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Por: Mercedes Rodríguez García.

(Reclamo ante un fotorreportaje publicado en el periódico Granma, página 4, edición del viernes 9 de mayo de 2008) http://www.granma.cubaweb.cu/2008/05/09/nacional/artic02.html

Árboles no, arbustos. Pero mejor, barbas: luengas, ralas, hirsutas, cerradas, enmarañadas. Honorables. Descendientes de los días tras los días, de los meses tras los meses, de los años tras los años. Hijos que han propiciado los resquicios donde la tierra y la humedad fungieron como cuna, tina prodigiosa, artesa natural. Proles de simiente vegetal cargada por abejas e insectos voladores en sus patas y antenas.  Progenies del viento y de las aves que dispersaron las semillas. Renuevos de la lluvia y el sol acariciando regularmente la arcilla sazona de las tejas y el adobe aliñoso de las paredes.  

Pudieran calificarse de perennes, leñosos y elevados, ramificados o no a cierta altura del suelo. Y serían árboles. Pero no. Se trata de poesía colgante: virutas, rebabas, adornos. Poema del tiempo asoman como labios, filamentos sutiles que guarnecen el astil de la pluma.

Hay quien solo en lo práctico y moderno vislumbra la belleza. Y no puede compartir interiores sublimes. ¿Por qué guillotinar la poesía si ella nos ayuda a sobreponer cada período crítico de la sociedad, trascendiéndolo? ¿Por qué pedir  la muerte de lo bello fecundado en lo vetusto? Quitadle a esos rostros las barbillas y parecerán  difuntos congelados.

Vástagos irremediables del abandono patrimonial, ¿por qué rasurarles ahora y poner al descubierto su vergüenza? Probad. Sería como antaño cortale a un chino su coleta. Lucirán mondas ruinas, huérfanas de belleza terrenal. Y como formas que afectan solemnidad extrema, parecerán indignos edificios, simple basura argamasada, roca árida, mole  mugrienta, ventanales fallecidos, balaustradas  herejes, frontispicios sacrílegos, cornisas resignadas, soleras ortodoxas.

Sí, medida y control. No tomad ahora el toro por los cuernos. Dejadle a las ruinas,  por favor, sus barbas mientras vivan. Restaurarlos primero, derruirlos si no existe corrección. Esas raíces, esas frondas no siempre resecas, superviven como sábanas verdes y, en muchos casos, otorgan majestad al desierto.

Recordad muy bien lo que un día escribió el poeta: “Desde el pozo de la angustia también se eleva el mejoramiento humano”[1].



[1] Norberto Codina (2004), “La condición perturbadora de la poesía”, a manera de prólogo en “El peor de los oficios”, de Gustavo Pereira, editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba.