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Por Mercedes Rodríguez García

Murió en su casa del sur de la capital mexicana, acompañado, sin soledades, unos diez días después de haber abandonado el hospital donde apenas el aire refrescó sus pulmones de 87 años.

Pero debe haber muerto feliz de haber vivido, y escrito, y paseado, y conocido el mejor de los oficios.  El mismo lo decía: «Aunque se sufra como un perro, no hay mejor oficio que el periodismo».

Murió el Gabo, el escritor de mis sueños, el periodista de mis clases. El hombre que vino a mí con la caída de la tarde, sin que le reconociera, por no haberlo visto nunca en una foto, hace ya como tres décadas.

Era el escritor que más leía por entonces. Por eso, de tanto que me lo sabía de memoria, me atreví a decirle, en 1974: «A Cien años de soledad se le pueden quitar unas 50 cuartillas».

Era él de uno de los tantos que visitaban Vanguardia, a donde llegaban invariablemente artistas de la televisión y la radio, políticos extranjeros, cantantes. ¡Qué imberbe yo! 

Fue aquella tarde la de la Mala hora mía. Pero nunca más se cruzó en mi camino, ni yo en el de él, aunque lo seguí leyendo, disfrutando, persiguiendo en los partes noticiosos, citándolo, dejándolo de ejercicios extraclases.

Hasta que un domingo de 2007 me sorprendió en Juventud Rebelde hablando él sobre ese libro de Macondo que cambió el mundo (1). Según su relato, el escritor argentino Jorge Luis Borges le comentó en una oportunidad: «Le sobran cien páginas». En eso de eliminar yo había sido más piadosa. 

Ahora, cuarenta años después, frente a mi PC, no puedo hacer otra cosa que recordar el día que conocí a Gabriel García Márquez. Y esperar su último libro aún sin publicar. Y ¿llorar?

No hay tristezas de Otoño. El Patriarca se ha ido en primavera.

(1) Artículo de Luis Raúl Vázquez Muñoz, El libro que cambió al mundo, en el periódico Juventud Rebelde, domingo 6 de mayo de 2007