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Por Mercedes Rodríguez García

No parece oportuno hablar de muerte cuando de cumpleaños se trata, pues el próximo 14 de junio arribamos al año 163 del natalicio de Antonio Maceo y Grajales.

Mas, cuando la herida mortal la infiere con saña el enemigo, cuando la caída acrecienta la dimensión del adalid, cuando la gloria definitiva llega en el campo de batalla, entonces renace  el héroe, que en forma de Titán, anda y desanda la tierra que defendió de Oriente a Occidente y fertilizó definitivamente en Punta Brava .

Recuerdo cuando en la escuela primaria debía redactar una composición sobre Maceo y luego, con crayolas, dibujar algo alegórico en una hoja de libreta. Más por gracia que por evasión le dije a la maestra que no podía pintar a Maceo de cuerpo entero porque el papel resultaba demasiado chiquito para sus casi siete pies de estatura y más de 200 libras de peso: tal y como ella nos lo había descrito minutos antes. La recriminación salió junto con la orden: "Usted no tiene noción de la perspectiva, ajústese al tamaño y matice, ¡matice, qué para eso son los colores!" 

Y ¿maticé?, maticé tanto a quien decidí dibujar en su caballo y en una hoja arrancada del medio de la libreta, que la maestra decidió aprovechar en bien del colectivo mis absurdos pictóricos. Con la fina ironía que la caracterizaba Nidia Bendoyro, pedagoga por los cuatro costados, mulata sin empaques, pero elegante, culta e inteligente, discurrió el lacónico y contundente discurso:

"María Mercedes, tiene usted una imaginación desbordante,  pero le falta proporcionalidad a su dibujo: Maceo parece un gigante sobre un potrillo con cara de dragón". Y tomando la hoja por ambas puntas la elevó hasta más allá de su cabeza y la mostró a toda el aula, caminando entre las filas de pupitres, al tiempo que instaba a responderle: "A ver, ¿qué les parece lo que ha pintado hoy Merceditas?"

Varios levantaron la mano y enseguida escogió: "Usted, Fernández Laguía, contésteme..."  Mi compañero se levantó, llevó ambas manos a los bolsillos del pantalón, se paró en puntillas, miró al techo, luego hacia atrás, y finalmente,  dando una ojeada entorno con carita distraída, alegó:

-Pues, maestra, ese es el día cuando mataron a Maceo, ¿no?

- No está seguro, dígame: ¿en qué fundamenta su idea?

-Pues en el rojo, sí, en el rojo. A Maceo  lo han herido y la sangre corre por su cuerpo y moja al caballo, que tiene las patas de atrás fracturadas, la cola flotando entre las llamas y, de la rabia y dolor, echa humo por la  nariz y las orejas...".

-Y usted María de las Mercedes, ¿coincide con él?

-No. Mi Maceo va naciendo de la muerte, por eso lo pinté rojo, como una rosa que crece desde su caballo, sobre un volcán en llamas.

El tiempo no ha borrado ni un solo detalle de aquel dibujo casi surrealista por el que me dieron 85 puntos. (Sí, ya sé, la ausencia de perspectiva, el uso excesivo del color rojo, el empastelamiento, la transfiguración del caballo potrillo-dragón...)

Es más, el 8 de diciembre de 2007, mientras leía en el periódico Granma una de las más breves y profundas  reflexiones de Fidel titulada "El Titán de Bronce, Antonio Maceo",  sentía como si aquel apunte infantil me hincara las neuronas, revoloteara el corazón y acendrara la piel.

En el más aséptico estilo y lenguaje Fidel describe los últimos momentos del jefe insurrecto.  Sin negar ni afirmar ninguna de las más de 40 versiones al respecto, construye la suya. Cada verbo, cada sustantivo, cada adjetivo, lleva el peso y la exactitud, no del entendido en cuestiones gramaticales ni periodísticas, si no la del guerrillero, la del estratega, la del acucioso investigador, la del lector lúcido y voraz, la del filósofo, la del político...

Apenas 574 palabras en la que trasluce el mensaje. Predominan las ideas implícitas, subyacentes, no como un miedo a lo desconocido ante la hora extrema, ni como síntoma de consternación. Su palabra descubre al caudillo que desde hacía varios días "sufría de una fiebre epidémica alta y dolores en todas sus heridas", "indignado por el sorpresivo ataque", que reclama "a un corneta que no estaba disponible en ese instante"; un Maceo sobervio, "dando órdenes de abrir una brecha en la cerca de alambre que se interponía entre él y los atacantes".

Pero el Titán muere, no sin que los fieles y bisoños soldados intenten bajo fuego cerrado redimir su corpulento cadáver. Y sin entrar en detalles, con extremo recursos de palabras, Fidel prepara, no sin dramatismo, el último párrafo:

"La tropa encabezada por Juan Delgado, en gesto valiente, rescató los cuerpos sin vida de El Titán y su joven ayudante, hijo del General en Jefe Máximo Gómez. Los enterraron después de largas horas de marcha en la altura dominante de El Cacahual.  Los patriotas cubanos no dijeron entonces una palabra del valioso secreto."

Y luego, la estocada de cierre.

"El rostro ceñudo de Martí y la mirada fulminante de Maceo señalan a cada cubano el duro camino del deber y no de qué lado se vive mejor. Sobre estas ideas hay mucho que leer y meditar."

A estas alturas de la vida no se me ocurre borrar o cambiar ni un solo detalle de aquel irrecuperable dibujo infantil, donde imaginé a Maceo naciendo de la muerte, por eso lo pinté rojo, como una rosa que crecía desde su caballo.

En la hoja solo me faltó un detalle: bosquejar a Martí, en lo alto, tal vez entre las nubes o en la copa de un árbol. Pero ya sería pedir mucho a una niña que a  pocos años después del triunfo revolucionario, nada podía saber del duro camino del deber. Y aunque bien sabe que no se vive mejor del lado de quien da más, sobre estas y otras ideas de Fidel, tiene mucho que leer, mucho que meditar.

Y buenos son los tiempos. No tanto para evocar, que en toda evocación yace la pena,  si no para inspirar, que es verbo propio que enardece y engendra fuerzas y mueve a voluntades.