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23/02/2013 6:36:02 

 

A las viejas adicciones del alcohol y las drogas, se añaden hoy las adicciones a las compras y a los nuevos aparatos tecnológicos. Toda adicción implica un vacío afectivo. El vacío, reconocido o no, se transforma en una boca voraz e insaciable, que convierte a las personas en devoradoras, que tratan en vano de llenar su vacío interior, y de ocultar bajo montones de cosas su inseguridad existencial. 

 

Por ello, cada día hay más personas hartas de cosas pero hambrientas de cariño. Tienen las neveras y los closets repletos, pero el corazón vacío. Cuanto más compran y consumen, más necesitan comprar y consumir, pues toda adicción exige dosis cada vez mayores. El placer de comprar es muy pasajero, en seguida se disipa, y por ello hay que volver a comprar. Es siempre la nueva compra la que nos hará felices. Por ello, nunca alcanza el dinero y siempre se necesita adquirir más y más sin importar cómo. De este modo, uno termina cada vez más esclavo de sus cosas.

Psicólogos y psiquiatras nos vienen advirtiendo con preocupación que un creciente porcentaje de personas sienten angustia si no tienen a mano el celular, y cada vez más personas se están volviendo esclavos de internet, el chateo, el Facebook y el Twitter. Pero nunca habíamos vivido tan incomunicados como en estos tiempos de explosión de las nuevas tecnologías de la comunicación. ¡Tremenda paradoja!

La revolución de las comunicaciones nos acerca lo lejano y nos está alejando de los cercanos. Vivimos superinformados pero somos cada vez más ignorantes. Chateamos con cualquier desconocido en el otro extremo del planeta, pero nunca hablamos con nuestros vecinos y ni siquiera los conocemos. Se nos ha vuelto imprescindible el celular, pero ya no tenemos tiempo para conversar con la familia, ni con los que tenemos al lado...

Nos la pasamos enviando y recibiendo mensajes de texto, pero ya casi no conversamos, no tenemos tiempo para escuchar los problemas de las personas. Se han puesto de moda las redes sociales, pero raramente nos comunicamos con el compañero de trabajo que tenemos al lado. Vivimos pendientes del nuevo aparato, siempre más potente y con más funciones que el anterior, pero cada vez nos resultan más asfixiantes nuestra soledad e incomunicación.


(Fuente: RNW)