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LA TECLA CON CAFÉ

Teoricafeando

La entrevista periodística: seis respuestas y una anécdota

La entrevista periodística: seis respuestas y una anécdota

Por Mercedes Rodríguez García

Se trata de preguntas que con mayor frecuencia hacen en clases mis alumnos de la carrera de Periodismo en la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas, donde ejerzo como profesora titular adjunta. Ahora las comparto con mis colegas y las pongo a su consideración.  Les advierto que respondo a partir únicamente de mi experiencia a lo largo de 35 años de ejercicio profesional como redactora reportera en el medio de prensa escrita Vanguardia, de Villa Clara.

Profesora, ¿la entrevista es un género fácil o difícil?

Partamos de que no hay modelo de mueble difícil para un buen ebanista. Lo que puede ser mejor o peor, propia o impropia, es la madera. Toca pues, al elaborador, saber distinguirla para escogerla acertadamente, lo que implica conocer de antes el árbol, desde la raíz hasta las ramas, sin obviar, en este caso, las flores y los frutos que lo coronan.

Valga el símil para todo género periodístico. Lo que sucede con la entrevista es que el acto comunicativo debe transcurrir sin que nada  -o casi nada- nos sorprenda o vaya a interferir esa especie de comunión, de intimidad, de empatía que, a mi juicio, resulta muy importante.

Tener bien claros los objetivos, conocer de antemano y lo más posible sobre nuestro entrevistado, nos adelantará poco menos que la mitad del camino, es decir, conocer el árbol que, obligatoriamente, hemos de echar abajo.

Pero el mueble, ¡el mueble es otra cosa! Sin herramientas poco haría el ebanista experto, quien, en última instancia, solo podría prescindir de la cinta métrica. Tal ha de ser su ojo que, de simple observación del listón, acierte  la medida. Y aún, si fuese ciego, bastaría que sus manos recorrieran la superficie para adivinar las  más mínimas cicatrices.

Quiero decir que mucho va también en el periodista quien, además de cualidades muy personales -dotes de comunicador-  urgirán conocimientos del género, básicamente, domina modelos, cuestión que puede  aprender en textos de la especialidad pero, mucho más, leyendo buenas y variadas entrevistas.

Sufro más redactándolos que enfrentando  a los entrevistados. Debo confesarlo: algunas veces, delante del  teclado, me han sobrevenido tremendas cefaleas, menopaúsicas sudoraciones y hasta nauseas de mujer grávida. Tal ha sido la fuerza de la emoción -no como pudieran creer debido a enredos gramaticales, escaramuzas sintácticas o traiciones lexicales -, que también me ha sacado del paso.

Pero basta. Que estoy cayendo en juicios salomónicos y siempre me ha asistido fama de radical. Sí. La entrevista, como género, es difícil. Allá quien crea lo contrario.

¿Y por qué,  profe, no es  un género literario?

No me gustan lo encasillamientos ni las conjeturas bizantinas. Amo la naturaleza porque es amplia y diversa. En ella todo cabe. De tan vieja, a esta discusión, no le caben más arrugas. ¡Y por suerte!, quebrada su osamenta, anquilosada su mente, ciega, sorda y muda, -más temprano que tarde- espero su sepelio.

Pudiera citar a muchos que no le quieren conceder al periodismo en general rango de literatura, y otros que, se devanan las molleras tratando de encontrarle similitudes y diferencias a dos hijos de la misma madre.

Literatos, ensayistas, poetas, periodistas y hasta lingüistas y semióticos, crean a diario cientos de artículos  tratando cada cual de persuadir o imponer sus bien elaboradas hipótesis. Solo que, en muchos casos, se fuerza  la investigación para afirmarla.

Y perdóname si me dilato en lo de literatura  y periodismo, y no aterrizo en la pregunta. Claro, clarísimo, estoy en lo de género:"la entrevista es un género, tiene sus  características que la definen y son únicas y exclusivamente de ella. El periodismo y  la literatura, también.

Mas, en la Naturaleza, todo yace de un bando o de otro: hay frío y calor, hay nieve y lava, hay sol y luna, hay ríos y mares. Pues bien. ¿A quién le molesta que haya periodismo y literatura? ¿Por qué verlos como fuerzas opuestas, antagónicas, polarizadas?

Para mí, que llegué hace 35 años al periodismo procedente de un ambiente literario, incluso, mi título universitario  es de licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericana  y Cubana, nunca me ha preocupado si desde lo que entonces escribo y yace en montones de periódicos y revistas, constituye lo uno o lo otro.

Creo que fue Octavio Paz quien afirmó  en un texto muy maduro que la buena poesía moderna está  impregnada  de  periodismo, y  posteriormente, en  una  conferencia,  asestó  el golpe de gracia al expresar que le gustaría dejar algunos pocos poemas  con la ligerea, el magnetismo y el poder de convicción de un buen artículo de periódico...  y un puñado de artículos con la espontaneidad, la concisión y la transparencia de un poema.

Por años por el medio, otro Premio Nobel de Literatura, Gabriel  García Márquez, al ser interrogado -por alguien a quien tampoco recuerdo- respondió al respecto que ideal seria que la poesía fuera cada vez más informativa y el periodismo cada vez más poético.

¡Ciento por ciento suscribo lo de ambos! Si no, lea a los buenos creadores del periodismo moderno.

¿Acaso los lectores cuando disfrutan un buen texto, sea cual fuera el soporte, -incluso Internet - se preguntan si el que lo escribió ¿es periodista o literato? ¿Se cuestionan si se trata de un folletín por entrega, de un relato, un reportaje, un cuento, un artículo o una entrevista?

Si bien los géneros constituyen una especie de pacto con los lectores, ¿quién suelta al galope la pluma pensando en tal o más cual género?

Claro, el periodista desde su profesión de «pan ganar» ha de ajustarse a las normativas del medio. Quienes no dependen del medio para su alimento, ofertan. Lo tomas o lo dejas. Me pagas o no me pagas. El favor del público tiene la última palabra. Después de todo, ¿para quien se escribe? ¡Ah! Si todos los editores tuvieran en  cuenta esto último... otro sería el periodismo, y otra sería la literatura pues, de hecho, hay que aceptar distingos en cuanto al modo de asumirlos con el camisón metodológico y lo zapatones mesiánicos -no de Mesías, sino del MES- que son cuestiones bien diferentes.

Respecto a la entrevista periodística, creo que tiene de periodística el modo en que se asume, mejor, la fugacidad con que se pide y se hace. Y no es que la literatura sea perdurable y el periodismo no, ¡qué va! Mucho menos que lo literario se halle solo en los libros y el periodismo en los periódicos.

La razón básica es el punto de vista, los esquematismos a la hora de asumir el género. Las carencias de herramientas de y de talento. Yo diría que a la entrevista periodística solo le falta el color para que sea literatura. Porque eso sí, tan plebeya puede ser la musa de un periodista como la de un literato. El periodismo será pseudo  literatura en al medida que lo que se haga sea pseudo periodismo... Y eso no lo digo yo.

¡Y mira que se publican pseudo entrevistas, pseudo crónicas, pseudo reportajes, pseudo comentarios! Del mismo modo, ¡mira qué he leído pseudo poemas, pseudo cuentos, pseudo novelas!

Para mí, redondeando la idea, el periodista,  el literato - no digo escritor

¿Quién puede negar que todos los periodistas escribimos, incluso, los de radio y televisión?- se integran en una única personalidad.

Poco me importan los detractores del periodismo por considerarlo como subliteratura. Mucho menos, quienes se empeñan en ahondar la zanja "culiatornillados" frente a la máquina tratando de decir distinto lo que ya tantos han dicho. Yo escribo entrevistas y trato de navegar con maestría en sus aguas profundas. Yo hago periodismo y la entrevista me sale como periodismo. Pero tengo mi alma de poetiza y mis neuronas de narradora inconsciente...

¡Y basta!, que sería mucho mejor hacer esta pregunta a los ya mencionados famosos, y a nuestro Martí, o a Vargas Llosa, Truman Capote, Tom Wolf, Orianna Falacci, Ryszard Kapuscinsky, Arturo Pérez Reverte. Con "estos autores de dos agua", ¿quién dijo que naufraga una entrevista?

—¿Y cómo usted asume la preparación de la entrevista?

Imprescindible, básica, fundamental. Es el hilo de Ariadna que nos guiará todo el tiempo en el laberinto que vamos a atravesar.

Ya hablé del ebanista que sabe escoger con acierto la madera porque antes conoce el árbol de procedencia, desde la raíz hasta las ramas. He aquí la importancia de saber también sobre las flores y el fruto, que en el caso de la entrevista constituirán aquellos detalles íntimos y sutiles que le darán el éxito completo. Ellos revelarán al sujeto por dentro (en el caso de la entrevista de personalidad.) Y eso no es cuestión fácil, por mucho que una se documente sobre la vida y obra de quien se trate, porque no siempre se escoge a ese hombre o mujer que vamos a desnudar y a radiografiar hasta verles el tuétano, esa especie de fluido o de ¿materia? Volátil que Karel Čapek logró en su "Fábrica de lo Absoluto." Desde luego, ciencia-ficción, pero ciencia al fin. ¿Acaso negar que desde la realidad puede construirse la ficción, en la que caben la prosa divertida, el humor, la parodia, las alucinaciones.

Lograr que nuestro entrevistado se sienta cómodo, identificado hasta olvidarse de que tiene enfrente a alguien deseoso de conocerle desde los pies a la cabeza, dependerá en mucho de esa preparación. Es más, estará en relación directa con las capacidades y habilidades del buen comunicador.

Existen demasiadas recetas en demasiados manuales. No creo que aun sabiéndolas todas, podamos garantizar que aflore el "Absoluto" del entrevistado que, como la libido, es preciso despertar con mañas de viejo experto.

Nadie si no las flores y los frutos nos descubrirá a Dios o al Diablo -o a ambos- que todos llevamos dentro. Ningún amigo por íntimo o cercano que sea, ningún familiar de los más allegados, ninguna fuente viva consultada, ningún documento, ningún libro, nos revelará la textura, los matices, el sabor y el color, el perfume de esa persona.

De ahí que repita en muchas partes que, además de juez, fiscal y policía, el periodista deberá estar asistido de una especie de omnisciencia que le permita adivinar qué hay detrás de un gesto, de una voz que cambia constantemente la entonación, de aquellas raras orejas que se mueven cuando el sujeto habla, de unos párpados dormidos, de un chasquido de lengua contra la encía; de la camisa abotonada hasta el cuello o del desgarbo al vestir, del tacón gastado del zapato izquierdo... Atento todo el tiempo para cambiar el curso del cuestionario previo que se supone había elaborado o, al menos, esbozado mentalmente. Soplo así evitaremos que nuestro interlocutor nos sorprenda.

Creo que el conocido "cara a cara" o "frente a frente" constituye el paso más difícil. Y para que fluya es preciso lograr la empatía, con honestidad, revelándonos también nosotros un poco. Porque, en realidad, aunque alguno se lo crea, nos somos dioses y, en este caso, prefiero bajar la cabeza y arrodillarme todo el tiempo que dure el intercambio.

Cuando doy en clases la entrevista le digo a los muchachos que en esta faceta nada logra más que la autenticidad y las dotes persuasivas del periodista. Siempre lo tengo presente. Al salir de la redacción para encontrarme con mi entrevistado voy a darlo todo con la esperanza de recibir todo. Me siento la máxima responsable de ahí en lo adelante, y no me gustan los sustos. Así que antes, como en la vida, me lo imagino todo. Nada del comportamiento humano me es ajeno.

Solo de ese modo puedo llegar a sentir el silencioso paso de la sangre oscura por las venas, rumbo al corazón. Y luego, escucharlo también, oxigenada y roja, como trota por las arterias e irriga, vital, el cuerpo y el cerebro.

—¿Por qué se publican malas entrevistas, profesora?

Ya esto resulta harina de otro costal. La máxima responsabilidad cabría a los directores. No obstante, mi personalísimo y atrevido juicio se atreve a aseverar que son varias las causas, en primer lugar la ausencia de buenas entrevistas. Se publica lo que se entrega, sin mayores exigencias al periodista, quien tampoco se esfuerza mucho en la vorágine por cumplir un plan más cuantitativo que cualitativo, pues no se trabaja pensando en géneros. Prima la temática y la dinámica del "muerde y huye". El periodista entrega a como puede, lo que menos esfuerzo le cueste o lo más le guste, o lo que menos complejo resulte. Si el producto comunicativo es deficiente, no se le entrega de nuevo para que lo reelabore, de algún modo esa carga la asume el jefe de redacción.

Otras veces el redactor-reportero no está capacitado para enfrentar, con todo el rigor que requiere, una entrevista decorosa. En otro caso, tal vez no tenga tiempo de prepararse previamente. Porque se desgasta   -o lo desgastan- en trabajos insignificantes que, si existiera una caracterización del profesional, podría asumir un reportero menos experto.

También ocurre que el periodista caza un buen personaje, se esmera redactando un producto de excelencia y, bien porque no se le ha solicitado o porque se le «ha ido la mano» en extensión, su entrevista pasa a engrosar los «fondos raros y valiosos» de la jefatura correspondiente.

Una buena entrevista necesita «pista» para despegar, sobre todo cuando se aborda a través de la personalidad del sujeto. Y estas, desgraciadamente, brillan por su ausencia. Si acaso, tres o cuatro párrafos biográficos con algo de descripción al comienzo y, en lo adelante, preguntas y preguntas, desdibujadas unas, mal enfocadas otras. Al final derivan en pura información con un poco de opinión, una especie de collage naif.

Existe conformismo en la sociedad y la prensa es reflejo de esta. Los directores tienen que colocar a las redacciones en el primer punto de su orden del día. A veces parecen administradores de periódicos, deben agilizar las cosas, extraer el jugo a la vida con estilo, saber lo que cada cuál está escribiendo, relacionarse más con sus redactores y reporteros, sacarlos de las redacciones cuando no tienen nada que hacer para que nazcan reportajes y entrevistas más intensos. Preocuparse y ocuparse para que los lectores reciban lo que quieren y necesitan (no consentida si se hace con integridad.).

También existe lo que yo llamo matrimonio por contrato, maridaje del reportero con un género específico. No importa el tema: lo que sabe hacer es comentario, y comentario le piden. O ciertos esquemas que imponen añejos criterios debido a la desactualización de conocimientos que sufren algunos directivos. Imbuidos en misiones administrativas o burocráticas que le restan prioridad al trabajo de la redacción, no tienen tiempo para confrontar el periodismo que se hace en otras publicaciones foráneas, y en las cuales la entrevista ocupa espacio privilegiado .

Como leí hace poco en la revista Hora de Cierre (del Instituto de Prensa de la SIP), nada más y nada menos que en boca Ben Bradler, exeditor del Washington Post. Más o menos así: Se trata de que los jefes de la salas de redacción aligeren la burocracia  para permitir el florecimiento de una mayor creatividad (...) La sala de redacción es la primera prioridad y todo lo demás se somete a este hecho.

Pero bueno, con estos bueyes parece que seguiremos arando. Eso sí, a mí la  collera no me la enganchan ¡ni muerta!                  

—Profesora ¿qué tipo es la mejor: la informativa, la de personalidad, la de actualidad, etc.?

El periodismo es oportunidad, así que considero mejor aquella que más se ajuste al momento y, por supuesto, al perfil del medio. Las he hecho de todo tipo, pero confieso mi predilección por las de personalidad. Ahora, sucede que, como los géneros en la actualidad, no existe una tipología pura, y puede ser que se  mezclen en un solo cuerpo lo  informativo y lo opinativo, creo que, en la práctica es lo que más abunda. Y, si se matiza con narraciones, descripciones y diálogos, el producto mejora ostensiblemente. Al final, según lo que predomine, hablaremos de una o de otra clasificación. Me gusta mucho la entrevista, la sufro y la disfruto.

¿Tienes usted, profe, un método específico  para realizar entrevistas?

Como dice el refrán «Cada maestrico tiene su librito». Mas, pienso que existen cuestiones elementales y universales que no deben obviarse y que vienen en casi todos los manuales de periodismo. No voy a repetir lo ya sabido ni a dar consejos que la teoría, junto a los años de ejercicio periodístico, se ocupan de dictar.

Creo que en alguna pregunta anterior esbocé, muy metafóricamente, algo de esta respuesta. Vale mucho la información, el conocimiento previo del tema y del entrevistado, aunque, si la ocasión llega inesperadamente, hay que estar muy seguro de cómo enfrentarla. De joven sobran bríos para acometer cualquier empresa y muchos novatos se lanzan al abordaje sin medir las consecuencias. Válido si el personaje no es de esos a quien hay que arrancarles las palabras de la boca. Mucho aprecio la habilidad, el tacto, la finura, la delicadeza, la inteligencia que se observen desde el comienzo, al pactar el encuentro y hasta en el espíritu del cuestionario, si es que se decide -si conviene- hacerlo llegar previamente.

¿Refiéranos alguna anécdota, profesora?

En mi caso particular he salido airosa hasta de casualidad, te cuento una anécdota.

A finales de los años 1980, en ocasión de un premio que recibí, me encontraba en el Museo de la Lucha contra Bandidos, en Trinidad. Como acostumbro invariablemente a salir siempre que pueda con mi cámara y mi grabadora, aproveché el tiempo sobrante en pasar revista a las vitrinas. En esas andaba cuando observo que a su vez estaba siendo observada por un señor mayor, acompañado de dos militares jóvenes.

Sigo mi recorrido. Luego, ya en la oficina del director, recogí el premio en metálico, no sí  el diploma que debería pasar más tarde a recogerlo. «Es que tengo esperando a un visitante muy importante, amigo de Raúl Castro.»

Yo, que tengo fama de conversadora, no paraba de contarle al ejecutivo cómo había conseguido el testimonio galardonado. Pese a su apuro primaba en el interés de realizar varios reportajes sobre la contrarrevolución en las lomas del Escambray, y él, como nadie, podría ayudarme en llegar hasta los protagonistas y testimoniantes de ese capítulo de la Cuba de los años 60. Y sin miedo a pecar de impertinente le pedí me tendiera solo unos minuticos más. «Te voy a ayudar».

¡Y ahí mismo me puse la bota izquierda! Porque la derecha vendría algo más tarde.

«Ese visitante que te dije fue uno de los pocos asesores extranjeros que tuvieron las FAR; ayudó a Tomasevich y al propio Fidel en la concepción del Plan Jaula, donde se capturaron los últimos bandidos. Es español, militar de escuela, luchó por la República y luego en la Guerra Patria Soviética.»

Y con aquella explicación se deshizo de mí. Y yo de él. Ya tenía la presa al alcance de mi mano y no se me podía escapar. Pero, ¡mala suerte!, el personaje ya no andaba  por todo aquello. Así que con los 100 pesos de premio me fui, junto con mi esposo, a almorzar en Las Cuevas, un vistoso y confortable motel desde el cual se divisa la añeja villa.

Y allí, a unas dos mesas de la mía, sorbiendo una tras otras cuchardas de sopa, lo descubro. De más está decir que en segundos ya estaba sentada junto a él. Me bastó un: «Permiso, buenas tardes, soy periodista, ¿puedo hacerle un pregunta al señor?» «Puede,joven, siéntese». Mi corazón andaba acelarado, pero mi cabeza tranquila. Tuve suerte. Me invitó  a sentarme y me pidió una cerveza.

No sabía ni como se llamaba, así que lo arriesgué todo a esa primera interrogante anunciada, «¿Es cierto que usted colaboró con las FAR durante la Lucha contra Bandidos, aquí en Trinidad?» «Y algo más...», dijo sin dejar de llevarse el cubierto a la boca, por lo que decidí darle tiempo hasta que tragara tres o cuatro bocados más.

En esos instantes de silencio, siento que me tocan los pies por debajo de la mesa. Uno de los miltares me está haciendo guiños. Le miro fijamente, su boca articula sin sonido: «Pregúntale por Pablo». Solo unos segundos para que en mi cerebro se formara la idea de quién podía tratarse. Y esta vez el disparo a quemarropa: «¿También estuvo con Pablo?» «Si, yo recogí su cadáver, aún tibio, bajo la música de la guerra, en Majadahonda. Pero eso ya lo he contado otras veces». «No importa, vuelva  contármelo, pero con música de las estrellas.»

Todo me lo contó y todo lo grabé Terminada la entrevista, quedaba la foto. Durante la despedida, a salida del motel, accedió. De más está decir que no almorcé casi. Lo que llevaba para mi periódico no me llenaría el estómago, pero el alma, ¡esa sí que iba repleta!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DESDE UN MARTÍ PRECURSOR: LA CRÓNICA, ESE HÍBRIDO

DESDE UN MARTÍ PRECURSOR: LA CRÓNICA, ESE HÍBRIDO

Texto íntegro de la conferencia ofrecida por Mercedes Rodríguez García, Profesora Titular Adjunta de la Universidad Central de Las Villas, en la III Taller sobre Periodismo y Comunicación Social, efectuada en la ciudad de Camagüey. febrero 2006.

Quiero comenzar esta conferencia tomando como punto de referencia una sola definición —de las decenas que existen— sobre la crónica,  género al que algunos autores como Vivaldi, García Luis, Martínez Albertos, Gargurevich, por citar a algunos, le reconocen afinidades con otras naturalezas periodísticos; es decir, admiten su carácter híbrido, y la asocian especialmente con la información, el reportaje y el comentario. 

Hasta dónde es y no es así, lo veremos más adelante, aunque, desde mi particular experiencia profesional tal ambivalencia constituye  una característica del periodismo contemporáneo,  del que no escapan la generalidad de los textos que publican nuestros medios de prensa.  Lo que sí debo dejar sentado desde el inicio es que la crónica, no importan subclasificaciones, se articula en torno a un eje narrativo y relata en la misma medida que comenta. 

Veamos como la definió José Martí, a quien ciertos editores y lectores detractores le objetaban a su prosa el «fastuoso vuelo retórico» y  cierta «lengua parlera», amén de  la prolongada extensión de los escritos, algo que puede ser cierto pero discutible durante  sus primeras incursiones en el verdadero ambiente de la prensa, cuando se muestra demasiado esteticista, cuestión muy frecuente entre los literatos de la época, que se refugiaron en el periodismo.

Para Martí «La crónica es la novela de la historia».  Novela —pienso— en cuanto a la búsqueda de novedades y a esa cierta dosis de ficción que exige la recreación de ambientes y de hechos sin apartarse de la realidad, ni de la posible verdad, pero matizado el relato por las muchas ideas y sensaciones que, desde el «yo» de quien escribe, afloran narradas, descritas y juzgadas de manera elegante y amena. Historia en cuanto a que, en la crónica —más que en cualquier otro género periodístico—, han de latir el tiempo y sus acontecimientos.

De ahí que al ser la historia referencia a todo,  la crónica también lo sea al mostrar lo pasado, pero vivo y activo en lo presente; y lo presente, juzgado, valorado, por quien lo protagoniza, directa  o indirectamente, pero siempre de manera intensa.  Y ¿saben ustedes cómo trabajaba nuestro Apóstol? Martí adquiría los principales periódicos y revista de Nueva York y de otros estados, y se entregaba a su concentrada lectura.

Con sumo cuidado seleccionaba los temas de mayor trascendencia, los hechos de mayor actualidad.  Así escribió las crónicas para La Nación, de Buenos Aires. Pensemos solo en una, en aquella sobre la inundación en Johnstown, Pensylvania, ocurrida el 31 de mayo de 1889, pero reflejada por él nueve días después.  La cobertura que dio la prensa a la tragedia que costó la vida a 2 mil 200 personas y pérdidas materiales por más de 10 millones de dólares, fue copiosa.

Así que a Martí no le faltaron, desde su mesa en Nueva York, detalles noticiosos que le permitieron enmarcar el texto dentro de un pensamiento filosófico trascendente, y, a diferencia de otras Escenas Norteamericanas en las que agrupaba y sintetizaba numerosas y variadas noticias bajo un denominador común, en la antes referida crónica el proceso ocurrió a la inversa, es decir, el hecho de la inundación se expandió por todo el texto, tal como correspondía a la magnitud de la catástrofe. 

Veamos ahora, según cuenta a su amigo Manuel Mercado vez, cómo era su método de escritura: «Peso cada palabra y le doy vueltas y no la dejo por acuñada hasta que creo que no lleva nada de perniciosa o indiscreta [...] Entre un mundo de papeles le pongo estas líneas. Se reiría de mí si me viera. De un lado a otro, un rimero de libros políticos, para que ni una de las afirmaciones de la Historia de la Campaña vaya sin sentimiento sólido. Del otro, Historias italianas, para refrescar recuerdos de Garibaldi, sobre quien tuve que hablar ayer. Al codo Darwines y Antropologías, porque ahora hay aquí un Congreso Antropológico. Y Cuba en el corazón, pidiéndome mis mejores pensamientos...» 

Ya en este punto, pudiéramos adentrarnos en algunas valoraciones sobre la crónica, sobre todo para que aprecien como el término alcanza un grado de ensanchamiento al punto de sobrepasar los límites de su más estricto significado dentro del periodismo, hasta considerar, bajo la generalización del término, los más diversos escritos, ya sean informaciones cablegráficas de corresponsales, narraciones de sucesos políticos, sociales, noticias literarias, reseñas de espectáculos, secciones financieras, tribunales, relatos, anécdotas, etc., etc. 

Sin hacer la historia de su evolución en el tiempo, lo cierto es que el término crónica llegó a calzarse con tanta fuerza en los sistemas de comunicación, que no resulta nada extraño que existan infinidad de novelas, poemas, reportajes cinematográficos titulados: Crónicas de aquello...  Crónicas sobre esto... Crónicas para lo otro..., etc. 

El diccionario de la Enciclopedia Encarta define el término crónica como: Historia en que se observa el orden de los tiempos. Artículo periodístico o información radiofónica o televisiva sobre temas de actualidad. 

Como ven, vuelven a reiterarse los términoshistoria y actualidad. Por lo tanto no podría llamarse crónica a ninguna obra que no cuente una historia actual. Pero no basta esta sencilla definición. Para una ideal más cabal y conceptualizadora del género en nuestros tiempos, cuando el vertiginoso flujo de las telecomunicaciones vía satélite y la utilización de las llamadas Nuevas Tecnologías de la Información y de la Comunicación (NTIC) obligan a repensar todo el periodismo, resulta muy difícil esclarecer si lo que se escribe y se lee pertenece a uno u a otro género.  Se trata de una mezcolanza tremenda.

Más, en tales circunstancias, la crónica puede salir ganando gracias a la ductibilidad, interés humano y estilo personal que la distinguen. No importa si el cronista trata un asunto pasado o actual; si su lenguaje es de alto vuelo poético o de rasante dimensión informativa. Lo que describa y comente, lo que traslade y cómo lo traslade al lector, será siempre su visión íntima. Al decir de Juan Gargurevich, salido  «del pincel del pintor que interpreta la naturaleza, prestándole un acusado matiz subjetivo». 

Yo pienso que como nunca antes la crónica afianza su carácter híbrido entre la nota informativa (que dada su actualidad pasará a la historia); el reportaje (que es una historia contada con sentido de actualidad); y el comentario, que no carece de ninguno de los atributos señalados. Entonces, ¿qué rasgos básicos distinguen a la crónica del resto de los géneros?  

Según Hugo Rius Blein, «la crónica es un relato informativo de actualidad que de preferencia se ciñe al orden cronológico del tiempo, escrito con vuelo literario en el que el autor describe con vivos colores, emplea imágenes, puede desatar con cierta libertad su imaginación y se propone transmitir impresiones y puntos de vista personales con la intención de provocar emociones y reflexiones». Si la comparamos con la nota informativa, cuya estructura se basa estrictamente en los hechos objetivos más significativos, el primer elemento distintivo sería todo lo contrario, es decir, el carácter subjetivo de la crónica, en tanto que recoge únicamente los elementos que más impresionaron e interesaron al autor para sus propósitos, por supuesto, también informativos.  Con respecto al reportaje, donde el hecho es una constante, en la crónica el hecho constituye el punto de partida.

En el reportaje el material se halla en el terreno de los hechos, e invariablemente hasta ese lugar se traslada el periodista, cuestión que en la crónica no es absolutamente necesario,—ya lo veíamos en Martí— pues el escritor partirá indefectiblemente de sus impresiones y el material yacerá en su propio pensamiento.  En el reportaje el hecho es la causa misma, en la crónica, la motivación. El reportaje implica una circunstancia de actualidad con referencia a un propósito de originalidad para ofrecer las seis caras de ese  dado que es la noticia; la crónica, un propósito artístico, una obra de creación estética con referencia a una circunstancia de actualidad donde las caras las escoge el cronista. El reportaje explica, interpreta, analiza.

La crónica, fundamentalmente, propone, imagina.  Si graficáramos el asunto un tanto a lo Gargurevich, diríamos que el reportaje sería una fotografía fidedigna, y la crónica, una personalísima pintura impresionista. ¿Y con respecto al comentario? Bien, según Julio García Luis, el comentario puede apelar eventualmente y para su bien, a la imaginación del su autor, a cierto desenfado y toques coloridos, pero para triunfar en su empeño tendrá que recurrir a una gruesa y certera batería de argumentos persuasivos. 

¿Y la  entrevista? ¿Podríamos prescindir de ella, ya no como género, sino como un recurso más para redactar una buena crónica?  A mi juicio la entrevista constituye un ingrediente previo —a veces imprescindible— para la elaboración de una crónica, concebida esta última a partir del protagonismo visible de personajes que se mueven en torno a la acción, a la historia de que se trata. Ya no el editorial, que si bien trata de abarcar un problema dado con la mayor amplitud y universalidad posible, no admite alejamientos de la idea central, se escribe desde la primera personal del plural, su estructura es más estable que la del artículo, amén de su contenido político inobjetable. 

Nos quedaría la comparación con el artículo de fondo o artículo general. Pues también son marcadas las diferencias respecto a la crónica, cuya estructura es flexible en extremo, y su transcurrir no tan lógico, lento, y reflexivo como en el artículo.  Concretemos, a partir del criterio de varios autores, los rasgos distintivos de la crónica: La crónica constituye «un puente directo entre el lector y el periodista a través de historias, evocaciones, recuerdos, personajes, lugares, hechos o situaciones, trabajados con la acentuación del relato, ese fluir narrativo que desplaza imperceptiblemente las acciones frente a los ojos y la imaginación del ciudadano consciente», dice Hugo Rius. 

En la crónica el periodista hace uso de las técnicas propias de la literatura, y fundamentalmente, de una prosa exquisita que es, a la larga, «lo que permitirá la adicción del lector a aquellos detalles que desfilan como una sucesión de escenas que despiertan los más disímiles sentimientos», según A. Benítez. De ahí que la crónica plantee un mayor grado de exigencia, pues su materialización requiere varios pasos de envergadura, entre ellos, el trabajo de reportería. La crónica es sinónimo de autosuficiencia, en el sentido que debe sostenerse por sí misma, mantener cautivo al lector y permitir su «liberación» solo al final del relato, cuando la historia ya ha sido degustada y asimilada a través de la multiplicidad de sus detalles. 

Para la crónica, a diferencia de la noticia, solo es válido una de las seis interrogantes básicas: ¿Por qué?, pero no en el sentido propio de la noticia pura, sino visto en la perspectiva del cúmulo de preguntas que se plantea el cronista en su etapa previa de escritura.  Digamos que es la disyuntiva del cronista: un ¿Por qué?, de gran tamaño, un tema rigurosamente delimitado que nos acerca al tipo ideal de crónica, algo así como un primer plano o aproximación de la cámara hasta los blancos buscados u objetivos perseguidos.  

La crónica es como una obra de teatro donde los personajes cobran vida y se mueven con entera libertad en medio de un eje que permitiría constituir el corazón de la historia. De ahí su carácter de intemporalidad, ya que, el placer gratificante lo otorga su lectura hoy o la que se haga dentro de diez años. ¿No es acaso esto último lo que sucede con las crónicas de José Martí? La crónica se perpetúa a través de los años, prevalece y logra salir indemne frente a los estragos del tiempo.  

No hay temas malos y temas buenos, sino buenos o malos cronistas. Aún aquellos temas considerados intrascendentes o agotados, pueden cobrar vida si existe vida dentro del cronista, si se imponen la fuerza de su narrativa y la manera peculiar de abordar el tema, el hecho, la circunstancia, el lugar.  Solo se escribe lo que se siente bien. Por eso las crónicas no se deben forzar. Si las ideas no acuden es porque el asunto no está lo suficientemente maduro o porque nos encontramos desmotivados. Si no le salen, abandone la idea y pásesela a otro colega. 

Dice Martín Alonso: «La crónica es semejante a esas copas de cristal de Bohemia, delicadísimas, de fina transparencia y leve como las plumas. Antes de lograr una perfecta, se quiebran y rompen muchas entre las manos del más hábil obrero.»  En la crónica hay una frontera que no se puede traspasar, so pena de caer en una fosa pestilente, y es el límite que separa lo sublime de lo ridículo, al decir de  Rolando Pérez Betancourt. ¿Fórmulas para hacer una buena crónica? No las tengo. Y es que posiblemente no haya un género tan subjetivo en términos absolutos como la crónica, de ahí su variedad e infructuosos intentos de clasificación. En mi caso, cuando decido escribirla ya antes la he sentido. Cuando tecleo, lo hago poseída por todos los demonios, santos y espíritus existentes en el cielo y en la tierra.  Sin  embargo aconsejo estudiar y leer mucho el género.

La excesiva confianza en lo intuitivo, daña y nos atrasa. No olvidemos el sabio consejo que Nicolás Guillén dio a un a impetuoso joven,  poeta genial en ciernes: «Joven, comprendo su desesperación y prisa. Pero creo que para deshacer un sonetoLo anterior es hacerlo.»  Valgan entonces estas recomendaciones, que en realidad constituyen cualidades del buen periodista: Sea buen observador.

El periodista, cada vez que se encuentra con un personaje tiene que saber meterse dentro de él, darle un poco la vuelta y mostrar lo más recóndito. Tiene que captar detalles que para otros pasan inadvertidos.  Si utiliza el diálogo, la primera condición es que sea significativo, que diga algo. No reproducir sino lo que sea psicológicamente revelador.El contexto tiene gran interés para la narración porque sitúa a los hechos en su escenario propio para que el lector los perciba con más facilidad. 

Tenga en cuenta siempre estos tres elementos: acción, tipos y ambientes, que no siempre tienen que ir o estar equilibrados en el corpus del relato, sino que predominará siempre uno de ellos, según la narración y el narrador, porque no hay nada más cierto que el «estilo es el hombre».  Una última recomendación sería permanecer informado acerca de todo lo que acontece; leer mucho y bueno; escuchar radio; ver mucho cine y televisión de calidas; viajar; compartir con nuestros semejantes.  

Mucho ayudan el dominio de las técnicas narrativas y de algunos recursos propios de la dramaturgia. Y, por supuesto, el conocimiento de las herramientas del oficio, que, en cierto sentido, pueden suplir al talento.  Sin duda, lo que más falta hace para escribir una buena crónica  —inspiración aparte—, es cultura,  conocimiento, autenticidad, sinceridad, sensibilidad, y una cuestión más difícil sobre la cual escribí hace unos días. Y me autocito:  «algo que no se puede explicar, pero que debe ser lo mismo que aguza el ojo al águila, excita el olfato al tigre y activa el oído a la gacela». 

Eso mismo, una especie de sexto, séptimo y octavo sentidos, para que el resultado final no resulte forzado, ni absurdo, ni improvisado, ni enclenque, ni cursi, ni sensiblero. Raras veces se pueden escribir crónicas todos los días como podría hacerse con las notas informativas. Hay pues que pensar y repensar el tema y solo cuando estemos en estado de ebullición, sentarnos a escribir. Luego es cuando llega el verbo, la palabra exacta, el adjetivo preciso para contar y describir, para sacar de la cabeza lo que se ha empollado en el pecho. El caso de nuestro Martí es único.

El poseía dotes poco comunes para habérselas con asuntos difíciles. Sus crónicas no podían ser superficiales porque él no lo era. (Jamás escribió una crónica de sociedad.) Su preparación asombrosa en muchas ramas del saber, su poderoso impulso de divulgar el conocimiento, lo empujaban a escribir incesantemente.  Martí conocía de pintura, de teatro, de literatura, de arte, de política, de religión, de jurisprudencia, de historia, de geografía... Pero sobre todo tenía la costumbre del color, y la fuerza del dolor; el ansia de libertad, el vuelo artístico del espíritu, y creo que todo junto  guiaba su poderosa y fabulosa pluma.  

¿Era Martí demasiado bueno, demasiado noble, demasiado honesto; demasiado escritor, demasiado periodista, demasiado revolucionario; demasiado hombre, demasiado amigo, demasiado hijo, demasiado padre, demasiado hermano?  ¿Fue demasiado radical en la forma y ello no se avenía  con el espíritu de esas publicaciones? No lo juzguemos, leámoslo y aprendamos de él. No por gusto se enfrentó a directores, editores y redactores de algunos de los periódicos donde publicó. Cruzó con ellos espadas del más temible acero epistolar. Unas veces ganó, otras, salió deprimido. 

Más de 400 crónicas salieron de su pluma. Solo las llamadas españolas revelan que el autor se movió en algunos entornos referidos; en el resto, nunca estuvo presente en los hechos que explicaba, lo que prueba su capacidad descriptiva y narrativa. Los procedimientos literarios empleados por Martí en las crónicas norteamericanas «constituyen la clave de su permanencia en nuestros días, cuando ya los sucesos referidos han perdido su valor periodístico.  Leámoslas, estudiémoslas y aprendamos de ellas. 

Bibliografía ·         Acerca de la crónica, Miriam Rodríguez Betancourt, pp. 7/30.·        

Géneros periodísticos, Julio García Luis, pp. 119/147.·        

Géneros periodísticos, Juan Gargurevich, pp.59/75.·       

  La crónica, ese jíbaro, de Rolando Pérez Betancourt, pp. 24/24.·        

El periodismo como misión, compilación y prólogo de Pedro Pablo Rodríguez, editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2002, pp. 322/336.·        

El periodista, un cronista de su tiempo, de Alejo Carpentier, editorial Letras Cubanas, colección Mínima, octubre 2004, pp.1/22.       

¿Leer o interpretar al mundo?

¿Leer o interpretar al mundo?

Por Mercedes Rodríguez García

Texto de la disertación ofrecida por la autora a colegas periodistas de Santiago de Cuba y Camagüey, en los respectivos Festivales de la Prensa escrita, el pasado año.  

 

Permítanme que para comenzar esta disertación pida prestada unas palabras a un genial pensador español.

Dice Ortega y Gasset:  «La técnica, cuya misión es resolverle al hombre todos los problemas, se ha convertido de pronto en un nuevo y gigantesco problema», mensaje que ilustra con bastante exactitud el estado de cosas que ha devenido hoy el complejo y multifacético ámbito de la relación tecnología-sociedad. De ahí que el denominado «progreso tecnológico» se nos revele, cada vez más, como un proceso en extremo ambivalente y contradictorio.No suman pocos quienes —haciendo gala de un optimismo acrítico, triunfalista, desmesurado—, ven en la tecnología la solución a todos los males; otros, en cambio, pierden el sueño con las terribles secuelas y dificultades que va dejando tras de sí el uso indiscriminado y anárquico de los avances científico-técnicos.  ¿De qué lado figuramos los periodistas en esta ambivalente andanada de impactos sociales de la tecnología? Confieso la preocupación que me asiste en torno a las aristas socio-humanísticas de la tecnología en lo que al periodismo compete, y reparo sobre todo en el hecho de que las PCs están reforzando una clara tendencia a poner énfasis en los aspectos formales del pensamiento, a identificar «pensamiento» con «pensamiento procesal», lo que resulta muy negativo en cuanto puede generalizarse el convencimiento de que «pensar» es, en esencia, una cuestión de procesar información, y no de formular ideas críticas.Lo que más me interesa de ese «mundo feliz» de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC), pudiera concretarlo en lo relacionado con la obtención de información, a la cual  podemos acceder gracias a los computadores que, enlazados en una polifémica y minotaúrica red, nos muestran los más asombrosos asombros, las más adorables mentiras y las más virtuales realidades. Entonces, ¿cómo abrir, adentrarnos, leer, sustraer, nutrirnos —sin confundirnos— en esas infinitas páginas de la World Wide Web, equiparable solo con el milagro gestado por Gutenberg a mediados del siglo XV? No hablaré de amenazas y oportunidades de las NTIC. Supongo que más o menos mis colegas las conozcan, y en determinados momentos se hayan valido de ellas. Aunque, a decir verdad, no siempre aprovechan sus bondades respecto a los medios tradicionales, y —sin que haya que cuestionarlos del todo—se comportan como usuarios delfines al saltar aleatoreamente de un enlace a otro, o como pirañas devoradoras de datos  que, en última instancia, desaprovechan por falta de procesamiento cerebral. O sea, han «adquirido» lo que yo llamo información fatua, documentación que ni a corto ni a mediano plazo se revierte en productos comunicativos sustentables, con enfoques contrastados y novedosos. 

¡Grave! ¡Muy grave!  Porque lo que en un principio se consideró instrumento tecnológico para la comunicación militar y científica, con su desarrollo y divulgación se ha convertido en un medio masivo y conformador de un nuevo escenario para el encuentro, el diálogo y la confrontación.

Me refiero a Internet, medio integrador por excelencia —un metamedium—, pues, desde el punto de vista técnico en él confluyen todas las demás formas de comunicación tradicional: correo (e-mail o correo electrónico y transferencia de archivos); teléfono (webphone); prensa (periódicos y revistas digitales en la Web); radio (Radio Net); cine (mercadeo digital); publicidad (banners y websides); comunicación cara a cara (videoconferencias), entre otros, pero además con nuevos matices innovadores como «la interactividad». Todo ello —no es el caso cubano— a contrapelo de la populosa televisión, cuya avalancha de información e indiscutible protagonismo de las cámaras,  pone en contacto al receptor —menos próximo por cuestiones de recursos materiales a los sistemas multimedias— con el acontecimiento, que fluye a las pantallas a la velocidad de la luz, en vivo y en directo, con texto, imagen y sonido, sin necesidad de mediador alguno. Conscientes de que existen todos estos problemas en una profesión que exige un enorme trabajo, pero además: 
  • Porque los ciudadanos han dejado de ser simples receptores de medios de comunicación.
  • Porque informarse también quiere decir saber cambiar las fuentes, resistirse a ellas si resultan fáciles.
  • Porque todas estas cuestiones aluden más que a la radio y a la televisión a los medios de prensa escrita... 
No queda otra alternativa, que dejar de presentarse simplemente como un ojo que mira y que no puede verse porque no se trata ya de un periscopio privilegiado, al decir de Ignacio Ramonet. «Nosotros vemos al mundo, pero el mundo nos ve a nosotros», argumenta el director de Le Monde Diplomatic. De ahí la exigencia, no tanto en cantidad como en calidad respecto a la factura de los productos comunicativos impresos. Entonces, dos preguntas más de suma importancia: 1. ¿Cuál camino debemos recorrer ante el impacto de la televisión —con la cual resulta imposible competir en términos de choque visual—,  y de la radio —idem en cuestiones de velocidad—? Claro, si uno está viendo un partido de fútbol on line... ¡nos comió el león! 2. ¿Cuáles medidas debemos emprender frente al incremento del flujo de información y su internacionalización  y el propio desarrollo conceptual y técnico del periodismo? Como punto de partida se impone redefinir el papel de los medios, tanto en el concurso de la sociedad como dentro del medio en sí mismo. Poco sirve hablar hoy de los medios como un todo si queremos avanzar. Me refiero de modo particular a la prensa escrita. No encuentro mejor remedio que cambiar el lenguaje, ir más hacia la interpretación con el fin de proporcionar al lector —esté donde esté— suficientes elementos de análisis, sin imponerles nuestras propias opiniones.Y no hablo de un nuevo género —aunque este estilo se aviene mejor a los reportajes de investigación (o precisión) y entrevistas 6588 de profundidad—, sino de un enfoque que irradie a todo el periodismo escrito y también, en alguna medida, al reporterismo radial y televisivo. Créanme que no veo otra forma de hacer periodismo en nuestra época. Así que el periodismo está obligado a potenciar sus propias fortalezas con las que ofrece Internet, y las que sigue manteniendo en las condiciones de saturación audiovisual actuales:  (Y vuelvo a los porqué)
  • Porque ni la radio ni la televisión pueden analizar y profundizar en los temas como lo hacen los periódicos y revistas.
  • Porque los medios electrónicos requieren de la presencia del oyente o el televidente a la transmisión, mientras que la prensa el lector la lleva consigo y la lee cuando quiere y puede.
  • Porque el mensaje de la radio y la televisión transita en una sola dirección, mientras que el lector puede volver sobre lo escrito cuantas veces quiera para comprenderlo y saciar su interés.    
  •  Porque el formato de la radio y de la televisión eluden textos largos, mientras que la psicología de la prensa escrita es otra y admite textos de longitud y complejidad variables...
Estamos obligados a evolucionar en los llamados géneros periodísticos, ya que la radio y la televisión hace rato nos arrebataron el qué, el quién, el cuándo y el dónde. (Y si no andamos ligeros sucederá igual con el cómo,  el por qué, y el para qué). Ha de importarnos, sobre todo, exponer el significado de lo que sucedió;  incorporar el contexto y el sentido de las cosas a nuestros escritos. A la prensa plana le asiste esa posibilidad. Un ejemplo: subieron los precios del petróleo, bien. Pero lo que me interesa como lector es que me hablen acerca del impacto del alza en la vida cotidiana. Ahora, bien. ¿Qué ambiente adverso nos rodea y nos impide desarrollar un periodismo interpretativo?Cuestión de cultura. Cultura periodística y cultura de lectores, estos últimos siempre escasos de tiempo y predispuestos a la información audiovisual. En la situación particular de Cuba, acostumbrados a contender con fuentes muy similares por la naturaleza del mensaje, los contextos y los lenguajes, que no varían mucho más allá de los que exige la propia técnica del medio en cuestión. (Si quiere no acepte esta hipótesis, quiero decir, la de receptores poco entrenados. Hagamos la prueba y constate que apenas si repasan los titulares y los dos primeros párrafos de una nota. La situación empeora si a ello añadimos el cómo se ha redactado.) En cuanto a cultura de los periodistas me refiero, tanto a las técnicas de la profesión como a las propiamente llamadas culturales. Sobre las técnicas periodísticas existe un poco de confusión  hacia dónde debe apuntar el periodismo. Y vinculo técnica, con cuestiones de género y de estética. De estética de la redacción, a favor de un producto ameno, leíble. ¿Por qué olvidamos que cuando un periodista se sienta a escribir ha de llevar al papel  —o al display—  algo más que datos recientes, casi siempre apuntados en cualquier reunión, plenaria, asamblea, incluso, durante la visita a una fábrica, a una escuela, a un hospital...? ¿Por qué, en ese momento de íntima creación, no acordarnos una y otra vez de nuestros venerable lectores, a quienes nos debemos en última instancia? Relatar —exponer, narrar, describir— requiere palabras, sensaciones, ideas que no caen del cielo ni pueden encontrarse en ningún software o programa específico, pero que sí es posible almacenar en el disco duro de su computadora cerebral, a lo largo de vivencias o mediante todo un proceso de aprehensión bibliográfica. Requiere, dicho de otra forma: bagaje cultural a partir del cual  puedan mostrarse el contexto y el antecedente adecuados, de modo coherente y jerárquico. También, urge al periodismo en su función interpretativa de la realidad lidiar con herramientas multidisciplinarias, como puede ser la metodología de la investigación. Caminar hacia delante, sin miedo a mezclar un género con otro, aunque la «dura» de la película continúe siendo la noticia, lo que el mexicano Raymundo Riva Palacio, prefiere amalgamar en el término noticia-crónica, bajo el cual —dice— «pueden contarse historias sin perder la estructura de la pirámide invertida». Del mismo modo se impone la evolución de la opinión, no como género, sino como el análisis de la noticia. O sea, lo que en la práctica se expresa en una información deberá ser tratado con mayor integralidad y profundidad en una opinión menos doctrinal, a la vez que más argumentativa y reflexiva. Porque —de paso— no resulta absolutamente cierto que la opinión constituya ideología y la información y la interpretación no, conceptos tan bien manipulados por el periodismo norteamericano, y que puede «sonar» subversivo cuando en realidad tanto la información como la interpretación y la opinión, implican posiciones e intenciones políticas. ¿Por qué acudir siempre a las fuentes tradicionales? ¿Por qué «manosear» siempre los mismos datos si en la actualidad el empleo de las tecnologías de computación y la disponibilidad de bases de datos y correo electrónico agilizan y nos acercan el camino de los periodistas a nuevas fuentes activas y pasivas? Acceder por la red de redes a cuantas fuentes y datos se desee no es solo cuestión de querer, sino de saber y poder, lo que resulta tan importante como ser capaz de discriminar la información de entre esa avalancha —humana y divina— que nos llega —hipotéticamente on line— las 24 horas. Claro, la discriminación yace en todo proceso de la Comunicación Social, pues solo una pequeñísima parte de los acontecimientos trasciende a los medios. Y ello está ligado a idea de comunicación como construcción de la realidad, de una realidad ideal en el terreno de lo político, económico, social y cultural. La comunicación, y en particular la prensa, reconstruye, reproduce día a día un modelo de valores, de organización de la sociedad, de criterios éticos sobre lo deseable y lo no deseable, lo correcto y lo incorrecto, que deciden la noticiabilidad de lo que ocurre. El acceso de los periodistas a las fuentes, a esas interminables páginas navegables, es un derecho que obliga:
  • A desprenderse del esquematismo, la contundencia o enfoque superficial.
  • A un cierto relajamiento, a la gracia, a la habilidad con que se expresan las ideas que se desean transmitir, al diálogo, a la controversia a propósito de un tema conflictivo, según convenga, y en defensa de sus respectivas opiniones.
  • Al análisis que intenta explicar desde el conocimiento técnico, profundo, la complejidad de un tema actual...
  • Al reportaje dotado de solidez, cargado de datos ciertos y de opiniones solventes, que informa, explica y, consecuentemente con ello, orienta a la opinión. 
Cuando la documentación ocupe el lugar que se le exige, podrán articularse sus aportaciones de muchas maneras, los datos que proceden de este servicio, infinito en la red, serán introducidos en el cuerpo de las informaciones o serán presentados como un despiece, un añadido aparte al bloque informativo que se ofrece. Hay que leer, confrontar, concertar, discriminar e interpretar al mundo. Y hoy ese mundo desfila —con pelos y señales— en las infinitas páginas virtuales de la WWW, y de sus hermanas legítimas Intranet y Extranet. El gigantesco problema reseñado por Ortega y Gasset, no puede constituir el gigantesco problema de nuestro periodismo, aunque en ello no deje de haber cierta dosis de verdad, y ya he dado suficientes argumentos al respecto. Ni optimismo acrítico, triunfalista y desmesurado; ni más ética que no sea la responsabilidad y compromiso social de los profesionales de la prensa. En la medida en que los periodistas no nos limitemos a proveer de información en bruto a los receptores, sino que seleccionemos los hechos, relatemos fidedignamente lo acontecido a través del lenguaje apropiado y de los géneros que convengan a los fines, continuará existiendo el periodismo. «Aunque el producto final —como dice Ramonet—se parezca poco al que disfrutamos ahora.» Solo que hay que aprender a leer… y a beber, selectivamente el mundo. El mundo de Internet, que no es tan virtual como piensan muchos ni de pensamiento procesal como, equivocadamente, nos tratan de inculcar. Minotáurico y Polifémico, en cuanto a laberíntico y ciclópeo, hay que andar y desandar ese mundo… Pero con el hilo de Ariadna en una mano, y la habilidad de Ulises, puesta en su ojo único. Bibliografía 1.      Díaz Caballero, José Ricardo: “Tecnología y Sociedad”. Colectivo de autores GEST. Editorial Félix Varela, La Habana, 1999. 2.      García Luis, Julio: Notas de clases. Diplomado en Periodismo, Facultad de Comunicación Social, Universidad de La Habana, 2001. 3.      Ramonet, Ignacio: Conferencia “¿Desaparecerán los periodistas?”, VII Encuentro Iberoamericano de Periodistas, noviembre de 1999, Ciudad Habana. 4.      Ortega y Gasset, J: “Meditación de la técnica y otros ensayos sobre Ciencia y Filosofía”.Revista Occidente, Alianza Editorial, Madrid, 1982. 5.      Vargas, José Rafael:  Conferencia “Nuevo siglo. El valor de la información en un mundo globalizado y regionalizado”.. VIII Congreso de la FELPA, noviembre 1999, Ciudad Habana. 

6.      Venegas, Asalia: “Las comunicaciones hacia el III Milenio: desarrollo y tendencias”. Edición conmemorativa 50 Aniversario de la escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1996.

http://www.latecla.cu

             

 

Decálogo para hacer una Weblog de excelencia

Decálogo para hacer una Weblog de excelencia 1. Escoge un sitio que posea una herramienta de actualización que sea  sencilla de usar. Prueba con varios servicios. Los hay gratuitos y otros  cuestan algo de dinero, pero no te comprometas con ellos hasta haberlos  probado con detenimiento. Escoge aquella que se ajuste mejor a tus  intereses. Puedes empezar por ejemplo con www.blogger.com, es una weblog  bastante sencilla y fácil de usar, hasta permite incorporar fotografías al  publicar tu trabajo.  2. Determina el objetivo de tu página personal. Las bitácoras se pueden  utilizar para brindar información, compartir noticias, establecer  relaciones entre profesionales, fomentar el cambio social y reflexionar  sobre cualquier tema o simplemente para filosofar sobre el sentido de la  vida contemporánea. Si sabes con precisión lo que quieres conseguir con tu  bitácora, podrás comenzar de un modo más exacto.  3. Conoce a tu público potencial desde el inicio. Te comportarás de un  modo diferente cuando dominas al auditorio con el que te comunicas, ya que  con extraños la relación es diferente. Saber para quién estás escribiendo  te permitirá escoger el tema apropiado.  4. Sé conciso. Incluso una bitácora profesional puede ser atractiva. Evita  el estilo retórico. Habla con naturalidad acerca de cosas reales.  5. Escribe acerca de lo que conoces y amas. Una bitácora es el lugar para  opiniones contundentes, ya sean acerca de política, asuntos sociales o  sobre tu profesión. Cuanto más implicado estés en los temas, más  interesante será tu página personal.  6. Actualiza con frecuencia. Los lectores interesados regresarán a tu  sitio solamente si es probable que encuentren algo nuevo. No necesitas  actualizar diariamente, pero procura al menos publicar varios trabajos a  la semana.  7. Construye con credibilidad. Esfuérzate por ser sincero. Respeta a tu  público y a tus colegas. Comprende que en Internet, tus palabras pueden  permanecer para siempre, tanto las que has publicado tú, como las que han  sido archivadas en otro sitio. Reflexiona sobre tus propios estándares y  sé coherente con ellos. Respeta las normas de ética de Internet.  8. Enlaza tus trabajos con sus fuentes originales. Cita a los autores en  tus referencias bibliográficas. La Web permite una transparencia que  ningún otro medio puede igualar. Cuando enlazas una noticia, un ensayo, un  documento oficial, un discurso o un artículo de otro autor, dar acceso a  tus lectores con tus fuentes primarias fortalece tu argumentación,  permitiéndoles realizar juicios exactos y documentados sobre el tema  tratado.  9. Enlaza a otras páginas personales. Tus lectores pueden agradecer que  les presentes aquellas bitácoras que más disfrutas leyendo. La Web es un  medio democrático y los bloguers amplifican las voces de cada uno cuando  se enlazan entre sí. Si enlazas generosamente a otras Weblog, extiendes  las bases de la red de información y contactos sociales que estamos  creando juntos en la Web.  10. Sé paciente. La mayor parte de las audiencias de las bitácoras es  pequeña, pero con el tiempo y actualizaciones periódicas tu audiencia  comenzará a crecer. Es posible que te demores un tiempo en alcanzar tus  primeros centenares de lectores, pero recuerda que la gente que regrese a  tu sitio regularmente lo hará porque está interesada en lo que tienes que  decir, y esto es lo importante.  ¡Diviértete mientras trabajas! Tanto si tu página personal es un  entretenimiento como si pretendes convertirla en una publicación de  comunicación profesional, te dará mayores satisfacciones si experimentas  un poco. Incluso una bitácora temática mejora con un poco de originalidad  donde incorpores adecuadamente la creatividad y la fantasía de vez en  cuando. 

 Bibliografía:

 Rebecca Blood: Página personal de Rebecca Blood en:  Http://www.rebeccablood.net/archive/index.html  Rebecca Blood: http://www.wams.de trabajo publicado el  22 de marzo de 2003 en versión española de José Luis  Orihuela  Rebecca Blood: Normas éticas para Internet en  http://www.rebeccablood.net/handbook/ y en  http://www.rebeccablood.net/handbook/excerpts/weblog_ethics.html (1999)