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LA TECLA CON CAFÉ

Cafetal adentro

Servando Cabrera: Peregrino de «viajes atrevidos»

Servando Cabrera: Peregrino de «viajes atrevidos»


30/7/2013 9:04:51


Remembranza de uno de los artistas cubanos más notables del siglo XX a los 90 años de su natalicio. Servando Cabrera Moreno fue un conspicuo coleccionista de arte popular. Durante sus viajes acopió un amplio acervo que incluye objetos decorativos, religiosos, utilitarios y de juguetería de las más diversas latitudes. (En la foto Servando junto con Graciella Pogolotti).

 

 «La forma de moverse los cubanos es diferente al resto del mundo. La manera en que se mueve una palmera, se retuerce un jagüey, es comparable al movimiento, andar o insinuar de cualquier parte del cuerpo de un cubano aunque sea el dedo meñique de una mujer o un hombre», declaró a Bohemia, en julio de 1975, quien fuera un obstinado estudioso de la figura humana: Servando Cabrera Moreno (28 de mayo de 1923-30 de septiembre de 1981).

Como acucioso observador y admirador del cuerpo, concibe una vasta creación que evidencia sus profundas indagaciones sobre los rasgos físicos del mestizaje antillano que, más allá de resultar un recurso de autoafirmación criollista, esboza la riqueza plástica de nuestras fisonomías para concederle a su pintura la sensibilidad universal que la perpetúa.

«Paseante solitario», al decir de Graziella Pogolotti, Cabrera Moreno transita con fluidez por diversas escuelas, tendencias, generaciones, sin ofrecer la más mínima posibilidad de encasillamiento; aun cuando su obra se revela en ciclos muy bien definidos, el artista ha decidido atender las señales de su propia intuición y simplemente, crea.

  

«Su camino aparece lleno de etapas disímiles. Quien comenzó como un académico aplicado fue también un abstracto, un neorrealista, un expresionista…», asevera el curador y ensayista, Gerardo Mosquera.

Cronista de su tiempo al fin, plasma la expresión más viva de su paso por el mundo en óleos, tintas, carbones… Todo es motivo para engendrar nuevos significados, para modelar ese sentido militante que prevalece en parte de su obra y que Félix Pita Rodríguez refiere como «la plástica combatiente de Servando Cabrera Moreno».

Joven pertinaz de saberes

«Con gran vehemencia desde pequeño lo pintaba todo», confiesa alguna vez el pintor, que apenas un adolescente ya toma cursos sobre técnicas de artes plásticas. 

  

Procedente de una familia de inmigrantes hispanos, se recibe como bachiller en Ciencias y Letras en 1940; en tanto, ofrece muestras de su talento inagotable cuando participa en su primera exposición colectiva. Mientras, alterna estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro de donde egresa con el primer lugar en los exámenes de grado y el título de profesor de Dibujo y Pintura; es 1942.

La década del 40 marca un período formativo importante en la consolidación de la incipiente carrera artística del joven virtuoso. Tres años después de graduado, el Liceum de La Habana deviene escenario de su muestra personal primigenia. A partir de entonces, emprende un largo y fructífero camino que lo llevará a convertirse en uno de los más notables creadores de su tiempo.

Viaja a los Estados Unidos y Europa; entra en contacto con las creaciones de la vanguardia plástica del momento. Se nutre de nuevas experiencias y estudia en el Art Students League de Nueva York y la Grande Chaumière de Paris.

En una de sus estancias en La Habana, establece vínculos con los hermanos Raquel y Vicente Revuelta, junto con ellos trabaja como diseñador de vestuario y de escenografía en el otrora Teatro Estudio. La obra de Pablo Picasso (1881-1973) comienza a reconfigurar el quehacer creativo de Cabrera Moreno que se abre hacia un universo en el cual emergen motivos y elementos que se vuelven constantes en su pintura.


La influencia picasiana de las etapas azul, rosa y neoclásica, señala un momento trascendente en su trabajo, al propiciar una ruptura con los cánones academicistas heredados de Leopoldo Romañach, Domingo Ramos, Armando Menocal y otros de sus profesores en San Alejandro.

No obstante, el autor de Los carboneros del Mégano nunca abandona su ascendencia de la academia. Invariablemente, le cortejan el rigor de la técnica, la disciplina y algunos esquemas y formalismos que, a ratos, deslucen su trabajo.

En sus periplos por el Viejo continente, pareciera que el artista se siente desarmado ante la magnificencia de los grandes: Velásquez, Goya, El Greco, los manieristas italianos, De Kooning. Significativo resulta el influjo de los cubanos Amelia Peláez y Carlos Enríquez, siempre generosos con sus enseñanzas, consejos; presentes para ver y admirar sus composiciones.

Sin embargo, cualquier recurso le resulta exiguo; aprehende, asimila, estudia. La obra del español Joan Miró (1893-1983) lo seduce poderosamente y pinta cuadros abstractos, calificados por Gerardo Mosquera como «mirosianos», que se exhiben en Cuba y varias ciudades de España. Sobre su impacto allí, escribe el crítico catalán Benet Aurell, en 1953: «Cabrera demuestra poseer un sentido bastante dramático del color —ello es lo que más le distingue de Miró—».

Muy difíciles de ver hoy en nuestro país son estas obras «mirosianas», unas se encuentran en manos de coleccionistas particulares y otras las atesora el Museo Nacional de Bellas Artes.

Con Miró se inaugura una nueva etapa de búsquedas y experimentaciones. Pero no es solo el surrealista ibero quien atrapa el espíritu del creador insular en la década del 50; el suizo Paul Klee (1879-1940) también despierta su interés, como fuente relevante de influencias formales.

Lírica de un experimentador empedernido

Entre 1954 y 1955, Cabrera Moreno realiza una serie de dibujos al carbón y creyón que encarna una poética nunca antes reconocida en su obra. Se aparta del abstraccionismo de períodos anteriores y asume temas populares con un estilo totalmente realista que se convierten en la antesala de lo que luego se conocerá como la pintura épica servantina.

En aquella época, solo ve la luz un óleo: Los carboneros de El Mégano, una síntesis plástica de las vivencias que capta al enrolarse en la histórica filmación sobre los carboneros de aquel caserío, en el pantano del Zaza, en Las Villas, que realizara un grupo de jóvenes de la Sociedad Nuestro Tiempo para documentar la paupérrima vida de esas personas antes de 1959.

La Revolución Cubana impresiona hondamente al pintor. En esta etapa es el expresionismo abstracto una tendencia que distingue a una parte considerable de la plástica cubana; Servando Cabrera Moreno no resulta la excepción.

Entran en su pincel, plumilla o carboncillos, toda la efervescencia del proyecto social naciente. Campesinos, milicianos, rebeldes, una amalgama de gente humilde, de pueblo, irrumpe en obras que muestran rostros en los que se advierte una expresión de fuerza, dada por una deformación intencional de la musculatura que simula quebrantar la constreñida estructura de la composición.

Ahora, el dibujo tiene un valioso lugar en el proceso de creación del pintor de Los héroes bajo el sol (1959) o Milicias campesinas (1960). A través de él, de modo espontáneo, libre, el artista recrea su apreciación personal y concisa de los eventos sociales que acaecen en la nación.

«Testimonio de un trabajo de elaboración subterránea, se traduce en el hallazgo de una adecuada fórmula plástica, a fin de expresar con mayor fuerza y sintéticamente una realidad percibida de manera intuitiva en sus valores emocionales», asegura Graziella Pogolotti.

De alguna manera, este fenómeno esclarece la evolución de la pintura de Servando Cabrera, inclinado a transitar acorde con el momento histórico. Los carboneros del pantano de Zaza, ayer, devienen campesinos, milicianos, luego. En esencia son las mismas caras, los mismos seres humanos, metáforas que se transforman, crecen en una pintura o dibujo, en la medida en que evoluciona la sociedad y su propio creador.

Otras búsquedas, nuevos lenguajes…

Viaja infatigablemente Servando Cabrera Moreno. A lo largo de toda su existencia recorre países de Europa, Norteamérica y América Latina. Vuela más allá de espacios físicos y geográficos para concebir una obra rica, controvertible, de alto sentido estético, colmada de “viajes atrevidos”, según expresa la periodista, crítica y ensayista, Lolo de la Torriente. Y en ese paso por la vida, su pintura invita e incita a un rencuentro entre lo nacional y lo universal.

Una valiosa influencia despliega entre las primeras hornadas de artistas plásticos formados por la Revolución durante los años que ejerce como profesor en la escuela de artes de Cubanacán (1962-1965). Al concluir su labor en el centro académico emprende un período expresionista en el que la naturaleza y el cuerpo generan una simbiosis sugestiva, única.

«Cuerpos desnudos como montañas, como si la naturaleza fuese concebida como un cuerpo gigante maternal y abierto, cuerpos como columnas cósmicas sin final, grandes cuerpos geológicos acostados», refiere sobre el conjunto, en 1966, el pintor ibérico Antonio Saura.

En esas obras el sexo aflora como icono carnal que alude a las formas de reproducción en la naturaleza y los seres vivos, a modo de evocación poética para develar analogías desde el ancestral concepto que entrelaza la fecundidad humana y la fertilidad de las tierras y el mundo natural.

De acuerdo con el criterio de Gerardo Mosquera, «las formas de estos cuerpos no son canónicas ni impersonales, sus anatomías están particularizadas», insinúan individualidades donde se imbrica la naturaleza, el amor, una mujer y un hombre muy específicos. Creaciones que preludian el tema erótico abordado a partir de 1970 y del que no escaparon otros sobresalientes maestros de la plástica mundial de entonces.


«De las grandes composiciones barrocas diagonales viene a los grandes planos simples, siempre el dibujo como esencial medio expresivo de su arte», infiere el periodista Ricardo Villares. 

Aquí las obras son representaciones inconclusas de la pareja humana en pleno acto amatorio que se alzan como alegoría del sexo y distan de la pornografía. Desde la mirada de Cabrera Moreno, el cuerpo no deviene un mito ni, mucho menos, sinónimo de pudor o «necesidad de burlar lo escondido», argumenta el crítico y ensayista Rufo Caballero.

Sobre el particular, añade el juicioso intelectual cubano: «Los “torsos acoplados” son territorio de libertad, de correría, de solaz». Nunca de arrepentimiento o vergüenza; esa perspectiva caracteriza el arte erótico de Cabrera Moreno en los años 70. «Ello, a más de protegerlo del panfleto y de la otredad como mercado, lo aparta del erotismo, cuya antología permanece atada a la mofa del tabú».

Versátil, sorprendente siempre, halla un nuevo objeto de creación, y en 1972 comienza a pintar rostros de luchadores revolucionarios latinoamericanos y cubanos: Martí, Che, Sandino, Lolita Lebrón, Guiteras, Panchito Gómez Toro, calan en su imaginario poético.

Un año después, la musa del artista reserva un homenaje a la mujer, reflejada en su pintura desde los tiempos de estilo puramente académico cuando concibe retratos de amigas y familiares. Ahora, inmortaliza -desde lo visual- una expresión desde siempre vinculada a la música: las míticas habaneras atrapan su inspiración.

Aparecen con rostros de perfil y de frente. La expresión es suave y hasta lánguida, exhiben un estilizado y largo cuello, los cabellos revueltos -a veces, ornados con flores- como símbolo de desafío. Recuerdan a las Floras, de Portocarrero; solo que las damas servantinas “son como saetas, diagonales que apuntan a un doble drama: el de la mujer y el artista”, anota la doctora Luz Merino Acosta, historiadora del arte.

También en 1973 las caras de jóvenes con sombrero de guano se asoman en los cuadros de Cabrera Moreno. A un lado quedan los semblantes endurecidos del ciclo épico y afloran imágenes con cierta ternura y alguna ascendencia picasiana; una evidente alusión al proceso social y económico del país que se gesta en la época.

Las habaneras y los imberbes tocados con sombrero de yarey, abrazan un punto máximo de expresión simbólica en el óleo Presencia joven (1973), emplazado en la Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin. En este colosal mural el pintor, además de exponer su maestría, enuncia su percepción acerca del progreso social y deja, a quien lo observa, un sentimiento de confianza en el futuro.

Estudioso, polémico, apegado a su intuición de creador nato, más por puro temperamento que por moda, Servando Cabrera Moreno genera una obra rica en significados, lecturas sugerentes que —a diferencia de muchos artistas plásticos de su generación— se revela portadora de nuevos mensajes cada vez para las más recientes hornadas de seguidores.

Papa Francisco: «¿Quién soy yo para juzgar a un gay?»


30/7/2013 7:47:48 

 

Las respuestas del sumo pontífice sobre el Vatileaks, la corrupción en la Iglesia, el aborto, el matrimonio igualitario, su recuerdo de Buenos Aires y su relación con Benedicto XVI.

 

Tras agradecer el trabajo de los periodistas y reconocer que no podía creerlo cuando, desde el altar, veía a 3 millones de jóvenes de 178 países que participaron de la misa de cierre de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), vino el momento de las preguntas. Para ello, los periodistas nos habíamos organizado por grupos lingüísticos y por países. Los dos argentinos presentes en el vuelo tuvimos la ventaja de tener al Papa compatriota: los dos pudimos hacer preguntas.

Transcribir la hora y veinte de preguntas y respuestas —arduo trabajo que nos dejó a muchos sin dormir—, significaría un libro. Aquí, algunas de las más trascendentes.

La mía fue en nombre de los 50.000 argentinos que me encontré en Río de Janeiro y me decían 'vas a viajar con el Papa, pregúntale cuándo va a venir a la Argentina'. Y como ya dijo que no va a viajar por el momento, entonces le voy a hacer una pregunta más difícil:

—¿Se asustó cuando vio el informe Vatileaks?

—No. Les voy a contar una anécdota sobre el informe Vatileaks. Cuando fui a ver al papa Benedicto, después de rezar en la capilla nos reunimos en el estudio y había una caja grande y un sobre. Benedicto me dijo: “en esta caja grande están todas las declaraciones que han prestado los testigos. Y el resumen y las conclusiones finales están en este sobre. Y aquí se dice ta, ta, ta”. ¡Lo tenía todo en la cabeza! Pero no, no me asusté. Es un problema grande, pero no me he asustado.

—Una pregunta un poco delicada. La historia de monseñor Ricca ha dado la vuelta al mundo, ¿cómo va a afrontar este asunto y todo lo relacionado con el supuesto lobby gay en el Vaticano?

—Con respecto a monseñor Ricca, he hecho lo que el derecho canónico manda hacer, que es la investigación previa. Y esta investigación no dice nada de lo que se ha publicado. No hemos encontrado nada. Pero yo querría agregar una cosa: muchas veces en la Iglesia se va a buscar los pecados de juventud y se publican. Y hablo de pecados, no delitos como los abusos de menores. Pero si una persona -laica, cura, o monja- comete un pecado y luego se arrepiente, el Señor la perdona. Y cuando el Señor perdona, olvida. Lo importante es hacer una teología del pecado. Muchas veces pienso en San Pedro: hizo de los peores pecados, renegar de Cristo. ¡Y con ese pecado lo hicieron Papa!

—¿Y el lobby gay?

—Se escribe mucho del lobby gay. Todavía no me encontré con ninguno que me dé el carnet de identidad en el Vaticano donde lo diga. Dicen que los hay. Cuando uno se encuentra con una persona así, debe distinguir entre el hecho de ser gay del hecho de hacer lobby, porque ningún lobby es bueno. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo? El catecismo de la Iglesia católica lo explica de forma muy linda esto. Dice que no se deben marginar a estas personas por eso. Hay que integrarlas en la sociedad. El problema no es tener esta tendencia. Debemos ser hermanos. El problema es hacer un lobby.

—Ha dado la vuelta al mundo la fotografía de usted que sube la escalerilla del avión llevando un portafolio negro. ¿Qué había adentro?

—No estaba la llave de la bomba atómica (risas). Lo llevaba porque siempre lo hice cuando viajo. Adentro está la afeitadora, el breviario, la agenda, un libro para leer, que es uno sobre Santa Teresina, de la que soy devoto. Siempre llevo el portafolio cuando viajo, es normal. Debemos habituarnos a ser normales. La normalidad de la vida.

—La sociedad brasileña ha cambiado, los jóvenes han cambiado. Usted no ha hablado sobre el aborto ni sobre el matrimonio ente personas del mismo sexo. En Brasil se ha aprobado una ley que amplía el derecho al aborto y otra que contempla los matrimonios entre personas del mismo sexo. ¿Por qué no ha hablado sobre eso?

—La Iglesia se ha expresado ya perfectamente sobre eso, no era necesario volver sobre eso, como tampoco hablé sobre la estafa, la mentira u otras cosas sobre las cuales la Iglesia tiene una doctrina clara. No era necesario hablar de eso, sino de las cosas positivas que abren camino a los chicos. Además los jóvenes saben perfectamente cuál es la postura de la Iglesia.

—¿Pero cuál es su postura en esos temas?

—La de la Iglesia, soy hijo de la Iglesia.

—¿Cómo se siente siendo Papa? ¿Es feliz?

—Hacer el trabajo de obispo es una cosa linda. El problema es cuando uno busca ese trabajo, eso no es tan lindo, eso no es del Señor. Existe siempre el peligro de creerse un poco superior a los otros, no como los demás, un poco príncipe. Son peligros y pecados. Pero el trabajo de obispo es lindo, es ayudar a los hermanos a avanzar. El obispo delante de los fieles para señalar el camino, el obispo en medio de los fieles para ayudar a la comunión, el obispo detrás de los fieles porque los fieles con frecuencia tienen el olfato de la calle. Me preguntaba si me gusta. Sí, me gusta ser obispo. En Buenos Aires fui muy feliz. El Señor me asistió en eso. Como obispo fui feliz, como sacerdote fui feliz. En ese sentido me gusta.

—¿Y le gusta ser Papa?

—Sí, también. Cuando el Señor te pone ahí, si tú haces lo que el Señor te pide eres feliz. Eso es lo que siento.

—¿Está cansado?

—No estoy casado, yo soy single (risas)

—Cuando se reunió con argentinos, un poco en broma y un poco en serio dijo que a veces se siente enjaulado.

—¿Usted sabe la de veces que tuve ganas de pasear por las calles de Roma? Porque a mí me gusta andar por las calles, me gustaba tanto y en ese sentido me siento un poco enjaulado. Pero debo decir que los de la Gendarmería vaticana son buenos, son realmente buenos y yo les estoy agradecido. Ahora me dejan hacer algunas cuantas cosas más, pero es su deber garantizar la seguridad. Enjaulado en ese sentido, de que a mí me gusta andar por la calle, pero entiendo que no es posible, lo entiendo. Lo dije en ese sentido. Porque, como decimos en Buenos Aires, yo era un sacerdote callejero.

 —¿Por qué usted pide tan insistentemente que se rece por usted?

—Yo siempre pedí esto. Empecé a pedirlo con cierta frecuencia en el trabajo de obispo. Siento que si el Señor no ayuda en este trabajo, para que el pueblo de Dios vaya hacia adelante, uno no puede. Yo me siento de verdad con tantos límites, con tantos problemas, también pecador. Debo pedir esto, me sale de adentro. También a la Virgen le pido que rece por mí al Señor. Es una costumbre que me viene de fuera, también de la necesidad que tengo por mi trabajo. Siento que debo pedirlo. Es así.

—¿Qué piensa de ordenación de las mujeres?

—En cuanto a la ordenación de las mujeres la Iglesia ha hablado y dice no. Lo ha dicho Juan Pablo II, pero con una formulación definitiva. Esa puerta está cerrada. Pero sobre esto quiero decirles algo: la Virgen María era más importante que los apóstoles y que los obispos y que los diáconos y los sacerdotes. La mujer en la Iglesia es más importante que los obispos y que los curas. ¿Cómo? Esto es lo que debemos tratar de explicitar mejor a través de una profundización de la Teología de la mujer.

— ¿Siendo Papa, todavía se siente jesuita?

—Es una pregunta teológica porque los jesuitas hacen votos de obediencia al Papa. Pero si el Papa es jesuita, quizás tiene que hacer voto de obediencia al Padre General de los Jesuitas, no sé cómo se soluciona esto. Yo me siento jesuita en mi espiritualidad. No cambié espiritualidad, sigo pensando como jesuita, no hipócritamente, pero pienso como jesuita.

—A cuatro meses de su pontificado, ¿nos puede hacer un pequeño resumen? ¿Qué ha sido lo mejor, lo peor y qué le ha sorprendido más en este periodo?

—De verdad, no sé cómo responder a esta pregunta. Cosas malas no ha habido. Cosas buenas, sí. Por ejemplo, el encuentro con los obispos italianos. Fue muy lindo. Una cosa dolorosa, que me ha golpeado el corazón, fue la visita a la isla de Lampedusa. Cuando llegan estas barcas, los dejan a algunas millas de distancia de la costa y ellos tienen que llegar solos. Ha sido doloroso porque pienso que estas personas son víctimas del sistema socioeconómico mundial. Pero la cosa peor [tono de broma] fue una ciática, de verdad, la tuve en el primer mes. Fue dolorosísimo. No se la deseo a nadie.

—A usted le gustaba mucho la Argentina y llevaba muy en el corazón a Buenos Aires. Los argentinos se preguntan si usted no extraña ir en colectivo, andar por la calle.

—Sí, Buenos Aires me falta. Pero es una falta serena.

Estábamos a 20 minutos del aterrizar, con las manos hundidas en la computadora y volvió a aparecer él, Francisco. Volvió a saludar y agradecer a todos con una sonrisa. Le dije: «Padre Jorge, se pasó de rosca, nos hizo trabajar demasiado». «Ustedes se lo buscaron, lo quisieron», me contestó..

 

(Fuente: La  NaciónElisabetta Piqué ) 

 

 

 

 

Periodismo futuro sin bola de cristal

Periodismo futuro sin bola de cristal

 

 

23/07/2013 12:04:52

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

No soy pitonisa, ni adivina, ni vidente. Pero les puedo asegurar que nuestro periodismo cambiará. Claro, en la medida y con la disposición que el país lo haga, como resultan aconsejables los cambios, como lo sugiriera Raúl: «sin pausa pero sin prisa». Aunque en honor a la verdad —que nunca será unívoca ni absoluta— el apremio signa al periodismo, y la lentitud, lo malogra. 

 

Lo digo sin ironías ni suspicacias ni subterfugios. De ahí que en nuestro caso apueste por la premura responsable, muy semejante a esa que obliga al cirujano a seccionar por lo sano, sin pérdida de tiempo, sin temor al tamaño de la herida ni al como quedará la sutura. Salvar a como sea el doliente es su misión. Existen antecedentes, estudios científicos y experiencia suficiente, pero se prorrogan decisiones no estratégicas que permitirán soltar las muletas de una vez y salir a entrenar de nuevo las atrofiadas alas. 

Y aquí sí funciona aquello de que el fin justifica los Medios —de Comunicación, por supuesto—, apremiados por el pueblo que ve en ellos una forma de hacer valer sus derechos ciudadanos —no solo de acceso a la información, como constitucionalmente está prescripto—, sino aquellos directamente vinculados a los servicios públicos, de los cuales resultarían «víctimas» fatales de no encontrar una sección, un espacio, un programa al cual volver la mirada y cifrar sus esperanzas para que se solucionen problemas, se erradiquen deficiencias o se apliquen medidas punitivas contra los «victimarios». 

Así que no voy correr el riesgo de reiterar axiomas tan antiguos ni tan bien formulados acerca del rol  social de la prensa, ni tampoco a cambiarle una coma al concepto expuesto por nuestro José Martí: 

«La prensa no es aprobación bondadosa ni ira insultante, es proposición, estudio, examen y consejo», escribió en el periódico Patria, «nacido a la hora del peligro, para velar por la libertad, para contribuir a que sus fuerzas sean invencibles por la unión, y para evitar que el enemigo nos vuelva a vencer por nuestro desorden». Su periodismo revolucionario, patriótico y valiente debía convertirse en paradigma —de hecho—, y no tanto de repetir como consigna o de anteponer como exergo. 

Hacer un periodismo que se parezca más a la sociedad en que vivimos, con sus virtudes y contradicciones, vuelve a esbozarse como suerte de anagrama, de acertijo. Hallar el cómo, es la cuestión. Y no será coser y cantar, ni vendrá por obra gracia de un santo benefactor que nos dotará de la infraestructura material indispensable ni —mucho menos— del sofisticado e indefectible herramental para transplantar cerebros inteligentes y corazones impetuosos a todo aquel que lo necesite, incluso, dentro del mismo gremio. 

Dicen por ahí que este Congreso fue «lo mismo con lo mismo», y que Fulano dijo lo mismo que Zutano en 1986; y que sí, pero que «no es el momento». Y que si las ruidos, y que si las nueces. En fin, catarsis pura. Siempre sucede. Pero no quejas, ni desesperanzas, ni pesimismo; ni los sueños, sueños son. ¿Por qué? ¡Ah! Porque mucho tenemos de soldado, porque no somos bastardos de una historia sin gloria sino hijos de las circunstancias. 

Me gusta la música. ¿Cantar?, no  puedo, mi voz, ya saben. No importa, escuchen, sin guitarra y sin violín, a capella: «Alánimo, alánimo la fuente se rompió/ Que sí, que no, que caiga un chaparrón…» Sí, mucha, mucha agua para ver si se llenan del líquido transparencia las fuentes, los embalses, las presas, y termina de una vez el vergonzoso secretismo. No ese «silencio que ha tenido que ser porque hay cosas que para que sean han de andar ocultas», lo cual es cierto y efectivo. 

El IX Congreso de la Unión de Periodistas (UPEC) ha concluido. Y las expectativas siempre han precedido este tipo de cónclave, en cualquier sector, en cualquier lugar del mundo. Lo de falsas o verdaderas, dependerá del archiconocido vaso de agua. Si somos optimistas, medio lleno; si pesimistas, medio vacío. 

Ya lo dije. No soy pitonisa, ni adivina, ni vidente. Mas, como he vivido la vida y me he quemado bajo el sol —cubano—, espero, sí, que nuestro periodismo retome el rumbo del día a día; sin demasiada nostalgia por la estruendosa rotativa de antaño ni los ásperos tecleos de las robustas y ya folklóricas máquinas de escribir. Amo las nuevas tecnologías y no concibo marcha atrás. 

Pienso que no existe mejor oportunidad para el cambio. Nuestra prensa —como dejó sentado en su tesis doctoral el maestro de maestros Julio García Luis— tendrá que ser coherente con el contexto en que actúa, adoptando en su organización, estructura, formas de gestión y funciones, los estilos y contenidos que resultan del sistema social prevaleciente, bajo la determinación que abarca un determinado sistema político y jurídico, un contexto cultural y social, un régimen de propiedad y un ordenamiento profesional dado. 

Creo en las utopías y no asumo actitudes cómodas, ni para mí ni para nadie. Me encanta pulsar aquí y allá para contrastar opiniones. Consecuente en el modo de pensar, decir y actuar, pienso lo que digo y hago lo que digo. Odio el «mentireo», las medias tintas y las posiciones extremistas. Admiro la inteligencia y la autenticidad por sobre todas las buenas cualidades humanas, y odio a los oportunistas, impostores y timoratos. 

A estas alturas de una vida intensamente vivida, se impone una especie de retrospectiva. Siento pulsaciones, pero no cansancio. Y no hay virajes, ni  azares, ni destinos. Seguiré hasta las últimas consecuencias esta aventura enriquecedora y apasionante que es el periodismo… 

Siempre y cuando no revele oídos sordos ni entrevea ojos ofuscados, propenderé al diálogo. Será un placer, un venturoso desafío, en medio de una vejez llevadera que espero compartir, del mismo con los siempre ansiosos, pero capaces y decididos muchachos y muchachas que tuve como alumnos, y que ahora puestos «a horcajadas sobre mi pecho» le hacen cosquillas digitales a mi analógica, señera y respetable testa. 

Palabras a prueba de huracanes

Palabras a prueba de huracanes

 

14/07/2013 14:15:33

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Si a un país no pueden hacerle «cuentos» es a esta islita tan llevada y traída por la gran prensa internacional. En ella algunos han encontrado el paraíso; y otros, el infierno. Y puede que en lo a adelante hallen el purgatorio aquellos urgidos de expiar sus culpas y purificar sus almas, por ineptos, timoratos e insinceros ¿responsables?, a quienes poco —o nada— importan los destinos de su Patria, asediada y sufrida, pero alegre, solidaria, libre, independiente y soberana a la hora de escoger el camino y decidir su destino. 

  

No estoy sugiriendo una cacería de brujas contra tales personajillos. Mucho menos, la búsqueda de chivos expiatorios o cabezas de turco;  tampoco, la guillotina —asociada solo con la Revolución Francesa de 1789 pero que también funcionó en el Reino Unido, Bélgica, Suecia, Italia y Alemania—, y ¡Dios me libre!, ofrecer recomendaciones cismáticas o heterodoxas para deshacernos progresivamente de esa camaleónica plaga, carente de ejemplaridad pero con mañas suficientes para seducir y arrastrar al averno a cierto tipo de subordinados renuentes a vivir con el sudor de su frente. 

No voy a repetir lo mismo que expuso Raúl al concluir, el pasado domingo 7 de julio, la Primera Sesión Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional. Nuestro Presidente fue tan claro, preciso y categórico que no lo estimo pertinente, pues  —como él mismo aconsejara— lo perfecto sería leer y releer su discurso. Sin apresuramientos, con cabeza fresca y ánimo reflexivo, buscando entre líneas lo que entre líneas está dicho, y que en aras del tiempo —o tal vez por bochorno o pundonor— no se atrevió a expresar y calificar. 

Acostumbrada desde muy joven al difícil oficio de lidiar con la palabra impresa para comunicar ideas de la manera más clara y precisa posible, no niego mis reservas hacia la oralidad, que va desde el grito de un recién nacido hasta el diálogo entre amigos. De ahí mis circunspecciones, ya que en cuestión de decir hablando suele el viento echar a volar los parlamentos, y los ruidos, obstaculizar el mensaje. 

Entonces enfatizo en que lo expresado por Raúl en esta oportunidad no deberá tomar rumbos aerostáticos. Sus  planteamientos no son del todo nuevos, solo que nunca antes los había manifestado de modo tan directo, crudo y concluyente, lo cual no es de extrañar dado su estilo discursivo desprovisto de rodeos, enigmas y fingimientos de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen, y que en su voz cobran importancia vital dada la autoridad del que habla y las circunstancias específicas del contexto en que trascienden. 

Casi todas las situaciones expuestas por Raúl ya habían sido expuestas por la población en Cartas a la Dirección del periódico Granma, sección que cada viernes los lectores leemos con avidez. Ya sea para solidarizarnos y hacer catarsis en tertulias post beisboleras; cuestionar desatinados planteamientos, o escudriñar ansiosos la respuesta de las entidades implicadas o sujetos aludidos por quienes escriben al Órgano del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC). Aunque a decir verdad para este tipo de periodismo conocido como ciudadano, correspondencia o tribuna libre, harían falta cuatro páginas más. 

 De modo que Raúl ha vuelto a poner su enérgico dedo sobre llagas que la sociedad está obligada a resanar, dado el carácter fulminante de las más, y la gravedad de aquellas que aparecen de modo recurrente porque solo han porque han sido «parcheadas»,  mal diagnosticas o prescriptas a destiempo. De ahí que subsistan, convertidas ya en una especie de bacilo lepromatoso, que no ataca solo la piel y los nervios periféricos, sino que se extiende a los demás órganos. 

Existen los antibióticos —invasivos o no y de todas las generaciones—, para un tratamiento meticuloso y prolongado que permita la recuperación total o hasta límites permisibles, en todos los órdenes, sean de índole objetiva o subjetiva, como suele generalizárseles,  pero que yo prefiero dividir en «problemas que dañan el cuerpo» y «problemas que perturban el alma». Por supuesto, de la nación. 

Para nadie constituye un secreto que, con el triunfo de la Revolución, el cubano fue dejando de pensar, hablar y actuar en términos económicos-financieros, permaneciendo al margen de los procesos de producción, intercambio, distribución y consumo de bienes y servicios. Justificado entre los cinco primeros decisivos años de reivindicaciones sociales, pero desacertados a partir de ahí, cuando los acuerdos comerciales firmados con la URSS comprometieron el desarrollo del país, y el régimen de subsidios y gratuidades de toda índole lo hizo, en definitiva, insostenible. 

El desconocimiento, la improvisación, se pagan caros, hay veces que a largo plazo. No se puede hacer política social sin una economía eficiente. Y para ganar en eficiencia hay que institucionalizar el mercado, porque sino no existe mercado jamás habrá eficiencia. Por suerte, presiento que esta vez—citando a Martí— «ha de verse la luz», porque de verdad, «ha llegado la hora de los hornos».

Y no se parte de la nada, sino de las experiencias pasadas, aprovechando  la savia raigal que proporciona la autoctonía en sus diversas manifestaciones. Para no tener otro proceso de rectificación de errores y deficiencias, ni volver a la etapa más cruda del todavía inconcluso período especial. De lo contrario la historia nos pasará cuenta definitiva. 

Poco aportan hoy en día —tal y como  marcha jorobado este mundo— asirse nostalgias,  lo cual no significa convertirnos en seres pragmáticos y nihilistas, doctrina y filosofía que sobrevendría negación de todo principio ético y, por consiguiente, negligencia o autodestrucción. 

Urge desterrar de nuestras vidas el escepticismo, y a nivel de sociedad, recuperar la fe, que es la creencia o la confianza en la verdad de una persona, idea o cosa. Eso y más. Decir la verdad y hacer el bien, sin que nos lo impida el duro bregar cotidiano;  hacer del honor, la vergüenza y el sentido del deber, himno y bandera y, en última instancia, escudo único para protegernos de actitudes egoístas, hedonistas, ególatras, megalómanas… 

Ya me han dicho que no se vive «del aire» y que hay que comer para vivir. Cierto. Bueno, por ahí anda el quid de la cuestión. Pero ¿no es irrefutable asimismo que «el que no trabaja no come», y ¿por qué no mejor, «el que no produce no come»? Sin embargo, ahora comen todos —poco o mucho, malo o bueno— y no precisamente mejor, los que más trabajan. 

¿¡Nada!? No. ¡Todo. La mesa patas arriba habrá de colocarse con sus cuatro apoyaduras —y no tres, que así también se sostiene — en terreno nivelado. Para que soporte y resista el peso de una carga grande y pesada como es la sociedad, con sus necesidades siempre crecientes. La sociedad en un estado de bienestar común, perfeccionada, llevadera. 

No escribo más, porque sobre el tema —con sus subtemas— llenaría más de una página y hasta pudiera concebir un libro. Y aquí sí que resulta disfuncional, inadecuada, contraproducente, permitir que las palabras se las lleve el viento. Mucho menos las de Raúl, que no es de esos a quienes apunta una antigua tonadilla infantil que por estos días un desalmado conocido me trajo a colación, tergiversando de hecho el sentido de su letra. 

Luego de preguntarme con ironía —y no sé cuales intenciones— qué me parecía «el último discurso del Presidente» la entonó con melodioso cinismo: «…palabras son palabras/ cartas son cartas/ palabras de los hombres/ siempre son falsas». 

Tuve intenciones de darle un criollísimo galletazo y mandarlo para ahí mismo donde usted está pensando, pero contuve mis impulsos. Precisamente, recapacitando acerca de lo todo lo que acabo de escribir. Entonces le pedí conversar. Y como sabe que vivo en el último piso de un edificio de 12 plantas, fue más letalmente impúdico: 

«Sí, en el balcón, allí arriba soplan ráfagas de 20 kilómetros por hora». 

Y sonriendo le espeté el más delicioso, jacarandoso y anticristiano de los carajos… Con el perdón de Raúl que tan fuerte criticó el «uso indiscriminado de palabras obscenas», y quien con seguridad lo hubiera enviado directamente al infierno. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El asaltante, «bolchevique» aprendiz de albañil

El asaltante, «bolchevique» aprendiz de albañil


14/07/2013 13:46:00


Por Mercedes Rodríguez García

 

«Demos las gracias a aquellos hombres generosos que entregaron su sangre y sus vidas jóvenes a la patria para que nosotros disfrutemos de lo que tenemos hoy, de la oportunidad de ser dueños de nuestro destino, de nuestro trabajo y de nuestro porvenir».  

(Fidel Castro Ruz)

 

Fue el noveno y último de los embarazos de Justa Guedes y la verdad que no quería saber nada de «lomeros» ni «marineros», que para esa altura del año ya habían diseñado y comenzado a construir las carrozas y trabajos de plaza. Además el tiempo apenas le alcanzaba para atender los muchachos, la casa, y lavar la ropa que cobraba por bulto y cuyo importe sumaba a la apretada economía hogareña.

Como la mayoría de las madres humildes cabeza de familia, Justa sentía las tensiones de la época. Y aunque la política no era asunto que les interesara demasiado, el asesinato de Antonio Guiteras hacía solo un par de meses, la traía preocupada dado el rumbo que pudieran tomar los acontecimientos.

Por fin, el 9 de agosto de 1935 nació Pablito, un niño lo que se dice hermoso: sano, gordito y con mucho pelo, al que no faltarían los halagos del vecindario, y en lo adelante, los mimos y cuidados de sus hermanos mayores, una escalera de chiquillos que pronto dejarían Caibarién para ir a residir a la capital cubana, ciudad que por los años1940 ofrecía mayores y mejores oportunidades de trabajo.

Pero la vida no les cambió mucho. Lo ahorrado hasta entonces apenas alcanzó para el costo del pasaje por tren y el alquiler de una modestísima  vivienda en un barrio de la periferia habanera. En La Lisa, municipio Marianao, establecieron el nuevo hogar. Con no pocos sacrificios y privaciones, la familia pudo salir adelante, y con el aporte de cada cual según la edad, comer, vestir y calzar honradamente, sin apenas juguetes, pero con los lápices y libretas imprescindibles para continuar la escuela.

En la Academia «Barrios», cursó Pablo del primero al quinto grados. Era un muchacho despierto, intranquilo, aplicado e inteligente al que le encantaba estudiar, y aunque en general obtenía buenas calificaciones, se destacaba en Aritmética e Historia, lo que debe haber resultado decisivo para que le otorgaran una beca en el colegio «América Arias», donde, en 1947, finalizó la enseñanza primaria.

Han contado quienes le trataron que ya a esa edad Pablito razonaba con la mentalidad de un adulto, y que dada su personalidad atraía a los compañeritos de clase con sus cuentos y cavilaciones. Incluso, algunos vecinos comentaban asombrados cómo el niño hablaba con elocuencia de explotados y explotadores.

En las inconsistentes y parcas fuentes bibliográficas disponibles, no constan narraciones testimoniales. No obstante, llama la atención una anécdota referida al día que «el director de la escuela primaria»  —sin otro referente—  mandó a buscar a la mamá para plantearle su preocupación porque el muchacho discutía sobre política y «creaba dificultades en el centro. Entonces, para evitar «problemas mayores», le sugirió sentarse con el muchacho y aconsejarle al respecto «porque ese tipo de conversación no estaba acorde con su edad ni con las circunstancias».

Y no es de extrañar que así ocurriera porque Macho, como solían llamarle los más allegados, sentía predilección por la lectura, hábito que lo llevó más adelante a la búsqueda de libros de escritores rusos que le ayudaran a comprender la Revolución de 1917, liderada por los Bolcheviques bajo la dirección de Vladimir Lenin.

Mas, a pesar de su demostrada inteligencia y capacidad reflexiva que vislumbraba a un magnífico bachiller, Pablo debió  echar a un lado los estudios y comenzar a ganarse el sustento como vendedor en un kiosco, hasta que encontró trabajo como aprendiz de albañil en una construcción.

El rudo oficio acondicionó su porte y lo preparó para el esfuerzo físico, pero sin abandonar los afanes lectores, cada vez más definidos y encaminados a saciar su interés creciente sobre la fundación del estado soviético, y su papel esencial en la derrota del fascismo y en el avance de la humanidad hacia nuevas formas de organización social más justas y solidarias.

Y no es que él fuera un «comunista bolchevique», como un día le llamaron durante una conversación en la que Pablo argumentaba que la fundación del Partido Comunista en Cuba era una consecuencia directa del triunfo de la revolución de 1917 en la Rusia zarista y de la creación del primer estado socialista de obreros y campesinos.

No, el no era comunista ni pertenecía a un partido en específico porque de  alguna manera —sustentaba— todos estaban dominados por elementos derechistas o entregados a la reacción y al imperialismo.  Si acaso le simpatizaban los ortodoxos que, bajo el liderazgo de Eduardo R. Chibás centraban su plataforma en la honestidad administrativa y se rebelaban contra la corrupción imperante, de ahí su lema «Vergüenza contra dinero».

Fue por entonces que el joven Agüero Guedes se unió a aquel «movimiento regenerador», que casi estaba seguro ganaría las próximas elecciones, señaladas para 1952. Pero el domingo 5 de agosto de 1951 una nube tormentosa empañó sus ilusiones. Ese día, ante los micrófonos de la emisora radial CMQ, mientras dirigía una alocución contra la política corrupta del presidente Prío Socarrás, Chibás se disparó un tiro. Once días después, falleció,  y el sueño de Pablo y de millones de cubanos se vino abajo.

Luego, el Golpe del 10 de marzo terminó cerrando por completo el incierto panorama nacional, ahora ensombrecido hasta la oscuridad total. El régimen cuartelario de Fulgencio Batista vendría a representar un control aún más férreo y antipopular de la oligarquía imperialista, proimperialista y reaccionaria que había monopolizado el aparato estatal cubano hasta la caída de Gerardo Machado, el 12 de agosto de 1933,  y cuyos mismos caminos ensangrentados transitaría el astuto e inteligente sargento taquígrafo devenido General y Presidente de la República.

Y sería ese mismo camino empapado en sangre de campesinos, obreros, estudiantes, y de no pocos  inocentes, el escogido por un numeroso grupo de jóvenes, que el 26 de julio de 1953 trascendería a la gloria. Entre ellos, a solo un mes de cumplir los 18 años, Pablo Agüero Guedes, ya convertido en todo un conspirador miembro de una célula en el barrio «Pocito»,  bajo la jefatura de Hugo Camejo Valdez, e integrada Agustín Díaz Cartaya, Pedro Véliz Hernández, José Testá Zaragoza, Rafael Freire Torres y Rolando San Román y de Las Llamas, y su amigo y compañero de trabajo Lázaro Hernández Arroyo.

Junto a estos y otros compañeros Pablo consolidaría sus ideales de justicia y comenzaría a entrenarse para la lucha que organizaba «un abogado incorruptible llamado Fidel Castro Ruz».

Mucho tuvo que significarse Pablo en el manejo de las armas para que fuera seleccionado entre el selecto grupo escogido por  Abel Santamaría Cuadrado y el propio Fidel, para la acción que proyectaban y sobre la cual poquísimos conocían.

Solo el 24 de julio de 1953 supo Pablo lo que en esos momentos a él concernía:

—Prepárate para salir por unos días de La Habana y cumplir una tarea del movimiento.

—¿Muchos?

— Pablo, la verdad, no sé, pero cancela todo lo que tengas pendiente y toma medidas con la familia.

—Hugo, ¿ y qué le digo a mi madre?

—Que te vas de paseo con unos amigos a otra provincia, a la playa, al campo, no sé, pero que sea un cuento creíble… ¡Ah!,  dile que volverás en un par de días.

—¿Puedo ir a trabajar hoy?

—Sí, hoy haces todo como de costumbre.

—¿Y a dónde es la cosa?

—Eso tampoco lo sé, nos enteraremos a su debido tiempo.

Ese día Pablo laboró hasta las cinco de la tarde pero,  al recibir el salario de manos del maestro de obras, le informó que no podría regresar hasta el lunes pues tenía necesidad de ir a Las Villas, a resolver unos asuntos de familia. Cuando llegó a la casa fue directo a bañarse, después de comida comunicó a Justa:

—Mañana temprano me voy con Lázaro y otros amigos de la construcción para Varadero.

—¿Regresas en el día?

—No, es posible que de allí nos vayamos para los carnavales de Santiago de Cuba.

—¿Y esa locura? Santiago queda lejos. Y allá, ¿dónde te vas a quedar? Ahorra, mira que el dinero está escaso…

— No te preocupes, nos quedaremos en la casa de unos parientes de Lázaro.

—¿Y van mujeres?

—¡Claro, mamá, si no la fiesta no sirve!

Al día siguiente Pablo se integró al resto del grupo con el que debía partir. Ya en Santiago de Cuba, la misma noche de la llegada, Fidel les imparte las últimas orientaciones. ¿Objetivo final? El cuartel «Carlos Manuel de Céspedes», en Bayamo.

Al amanecer, divididos en tres grupos, 27  hombres armados parten hacia el combate. Llegan a las proximidades del redil batistiano. Avanzan sigilosamente hacia su parte trasera, no sin antes atravesar dos cercas. Salvan la primera, pero entre esta y la segunda, un montón de latas. Tropiezan…

—¡Corre Pablo, que esto se va a poner malo!

—No hay tiempo, dale, dispara que ya nos descubrieron

—Nos van a  matar, albañil.

—Entonces, moriremos por Cuba.

Ha fracasado el factor sorpresa. El débil armamento de los revolucionarios no puede enfrentar con efectividad el fuego de los militares. No queda otro remedio que la retirada.

Durante la dispersión, tratando de burlar la persecución de la soldadesca Pablo y un reducido grupo de asaltantes se internan unos arrozales. Están hambrientos, fatigados, sedientos. En un pequeño bohío abandonado en la finca Ceja de Limones, a una decena de kilómetros de Bayamo, son capturados y ultimados sin poder ofrecer resistencia.

La familia no supo de Pablo hasta que fue divulgada la lista de los caídos. Años después Reina Isabel,  una de sus hermanas, contó como gracias a la información de un sepulturero que contactó con la madre, «se pudieron rescatar los restos junto a la camisa de cuadros ensangrentada que llevaba puesta Pablo el día del asalto. En una «cajita —dijo— nos llevamos los huesos para la casa, hasta que pudimos darle sepultura […] mamá sufrió mucho la muerte de Macho, pero al menos tuvo el consuelo de que no lo torturaron, ni que como a Pedro Miret, Abelardo Crespo y Fidel Labrador le inyectaran aire y alcanfor en las venas para matarlo […] Lo asesinaron, sí. Y no ha muerto, su patria lo acogió para siempre. Los hombres honrados y valientes como él viven eternamente…»

 

 

 

Morir para vivir en brazos de la Patria agradecida

Morir para vivir en  brazos de la Patria agradecida

 

 

14/07/2013 13:30:28

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

«Hay un límite al llanto sobre las sepulturas de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se jura sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abata ni se debilita jamás; porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra.»

José Martí

 

Aunque la mayoría de los conspiradores para el asalto a los cuarteles de Bayamo y Santiago de Cuba provenían de células del movimiento en la región occidental de Cuba, la zona central también estuvo representada por seis jóvenes combatientes, entre ellos Roberto Mederos Rodríguez, nacido el 21 de febrero de 1929 en Sagua la Grande, ciudad al norte de la entonces provincia de Las Villas. 

Pero fue poco el tiempo que Roberto pasó en el terruño natal. El padre, presionado por la situación económica vivía el país, decidió probar suerte en La Habana, donde no le fue del todo mal pese a que —con Gerardo Machado en el poder— el día a día se torna cada vez más incierto y difícil. 

En la casa No. 360 de la calle Monte entre Amistad y Águila, transcurren los primeros años escolares de Roberto, segundo de los cuatro hijos del matrimonio Mederos Rodríguez. Como a todos los niños de su edad disfruta de los juegos activos como el tejo y pelota, aunque —según los escasos referentes biográficos existentes— su comportamiento resulta mucho más sosegado que el resto de los muchachos de la barriada, en pleno corazón de la Habana Vieja. 

En la escuela pública No. 21, situada en Rayo e Indio. En La Habana Roberto estudia hasta sexto grado. Sus resultados académicos notables, clara inteligencia y gusto por la lectura, hacen pensar en un futuro promisorio. Sin embargo, a los 14 años abandona los estudios y comienza a laborar en la sección filatélica de la librería «Venecia», ubicada en Obispo y Bernaza. 

Corre el año 1943 y una nueva Carta Magna avizora un nuevo período de legalidad institucional, inaugurado por Fulgencio Batista, y continuado por sucesivos gobiernos, que ya el joven Roberto Mederos vislumbra no resolverían los grandes problemas de aquella, su Cuba que sufre la represión política, los asesinatos de líderes opositores, una fuerte censura de prensa y, por si fuera poco, los desmanes de grupos gansteriles que controlan el negocio de la droga, la prostitución y los juegos prohibidos.

 

A la librería y populosos establecimientos y plazas que la circundan van algunos intelectuales y revolucionarios preclaros, incluso  militantes del Partido Auténtico que, descontentos con la línea de los gobiernos auténticos, se agrupan bajo la dirección de Eduardo Chibás, fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). El popular líder promete cumplir las promesas traicionadas por los auténticos,  y en él millones de cubanos cifran sus ilusiones.

Y aunque todo auguraba el triunfo ortodoxo en las elecciones de 1952, los anhelos se verían frustrados por el Golpe Militar del 10 de marzo de 1952, hecho que en última instancia le hace definir a Roberto con mayor claridad cual sería el camino a elegir: «Hay que barrer con los politiqueros, y también con los batistianos y toda esta gente que se burla del pueblo, que traiciona la Patria», comentaba Roberto con compañeros de la agrupación Acción Juvenil Ortodoxa (AJO), de la cual llegó a ser Secretario Provincial en La Habana y mediante la cual estableció vínculos de amistad con Fidel y con otros jóvenes revolucionarios. 

Participa en actividades contra el régimen, actos de calle con los estudiantes,  manifestaciones y otras acciones riesgosas contra el régimen,  y ya como integrante de una célula se dedica  por entero al movimiento.  Al igual que los futuros moncadistas realiza prácticas de tiro en fincas alrededor de La Habana y en los Baños de Martín Mesa, en Guanajay. Su rico historial en la lucha contra el tirano y el prestigio ganado dentro del movimiento, lo hacen fiador de la confianza de Fidel y de ser escogido «para algo grande que no sabía qué era». 

En 2010, entrevistada por la colega Lourdes Rey Veitía, Petra Rodríguez, prima de Roberto, se refirió a la noche del 24 de Julio de 1953, cuando salió de su casa con el pretexto de un viaje con unos amigos a la playa: 

«Su muerte sorprendió. La familia más cercana lo hacia por esos días en Varadero en un velero. Que cosas más dispar, de la playa más linda del mundo a la realidad más cruel. […] Luego  su propia madre razonaba que aquello de regresar tarde en la noche con la ropa enfangada era porque estaba en las prácticas de tiro…». 

Dos días después, en el primero de una singular caravana de tres autos partiría rumbo hospital santiaguero «Saturnino Lora». En el carro, conducido por Abel Santamaría iban, además, Osvaldo Socarrás Martínez, Félix Rivero Vasallo, Gerardo Antonio Álvarez Álvarez, Juan Manuel Ameijeiras Delgado y Pablo Cartas Rodríguez.

En la última etapa de la acción y durante tres horas los jóvenes se enfrentan al enemigo hasta que, agotado el parque, son capturados torturados y, en deplorable estado, llevados al cuartel Moncada. Ninguno de ellos sobrevivió.  Allí, en las caballerizas, fueron asesinados.  

De nuevo las palabras de Petra Rodríguez: «Nunca me lo hubiera imaginado con un fusil en la mano, pero ya ve usted cuando tuvo que decidir lo hizo hasta el punto de entregar la vida. Hasta después de muerto Roberto nos sorprendió  cuando supimos de su hidalguía, la entereza y el valor de aquella acción donde dejo la vida».

Pero no, Roberto Mederos Rodríguez murió para vivir. El 26 de julio de 1953, este joven hijo de Villa Clara partió definitivamente hacia los brazos abiertos de la Patria agradecida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando el deber obliga al sacrificio

Cuando el deber obliga al sacrificio

 

 

13/07/2013 19:30:48


Por Mercedes Rodríguez García


Sobre alegrías han de levantarse los pueblos y no sobre dolores. Pero en las horas aciagas de la Patria, el corazón se vuelve temerario y reviven las fuerzas nobles del espíritu; la muerte cabalga generosa y la gloria se torna apetecida. Es la hora en punto de los hornos, el minuto sublime del esfuerzo, el segundo supremo de la vida, ese instante de la consagración humana porque es de verdad cuando el deber obliga al sacrificio. 

(Exergo basado en Alegato de Defensa LA Historia me Absolverá, de  Fidel Castro Ruz)


No ha cumplido los 13 años y ya a Osvaldito le cortan sus sueños de un tirón. Se terminaron la escuela, las canicas, las postalitas Susini, el bate y la pelota... ¡A trabajar! Pero el niño no se queja, solo de vez en cuando le pregunta a Felicia, su hermana, si algún día se acabará la pobreza, porque «ya lo tiene aburrido».  Y ella, ¿qué le va a decir? «No sé, no sé. Dale, duérmete ya a ver qué pasa mañana».

Y mañana amaneció igualito, aunque con un poquito más de alegría:

—Vamos, Osvaldito, vístete, no te demores, que el barbero nos está esperando.

—¿Otra vez, papá? Si ya nos pelamos la semana pasada.

—No vamos a pelarnos, vamos a que Manuel Vizcaíno te ponga a trabajar con él; si tienes dotes y le demuestras responsabilidad y dedicación, a lo mejor te enseña a pelar.

—Pero a mí eso no me gusta, papá.

—No importa, ahora no se trata de gustos, sino de necesidad.

Fue así como el hijo de José Socarrás y Antonia Martínez aprendió ese oficio, que llegó a dominar no sin antes barrer mucho pelo y hacer cuanto mandado requería su maestro, lo mismo para la casa que para el negocio. Pelar y afeitar no le gustaba, pero en Santa Clara ¿a qué más aspirar? Había que esperar, y si lograba reunir el dinero necesario, entonces «cualquier día de estos» irse a probar suerte a La Habana. Pero sería lo mismo.

Machado gobierna en Cuba con una política represiva, encarcelamientos, torturas y asesinatos.

Como todo trabajador de la época, Osvaldo permanece al tanto de la situación revolucionaria creada, la cual estallará  el 12 de agosto de 1933 con la huida del dictador.

A decir verdad, se siente decepcionado. Un gobierno tras otro, ¡y nada! La misma política militarista y represiva de Batista como jefe del Ejército.

Ya ni leer la prensa se puede. La fuerte censura silencia la verdad, y por si fuera poco, grupos gansteriles que controlan el negocio de la droga, la prostitución y los juegos prohi¬bidos se adueñan de las calles habaneras.

El Partido Ortodoxo promete cumplir las promesas traicionadas por los auténticos; el carisma de Chibás, decisivo en la aceptación del pueblo, le atrae grandemente. En las elecciones de 1952 Osvaldo cifra sus esperanzas, frustradas de nuevo por la asonada militar que asaltó el poder el 10 de marzo. El gobierno militar de facto sustituye el Congreso por un Consejo Consultivo, elimina la Constitución del 40 y establece los estatutos constitucionales. Liquida la libertad de expresión, de reunión, de huelga, y establece la pena de muerte.

En La Habana Osvaldo siente como nunca antes la pobreza y la marginación. Mas, por suerte ha encontrado trabajo como parqueador de autos, frente al Parque Central. Pese a su carácter reservado ha logrado establecer contactos con algunos revolucionarios ortodoxos y también militantes del Partido Socialista Popular (PSP). En franca rebeldía ofrece declaraciones a la prensa.

El 14 de octubre de 1952, el periódico Hoy publica la entrevista. En esta el obrero Osvaldo Socarrás Martínez se pregunta:

«¿Dónde están las fuentes de trabajo que iban a crear? ¿Donde está el bienestar que dijeron tendría el pueblo? [...] En mi oficio de parqueador no hay límite para la labor. La cuestión es trabajar para comer y costear el alojamiento [...] Mi situación es peor que antes y [...] ¡qué duro es pasar hambre! Aquí donde me ve, solo tengo treinta y tres años, y parece que tengo veinte más [...]».

Las palabras de Osvaldo fueron conocidas por el pueblo. La policía y los cuerpos represivos batistianos lo fichan y buscan por todas partes. Al fin, logra contactar, a través de Juan Manuel Márquez, con los hermanos Ameijeiras Delgado, quienes más tarde lo llevan a conocer personalmente a un joven abogado cuyas primeras actividades políticas se habían desarrollado en el medio universitario y las filas de la ortodoxia.

Fidel, quien preconiza una nueva estrategia de lucha armada contra la dictadura, le causa una gran impresión. «Es Martí en persona», le dice al padre el 18 de julio de 1953, durante una visita a su casa en la calle Padre Tudurí, en Santa Clara. En aquella oportunidad saluda a su hermana Felicia y se despide de su madre.

Muy poco o nada se sabe del paso de Osvaldo por su ciudad natal. Semanas después del 26 de julio de 1953, la familia se enteraría extraoficialmente de que su hijo, nacido el 27 de noviembre de 1918, era uno de los protagonistas del asalto al Moncada.

Aquel histórico día una singular caravana de tres autos avanza rumbo al hospital Saturnino Lora. En el primero, conducido por Abel, va Osvaldo junto a cinco compañeros más. Por tres horas se enfrentan al enemigo. El ataque del ejército se concentra en ellos en la última etapa de la acción, hasta que, agotado el parque, deciden vestirse con la ropa de los enfermos. Los jóvenes detenidos en el hospital son llevados al cuartel Moncada y entregados a un teniente y varios soldados, quienes los golpean, atropellan, mancillan y, finalmente, asesinan.

La prueba más rotunda de que los prisioneros fueron matados brutalmente, sin misericordia, quedó registrada en las actas de constitución de la Sala de Vacaciones del Tribunal de Urgencia levantadas en el cementerio de Santa Ifigenia cuando los médicos forenses examinaron los cadáveres de los revolucionarios; todos ellos verdaderas «Pruebas de horror» que conforman el capítulo 8 del libro La Generación del Centenario en el Moncada, escrito por Marta Rojas.

Para la posteridad, a punto de cumplirse 60 años de la gloriosa gesta, queda lo heroico del gesto y los recuerdos de Melba Hernández, la Heroína del Moncada, sobre Osvaldo Socarrás:

«Fue la última persona que vi, y observé que, no obstante ser un hombre ya maduro, tenía una expresión resuelta y entusiasta, que no se diferenciaba en nada de la de sus compañeros mucho más jóvenes».

«QUIERO PARTICIPAR EN LA HISTORIA» 

En 1953 Elpidio es uno de los pocos integrantes del Movimiento que conoce el verdadero objetivo de la acción insurgente que tendría lugar el 26 de julio, y para la cual Fidel le asignó encomiendas muy específicas, como colaborar con Abel Santamaría Cuadrado y Renato Guitart Rosell en la organización de una acción armada que llevarían a cabo en Oriente.

Como miembro de una célula, sabía muy bien que la discreción y la disciplina constituían aspectos de estricta obligatoriedad, y cualquier infracción resultaba causa inapelable de expulsión. Ahora, dada la confianza depositada en él, estaba más seguro que nunca. ¡Al fin llegaba la hora de transformar en acción trascendente la voluntad del pueblo!

A su familia le dijo que viajaría a Pinar del Río, a pasar unos días en una finca arrocera.

—¿Y mamá te creyó el cuento?, le preguntó su hermano mayor, Carlos, también vinculado a la juventud ortodoxa.

—No sé, pero a ti puedo decirte algo: Voy a la muerte, tengo la seguridad de que voy a morir, pero la causa que defendemos no admite demoras. Estoy enfermo de asco desde que se encaramó en el poder el tirano.

—No seas fatídico, Elpidio.

—No, soy objetivo. Y no puedo ni quiero hablar de esto, lo que hay que hacer se hará. Yo seguramente no podré verlo, pero surgirá una Cuba nueva, limpia y diferente.

Las instrucciones para la selección de los asaltantes fueron dadas a los jefes de células. Según escribe Mario Mencía en el volumen II de El grito del Moncada, entre los más decididos se escogerían, preferiblemente, los que no tuvieran hijos. Pero ni siquiera los más decididos podrían ir todos, ni de todas las células. El límite lo determinaba la escasa cantidad de armas disponibles.

Y para adquirir aquellas armas, pertrechos y cubrir los gastos que implicaba la acción, el Movimiento logró reunir la suma de $16 480,00. ¿Cómo pudieron juntar esa cantidad? Durante el juicio, una vez terminada la lectura de los cargos, Fidel mismo da la respuesta: «Prescindiendo muchas veces hasta de las necesidades más perentorias, como la comida y la luz, hasta de los instrumentos de trabajo, que muchas veces vendieron o empeñaron». Luego, en su alegato de autodefensa La Historia me absolverá, destaca particularmente el gesto del revolucionario sagüero Elpidio Sosa:

«Con mayor orgullo que nunca digo que consecuentes con nuestros principios, ningún político de ayer nos vio tocar a sus puertas pidiendo un centavo, que nuestros medios se reunieron con ejemplos de sacrificio que no tienen paralelo, como el de aquel joven, Elpidio Sosa, que vendió su empleo y se me presentó un día con trescientos pesos "para la causa" [...] Hace falta tener una fe muy grande en su patria para proceder así, y estos recuerdos de idealismo me llevaron directamente al más amargo capítulo de esta defensa: el precio que les hizo pagar la tiranía por querer librar a Cuba de la opresión y la injusticia».

A Santiago llegó Elpidio a mediados de julio. La víspera del asalto no se le nota ni serio, ni triste, ni preocupado; tampoco, alegre en exceso. En él resaltan el pelo negro y ondulado, y unos espejuelos de marco oscuro que atemperan la miopía, pero a la vez le endurecen el rostro. Si sonríe lo hace con amplitud, de manera que el fino bigote se estira de comisura a comisura, y le da un toque de sensualidad a los labios.

Faltan apenas horas para iniciar las acciones en Bayamo y Santiago. Sobre las tres de la madrugada comienzan a prepararse los hombres que se encontraban en La Granjita. Algunos bromean mientras se ponen el uniforme del ejército que iban a combatir. A uno le quedaba ancho; a otro, estrecho; a un tercero, el pantalón no le llegaba al tobillo...

—Elpidio, pareces un general con esa gorra.

—Me queda bailando, pero no hay más.

—Dime una cosa, ¿no tienes miedo de que te maten en esta?

—No, morir en la acción siempre es mejor que caer prisionero. Yo soy un hombre que quiere luchar; yo quiero participar en la historia. Pero no sé por qué tengo un mal presentimiento.

—Deja eso, Elpidio, ¿qué hora es ya? Son más de las cuatro, apúrate.

—Sí, Fidel ya está ahí, seguro que encabronado por el tiro que se escapó.

Elpidio Casimiro Sosa González fue el único integrante de la célula de Antonio (Ñico) López  Fernández que caería en las acciones del 26 de julio de 1953. Sus premoniciones se cumplieron. Cayó en la lucha. La historia lo abrazó como protagonista.

El «santo coraje» de Che Guevara

El «santo coraje» de Che Guevara


11/6/2013 8:39:45

 

Aquel hombre-leyenda, cumpliría este 14 de junio, 85 años de nacido en Rosario, Argentina. El Guerrillero Heroico fue sin dudas un valiente,  pero también un hombre que conoció el temor, aunque supo vencerlo, hasta convertirse en un «santo del coraje».

 

«Un hombre como todos los demás», así se sentía el Che, según él mismo confesó a un muchacho en la Unidad Experimental Ciro Redondo, en Jovellanos, Matanzas, en 1965. Solo que llegó a ser un hombre extraordinario.

«Si algún soldado veterano de nuestra guerra de liberación dice que nunca ha corrido, pueden decirle, en su cara, que miente», confesó el guerrillero. En tal sentido sostuvo: «Todos corrimos y pasamos por el período en que las sombras asustan».(1)

En la Sierra Maestra, cerca del caserío Santa Rosa, el Che y sus hombres fueron detectados por la tropa del comandante Sánchez Mosquera, uno de los oficiales del Ejército de la dictadura que combatió a la guerrilla en las montañas, en 1958.

Sin saber la posición exacta de los rebeldes, los soldados dispararon varios morterazos inútiles y no causaron ningún estrago. A los pocos minutos se generalizó un tiroteo y el Che se vio atrapado virtualmente entre dos fuegos. Muy pronto, por la izquierda del lugar donde estaba, gritando desaforadamente, subían los soldados, al tiempo que los rebeldes más inexpertos, disparando tiros esporádicos, salieron corriendo loma abajo, en dirección contraria.

Guevara sabía perfectamente que estaba solo en un potrero donde no había ni un matojo y, para colmo, observó cómo asomaban por la loma los cascos del enemigo. Al ver que un guardia perseguía a varios de sus compañeros ladera abajo, le disparó con su subametralladora Beretta, aunque no pudo alcanzarlo.

En cambio delató dónde se encontraba y le cayeron a tiros. Dejemos que sea el mismo rebelde quien cuente lo demás: «Emprendí una zigzagueante carrera, llevando sobre los hombros mil balas que portaba en una tremenda cartuchera de cuero, y saludado por los gritos de desprecio de algunos soldados enemigos. Al llegar cerca del refugio de los árboles, mi pistola se cayó. Mi único gesto altivo de esa mañana triste fue frenar, volver sobre mis pasos, recoger la pistola y salir corriendo, saludado esta vez, por la pequeña polvareda que levantaban como puntillas a mi alrededor las balas de los fusiles», relató en sus Pasajes de la Guerra Revolucionaria.

El enemigo desconocía que el veloz enemigo era el médico argentino Ernesto Guevara de la Serna, uno de los expedicionarios del yate Granma que luego se convertiría en leyenda viva.

No era posible seguir huyendo

«Cuando me consideré a salvo —continúa el Che— sin saber de mis compañeros ni del resultado de la ofensiva, quedé descansando, parapetado en una gran piedra, en medio del monte. El asma piadosamente me había dejado correr unos cuantos metros, pero se vengaba de mí, y el corazón saltaba dentro del pecho.

«Sentí la ruptura de ramas por gente que se acercaba, ya no era posible seguir huyendo (¡que realmente era lo que tenía ganas de hacer!), esta vez era otro compañero nuestro, extraviado, recluta recién incorporado a la tropa. Su frase de consuelo fue más o menos: “¡No se preocupe, Comandante, yo muero con usted!”. Yo no tenía ganas de morir, y sí tentaciones de recordarle algo de su madre, pero me parece que no lo hice. ¡Ese día me sentí cobarde!».(2)

Muchas anécdotas y expresiones del Che se perdieron en los primeros tiempos, porque quizá él mismo no consideró  perdurables sus cosas más personales. Sin embargo, dado a escribir, dejó constancia de muchos de sus pasos por la vida y de sus ideas.

En una parte de la carta escrita a su mamá desde Bogotá, Colombia, el 6 de julio de 1952, se revela de carne y hueso: «Durante una de mis guardias me anoté un punto en contra, ya que un pollo que llevábamos para el morfi (almuerzo) cayó al agua y se lo llevó la corriente. Y yo, que antes en San Pablo había atravesado el río, me achiqué en gran forma para ir a buscarlo, mitad por los caimanes que se dejaban ver de vez en cuando, y mitad porque nunca he podido vencer del todo el miedo que me da el agua de noche. Seguro que si estabas vos le sacabas, y Ana María creo que también, ya que no tienen esos complejos nochísticos que me dan a mí».(3)

El día que más corrió

¡Claro que el Che fue un hombre valiente! Pero no puede calificarse de tal quien no ha dado muestras precisamente de dominar el asedio del miedo: hay que graduarse. No se pueden violentar las etapas, es preciso vivirlas. El Che demostró siempre estar graduado en intensidades, porque pasó todos los exámenes y sacó muy buenas calificaciones en la asignatura del valor. Lo que ocurre es que en ese curso hay tareas para la casa que requieren saber correr cuando no queda otra alternativa.

Es muy valioso el testimonio de uno de sus escoltas en la Sierra Maestra y años más tarde integrante de su guerrilla en las selvas bolivianas, que muestra al Comandante Guevara en un instante difícil de su actuar como guerrillero. Se había preparado el cerco de Las Mercedes, poco tiempo antes de iniciar la heroica invasión de las columnas rebeldes hacia el occidente del país, y ocurrió lo que explica el citado combatiente:

«En esos días íbamos con él dos compañeros y yo; el resto de la columna se colocó a lo largo del camino. Frente a una casa nos dieron el alto, y cuando nos dimos cuenta allí estaba el ejército, que comenzó a disparar, nosotros a correr, ellos a tirarnos y nosotros a correr más rápido, hasta que logramos salir. Yo creo que esa fue la vez que más corrió el Che en su vida, porque aquello parecía una competencia de campo y pista. Cuando nos alejamos, preparó la columna y organizó la defensa».(4)

Uno aprende a vencer todos los temores, pero son los años los mejores maestros. Los primeros miedos aparecen en los días iniciales de nuestra existencia. El Che, lógicamente, no fue de ningún modo una excepción. Cuando tenía 24 años, en 1952, un día de gran peligro, sintió el miedo rozándole la piel.

Con su amigo Alberto Granado inició el ascenso de un alto cerro cuya punta cubría la nieve. Los relojes marcaban las 12:15 del día. Una hora y 15 minutos más tarde los jóvenes reían a sus anchas de lo que precisamente su juventud les permitía hacer. A las dos de la tarde sudaban copiosamente y a las cinco escalaban con éxito la parte rocosa. Ernesto Guevara anotó estos detalles en su diario:

«Allí quedé encajado, al caérseme una piedra que me servía de apoyo y no podía ir para arriba y tampoco para abajo. Al ver la caída, como de 30 metros que tenía abajo y la imposibilidad de subir, me di cuenta de que ¡tenía un miedo bárbaro! Quedé media hora achatado contra las piedras, dándome valor mentalmente. Al fin, sin mirar abajo, empecé a subir con una lentitud atroz, hasta hacer pie en la roca firme».(5)

En marzo de 1958 Guevara ubicó un campamento provisional en La Otilia, Sierra Maestra, desde donde partió una mañana con el fin de ver a Fidel en El Jíbaro. Cuando regresaba de ese viaje por abruptos senderos serranos, tuvo una desagradable experiencia. Su ayudante se había quedado por razones que no vienen al caso precisar ahora, y tuvo que valerse de un nuevo guía. La noche estaba clara, pero no dejaba por eso de ser noche, y en las proximidades del campamento, en la casa de un latifundista de aquella zona, vieron varios mulos en circunstancias muy raras. Las bestias, en hilera, con sus arreos puestos, pero tiradas en el suelo, muertas.

El Che y su improvisado práctico no pudieron evitar el asombro que sintieron ante el singular espectáculo. La sensación de temor fue tan fuerte que el guía se montó en su caballo y desistió de continuar con el jefe rebelde, pretextando desconocer el sitio donde se encontraban.

No obstante la situación, el Comandante Guevara contó al respecto que se separaron amigablemente y quedó solo en medio de lo inexplicable. Después lo relató así:

«Yo tenía una Beretta y, con ella montada, llevando el caballo de las riendas, me interné en los primeros cafetales. Al llegar a una casa abandonada, un tremendo ruido me sobresaltó hasta el punto de que por poco disparo, pero era solo un puerco asustado también por mi presencia. Lentamente y, con muchas precauciones, fui recorriendo los escasos centenares de metros que me separaban de nuestra posición, en la que encontré un compañero que había quedado durmiendo en la casa.

«El oficial rebelde que quedó al mando de la tropa, ordenó la evacuación de la vivienda, previendo algún ataque nocturno o de madrugada. Como las tropas estaban bien diseminadas defendiendo el lugar, me acosté a dormir con el único acompañante. Toda aquella escena no tiene para mí otro significado que el de la satisfacción que experimenté al haber vencido el miedo durante un trayecto que se me antojó eterno, hasta llegar, por fin, solitario, al puesto de mando. Esa noche me sentí valiente».(6)

Dos hermanos gemelos, de piel negra como el azabache, nativos del municipio de Güira de Melena, Pedro Osvaldo y Pablo Bárbaro, estuvieron con el Che en el Congo, África, en 1965. Los dos —Sita y Saba, respectivamente (como seudónimos), participaron en el ataque al cuartel de Forces Bendera, el 29 de junio de ese año. Por aquellas tierras africanas recibieron su bautismo de fuego guerrillero, pero en el primer combate sintieron que el bichito del miedo les recorrió el cuerpo y se lo comunicaron a su jefe.

Uno de ellos, le dijo: «Comandante, cuando escuchamos los primeros tiros no sabíamos qué íbamos a hacer. Experimentamos un miedo jimagua, nos temblaron las piernas por igual a los dos. ¿Qué usted opina de eso?». A lo que el Che, convencido de lo que les había sucedido a los  mellizos, contestó: «Siempre hay miedo, eso es perfectamente normal, hay que acostumbrarse, uno llega a vencerlo».(7)

Y el Guerrillero Heroico supo vencerlo. Fidel lo catalogaría de muy valiente, muy audaz y a veces temerario: «Se convirtió en uno de los más singulares ejemplos de combatiente y de revolucionario. Che se convirtió en un gran símbolo para el mundo entero, del hombre ejemplar, revolucionario, heroico. Se convirtió, yo diría, en uno de los más singulares ejemplos de combatiente y de revolucionario del Tercer Mundo, e incluso del mundo industrializado».

Ese «santo del coraje», como le han llamado, cuando tuvo delante la muerte, la más dura prueba de un humano, conminó: «¡Apunte bien, va usted a matar a un hombre!».

Nota: Estos testimonios aparecen en el libro inédito del autor: «El hombre de la casa rodante», entregado a la Casa Editora Abril.

Fuentes: (1) Che, pensamiento político, María del Carmen Ariet, Editora Política, 1988. (2) Interludio, revista Verde Olivo, 13 de agosto de 1964. Incluido en Pasajes de la Guerra Revolucionaria, Ernesto Che Guevara, Editorial Arte y Literatura, 1975, p.p. 255-256. (3) Mi hijo el Che, Ernesto Guevara Lynch, Editorial Arte y Literatura, 1988, p. 412. (4) Che entre nosotros, Adys Cupull y Froilán González, Casa Editora Abril, 1992, p. 33, testimonio de Harry Villegas Tamayo, hoy general de brigada de las FAR. (5) Mi hijo el Che… P. 358. (6) Interludio… Pasajes… (7) Con el Che en el Congo, el habanero, 20 octubre 1992, reportaje del autor, testimonio de los gemelos Pedro Osvaldo y Pablo Bárbaro Ortiz Montalvo.

 

(Tomado de : Juventud Rebelde/Luis Hernández Serrano)