Blogia
LA TECLA CON CAFÉ

Cronicafeando

Nada nuevo bajo Trump

Nada nuevo bajo Trump

 

domingo, 18 de junio de 2017
3:55:46 a.m. 
 

Por Mercedes Rodríguez García 

Aunque se trataba de “asuntos” importantes, no creo haya asustado a los cubanos, primero, el montón de especulaciones “filtradas” o copiada de borradores, sobre lo que discursaría Donald Trump en Miami, repositorio desde donde confirmó este viernes que recrudecerá las medidas que afectan al pueblo cubano, o dicho de otro modo, que dará marcha atrás a la política de Obama hacia Cuba. 

Luego, tras años de “colisiones” de todo tipo, lo dicho  en el teatro Manuel Artime por el presidente de los Estados Unidos, debió sonar “estándarizado” en los oídos de gente que, si algo ha aprendido en tantos años de Revolución, es a mantener el control de los hechos que nos implican con la poderosa nación. 

Son más de una las situaciones que perturban la vida cotidiana de los cubanos de la isla —no tan aislados como algunos pudieran pensar—, de varias maneras vinculados al llamado exilio cubano en Miami, ciudad floridana donde, según una vecina muy entrada en años, hasta los gatos de Liborio tienen familiares o amigos. Y allá los hay de todos los colores, olores y sabores. 

Lo cierto: valiéndonos de la virtud y la razón del carácter personal, los criollitos de Malecón adentro estamos acostumbrados a “escapar”, a “ir tirando”, en las verdes y en las maduras, y pienso que nada más allá del cambio climático nos pueda sacar del paso, que no es solo el del “invento” y la “bellaquería” que nos endilgan por mantener funcionando prehistóricos autos rusos y americanos, para delicia de turistas y famosos. ¡No! 

De modo que lo que dicho por Trump —ni tan loco ni tan impredecible— respecto a un cambio de la política hacia Cuba, solo ralentizará la continuidad del camino de acercamiento iniciado por el gobierno de Obama, sin que ello signifique una ruptura de las relaciones entre ambas naciones. Aunque siempre queda la hendija abierta de las invitaciones de terceros a conversar, o ese tipo de "consejos" que —directa o indirectamente— suelen dar mandatarios, políticos o inlelectuales que bien quieren a la Isla.

Recordemos que en materia de política lo que se ve es solo la punta del iceberg, y lo cierto, lo que no se dice. Nada sabemos de lo que ocurre tras bambalinas, de lo que sacará Wikileads, de lo que se negocia mediante “embajadores” personales, a través de terceros, o en conversaciones mediante hilo telefónico directo. Lo demás, puras predicciones con un margen de posibilidades, pero en fin —y es el caso— nada nuevo bajo el sol, nada que no pueda ser variado en el transcurso de los acontecimientos. 

Y ahora me pongo frente a la bola de cristal y asumo aires de pitonisa, porque a Trump no le auguro mucho tiempo en el poder poderoso. Menos ahora que acaba de reafirmar su incapacidad estratégica al desoír a los seis de cada diez republicanos —miembros de su partido— que apoyan los nexos normales entre ambos países, y prestar oídos a unos pocos y habilidosos legisladores de origen cubano que a base de chantajes han raptado la política hacia Cuba llevándola en dirección contraria a la mayoría. 

Torpe, muy torpe Donald Trump al definir el futuro de las relaciones con un país a solo 90 millas de sus costas. Pero en fin, él sabrá lo que hace, y del lado de acá, también sabremos, incluso no dejar vacante el fondo habitacional cinco estrellas, ni vacíos los varaderos en las marinas, ni subutilizadas las pistas de aterrizaje. 

La “transformación” de Cuba no va a venir desde los Estados Unidos, ni desde China, ni desde Rusia, ni desde ninguna parte, porque ya sabemos las consecuencias del papel carbón. Los cubanos somos quienes tendremos que cambiar lo que haya que cambiar, sin culpar más al bloqueo, y modificando en primer lugar —y de rabo a cano— la actitud hacia el trabajo, que es donde sale la verdadera riqueza. Lo sabemos, el listado de transformaciones es largo, pero es nuestro listado, y con seguridad menos extenso que el de la extensa nación norteamericana. 

Lo que venga de allá vendrá, como ha venido siempre, intencionadamente. 

Lo que sea, ya sonó. Llegó con ruido. Y no sé más porque ya me cansé de contar nueces, y hasta de leer trumpenianos trinos, que poco tienen de pajarito azul, y sí mucho de rapaz tupeamarillo.

Lea también de esta autora:

 

 





Otra lectura de los resultados del plebiscito en Puerto Rico

Otra lectura de los resultados del plebiscito en Puerto Rico

 

martes, 13 de junio de 2017
8:09:55 a.m.
 

¿Todos los puertorriqueños desean convertir su país en el estado 51 de la unión norteamericana? ¿Solo una exigua minoría apuesta por la independencia?  Los resultados del referendo no vinculante efectuado en la isla caribeña el pasado domingo 11 de junio tienen más de una lectura.  

Si bien cerca del 97 % de los pocos que asistieron a las urnas se decantaron por la opción anexionista y apenas un 1,5 % votó a favor de la independencia, los números explican también cómo ha evolucionado la opinión de los boricuas respecto a su relación con Washington.  

Con cerca de medio millón de votos, la anexión obtuvo su peor resultado en las cinco consultas populares que se han realizado sobre este tema. En 1993 la estadidad alcanzó 788 296 (46 %) votos, en 1998 recibió 728 157 (47 %) y se alzó con 834 191 (61 %) en el 2012, cuando por primera vez resulto la opción más votada.

   

Para casi todos los analistas, el gran vencedor del último plebiscito fue la abstención, a la que llamaron los partidos políticos opositores, incluido el Partido Independentista Puertorriqueño. 

Según diarios locales como el Nuevo Día, la del domingo fue la abstención más alta en cinco décadas. Cerca del 78 % de los inscritos para sufragar en la isla de 3,5 millones de habitantes decidieron quedarse en sus casas. 

«Los anexionistas planificaron su propia derrota», dijo a Granma el delegado de la misión de Puerto Rico en Cuba, Edwin González, quien cree que el resultado era previsible desde un inicio. 

La isla tiene una deuda de más de 70 000 millones de dólares y está declarada en bancarrota desde mayo pasado. Una comisión especial de Washington tiene poderes plenipotenciarios para recortar el presupuesto y los gastos sociales. 

Con más de 11 % de desempleo y uno de cada dos boricuas en la pobreza, la reacción social ha sido explosiva. 

«Hay mucha apatía. La gente no cree que se vaya a resolver nada», señala González y añade que el hecho de que el plebiscito no fuera vinculante influyó también en la baja asistencia a las urnas.

    

Solo el Congreso de Estados Unidos tiene el poder de cambiar el estatus de la isla y la consulta del 11 de junio fue más bien simbólica. 

El gobernador Ricardo Roselló, del Partido Nuevo Progresista, buscaba obtener respaldo popular de cara a Washington en su afán por convertirse en el Estado 51 de la Unión. 

Si bien los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses en las condiciones de Estado Libre Asociado, no tienen derecho a votar en las elecciones y sus representantes en el Congreso son figuras decorativas sin poder real. Tampoco tienen acceso a todos los fondos federales y ayudas que corresponden a un Estado. 

El objetivo más perentorio de Roselló con la estadidad es lograr una bocanada de aire ante la asfixia económica y usar al gobierno federal como garante frente a sus acreedores. Para muchos, el llamado a la «descolonización» del partido gobernante resulta solo marketing político. 

El diplomático boricua asentado en La Habana, defensor de la independencia, refiere que cierto sector ve en el anexionismo una salida para los problemas coloniales. «Nosotros decimos que anexarnos es peor que la colonia». 

El gobernador puertorriqueño aseguró que irá a Washington a reclamar que se escuche la supuesta voluntad expresada en las urnas, pero pocos creen que su llamado encuentre oídos receptores.

  

La tónica de Washington a partir de la nueva administración estadounidense, con una política de contención a la influencia latina y de reducción de los gastos del Estado en temas sociales, hace poco probable la incorporación de la endeudada isla caribeña, que posee además una fuerte identidad cultural latina. 

«Históricamente los plebiscitos que no son vinculantes no resuelven nada. Como ha sucedido en el pasado, Washington no va a ser caso a nada. No hay compromiso ninguno», refiere González. 

A la hora de leer los resultados, el diplomático boricua señala que el último referendo marcó una pauta en el rechazo a la estadidad. «Es una gran actitud en términos de defensa de la nación». 


Si bien no todos los que rechazan la anexión son independentistas, reconoce González, el desenlace fortaleció la idea de Puerto Rico como país con su propia identidad. «Esa es la gran base que tenemos para la lucha por la independencia. Hay que verlo como un triunfo para Puerto Rico en general». 

Según informa Prensa Latina, los independentistas boricuas comparecerán el próximo lunes 19 de junio ante el Comité de Descolonización de la ONU para denunciar que nada ha cambiado en su país y reclamar su derecho a la autodeterminación y soberanía. 

Desde hace más de tres décadas, Cuba presenta en ese organismo de la ONU una resolución para exigir a Washington la independencia puertorriqueña, la cual ha sido respaldada mayoritariamente por la comunidad internacional. 

Cien años de soledad, la Mala hora y cincuenta cuartillas de más

Cien años de soledad, la Mala hora y cincuenta cuartillas de más

 

martes, 30 de mayo de 2017
9:02:41 p.m.
 

Por Mercedes Rodríguez García 

Equivocada de profesión y algo “quemada” por trasnochar meses y meses con libros de Medicina, me vi sumergida de pronto en el mundillo periodístico, y un día de julio de 1975, frente a frente con uno de los escritores más famosos del momento, a quien —lo juro— jamás había visto en fotografías. Pero de él sabrán más adelante, pues constituye el motivo central de esta crónica.

Sin antecedentes sociales ni genéticos al respecto, mi probada y apasionada afición por la Literatura resultó la primera carta de triunfo para, desde el humilde puesto de secretaria del director del periódico Vanguardia, “colar” de vez en cuando en la página dos del diario villaclareño crónicas del acontecer cultural y alguna que otra reseña de libros que, por aquel entonces, dormían el sueño de los invendibles en los estantes de las librerías.

Pues fue en aquel ambiente de franquezas y zancadillas donde me convencí de que nada me afiliaba ya al bisturí, si no a la incansable y autodidáctica lectura de la Teoría y Práctica del Periodismo, amén de toda la poética, cuentística, novelística y ensayística que caía en mis manos. Por eso seguí el consejo de quienes me apreciaban y disfrutaban mis escritos: “Mercedes, matricula un curso para trabajadores en la Universidad Central de Las Villas”. 

Y sin pensarlo dos veces, en 1974, integré la nómina de los pioneros en la especialidad de Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana, al tiempo que asistía cada lunes por la noche al Taller Literario bajo el patrocinio de dos escritores locales: Félix Luis Viera y Roberto Orihuela, con el devenir prestigiosos poeta y dramaturgo, respectivamente.

Un día de julio de 1975, ya pasaban las cinco de la tarde y yo, dale que dale, a las desgastadas teclas de la máquina de escribir del no menos desgastado colega Otto Palmero, maestro y amigo hasta los últimos días de su vida. Inspirada, danzando junto con las mil musas que llegan a los 24 años, rescribía un cuento titulado “Por donde caminan las jutías”, el cual pensaba enviar —y mandé y gané— a un concurso auspiciado por los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Con el ojo izquierdo y la mente en el Olimpo de la creación, vislumbro tres figuras a contraluz. Sin dejar de “machucar” a la deteriorada Underwood contesto a las preguntas que me hace alguien del grupo:

—Buenas tardes, ¿qué escribes?

—Nada, un cuento.

—¿Te gusta la Literatura?

—Sí, soy miembro del Taller Literario y estudio Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana.

Y les juro que lo dije como si se tratara de un sueño cierto del que podía mostrar pruebas irrefutables, o del más arduo magisterio en humanidades.

—¿Que has leído de los escritores latinoamericanos?

Y relacioné una extensa lista que incluía a todos los del llamado boom sin excluir, como es lógico, a los clásicos del continente.

—Pero ¿a quién tienes entre tus preferidos?

—Pues… Rulfo, Borges, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, ¡y por supuesto, a García Márquez. 

—¿Qué has leído García Márquez?

—La mala hora y Cien años de soledad, la novela que ahora lee fascinado todo el Mundo.

—¿Te gusta Cien años...?

—Sí, algo extenso, con un final metafísico; creo que se le pueden quitar unas cincuenta cuartillas…

El personaje no comentó nada más, y junto con Ángel Álvarez, el director y Arturo Chinea, el jefe de información, se marcharon del local donde yo, imperturbablemente, continué la escritura de mi cuento, sin percatarme si reían o conversaban.

    

Para mí se trataba de uno de los tantos visitantes que concurrían a diario al periódico, entre ellos artistas de la televisión y la radio, políticos extranjeros, cantantes, trabajadores destacados y militares de alta jerarquía.

Minutos después, cuando casi estaba en los finales de mi creación, regresaron. Recuerdo que un joven alto y fuerte, sacó de su estuche un rollo de película Kodak de 1000 ASA, lo puso en la cámara, y sin flash, apretó el obturador. Solo entonces les bien a todos la cara.

—Bien, muchacha, sigue escribiendo tu cuento, que cuando yo vuelva a escribir Cien años de soledad, te prometo que le voy a quitar algo más de cincuenta cuartillas. Ahora deja que Gabito nos saque una foto.  

Treinta y dos años después,  el domingo 6 de mayo de 2007, mientras leía el artículo del colega Luis Raúl Vázquez Muñoz “El libro que cambió al mundo en dos instantes”, confirmé que yo no estaba muy desacertada.

Según relata el propio García Márquez, el escritor argentino Jorge Luis Borges le comentó en una oportunidad: “Le sobran cien páginas”.

En eso de eliminar yo había sido más piadosa. Ahora, 45 años después, frente a la Pentium 4, a medio siglo de publicarse Cien años de soledad*, recordaré el día que conocí al Gabo y la Mala hora en que no pude recuperar aquella foto que nos tomó Gabito.

* En Mayo de 1967 se publica la primera edición de Cien años de soledad, en Buenos Aires a cargo de la Editorial Sudamericana.

Artículos relacionados:       

 

Cien años de soledad en 2.891 metros de cintillas de papel

Cien años de soledad en 2.891 metros de cintillas de papel

 

martes, 30 de mayo de 2017
5:31:15 p.m. 

Cien años de soledad, una creación impregnada por la magia y la realidad que ronda sus páginas, publicada por primera vez el 30 de mayo de 1967, llega este 30 de mayo a sus 50 años.

Ideas “descabelladas” o geniales casi siempre son producto o de la soledad o de la incapacidad que en determinado momento viven sus autores. Pero no. No es el caso de Gabriel García Márquez, autor de esa obra maestra de la literatura latinoamericana y universal.

Se trata de alguien que tuvo la quijotesca idea de transcribirla a mano, en tinta negra, con sus puntos, comas y tildes, para concluir que las 330 páginas de la novela contenían un total de 137.750 palabras, todas ellas en 86 cintillas de papel para máquina calculadora las cuales, unidas entre sí, alcanzaron una extensión de 2.891 metros.

Del hecho deja constancia en la revista digital Libros & Letras el poeta, ensayista, traductor y editor colombiano Harold Alvarado Tenorio, a quien José Ever Medina autor de tal ocurrencia,  cuenta:

“Me había fracturado una pierna y el doctor me ordenó guardar quietud por 50 días. Para distraerme, la única alternativa que tuve fue la de revolver mis libros, y entre ellos encontré uno de los Guinnes Records. Después de leerlo llegué a la conclusión de que si aprovechaba el tiempo de mi enfermedad, yo también podría figurar en él”.

En la transcripción total de la obra empleó 207 horas y 50 minutos y muchas veces estuvo a punto de abandonar el proyecto de figurar en el libro Guinnes, por creerlo demasiado trivial y sin interés para nadie. Sin embargo, en esos momentos de flaqueza, aparecía Álvaro Arboleda Martínez, “mi ángel de la guarda”, que con dos o tres frases lo estimulaban para que siguiera adelante.

Respecto a la obra que lo haría famoso en materia de competiciones, José Ever  no dudó que el puente ideal para registrar su nombre en la famosa lista debía ser la de ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982.

 “Para mí no había ninguna otra obra que mereciera el esfuerzo”, aseguró.

Mas,  como tanto esfuerzo no puede quedar a la deriva, para cerciorarse que su idea estuviera bien protegida, Medina la registró en una notaría de la ciudad de Neiva mediante escritura pública, en la cual, además de la cantidad de rollos que empleó, figura la marca de la tinta y del bolígrafo con que escribió sus casi tres kilómetros de palabras. Por si fuera poco, para no correr riesgos innecesarios con su obra, en el bus que lo trajo de Neiva a Bogotá, compró dos puestos, uno para su gigantesco rollo de cinta y otro para él.

José Ever es natural de Ibagué y vive en Neiva, donde se desempeña como oficial administrativo de una institución bancaria. Está casado, es padre de una niña de nueve años y mientras hace conocer su obra en Colombia, aguarda con tranquilidad la decisión de los jueces del Guinnes. “Después de todo, si no me registran en su libro, ya sembré un árbol, ya tengo una hija y ya ‘escribí’ un libro”.

MADRE

MADRE


domingo, 14 de mayo de 2017
12:14:10
 

Por Mercedes Rodríguez García 

Grandeza de mujer puso en el trance, nos maduró en su vientre, gimió de dicha y a la luz nos trajo. No hubo nada más hermoso, ni regio en lo adelante.

Si no tenemos luz, ella la hace; si hay sombras, las disipa. Si no tenemos pan, inventa el trigo. Si falta el agua, junta sus manos y pide al cielo desate la tormenta. Si escasea el oxígeno, inhala el verde de las plantas y transforma la sabia en aire puro. Si las piedras y el lodo entorpecen el camino, ella se tiende y nos alcanza. Nada escatima…

No digo un beso, que es como si el mar se uniera con la tierra. No digo abrazo, infalible cobertor de miedos infantiles y adultas desazones.

Digo su fuerza, su valor, su ilimitada magia para atemperar heridas, dolores, malos pasos, ya el pelo frondoso y colorido, ya entero de plata relumbrado.

¿Qué hay amor en su cólera, y amor en sus regaños, y amor en sus reproches, y amor en sus reclamos? : Virtudes maternales. ¿Encono? Si acaso a quien nos odia, a quien nos daña, a quien injustamente la libertad nos roba, nos priva, o nos prohíbe; a quien nos daña, nos aborrece u oprime.

Ella sabe perdonar sin condiciones, y  por la felicidad del hijo sacrifica la propia, olvida cansancios y dolencias. No hay mayor beneficio ni corona más regia.

¿Qué regalo? Nada encuentro ni alcanza la calidad de su universo.

Mejor devolver sus desvelos, abrigar más razones para la alegría, disiparle ausencias, reciprocarle afectos.

Hoy, mañana, siempre, cualquier día.

Mayo siempre

Mayo siempre

 

lunes, 01 de mayo de 2017
10:45:59 a.m.

Por Mercedes Rodríguez García

El tiempo que redime, que salva, que enmienda, que tonifica y cura.

El tiempo pasa, nadie lo ha podido detener, ni retrasar ni acelerar. Jamás diría yo que corre «raudo y veloz», como escuchamos por ahí en la más común de las comunes frases. Simplemente pasa: lento, torpe, lánguido, rápido, resuelto, enérgico.

El cómo transcurre es asunto nuestro, que cedemos pasivos a su marcha, o nos enrolamos intensos en su recorrido infinito de soles y de lunas, de lunas y de soles.

La gente, igual. Nadie es eterno. Y si perdura, ha de ser en la memoria, que reconoce en ella la semilla, lo virtuoso del ejemplo, lo intransigente y heroico del tránsito.

Porque eso bueno tiene el tiempo, que permite a los demás construirse niditos de recuerdos, cobijos de remembranzas. Cada cual a su manera, a su necesidad. ¿Y si no fuera así? ¡Ah! «Qué cosa fuera, que cosa fuera la maza sin cantera».

A pesar de todos los tipos de relojes el tiempo no adquiere figura por sí mismo, y se disfraza: de lluvia, de viento, de sequía, de flores, de frutos, olores, colores y sabores. Y usted escoge. O lo escogen si no se hace fuerte, resistente, y mantiene una cuota de honor y de locura.

Entonces viene aquello de los nombres con los que ponemos camisón al tiempo, y una comienza a ordenar del mismo modo el suyo: agosto, vacaciones; diciembre, navidades; sábado, limpieza; domingo, pan, vino o carruseles. Depende.

El tiempo rutinario nos sojuzga en un año de cifras y monedas, de vestido y calzado, de médico y farmacia, de escuela y de oficina, de obligados deberes laborales y asuntos notariales de pasada, de historias ya contadas, algunas veces, mal contadas.

¡Ah!, pero existe el tiempo que redime, que salva, que enmienda, que tonifica y cura. «Si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza…» ¡Ah!, el tiempo. ¿Qué cosa fuera si no cabeza blanca y blanca luna, y no piel tersa y primavera, y nada más que un primer día de plaza, carteles y banderas.

Nota: Los entrecomillados pertenecen a la canción La maza, de Silvio Rodríguez


  

Doctor Insólito en la Casa Blanca

Doctor Insólito en la Casa Blanca


lunes, 17 de abril de 2017
7:42:06 a.m. 

Por Atilio Borón 

Ante el desenfreno guerrerista que se ha apoderado de Donald Trump, en un giro de ciento ochenta grados en relación a sus promesas de campaña e inclusive las primeras semanas de su gestión en la Casa Blanca, cabe formularse la siguiente pregunta: ¿Quién decide la política exterior de Estados Unidos?

En el pasado esta era producto de una tríada compuesta por el Departamento de Estado, la “comunidad de inteligencia” y especialmente la CIA, y el Pentágono. El Congreso tenía un papel mucho menor aunque, coyunturalmente, podía en ciertas ocasiones ejercer una cierta influencia. El presidente escuchaba todas las opiniones y finalmente decidía el curso de acción a tomar. Pero ya desde los años de Bill Clinton la incidencia del Departamento de Estado comenzó a menguar. Fue la propia Madeleine Albright, que ocupó esa Secretaría en el segundo turno de Clinton, quien años más tarde anunciaría el cambio en la misión de la cartera que había estado a su cargo. En términos generales su argumento podría resumirse en estos términos: “antes el Departamento de Estado fijaba la política exterior y el Pentágono la respaldaba con la fuerza disuasiva de sus armas. Ahora es éste quien la determina, y a los diplomáticos nos cabe la misión de explicarla y de lograr que otros gobiernos nos acompañen en nuestra tarea.” Y, recordaba en otra ocasión, que Estados Unidos debe guiar la formulación de la política exterior por el siguiente principio: “el multilateralismo cuando sea posible, el unilateralismo cuando sea necesario”.

Las recientes decisiones bélicas de Trump, violando la Carta de las Naciones Unidas y toda la legalidad internacional, señalan inequívocamente que el Pentágono se ha hecho cargo del tema y que una lógica estrechamente militar preside las intervenciones de Washington en la escena mundial. Siria y Afganistán son dos hitos que marcan este funesto tránsito, y se anticipa que en las próximas horas podría haber un ataque a Corea del Norte para disuadirla de efectuar un nuevo ensayo nuclear previsto para este fin de semana. Si este llegara a producirse la respuesta de Pyonjang podría ser muy violenta, lanzando una represalia sobre blancos preseleccionados en Corea del Sur que desencadenaría una tremenda reacción en cadena.

La militarización de la política exterior de Estados Unidos no es nueva sino que viene afianzándose desde hace muchos años. Sólo que después de los atentados del 11 de Septiembre del 2001 su ritmo se aceleró y adquirió renovados ímpetus en las últimas semanas con los ataques ordenados por Trump. Este conformó un gabinete en donde hay una presencia sin precedentes de militares, en funciones o retirados; ordenó un aumento del presupuesto militar y otorgó más facultades al Departamento de Defensa. Barack Obama no hizo nada para revertir esta nefasta tendencia aunque, en un momento, creyó necesario advertir los riesgos de reducir los problemas y desafíos del sistema internacional a sus aspectos militares. En una conferencia dictada en la Academia Militar de West Point en Mayo de 2014 elogió a su audiencia diciendo que su país tenía las mejores fuerzas armadas del mundo. Pero, apelando a un aforismo muy popular en Estados Unidos agregó que “el hecho de tener el mejor martillo no significa que cada problema sea un clavo”.

La deriva en la cual se encuentra inmersa la Casa Blanca en las últimas semanas desoye explícitamente la advertencia de Obama, de quien podrán decirse muchas cosas menos de haber sido una “paloma”. Ni un solo día de sus ocho años de presidencia Estados Unidos dejó de estar en guerra. Pero se daba cuenta de los riesgos que entrañaba la completa militarización de la política exterior y reservaba algún espacio para la negociación diplomática. Trump y su equipo de “halcones” en cambio creen que basta con el martillo del único ejército global del planeta para enfrentar los desafíos de un sistema internacional en irreversible transición hacia el policentrismo. Interrogado por los periodistas si había ordenado arrojar la “madre de todas las bombas” sobre un objetivo en Afganistán (y cuyo resultado práctico es difícil de dilucidar, dado lo mentiroso de la información reinante) la respuesta de Trump fue espeluznante: “Lo que yo hago es autorizar a mis militares. … Les he dado mi total autorización, y eso es lo que ellos están haciendo.” O sea, que el Pentágono ha obtenido un cheque en blanco del magnate neoyorquino y la seguridad y la supervivencia de la especie humana enfrentan un serio riesgo debido a que la mortífera dialéctica de las armas puede terminar desatando una guerra termonuclear que, aún si fuera limitada, tendría efectos catastróficos sobre la vida en el planeta Tierra. Ojalá que este aciago curso de acción sea interrumpido antes de que sea demasiado tarde. Si no, será cuestión de ver otra vez el magnífico film de Stanley Kubrick, “Dr Insólito, o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba” para anticipar lo que, desgraciadamente, podría ser nuestro futuro.

(Tomado de Cubadebate)

 

Una pizca de sal a tu café mezclado

Una pizca de sal a tu café mezclado

 

sábado, 15 de abril de 2017
6:45:16 p.m.
 

Los expertos dicen que ayuda a reducir el sabor amargo. 

El café es amargo por naturaleza, pero hay muchos niveles de amargor y a veces el de la exquisita infusión resulta excesivo. Tanto que lo hace imbebible. ¿Cómo solucionarlo? La mayoría recurre al azúcar o edulcorantes para contrarrestarlo. Sin embargo, existe otra alternativa. 

Según una reciente publicación de la revista VinePair (Why you should be putting salt in your coffee), una pizca de sal puede ser la solución para un café muy concentrado, sea echándola antes de prepararlo, en el polvo, o una vez servido en la taza.

En un artículo titulado Salt enhances flavour by suppressing bitterness  (La sal mejora el sabor suprimiendo el amargor), la revista Nature (387, 563 /5 June 1997)  revela que el secreto está en los iones de sodio que contiene la sal, responsables de rebajar el amargor del café y potenciar los otros sabores. De ahí que los expertos vean en ello la solución a una mala gestión de la cafetera en casa o un mal café de paladar, pero insisten en que solo sea una pizca.

 

Por mi parte les asevero que lo de la sal funciona, sobre todo con ese café cubano de la cuota mezclado con chícharos (guisantes) y tupe la cafetera, y otras comprado por onzas, por ahí, al menudeo, ligado con no se sabe. Con el de los llamados paladares (particulares) y cafeterías (estatales), no sé, no he pobrado pero la mayoría sabe rayo. Tendría que llevar conmigo un pomito con sal… y ya eso es demasiado.

Más adelante, cuando nos aumenten el salario a los periodistas o nos paguen parte de él en moneda convertible (CUP), probaré con el café de marca que venden en la “shopping” (cubano o importado), o de esos otros paquetes que nos llegan de regalo desde el otro lado del Malecón, a lomo de mula air lines. ¿OK?

(Fuente: HP)