad, al disfrute del tiempo en crecer por dentro para ayudar a otros a encontrar caminos para identificarse a sí mismos e identificarse con su propia cultura. 

Si se observa con detenimiento, no hay palabra flácida, ni perdida, ni colocada inadecuadamente en su oratoria y en su escritura. Al que se asoma a su obra plasmada en palabras, no le quedará más remedio que reconocer que, paso a paso, descubre y se identifica con las propuestas de Eusebio, del doctor Leal, porque en ellas están contenidos descubrimientos hallados en innumerables documentos materiales y espirituales. Se observa la incansable indagación y el rescate permanente que sostiene la obra creadora de Eusebio. Algunos títulos, hablo ya de libros, constituyen un imprescindible legado de una época, ya aparentemente lejana,  pero que expresan un mundo de ayer que explica, en cierta forma, el mundo de hoy. Estas son espléndidas rememoraciones que constituyen ya parte de nuestra historia. Libros como Fiñes, Fundada esperanza, Para no olvidar, Legado y memoria y El Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes, constituyen aportes innegables, rigurosamente recogidos y pensados, no para una historia muerta, sino para el pensamiento vivo de la creatividad presente y futura de nuestro país. 

Existe un género literario que por su complejidad suele ser de difícil dominio, la oratoria. No creo exagerar si afirmo que el discurso oral de Eusebio constituye ya uno de los legados más importantes que será objeto de estudios en los próximos años. La oratoria, como género, constituye uno de los más difíciles porque aúna el conocimiento de un tema, la elegancia del discurso, la belleza del lenguaje, la lógica armoniosa del contenido, lo poético que deleita y la dialéctica que enseña. Como pocos en nuestra historia más reciente, Eusebio Leal ha desarrollado la oratoria de modo extraordinario y muy personal. Ha aportado a la Academia y a la tribuna el arte de decir. 

Viene a mi memoria el momento en que lo conocí con carretilla en mano y su exclusivo modo de vestir con ropa de trabajo gris. Aquellas búsquedas arqueológicas e históricas, llevaban a muchos, burlonamente, a pensar que aquellos sueños de reconstrucción eran como los de Calderón de la Barca. Hoy puede parecer que todo fue fácil y en mi opinión fue muy difícil perforar una realidad bruta con la punta fina de la voluntad, del ingenio y del conocimiento. Al escucharlo percibe el interlocutor que más allá de lo que la Academia enseña, está la búsqueda incesante de un autodidacta que disfruta traspasar los límites de las disciplinas. 


 

Quizás, como él mismo se ha llamado, ha sido un hijo de su tiempo, de este tiempo de temeridades que el futuro juzgará con la fría lógica que otorga la distancia; pero ello es un privilegio no de los dioses sino de los hombres. También recuerdo ahora cuando al entrar en un aula universitaria, hace ya no sé cuántos años, me lo encontré sentado como estudiante de la carrera de Historia. Le era necesario el título que tanto se exige pero sus conocimientos sobre pasaban ya a los de un licenciado. Aquí buscó los métodos, las sistematizaciones, las teorías que la academia discute y promueve. El joven profesor disfrutaba y aprendía del grato diálogo con el sabio historiador sin título. 

Habanero, supo amar su ciudad y trabajar en el rescate y prevalencia de sus valores materiales y espirituales. Pero al observar en conjunto su obra en esta urbe puede también entenderse la amplitud de su visión. Museos, bibliotecas, escuela, hogares, colegio, le dieron al proyecto una calidez que hizo revivir la ciudad que solo tenía sentido como el hábitat de nuestro espacio humano. Recordando una frase de José de la Luz y Caballero, pronunciada en 1832, al referirse al Obispo Espada, me gustaría decir que Eusebio “me hace gustar el noble orgullo que es habanero el corazón que en mí late”. Y esa “habanidad de habanidades” no es otra cosa que el hecho de que Cuba late también con el corazón habanero y el mundo entero contribuyó a la riqueza de sus calles. 

 

Él es fiel a sus apellidos, Leal a sus ideas y a sus principios, Spengler, que el que escribe traduce a capricho como espléndido en su entrega a Cuba, a su Revolución y al legado patriótico de todos los constructores, de esta, como el título de uno de sus libros: su siempre “PATRIA AMADA”.

Al recorrer las calles de nuestra Habana, así como la de otras muchas ciudades cubanas, seguiré sintiendo la presencia de Eusebio y escuchando su voz firme y encantadora. No te vas, te quedas, en el alma de los que amamos, creamos y creemos en aquellos valores éticos que tú también ayudaste a sembrar.

Eusebio: una vida hecha a pensamiento

Por Gustavo Sánchez 

Existen personas que infunden respeto de solo mirarlas, te estremecen el cuerpo y te hacen descubrir a través de la sabiduría en sus ojos un “alma vieja”; de esos seres humanos hay quienes provocan ante su presencia el silencio de multitudes, que buscan beber conocimiento de cualquier palabra que se escape. Así descubrí a Eusebio, regalando historias de esa Habana que siente como “madre”, a una nueva generación de artistas. 


Lo llamo Eusebio porque así se presentó, con la naturalidad del cubano, del abuelo catedrático; llegó envuelto en sencillez y anécdotas que de a poco fue narrando; se convirtió en un joven más de la sala y regresó el camino andado palabra tras palabra, haciéndonos a todos testigos del nacimiento de Cuba. 

Sin ánimos de testimoniar Eusebio regresó a su pasado, a aquel que lo iniciara en los caminos del pensamiento profundo, que lo hiciera estudiar su primera realidad; sabe que para los jóvenes a veces es difícil ponerse en otras pieles, revivir como suyos los pasos de otros, y por eso con humildad expone ante todos su difícil inicio en La Habana que ama, como afirma: «para que sepan por qué pienso, como pienso». 

«El país no puede regresar a lo que nos están ofreciendo algunos, a lo que yo conocí y ustedes no conocieron». – Expone. 

«Yo nací pobre, mi madre era una lavandera, una gran mujer que lavaba ropa y salíamos de noche a distribuir la ropa a las casas donde las mandaban a lavar; las muchachas usaban entonces una moda que eran las sayas plisadas, y los 500 pliegues de esas sayas había que hacerlos con la plancha de carbón sin dejarles ni un birrión, porque las planchas de mi mamá no eran las modernas eléctricas, eran las que se calentaban al tizón, y eso tenía un costo de 5 centavos, 20 centavos, un medio, los pobres teníamos que vivir con un peso al día, para lo mínimo, para lo fundamental. 

«En la casa de vecindad donde nací, donde la encargada regía con orden romano, las puertas de nuestras habitaciones nunca se cerraban por el calor y tenían cortinitas, cuando alguien quería hablar con mi mamá se asomaba y decía: ¡Silvia!, y mi madre salía o corría la cortina; después a determinada hora todos sacaban los sillones al pasillo y nos sentábamos a tomar fresco y a conversar. 

«Y había un hombre poderoso que traía las tarjetas para que pudiéramos ir al Palacio Presidencial el 20 o 23 de diciembre, porque el presidente ofrecía una jaba con una libra de frijoles, una libra de arroz y una lata de no sé qué a los pobres; o el 6 de enero, que podíamos ir para recibir el regalo de Reyes. 

«Recuerdo mi mamá persuadiéndome: ¡Pide una bicicleta, pide una bicicleta! Que después seguramente usaríamos o empeñaríamos, pero no fue así, mi primera foto en un periódico lo atestigua. Había un garaje de plástico que me sedujo y al lado estaban las tremendas bicicletas, y yo de tonto dije: el garaje; y me fui con el artefacto inútil. 

«No pude llegar más que al 4to grado en la educación, quiere decir que cuando triunfó la Revolución solamente tenía el 4to grado; mi mamá había hecho todo tipo de esfuerzo para que yo pasara al 5to, pero como no pude me entregó a Rogelio Heredia, un asturiano que era dueño de la bodega, y allí a limpiar en la trastienda, a despachar, y después la insurgencia revolucionaria. 

«Luego, triunfó la Revolución y se abrieron todas las puertas». 

Fidel y Eusebio

Habló sobre un Fidel humano, recto y solidario, un hombre preocupado y de ideas inquietas; nos mostró el lado humorista del líder y confesó pasajes que no se recogen en ningún libro de historia, como la vez que durante un viaje protocolar en auto, mientras él explicaba a una personalidad X cuestiones de la capital, el Comandante en Jefe, haciéndole señas con la mano y en voz baja le dijo: «Leal, te sentaste sobre mi gorra…» Eusebio, con la sonrisa en el rostro afirma: «que tragedia, que error tan grave».  

«Fidel era además un hombre, tratar de endiosarlo es disminuirlo, era un hombre, uno superior, he ahí la cuestión. Verlo molesto era ver un león enjaulado rompiendo la reja, yo tuve la suerte de verlo molesto, y de verlo molesto contra mí también». 

Así mismo lo recuerda como el “hermano”, que a pesar de construir sin descanso un futuro para Cuba, hacía tiempo para escuchar a sus compañeros de lucha. 

«La última vez había sufrido yo un descalabro gigantesco, llegando a su oficina me senté, él entró y volvió a salir, para decir verdad yo lloraba amargamente; de pronto él regresó, y mirándome fijamente dijo: Cuando te ofenden a ti, también nos ofenden a nosotros. Habló con plural, y ¿quiénes somos nosotros?, nosotros somos todos, somos la Revolución». 

Eusebio se va ligero, ha dejado en todos su ideario, su sonrisa sabia y comprensiva, su mirada de conocedor y de hombre que ha vivido; nos ha hecho ver a La Habana a través de Cuba y a Cuba a través de la Historia; cuando a sus espaldas se van a cerrar las puertas y todos continúan aplaudiendo en pie, Eusebio se ve feliz: nos ha puesto pensar. 

Eusebio Leal: caballero de la memoria

Por Reinaldo Cedeño Pineda

Yo estuve allí, el 3 de abril de 2008, en el VII Congreso de la Uneac (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), cuando Eusebio Leal Spengler pronunció una verdadera Oración por la unidad de los cubanos. Habían tenido lugar varias intervenciones, algunas observaciones, y el Historiador de la Habana alzó su voz y conmovió al foro con su esencialidad de siempre:

«Yo no me avergüenzo de los que están fuera, porque mis hijos están fuera, y jamás me avergonzaré de mi condición de padre, ni jamás les quitaré a ellos el nombre de cubanos —ellos decidieron su camino— siempre y cuando no hagan armas contra la patria que los vio nacer (…)» (1)

Muchos prejuicios ―amasados por los años, por nefastas circunstancias―, cayeron, fustigados por sus palabras, por su transparencia: 

«Es necesario que cuando vean pasar a uno cualquiera de nosotros, que sea singular, lo respeten y lo estimen; que no digan nunca, como afirmábamos al principio de la Revolución: “Ahí va un negrito”; que no digan nunca más: “Ahí va un homosexual”, o, como estamos en una república literaria y es muy español, “un maricón”. ¡No! ¡No!, ya que tanto hemos luchado por la libertad, que se respete nuestra singularidad. Eso es lo que hemos logrado en esta reunión, y por eso hemos llegado hasta aquí». (2) 

Yo vi cuando Eusebio Leal y Alfredo Guevara se abrazaron. Yo vi lágrimas en el plenario. 

Yo estuve allí, durante la Sesión Solemne de la Asamblea Municipal del Poder Popular por los 500 años de Santiago de Cuba. Teatro Heredia: 25 de julio de 2015. Escuché sus palabras, viví las emociones: 

«Hay que afirmar categóricamente que la unidad nacional es lo más importante, esa unidad absoluta del pueblo que se llama hoy en Santiago santiaguero, pero que es fundamentalmente como lo dice su nombre completo, Santiago de Cuba. Hoy somos cubanos (…) 

«A Santiago en este homenaje, en este día de júbilo y de historia, se le recuerda por sus músicos; se le recuerda por sus artistas; se le recuerda por los cantos de Esteban Salas o de Electo Silva; se le recuerda por la obra admirable de sus artistas y de sus poetas (…)  La patria no es solo donde se nace sino donde se lucha». (3) 

Y estuve, justo cuando Eusebio Leal salía a una plaza de La Habana Vieja, y todo el grupo que tomaba parte en el curso “Medios para Comunicar el Patrimonio”, quiso inmortalizar aquel momento. Era junio de 2016. Quise tomarlo como un regalo ―el mejor regalo― por mi cumpleaños que había celebrado pocos días atrás. 

Una imagen inolvidable con el caballero que ha salvado tanta memoria, que atrapó el latido de las piedras, que bordó las palabras como pocos. Todavía pude abrazarlo, un instante más, en 2019, en el Palacio de las Convenciones. 

Quiero recordarlo en las palabras de un habanero agradecido. La casualidad y la fortuna, me hicieron partícipe. Aquel perro callejero que vino a mí en la Plaza de Armas de La Habana, tenía colgada una identificación que asignaba su custodia a un lugar cercano. Abrí los ojos de asombro y al notarlo alguien que compartía el banco del parque, me dijo: «Eso es obra de Eusebio. ¡Qué hombre ese, mi hermano!».

NOTAS 

1. “Preparémonos para el nuevo destino de nuestro país”, en Granma, 4 de abril de 2008 http://www.granma.cu/granmad/2008/04/04/cultura/artic04.html

 2. Ibídem. 

3. Odalys Viera y Yoel Lugones: “La patria no es solo donde se nace sino también donde se lucha”, 25 de julio de 2015. Tomado del sitio Eusebio Leal Spengler, historiador de Ciudad de La Habana http://www.eusebioleal.cu/noticia/la-patria-no-es-solo-donde-se-nace-sino-donde-se-lucha/

Para un lector Leal: la magia de una biblioteca pública

Por Mario Cremata  

"A veces, por la elocuencia de su verbo y de su prosa, su capital cultural parece ilimitado. Incluso a quienes ya tienen entrenado el oído para asimilar sus descripciones minuciosas de épocas y sucesos –así fuere de una realidad remota–, Eusebio Leal Spengler no deja de sorprenderlos".

Ante tamaña muestra de erudición, cabe preguntarse cómo se gestó ese lector leal. Todo comenzó en la Biblioteca Pública, radicada en el edificio de la Sociedad Económica de Amigos del País. En esa institución del Paseo de Carlos III podemos enmarcar el primer contacto del niño, vecino de Hospital número 660, entre Valle y Jesús Peregrino, con un bien que considera absolutamente inconmensurable: el libro.

Criado prácticamente solo por su madre, Silvia, una mujer que debió asumir labores domésticas y ejerció como conserje en una escuela, en aras de sufragar la educación elemental de su único hijo, como no

podía adquirir los xtos, en la quietud de aquella sala se extasiaba con los relatos inmortales que consagraron para siempre sus ansias de nuevas lecturas.

Inquieto hasta lo inaudito, cuando desaprobó el tercer grado, su profesora, la Doctora Silvia Oliva, le dedicó el libro Corazón, de Edmundo de Amicis, en cuya página inicial estampó apenas dos palabras: «Eusebio, estudia». Tras seguir la solemne advertencia, dicho volumen le ayudó a crecer emocionalmente.

Otro tanto resultaría la colección de El tesoro de la juventud y El principito, de Antoine de Saint Exupéry, que lo introdujeron en la problemática filosófica que jamás abandonará al ser humano. Una frase, convertida en emblema de varias generaciones, le quedó prendida del alma: «Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos». De entonces a acá,tal vez ni él mismo lleve la estadística de cuántos baobabs debió espantar o solucionar.

Además de la predilección por los libros ilustrados, Leal ha confesado su espanto natural hacia las llamadas ciencias puras(la matemática, la física y la química). 

También el no haber podido desprenderse, durante años, de las aborrecidas faltas de ortografía, cual reflejo de una formación escolar que se vio truncada en el tercer grado, y que no retomara hasta después del triunfo de la Revolución, a punto de cumplir sus 17, cuando «la edad de los fiñes había terminado». 

Poco a poco, el joven labró su propia senda a golpe de esfuerzo, sin dádiva. A juzgar por los testimonios de quienes comenzaron a seguirle en fecha tan temprana como la década de los 70, puede inferirse que ya entonces Leal exhibía una notable capacidad intelectiva y crítica, pese a que en aquellos momentos fue que se produjo su ingreso a destiempo en la Universidad de La Habana, específicamente en el curso para trabajadores de la Escuela de Historia. 

De cualquier forma, le apasiona vivir esta época y no se siente fugitivo de ninguna otra. Ni siquiera de un periodo apasionante para la historia de Cuba como lo es el siglo XIX. De hecho, si se le interroga sobre esto, suele especular sobre qué habría sido de él si de pronto hubiese nacido esclavo en un barracón, o peor aún, no haber tenido el arrojo para alzarse en armas contra la metrópoli española, como lo hizo un puñado creciente de patriotas a los cuales veneramos.

De nuestra saga libertaria, vuelve cada cierto tiempo a José Luciano Franco y José Miró Argenter, a Raúl Aparicio y su Hombradía de Antonio Maceo

 Y claro que, como cespediano mayor, al Padre de la Patria, la piedra angular del arco en el cual se sostiene nuestra cubanía. Empezando por los tres tomos de Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, de Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo y el Diario perdido, que contiene los apuntes y reflexiones del iniciador de la Revolución en un periodo particularmente dramático de su trayectoria personal y como hombre público: los tres meses que precedieron a su deposición como presidente de la República en Armas y lo que condujo a su reclusión en San Lorenzo, donde el 27 de febrero de 1874, víctima de una emboscada vil, su cuerpo herido de muerte se despeñó por un barranco.

De igual modo vivió los avatares de otros próceres, padeció sus angustias y quebrantos. Se imaginó parapetado en el balconcillo por donde pudo escapar de una celada Simón Bolívar, en aquella noche decisiva que Indalecio Liévano Aguirre describe de modo magistral.

Al final, termina apostando por la poesía, porque mientras. la historia apela al retrato, a recomponer el cómo fueron los acontecimientos, la poesía nos lega el cómo debieron ser.

El ya aludido Alfredo Guevara, más que referente, se convirtió en uno de sus mentores intelectuales. A él correspondió poner en manos de Eusebio dos volúmenes de la célebre Margarita Yourcenar, que dejaron huella profunda: Memorias de Adriano y Opus nigrum.

Como Zenón, Eusebio devino alquimista y asumió el llamado a conquistar un don, su camino, el cual no estaba del todo revelado, por más que el espíritu de un humanismo singular palpite en ambos personajes.

Del austriaco Stefan Zweig admira el estilo literario, la soltura narrativa de relatos biográficos como Fouché y María Antonieta, así como los que describen las peripecias de los navegantes y conquistadores Vespucio y Magallanes.

El Padre Las Casas se convirtió para él en emblema de hidalguía, tras la lectura de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde el fraile dominico dio cuenta del exterminio que sufrieron los aborígenes que poblaban el archipiélago. Sobrecogido, el historiador en ciernes sintió en
carne propia el martirio de sus ancestros, criaturas indefensas que poco sobrevivieron al yugo del coloniaje.

Salvando las distancias, heredera de esa misma denuncia puede considerarse Visión de los vencidos, de Miguel León Portilla, tratado antropológico y cultural que aborda episodios de la conquista de México y enaltece las culturas indoamericanas, volumen que marcó el inicio de un nuevo tipo de historiografía. 

Una forma de inmortalidad


"Leal apuesta por la sabiduría, porque esta coadyuva a descifrar los misterios de la vida, a enfrentar los más terribles desafíos con serenidad, con mano fría y corazón caliente". 

Al final, los libros siempre le evocan la inmortalidad, porque vidas y hombres se prolongan más allá de sus páginas. Pero no se conforma, indaga. Se preocupa por la hoja de vida de los autores, circunstancia que puede encerrar la clave de la obra en cuestión. Se apropia de su significado, casi como una posesión intransferible. 

De hecho, no presta libros. Los regala. Leyó incansablemente a los del Siglo de Oro español. También a Heredia, a la Avellaneda, al presbítero Félix Varela y sus Cartas a Elpidio, convencido de que no hay patria sin virtud ni virtud con impiedad. 

Del XIX, sabemos que valora en alto grado las apreciaciones del sabio ilustrado Barón de Humboldt en su Ensayo político sobre la Isla de Cuba; de naturalistas como Ramón de la Sagra y su primorosamente ilustrada  Historia física, política y natural de la Isla de Cuba, y las narraciones autobiográficas de la Condesa de Merlín y de Fredrika Bremer. 

Aunque, como se ha visto, le seducen los diarios y memorias no solo de ilustres viajeros, sino también de figuras de la historia cubana y universal. 

Fundamentales para la comprensión de otras aristas de la ciudad que hace cinco décadas ayuda a respirar, resultaron el célebre ensayo carpenteriano La ciudad de las columnas, y los tratados de Lezama sobre la insularidad desde un enfoque sentimental que permita justipreciar esa «cultura de litoral». 

En otro sentido, tan distintas la una y la otra, Dulce María Loynaz y Fina García Marruz constituyen damas tutelares, en las cuales el lenguaje castizo y metafórico se aúna para entregarnos obras de una solidez a prueba del tiempo. 


El complemento serán las tertulias, diálogo frecuente y solo interrumpido por el fallecimiento de la primera y la avanzada edad de la segunda. 

Coincidentes en el tiempo, sobresalen en su arcón personal el manifiesto de la eticidad cubana que preparó Cintio Vitier, inspirado en la frase de un apotegma de Luz y Caballero: Ese sol del mundo moral. Y, desde luego, Cimarrón, de Miguel Barnet, apasionante testimonio del longevo exesclavo y mambí Esteban Montejo, texto que le proveyó ese escaso deleite de dejarse arrastrar, de un tirón, hasta el final. 

Por otra parte, en esta radiografía inconclusa, casi al vuelo, no podría dejar de mencionar como corolario el hecho de que, como cristiano de ley, poseedor de una visión ecumenista de la religión, la Biblia es una presencia indeleble. 

Con la sapiencia de su dilatado accionar pedagógico, Beatriz Maggi recomendaba no relegar nunca el valor ancilar de la lectura: leer y, en consecuencia, apropiarse de la lengua. Admira pensar que quien a los 17 años no había podido extirpar las faltas de ortografía, hacia 1975 matricula la carrera de Historia, y después de dar a conocer sus primeros libros, ingresó, por derecho propio,  en la Academia Cubana de la Lengua, donde hasta hoy demuestra cuán amplio es su dominio del idioma y sus casi infinitas posibilidades expresivas. 

Su angustia filosófica, antes y ahora, no era otra que la búsqueda de la verdad, de lo razonable, del sentido común de las cosas. «Y es que el conocimiento no se adquiere sino leyendo y estudiando. Alguien afirmó que el hombre es lo que leyó; yo mismo fui los libros que leí. Pero también es importante señalar que la cultura es lo que queda en nosotros cuando ya hemos olvidado lo que leímos una vez en los libros». 

No le falta razón a Ambrosio Fornet, uno de nuestros más lúcidos intelectuales, cuando afirma que a través de la lectura pueden hallarse las respuestas a las preguntas que nos hagamos sobre el universo, y que el diálogo que se produce en esta circunstancia permite activar zonas a veces inexploradas en uno mismo. 

Leal apuesta por la sabiduría, porque esta coadyuva a descifrar los misterios de la vida, a enfrentar los más terribles desafíos con serenidad, con mano fría y corazón caliente. 

Siempre subjetivo y desacralizador de los procesos históricos, en su lucha por la integralidad, por no obviar cualquier acento, a través de la lectura, tanto de las obras literarias o científicas como de los documentos, que han sido leitmotiv de su existencia, defiende que es preciso explicarlo todo sin omisiones, pues la manipulación y el silencio solo generan decadencia. 

En un mundo cada vez más enigmático y enrevesado, sin subestimar el valor de lo inmaterial —partiendo de que primero viene el sentimiento y luego el conocimiento—, en un periplo creador que ya supera el medio siglo, el Leal lector se emancipa, se enriquece, y llega a alcanzar la sensación de plenitud. Al menos esto, lo asume como un deber irrenunciable. 

No olvidemos que el cultivo de la inteligencia requiere interpretación, interpelación de lo leído. Hasta que los libros se vuelvan nuestros más caros afectos, cual legado indestructible. Otra cosa sería burda entelequia.

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