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Por Mercedes Rodríguez García.

Dicen los psicólogos que el alcoholismo no se cura hasta que el alcohólico acepte que lo es y se disponga al tratamiento. Y como enfermedad al fin requiere atención específica y no se debe considerar secundario a otro problema subyacente. Pero no voy a hablar de este fenómeno conocido como dipsomanía, sino de otro. Me refiero al anómalo comportamiento de ciertos grupos: el fenómeno de las tribus humanas, extendido a nivel mundial y del cual no escapa Cuba, aunque se encuentra muy focalizado en su Capital, específicamente en el escenario nocturno de la populosa calle G. Me refiero a los denominados emos, los satánicos, los vampiros y cierta clase de rockeros marginales, entre otros estratos sociales, etiquetados como desajustados, inadaptados, alienados...

Y ello lo considero más grave que el alcoholismo porque para la curación de tal mal no existen clínicas especializadas ni unidades específicas en los hospitales generales y psiquiátricos.

No hace mucho leí  en El Blog de Vladia, un comentario al respecto, aunque abordado tangencialmente. Digo yo, en su arista menos perjudicial. Porque lo de menos es que centenares de jóvenes se reúnan para celebrar allí el Halloween (Noche de Brujas), nombre anglosajón aplicado a la celebración de la noche del 31 de octubre que precede a la fiesta cristiana del Día de Todos los Santos, y cuyo origen se remonta a los antiguos druidas, quienes esa noche Samán, el señor de la muerte, provocaba a las huestes de los espíritus malignos.

No sé por qué rayos hay que celebrar el Halloween y qué tenemos los cubanos en común con esa tradición para que se haya extendido hasta los preuniversitarios y universidades. Tal vez les atraiga sobremanera disfrazarse para de ese modo, sentirse durante algunas horas su personaje favorito, ya sea del cine, del arte y la literatura, de la historia antigua o la mitología. Recuerdo que de niña me vestía de Caperucita durante los carnavales, fiestas populares que fueron perdiendo poco a poco esta característica, por no hablar de los bailes de disfraces que tanto disfrutaron nuestros abuelos. Y También se trataba de celebraciones «traspoladas» del Viejo Continente, en este caso España.

Cuenta Vladia que al preguntarle a uno de aquellos jóvenes por qué Halloween y no otra cosa, le respondió: «Es lo que se usa». Y más adelante refiere otra celebración que cobra adeptos: las Piyamadas, (de piyama o pijama), para caer de lleno -y culpar por sus influencias perniciosas- a la televisión con su tanda de películas y videos foráneos, en su mayoría de factura estadounidense, sin soslayar los mensajes provenientes de Internet y sus influjos en las mentes y actitudes humanas.

Claro, Vladia reconoce la carencia de opciones recreativas acorde con los intereses de un grupo etáreo cuya característica fundamental es la rebeldía -con o sin causa-, y cuyas bases pueden hallarse en la necesidad de ser reconocidos y aplaudidos por los mayores, siempre machucándoles la vida porque simplemente se han olvidado de lo que fueron e hicieron y de que los tiempos cambian, y seguirán cambiando porque así sucede desde que el mundo es mundo y Sócrates era Sócrates.

Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente. El fenómeno (no el Halloween, sino del desacato, la violencia, la delincuencia, los excesos rayanos en el vandalismo) se extienden, como mala yerba, y me parece que no basta con echarle la culpa a los medios de comunicación audiovisual, encargados también de investigar y denunciar el fenómeno, sin descontar la labor persuasiva y educativa  que también les corresponde.

¿Por qué la juventud está aburrida? ¿Por qué busca diversión en fiestas foráneas? Sí, Vladia, como tú escribes: para eso están los investigadores que, luego de pasarse meses revisando la bibliografía, haciendo trabajo de campo, analizando resultados, ofrecen  conclusiones y recomendaciones que, en mucho casos, suelen morir en el intento de cambiar todo aquello que debe ser cambiado.

«Aspiramos a un hombre nuevo -escribe Vladia-, se hacen reuniones y más reuniones sobre los valores; pero los pulóveres con la imagen del Che solo es posible adquirirlos en dólares; las gorras con la bandera cubana ¿dónde están?, ¿dónde las imágenes que refuercen el sentido de nacionalidad? No hay una sola película norteamericana en que no aparezca al menos un par de veces la bandera de esa nación, que es también la de Martin Luther King y George Washington.»

Bien eso de afianzar las raíces, cuestión que no sucede de un día para otro. Hemos sido solidarios pero no falta una cuota de nacionalismo. No podemos escapar del mundo y de sus influencias; tampoco, encerrarnos en una campana de cristal. Tempos difíciles hemos pasado, pero los problemas que predominaban actuaban más sobre los estómagos y el cuerpo que sobre los cerebros. Las sirenas van a continuar emitiendo sus cantos. ¿Taparnos los oídos para no caer en la tentación? O, ¿coger al toro por los cuernos? Lo que son se encuentra en casa, se busca afuera. 

La cuestión es el debilitamiento cívico debido a varios factores sociales, políticos e ideológicos, amén de los influjos de la industria cultural, por demás globalizada y capitalista. Se han perdido los referentes, valores y paradigmas revolucionarios, deteriorados por errores y carencias propias.

Como sucede con el alcoholismo, a medida que la sociedad adquiera conciencia de la verdadera naturaleza de éste, disminuirá su consideración como estigma social. Los enfermos y sus familias lo ocultarán menos y el diagnóstico no se retrasará tanto.

No es el vértigo desde la ventana alta, sino el mareo desde la puerta baja, el reflejo en la superestructura de problemas en la base económica no debidamente resueltos, o no suficientemente atendidos a tiempo, y que van ahondándose. Es ver también la sombra, los lunares y las manchas. No todo es luz. Porque de tanto ver solo la luz, podemos quedarnos ciegos, y entonces sí no veremos la ventana. Y volver a cerrarla... ¡sería una estupidez!