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LA TECLA CON CAFÉ

Cronicafeando

Mujer hecha palabra

Mujer hecha palabra


viernes, 08 de marzo de 2019
7:26:12 p.m.

Por Mercedes Rodríguez García 

En español —breve, fuerte—, pudiera ser la palabra salvada en caso de un incendio a escala planetaria. Es única entre los billones de billones de vocablos que nutren los idiomas, las lenguas, los dialectos. Por lo que representa y significa, imposible borrarla. Imposible, por sus tantas formas, colores, olores y sabores. 

Esbelta, chaparrita, blanca, negra, piel canela, antropológicamente hablando. 

De la tundra, la pradera, esteparia, montañesa, asiática, sahárica; cálida, tórrida, tropical. ¡Imposible!, imposible extirpar el sustantivo que tanto nos obliga a venerarla, amarla, protegerla, defenderla. 

Ella es todo y es única, jamás ¡la nada! 

Es sueño y desvelo, flor y fruto, sol y luna, norte y sur;  mar y tierra; brújula, cuadrante, rosa náutica. ¡Cómo excluirla! si es pasión y mesura alegría y dolor; río, sabana, montaña, volcán, estela, cosmos. Por ella comparece la vida en la Tierra y sin ella la Tierra moriría. No importa si lleva halo, tiara, alas, peplo, túnica, turbante, velo que solo deja ver los ojos. 

Ella encierra sortilegio, recatos corporales, encantadores fuegos fatuos; es mariposa, luciérnaga, ave fénix. ¿Y si solo de Cuba se tratara? ¿Eliminarla? ¡Jamás pudiera! por su estirpe de estrella que ilumina y mata; por su santo, su seña y su alegría, por sus rítmicas caderas de tambor y guitarra… 

Porque ella es también areito, contradanza, rumba, bayamesa, himno, trova, balada y canturía, suite de clamores, apoteosis de glorias y memorias. Y por esas malas noches de manigua y degüellos, gritos y sollozos, y ecos más cercanos —de la Sierra y el llano—. En fin, la historia prohijada, salvada ya hace rato anda. 

No hizo falta ningún incendio planetario. Con sus besos, quema. 

Mi guerra, mi batalla

Mi guerra, mi batalla

 

jueves, 27 de diciembre de 2018
11:34:52 p.m.

«La toma de Santa Clara fue un acto supremo de audacia. […] El éxito de la misión dependió de las experiencias acumuladas por los comandantes, de la confianza absoluta que teníamos todos en el cumplimiento de la orden de Fidel, de la inteligencia y las dotes militares y políticas del Che y de Camilo […]»

General de División de la Reserva de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Rogelio Acevedo González 

Por Mercedes Rodríguez García

Por aquellos días, como sucedía cuando se avecinaba un ciclón o un temporal, comenzó en la casa un desacostumbrado avituallamiento de velas, cajas de fósforos, pilas, alimentos en conserva, galletas, barras de dulce de guayaba y tabletas de chocolate, que mis previsoras tías iban colocando, como piezas de un rompecabezas, en cajas de cartón que ataban con cabuya.

Debió haber sido a principios de diciembre de 1958, cuando las vidrieras de las tiendas lucían motivos navideños y gran variedad de juguetes para el Día de Reyes. Y lo recuerdo muy bien porque ya casi tenía terminada mi cartica para Melchor, Gaspar y Baltasar con un largo pedido de regalos que debían traerme el 6 de enero.

Pero además, porque las cajas arrinconadas en el comedor iban mermando con los días, sin que pudiera haber realizado aún «el asalto al convoy» que había planificado en solitario cuando todos durmieran, tentada por las golosinas que mi no menos golosa imaginación calculaba dentro, y a contrapelo del «no se te ocurra tocarlas, Merceditas», advertido una y otra vez por tía Teresa.

Para esta fecha apenas cabíamos en la casa de la calle Anderson no.14 e/ Síndico y Caridad, ocupada itinerantemente por mis padres y hermano, y algunas veces por ciertos «tío de Oriente» o «primo del campo», susodichos que siempre llegaban y partían misteriosamente a «algún lugar de Cuba», y nunca con las manos vacías.

Y no lo he olvidado porque esperando a los Reyes Magos se me habían espabilado los ojos, que a la edad de siete años ya alardeaban de fisgones, inquisitivos y soñadores.

Elfos y dragones

Fue un mediodía en que hacía mucho frío cuando abuela, con el farol en una mano y un paquete de velas bajo el brazo, nos llevó a su cuarto y nos pidió estarnos tranquilos porque «la cosa está que arde». Y enseguida, como si se tratara de un comunicado, informó.

—Viene la guerra y van a bombardear, así que nos iremos para otra casa, porque a la Shell le van a dar candela.

¿Guerra?¿Bombardeo? ¡Candela..!, palabras que no precisaba muy bien, pero que entendí como la llegada de una legión de elfos cabalgando sobre dragones y disparando bolas de fuego y gases sobre el servicentro del fondo.

Ya no había luz, ni agua, y según escuchaba decir a mi papá, ni carreteras, ni líneas, ni puentes. Por eso Lidia —mi prima nefrótica—no había podido viajar por tren a su turno con el doctor Galán, en La Habana. Y tampoco habría Nochebuena en la finca de los tíos políticos, en Sagua la Chica; ni excursión a Casilda, ni Parrandas en Remedios, ni paseo dominical en coche. Todo por culpa de la guerra, la guerra, la guerra…

«¿Y qué es la guerra, Tata?», me preguntaba Lidia, siempre tan obediente y apocada.

¡Y qué sabía yo de guerra más allá de las que armaban mi hermano y mis primos
—con sus pieles rojas y cowboys, arcos y flechas, pistolitasde agua y revólveres de chirampín— contra mis rubias «Lily», de plástico y vinil, y una sola, una sola y rara negrita de la misma fábrica nacional de muñecas, regalo de una amiga jamaicana de tía Erundina, hermana de mi abuela.

La guerra, la de verdad, llegó a Santa Clara antes de lo esperado, y a mi casa, cuando se aparecieron dos policías a registrarla. No me parece que buscaran mucho, pues luego de abrirles tía Mary el librero y uno de los escaparates, se marcharon no sin antes «cruzar espadas» con mi padre, quien les recriminó el no dar las buenas horas y entrar armados donde había niños.

Y según me contaba tía Mary, papá «se salvó en tablitas» porque abuela les brindó café y les enseñó su cédula de votación a los guardias, y a «Anael le dio por tragarse la lengua». Y es que a mi padre lo tenían entre ceja y ceja «por bocón y agitador». Y aunque siempre lo consideré un hombre de pocas palabras y más bien tranquilo, molesto era muy intempestivo.(Lo comprobé la única vez en la vida que le solté una palabrota, y la única vez en la vida que me levantó la mano).

En definitiva, los policías solo pidieron permiso para subirse a la frondosa mata de mangos trinitarios que crecía en el patio, de cara a la Carretera Central, y así desde la altura, controlar cualquier movimiento en el área.

«¡Solavaya!, llévatelos, viento de agua!», comenzó a gritar tía Mary luego de asegurarse de que ya habían doblado la esquina, y de pasar lospestillos a la puerta y los postigos.

—¡Solavaya, solavaya, solavayaaaa!, la imitamos mi hermano y yo, dando brincos y tirándole del vestido.

Esa noche nadie pegó los ojos. Al otro día por la mañana, «armados hasta los dientes», vinieron y plantaron atalaya en la mata de mangos. Abuela les había llenado un termo con café, y antes de acomodarse lo más arriba que pudieron trepar, se los alcanzó. Rápido —muy ágil para su edad— cerró puertas y ventanas del portal trasero, y corrió para el baño donde estábamos encerrados junto con papá. Ya afuera, otra orden, esta vez en boca de mi madre, tan divertida y práctica como tía Mary.

—Tropilla mía, levantamos campamento, orinen y hagan caca antes, que nos largamos para la tintorería, cojan todas las almohadas y se las ponen en la cabeza.

—¿Para qué?, pregunté.

—Está lloviznando. Tú, María Mercedes, lleva la bolsita con las medicinas de Lidia y no la sueltes por nada del mundo; Anaelito, ¡ni un juguete!, nada más; en un cartucho,los colores y una libreta…

—Y las bolas, los palitos chinos de Tata y los yaquis de Lidia.

—Está bien, pero rápido, que ya no queda casi nadie en la cuadra, se fueron para el sótano de Monagas.

Habían esperado demasiado. Era domingo 28 de diciembre y la guerra anunciada la viviríamos en familia.

Escapada y campamento

Por la calle Caridad subimos loma arriba cinco cuadras hasta La Elegante, el más grande y moderno establecimiento de lavado y planchado de ropa en Santa Clara, propiedad de tío Eliseo, esposo de tía Ramona, hermana de mamá. Al lado, la cafetería de Consuelo y Redondo, y haciendo esquina, una bodega de chinos. Todo cerrado a cal y canto.

Íbamos corriendo, y a mi prima, atacada en llanto, tuvo que cargarla mi papá. Sus padres no habían podido salir de Remedios, donde se encontraban «varados en casa de los Torres». La mamá, tía Olga, era maestra rural en un lugar que le decían El Bajo, y tío Gonzalo, el papá, colono, el más chico de 11 hermanos cultivadores de caña y frutos menores. A Santa Clara llegarían dos o tres días antes que los Reyes Magos, y sin regalos.

Lo peor de aquella escapada loca sucedió cuando cruzábamos la calle Villuendas, con la cárcel y la Audiencia a pocos metros. De dónde salió la bala, no sé, pero atravesó una lata de leche condensada que llevaba mi mamá en la mano. Enseguida mi hermano y yo nos tiramos para recogerla y chuparla, pero creo que fue tía Mary quien nos levantó en peso y nos metió por una tronera en la pared de una gallería que había rematando la acera contraria. Años después —de fabuladora que era—, mi mamá engrandecería los hechos diciendo a todos que a ella la habían ametrallado durante la Batalla de Santa Clara.

Nos faltaban casi dos cuadras para llegar a la tintorería, de modo que pasado el susto arrancamos en tres grupos: delante, mi abuela con tía Teresa y Lidia, que tenía ganas de vomitar; después, papi, mami y mi hermano, y finalmente, tía Mary y yo, con dos o tres cosas de las que habíamos recuperado de la jaba tiroteada.

Al fin, sanos y salvos llegamos a la tintorería. Aquello era un campamento. Además de tía Ramona, tío Eliseo y mis tres primos —Eliseíto, Sonia y Nerelys—, y tío Felipe, el más chico de mis tíos maternos, se había quedado el Chino, un planchador amulatado con bíceps y espalda de levantador de pesas, muy comprometido con los rebeldes; y la familia de Blanca, la otra hermana de mi mamá; tío Alberto, el esposo, y mis primos Rafaelito y Albertico. En total 19 personas.

Fue allí donde pasamos las horas más duras de cuatro días de asedio a la ciudad. Además del bombardeo, golpeaba la carencia de alimentos que, no obstante los acopiados por mi familia —trasladados en cajas desde antes—, resultaron muchos los estómagos a calmar.

Entonces los hombres del «campamento Elegante» —así le puso tía Mary a la tintorería— y unos cuantos rebeldes que se encontraban envasando combustible para llevárselo en latas de aceite de carbón, empezaron a romper las paredes hasta alcanzar la bodega de los chinos, de donde trajeron un saco de arroz, uno de garbanzos, algunas latas de puré de tomate, manteca, sal, azúcar prietay muchos paqueticos de nailon con camarones «secos», que no recuerdo llegaran a cocinarse.

Lo que nunca escaseó fue el agua potable, pues la del pozo era de muy buena calidad. Para el aseo personal —el elemental, y siempre la misma ropa— se utilizó la acumulada para el lavado en dos enormes tanques de cemento bajo la vigilancia restrictiva de tío Felipe.

Rebusco en mi memoria y lo último que comí ¿caliente?, en una lata —al lado de mi prima Lidia, que llevaba una alimentación especial, sin sal y sin grasa—, fue un poco de raspa de arroz con frijoles negros, y para colmo no pude terminar porque en eso apareció el Chino con su «comunicado» número…

—Vamos, vamos, ¡para abajo de las camas todos!, vuelven los aviones, aprieten la boca y métanse los dedos en los oídos.

Aquel debió haber sido el día que tiraron una bomba en la cercana Audiencia, porque me pareció como si las paredes se abrieran y el techo viniera abajo.

—Tata, ¿cuándo se van los aviones?, me preguntaba sollozando, con su naricita colorada, mi pobre prima Lidia.

Y ¡qué sabía yo de B-26, F-47 y Sea Fury! Pero la consolaba: «mañana, Lili, mañana, junto con la luna».

El ametrallamiento desde el aire «sonaba» distintoy era peor porque duraba más y había que permanecer unos contra otros sobre el frío y húmedo piso, debajo de aquellos polvorientos colchones y colchonetas. Cuando los aviones dejaban de volar, salíamos estornudando a soplarnos la nariz en la ropa que no había sido entregada a los clientes y que colgaba por todas partes.Y de ahí, al traspatio, a recoger los casquillos de las calibre 30 y 50.

En realidad la aviación no pudo hacer mucho daño a los rebeldes, pero hostigaba a todo lo que se moviera en las calles de la ciudad fuera de las posiciones del ejército batistiano, lo cual causó varios muertos entre civiles y destruyó casas.

Tampoco pudieron causar el efecto deseado los tanques y tanquetas, impedido su avance por las barricadas que formaban todo tipo de vehículos atravesados enlas calles principales. Fue en un Chevrolet que estaba parqueado por el Paseo de la Paz a despecho de los francotiradores donde el Chino y mi papá se encontraron un reloj de pulsera nuevecito y una billetera con 100 pesos, que eufóricos trajeronpara la casa.

Y perdonen si en la distancia del tiempo transcurrido he desordenado hechos y situaciones, o los he «adornado» con adjetivos inapropiados.

Quienes cuestionen mi memoria infantil, son injustos. Mientras vivieron, mis mayores se encargaron de mantenérmela viva. Principalmente mi padre, que lo anotaba todo, y Zoila, mi madre fabuladora que, muy pintorescamente, me contaba sus «hazañas protagónicas» y la de sus «valientes» cuñadas y hermanas durante la guerra.

¡Ah!, la guerra. O al menos aquella, la mía, que fue también mi Batalla, terminó con el año nuevo.

Felices y dichosos por encontrarnos vivos, salimos todos para la calle Colón a recibir a los rebeldes que, victoriosos, avanzaban hacia la plaza central. Iban sobre jeeps, autos y camiones, con sus fusiles en alto o asomados por las ventanillas, barbudos, vestidos de verde olivo, llenos de collares de semillas de Santa Juana y de peonías rojinegras, de crucifijos, medallas y rosarios; cruzadas al pecho las cananas, tocados con cascos, boinas, gorras y sombreros.

Créanmelo. De todas las imágenes de la Revolución, es la más vívida, romántica y sublime que retengo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camilo vivo

Camilo vivo

 

domingo, 28 de octubre de 2018
10:09:46 p.m.

Por Mercedes Rodríguez García

El 28 de octubre de 1959, Cuba entera lloró su desaparición en las aguas perturbadas del Caribe, o entre ese laberinto en el que el mar y la tierra arman un tejido de canales e islotes, o en la tierra misma, —húmeda y neblinosa—,  en vuelo agitado y temerario de Camagüey a La Habana.


Y mira que se le buscó. ¡Cien mil millas! De día y de noche, de norte a sur, de este a oeste. De Sagua la Grande a Remedios, desde Zaza del Medio hasta la parte cenagosa de la costa opuesta, cuadrícula a cuadrícula trazadas en un mapa —y a veces sin cuadrículas— siguiendo augurios y corazonadas. Desde el aire, rasando peligrosamente el firme, la cresta de las olas; o sobre ellas, surcando la vastedad en embarcaciones pesqueras; o a puras zancadas y cayado auxiliador, campesinos y cruzrojistas movilizados.

Y siempre la esperanza de volver a verle la sonrisa: blanca, limpia, pura. Y siempre la desazón del “lo perdimos” cuando más falta nos hacían su denuedo, su bizarría, su incuestionable lealtad a Fidel y a la Patria, que siempre ha sido lo mismo que decir Revolución, que hacer Revolución, que creer en la Revolución.


¡Ah, qué hijo de españoles tan cubano ese Camilo! El de la Columna 2 Antonio Maceo, rumbo a occidente, a través de cientos de kilómetros, 48 días a campo traviesa, 92 rebeldes de los más fogueados, acechados por el ejército y la aviación enemigos.

Llanura hostil, Naturaleza impía. Hambre, mosquitos y jejenes, calor, fango, falta de sueño. Y Camilo con su tropa vence, avanza, cruza el Jatibonico, ya muy crecido. Está en Las Villas. Afianza campamento. Y sigue. Yaguajay ¡Ya es Héroe! (Dicen que en Gavilanes, acostado en el piso, disparaba a los aviones). Meneses, Iguará, Venegas, Zulueta, Remedios, Caibarién, Mayajigua, Camajuaní, conforme le ordenara Fidel.


Ha entrado en la memoria numerosa de su pueblo «el más brillante de todos los guerrilleros». Comandante del Pueblo, Señor de la Vanguardia.

Ya es luz y es fuego que entra a Santa Clara a unirse con Guevara. Luego, con Che, a La Habana. Jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde de Cuba. Tiempo vertiginoso, sacrificios en la flor de su vida, vida breve. Como una vez él mismo dijo: «La Historia es dura, pero a ella se va sencillamente».

Fue su destino: ir, sin un regreso. Y permítanme decirles que hay veces que me animo pensándolo perpetuo, llegando exactamente como debió haberse ido, risueño y severo, explosivo y alegre.

Y no es que aparezca, porque no se ha perdido.

No hay líquida presencia, ni huracanados huesos, ni fantasma que del viento venga, ni polvo funeral de estrellas, ni barbudas sirenas masculinas.

Camilo viene y va, es centinela.


Huracán detenido en pleno vuelo, lo veo en las esquinas y en las bocacalles, deslumbrante de sol y verde y mar de espuma; ofreciendo en su muerte mucha vida, buscando pista donde aterrizar su ejemplo. De él necesitados corazón adentro.

Yoko Ono, la genial artista que quiere exponer en Cuba

Yoko Ono, la genial artista que quiere exponer en Cuba


miércoles, 17 de octubre de 2018
11:25:55 p.m. 
 

La artista japonesa ha incursionado en la poesía, la música y el performance y solo hasta hace poco, se ha sacudido la etiqueta de “la mujer que separó a los Beatles” para recibir el crédito que merece. Pero, ¿quién es en realidad esta mujer que al cabo de sus 85 años se muestra interesada en exponer en Cuba y acaba de estrenar una nueva versión minimalista de Imagine el día en que, de estar vivo, John Lennon el cumpliría 78 años?

Antes que la exesposa de alguien, Yoko Ono es una artista. John Lennon, su pareja más famosa, la describió alguna vez como “la artista desconocida más famosa del mundo: todos se saben su nombre, pero nadie sabe qué hace”.


Las palabras de Lennon se sostienen con los años. Muy pocos saben qué ha hecho esta mujer que al cabo de sus 85 años se muestra interesada en exponer en Cuba, y que acaba de estrenar una nueva versión minimalista de Imagine el día en que, de estar vivo, John Lennon el cumpliría 78 años?

   

En los últimos años Yoko se ha dedicado a curar el festival musical Meltdown de Londres, a escribir, a mantener activas las colaboraciones artísticas y a rescatar los mensajes pacifistas que ella y Lennon acuñaron. 

También ha ejercido como artista en la música, el cine y sentó bases para el estudio del performance artístico.

Yoko Ono es una artista que nunca se detuvo a pensar en nada más que el presente y que, con su ingenio, forjó un legado.

Pasado

Desde antes de conocer a John Lennon, Yoko Ono ganó mucha atención por sus obras artísticas, que abrieron la puerta al arte conceptual y lo que hoy se conoce como performance.

Sus obra más reconocida fueron sus Instrucciones (1961), en las que invitaba a la gente a interactuar con sus instalaciones y sus Instrucciones para pinturas (1962), una serie que, en vez de ofrecer colores, ofrecía ideas. 

“Imagine un cuadro en blanco. Ahora transfórmelo en un círculo”, dice una de estas obras, cuyo texto se cuelga en la pared como un cuadro.

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, la familia de Ono sufrió bastante y fue despojada de varios de sus bienes.

Como en muchas ocasiones no tenían mucho que comer, Yoko, de unos 10 años, trató de animar a su hermano menor diciéndole que iban a construir un menú para la cena.

En un audio que publicó el Museo de Arte Moderno de Nueva York —parte de su retrospectiva del 2015—, la artista narra que escribieron en un papel un menú imaginario.

Después de eso, el poder de crear objetos que causaran experiencias internas en el individuo le fue mostrado. Y luego, quiso aplicarlo al arte.

Tras la guerra, Yoko volvió a Gakushuin, una de las escuelas más exclusivas de Japón. Allí fue compañera del príncipe Akihito, actual emperador de Japón.

Después de la secundaria, en 1951, Yoko Ono entró al programa de filosofía de la Universidad Gakushuin, la primer mujer en entrar al departamento.

Aún así, Yoko Ono prefirió dejar la carrera e irse a Nueva York, donde sus padres y su hermanos vivían desde hacía unos años.

En Nueva York conoció a los artistas que la ayudarían a acercarse al mundo bohemio al que ella quería pertenecer.

Creciendo

Ono fue una de las pocas mujeres artistas y de las pocas personas no-occidentales que estaban empujando los límites del arte en Nueva York, a inicios de la década de los 60.

  

Obras como Cut Piece —en la que ofrecía tijeras al público para que cortaran su ropa—  ofrecían no solo interactividad, sino nuevas formas de generar reflexiones sobre temas raciales o de género.

En los 60’s, el movimiento Fluxus creó una corriente experimental de la que varios artistas fueron parte en en Nueva York.

Aunque ella ha negado haber sido parte de ese movimiento, sí compartió un mentor con la mayoría de esos artistas: el músico John Cage. Él creía que un artista debía iniciar una obra aunque no conociera cómo esta terminaría.

De ahí que muchas de las obras de Yoko se ‘completaban’ en la mente del espectador.

                                   

En 1964, Ono publicó el libro Grapefruit , que compilaba más instrucciones, esta vez para realizar acciones.

“Corte un hueco en una bolsa llena de semillas de cualquier tipo y coloque la bolsa en un lugar ventoso”. “Escuche la tierra girar”.

Sus Instrucciones la hicieron una artista reconocida en el medio y ser conocida en Nueva York, significaba ser conocida en el resto de Occidente.

Fue invitada por el artista y activista Gustav Metzger a unos de sus simposios y allí, aprovechó para dar charlas, mostrar sus instalaciones y pinturas.

En noviembre de 1966, en la galería Indica en Londres, John Lennon vio una obra interesante: una tabla llena de clavos con una cédula que explicaba que la ’pintura’ no estaría terminada hasta que la tabla estuviera cubierta de clavos. Al tratar de clavar un clavo, Yoko Ono le interrumpió para decirle que hacer eso le costaría cinco chelines.

Respondiendo la broma, Lennon le dijo: “entonces clavaré un clavo imaginario y luego te pagaré cinco chelines imaginarios”.

Legado

Desde ese momento Yoko Ono se volvió una de las figuras más influyentes en la carrera artística de Lennon.


Conocida por generar piezas artísticas en las que las acciones y sus reacciones externas construían la obra, propuso que su compromiso con Lennon fuera también una obra.

El día de su boda, un 20 de marzo de 1969, iniciaron ese proceso juntos al proclamar que la paz mundial sería su mayor compromiso.

Tuvieron numerosas colaboraciones musicales, rodeados de figuras como Eric Clapton –quien fuera parte de la Plastic Ono Band– o hasta el poeta Allen Ginsberg, quien estuvo presente en varias de sus grabaciones.

Los medios le endilgaron el título de la mujer que separó a los Beatles y así fue como él y su esposo se vieron obligados a mudarse a Nueva York.

Tras la muerte de Lennon, ella ha optado por utilizar los mensajes pacifistas que propuso junto a él para criticar la tenencia de armas y otras luchas políticas.

Así ha mantenido su influencia Ono en un mundo que por muchos años se ha negado a comprenderla más allá de su affaire con el cantante de Imagine.

“Creo que ella jamás habría recibido tantas críticas si fuera, digamos, rubia”, dijo su hijo Sean Lennon para el documental The Real Yoko Ono (2001).

Quizá Yoko nunca fue perdonada por no querer ser solo la esposa bonita, pero los esfuerzos por mostrarla como una figura genial en el arte han tomado fuerza en los últimos años.

Y sí, por sus logros y sus ideas, lo merece.

(Fuente: lanacion/Cubadebate) 

 

 

Mi Flora, mi Floroviech

Mi Flora, mi Floroviech


viernes, 05 de octubre de 2018
8:41:03 a.m. 

Por Mercedes Rodríguez García 

Cuando llegué a Vanguardia en 1973, la anécdota del Gaz-69 “perdido y aparecido en Oriente” salía a relucir de vez en cuando y sin más explicación por mi recordada que “un buen día apareció en el mismo lugar de donde se lo llevaron”.

Detalles del cómo lo “sustrajeron”, nunca supe a ciencia cierta, aunque me han referido que por Archivo “debe andar una crónica al respecto”. Mas, no fue “cosa” de ladrones, recrea esta especie de leyenda —tenuamente registrada— entre los pocos que quedamos y que entonces no andábamos por todo el ya cincuentenario periódico villaclareño.

 

Dicen que se lo robaron una madrugada, en medio del desconcierto generado en toda Cuba por el "Flora", y que no fue ningún ladrón de carros, sino un oriental movilizado por tierras villareñas con muchos deseos de regresar a su terruño, azotado por el terrible huracán.

Hoy, a 55 años del desastre, sin alguien de la época para corroborar lo anterior, la anécdota forma parte del imaginario colectivo del rico mundillo periodístico, donde dos colegas jubilados solo recuerdan el “cuento” cuyo protagonista permaneció entre nosotros bastante años después de la mayor catástrofe natural documentada en la historia de Cuba.


Y si viene al caso el emblemático vehículo del ejército soviético es a tenor de la triste efeméride, de aquel evento meteorológico cuya errática trayectoria sobre la región oriental durante casi cinco días consecutivos, provocó 1 157 víctimas fatales, destruyó completamente más de 11 000, y otras 21 000 recibieron impactos de consideración.

El país no disponía aún de un sistema de protección bien estructurado para preservar la vida humana y los recursos de la economía, frente a situaciones de desastres naturales.

Rememorar lo acontecido entre el 4 y el 8 de octubre de 1963, me remite además del “robo del jeep”  a mis estudios de secundaria básica, cuando hice una donación de ropa y alimentos para los damnificados. Di lo que pude, pero todavía útil: cuatro sayas y tres blusas, un vestido, dos pares de zapatos, y como cuatro cinco latas de conserva que me dio mi abuela. 


Otros recuerdos imborrables quedan en mi memoria, digamos de las imágenes captadas por Santiago Álvarez para los noticieros de la Televisión Nacional e ICAIC Latinoamericano; las de Fidel, con casco en la cabeza dando órdenes en el lugar de los hechos, una muy particular de él sobre un anfibio de las FAR rodeado de cámaras de vehículos infladas; otra, junto con su hermano Raúl, y las más, hasta donde la vista alcanza: enormes extensiones de campos, valles y montañas rodeas de agua, apenas “copitos” de techos, de árboles y palmas por sobre ella; ganado, cerdos y aves de corral en luctuosa flotación; campesinos escapando con bultos en los hombros; y otros, sentados o de pie sobre el techado incierto del guano testarudo de sus ranchos o bohíos.

 

E imborrable también el documental titulado Ciclón. Así de breve y contundente. Un audiovisual con sobrecogedoras imágenes, y música incidental en la que se dan la mano agitadas escalas, acordes graves, diabólicos y angelicales arpegios de cuerdas y teclados, y ruido de motores y sonido de las “cosas”. Como si la desolación y la muerte dictaran la pauta de la gigantesca y lúgubre sinfonía de la Naturaleza frenética y furiosa…

¡Y claro! Claro que no sale de mis neuronas! aquel divino GAZ-69 sobre el cual rodamos en quehaceres reporteriles hasta entrados los 80, y en el que ¡vaya usted a saber a estas alturas! quién y cómo se lo llevó, donde permaneció el tiempo perdido y como “un buen día apareció en el mismo lugar de donde se lo llevaron”.

La verdadera historia del “robo” del “yipi” ruso de Vanguardia continuará siendo un misterio. Pero lo cierto, lo que sí puedo asegurarles, es que debido a ella y al devastador huracán, terminé cambiándole el nombre.

Fue una tarde de temporal, a finales de los 70, en uno de los caminos de Manaca-Iznaga, Trinidad. Atascada una de sus ruedas traseras, a todas aspas el motor, me cuadré ante el capó levantado, y lo exhorté: “Vamos, mi querido Floroviech, ¡qué no se diga!...”

 

 

Aznavour: grabando y cenando en Cuba


lunes, 01 de octubre de 2018
8:10:39 p.m.

En octubre de 2006 el cantante y compositor francés Charles Aznavour vino a Cuba a grabar con el Maestro Chucho Valdés un disco romántico que fusiona su voz cálida con el sabor de los ritmos de esta isla caribeña. Tenía 82 años. Lamentablemente no ofreció conciertos. La prensa nacional no publicó nunca la esperada entrevista, pero reprodujo parte de las declaraciones que el cantautor hiciera a la AFP.

"Entre Chucho y yo la relación fue perfecta desde el mismo momento en que nos reunimos en Francia”, señaló en conferencia de prensa en el Hotel Nacional, que lo nombró Huésped Ilustre y le entregó el Bastón de la Fidelidad, reservado para sus más distinguidos huéspedes.

  

El disco, “se terminará rápidamente”, manifestó Aznavour, e incluye 12 canciones que definió como “duras”.

“Son canciones a la vida, a la muerte, a los sentimientos, al amor”, dijo por su parte el vicepresidente del Instituto Cubano de la Música, Orlando Vistel, quien calificó la visita de Aznavour como “una de las noticias más agradables que hemos tenido en los últimos años”.

Chucho, ganador de cinco premios Grammy, no asistió a la conferencia de prensa —estaba en Roma recibiendo el título honorífico de Embajador de Buena Voluntad de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación—, pero dejó sus impresiones sobre el proyecto en un mensaje grabado.

“Pienso que ha sido un trabajo excelente, uno de los mejores en que he participado”, afirmó Valdés, tras considerar al francés “uno de los grandes artistas universales”.

El director ejecutivo del proyecto, el argentino Jorge Romero, declaró a la AFP que con los temas del disco se preparará una próxima gira de Aznavour por América Latina, que será “algo así como la despedida” de su público latinoamericano.

Aznavour y Chucho: grabando

A la siguiente semana Aznavour comenzó con Chucho la grabación. 

“Es un ídolo en Europa y también en América Latina y yo conocía muy bien su música, porque siempre me gustó su trabajo”, destacó el compositor cubano, durante una pausa en los ensayos.

Chucho hizo los arreglos del disco, que fue grabado en los estudios Abdala.


“Son canciones nuevas, lindas, bellísimas, que llevan el mismo estilo de Aznavour a un toque latino, cubano”, comentó Valdés.

Aznavour, de origen armenio y cuyo verdadero nombre es Aznavourian, grabó en 1999 con otro músico cubano, el mítico Compay Segundo (Francisco Repilado, ya fallecido), el tema Morir de amor para el disco Duetos.

 

Morir de amor unió las voces de estos dos grandes del pentagrama internacional para siempre y abrió las puertas para que otros artistas de la Isla colaboraran con el intérprete de La Bohéme y Venecia sin ti. 

El sencillo, que además cuenta con la participación de Hugo Garzón, fue incluido en los álbumes Calle Salud y Duetos de Compay Segundo. Este último también lo conforman canciones como Fidelidad junto a Silvio Rodríguez, Lágrimas negras con Cesária Évora, y Macusa junto a Pablo Milanés. 

Charles y Amaury: cenando 

De la vista de Charls Aznavour en 2006 a Cuba son varias las anécdotas. 

Amaury Pérez en una crónica publicada por el portal Cubadebate, recuerda que Silvio Rodríguez, la flautista Niurka González, José María Vitier y las artistas de la plástica, Silvia Rodríguez Rivero y Zaida del Río (ZDR), él y su esposa Petí fueron invitados a cenar con Charles Aznavour un día antes de que este partiera de Cuba. 

La tituló Cenando con Aznavour, pero en la que se roba el show la excéntrica e “ilustrada, querida y admirada amiga”, Zaida del Río.


Aquí se las dejo con algunos retoques de estilo:

(…) Participamos de una breve conversación con la distinguida figura a la que todos admiramos, traductora de por medio, pues Aznavour no habla prácticamente el castellano ni nosotros francés y eso dificultaba el diálogo. Cada quien le fue contando las experiencias vividas cuando escuchábamos sus canciones y él, que es un hombre muy serio y de seguro acostumbrado a los halagos, se mostró reservado y, a mi parecer, distante al igual que quienes le acompañaban: su representante, también de origen franco-armenio, y los de su casa disquera.

ZDR se enfrascó, cuando la cena estaba a punto de finalizar, en una extravagante y divertida disertación sobre sus estadías en París y sus paseos por los barrios marginales de la urbe europea, y cuando Silvio le comentó a Aznavour sobre la riqueza musical que subyace en los metros de la capital francesa, ZDR saltó airada:

—¡Ay Silvio, Charly (porque ya a esa hora para la pintora Aznavour era Charly y no Charles) ni siquiera conoce el metro de París. ¡Él va por arriba, por la rue, sobre los puentes, en su Mercedes Benz!

Más tarde Silvio le contó a Aznavour sobre el talento musical incomprendido y poco valorado de Sudamérica. ZDR arremetió:

—¡Bah!!!… Silvio, de Venezuela pa’ abajo to’ es tristeza!

Todos nos quedamos con la boca abierta ante tan despeinada afirmación. La traductora no lograba convencerse a sí misma de trasladar al francés lo que escuchaba y yo, de maldito, le insistía entusiasmado en que sí lo hiciera. La cara de Aznavour mostraba signos de desconcierto y desgana.

Aproveché entonces el momento para alcanzarle unos DVDs suyos que atesoro para que me los autografiara y así aligerar lo que ocurría. ZDR vio que había uno filmado en Nueva York, en el Carnegie Hall para ser preciso, y mirando orgullosa a Aznavour le largó: 

—Yo también he estado en Nueva York, Charly, y cuando me paré en Times Square en medio de nuestro “Período Especial” y vi la cantidad de luces me dije, parafraseando una línea de la canción Sigüaraya: “¡Por eso el capitalismo no se pue’ tumbá”!

La traductora se negó rotundamente a trasladar esto último y ZDR, desesperada por llamar la atención del autor de Venecia sin ti a como diera lugar, se puso de pie y comenzó a ejecutar una tabla de Tai Chi que disfrutamos alucinados. Una vez que llegó junto a Aznavour sofocada por las maromas, ante la postura impertérrita y hermética del Maestro, le preguntó:

—Charly, ¿me rajo?

Y sin esperar respuesta alguna se dejó caer en el suelo, en split, extendiendo sus piernas, una hacía adelante y la otra hacia atrás, con una flexibilidad que cualquier gimnasta quinceañera quisiera para sí. A mí me dio un ataque de risa enloquecido e indigesto que me hizo olvidar ante quién estaba. Los demás invitados se sumaron a la carcajada provocada por la excentricidad de nuestra ilustrada, querida y admirada amiga.

Charles Aznavour, todo un caballero, cortésmente dio por terminada la cena y se marchó escrupuloso, aunque probablemente despavorido.

Su “¿Me rajo, Charly?” ha quedado como una contraseña privada cuando cualquiera de nosotros se encuentra ante una vana interrogante.

(Fuente: AFP/Cubadebate)

Un comino para el kilomegatónico Donal Trump

Un comino para el kilomegatónico Donal Trump

 

viernes, 28 de septiembre de 2018
12:59:59 p.m.

Por Mercedes Rodríguez García.

Dos discursos en la ONU: Sinceridad, profundidad y amplitud contra falsedad, superficialidad y constricción. 

El 8 de noviembre de 2016 una noticia política alucinante recorrió el mundo. Contra todos los pronósticos el candidato republicano Donald Trump, ganó las elecciones generales. El asombro inhibió la risa planetaria.  

El 20 de enero de 2017, la maltratada Tierra sintió ganas de reír, pero no pudo. La «cosa» era muy seria. El carismático empresario y personalidad televisiva estadounidense fue investido como el 45 presidente del gran imperio.

El martes 25 de septiembre de 2018, el mundo pudo soltar al fin la carcajada, luego de que medios de prensa humanos y divinos amplificaran las risotadas de varias de las delegaciones asistentes a la 73º Asamblea General de la ONU. ¡«Cosa» más seria todavía!

«No esperaba esa reacción, pero está bien», opuso el mandatario. Y su respuesta causó aún más risas acompañadas de algunos medrosos aplausos, como para restarle importancia al asunto.

La raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa, gesto sonoro que sobreviene, por ejemplo, ante un cómico. Pero Trump, no lo es. Tampoco puede considerársele un humorista, cuyos chistes —si son buenos— nos hacen pensar y luego reír. Y no quiero tildarlo de payaso, por el recuerdo que guardo de quienes con sus piruetas y chistes solazaron mis años infantiles.

La hilaridad que provocó Trump en el plenario al decir que su Administración ha logrado más que cualquier otra en la historia de Estados Unidos, ha sido de la más mediáticas. Sin embargo, infinitas y disímiles risas, risitas y risotadas, circunvalan la presidencia de a quien el ego dirige la vida.

Frases las tiene de todo tipo: para reírse mucho, para reír sin parar frases de risa para Facebook, cantinflescas, sádicas, morbosas, impúdicas, fuleras, grotescas, mentecatas, ofensivas, negras, grises, pura bazofia, intoxicante bodrio.

…Y nada de locura. Y si lo fuera, de las más temibles y preocupantes. Se trata del más ególatra autoritario, racista, prepotente, misógino y prejuiciado presidente norteamericano culiatornillado en la silla más poderosa del universo conocido. Sin más credo ni verdades que los suyos, Trump es un kilomegatónico artefacto de efectos impredecibles.

«No puedo recordar ningún otro discurso de la Asamblea General de la ONU en el que se rieran de un presidente de EE.UU. por una frase que no pretendía ser una broma», escribió un reportero de la cadena NBC. Y de broma nada tiene su discurso lleno de contradicciones y amenazas, en el que llamó defender la soberanía de los países y pidió la no injerencia en sus asuntos internos a la vez que criticó a Venezuela y anunció un nuevo paquete de sanciones contra el legítimo gobierno del presidente Nicolás Maduro.

¡Mira quién habla!

El que acusó a Irán de no respetar los derechos soberanos de las naciones y sembrar muerte, casos y destrucción en Siria.

El que alabó al régimen de Israel y lo calificó como una democracia próspera.

El que defendió la limitación de entrega de recursos para la asistencia humanitaria y enfatizó que su país no pagará más del 25 % por ciento del presupuesto para sostener la paz en la ONU.

El que pidió un comercio justo, y no mencionó el bloqueo económico y financiero que mantiene contra Cuba.

El que sobre la base de acusaciones infundadas y supuestos ataques sónicos a sus diplomáticos mantiene cerrados los servicios consulares de su Embajada en La Habana, afectando a cientos de miles de familia de ambos lados del Estrecho de la Florida.

El que recordó los dos millones de refugiados, y afirmó que «virtualmente allí donde el socialismo busca el poder llega la pobreza». 

Al margen, el discurso de Trump no trajo nada nuevo. Al no ser la risa de una audiencia escéptica que no pudo aguantarse al escuchar la ampulosa defensa de sus hazañas. 

¡Qué «cosa» más graciosa!, llevar a la ONU la misma frase por la que sus acólicos y adictos baten palmas y dan chillidos y salticos en los mítines políticos. 

Claro, Trump manipulador trató de restarle importancia al asunto, y horas después dijo a los periodistas que le pareció «genial» lo que pasó, y que su frase «estaba pensada para provocar risas». 

Genial debió parecerle al mandatario estadounidense la mirada global del discurso preciso y contundente que un día después pronunciara el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez… Si es que los oídos impermeables del presidente yanqui dejaron pasar las ráfagas de certezas que el cubano echara por boca de continuador «en la misma tribuna en la que hace 58 años atrás Fidel expresó verdades tan poderosas que todavía nos estremecen frente a los representantes de las más de 190 naciones que rechazando chantajes y presiones cada año llenan la pantalla de votaciones de símbolos verdes en aprobación de la demanda del fin del bloqueo». 

Como tantas veces lo ha repetido Cuba en cuanto escenario se ha movido, Díaz-Canel denunció desmintiendo, e inculpó argumentando. 

La desigualdad y la pobreza a nivel mundial «no son fruto del socialismo, como el presidente de los Estados Unidos afirmó ayer en esta sala. Son consecuencia del capitalismo, especialmente del imperialismo y el neoliberalismo». 

Y acusó al gobierno de Estados Unidos de atacar «con especial saña a Venezuela», de mantener una «retórica agresiva» así como una política de «subversión» contra las Mayor de Las Antillas, incriminándolo, además, de «fabricar artificialmente, con falsos pretextos, escenarios de tensión y hostilidad que a nadie benefician». 

No fue un discurso breve el del primer mandatario que intervino en la reunión de alto nivel de la ONU por el Día Internacional para la Eliminación Total de las Armas Nucleares. Debía terminarlo con una exhortación legítima y creíble. 

«Dejemos las justificaciones y egoísmos y busquemos soluciones. Esta vez, todos, absolutamente todos, pagaremos las consecuencias […] Cese el despojo, cese la guerra, avancemos hacia el desarme y destruyamos los arsenales nucleares». 

No me queda mucho por comentar sobre ambas alocuciones. 

Resumo: sinceridad, profundidad y amplitud contra falsedad, superficialidad y constricción. 

Ni una sola palabra del cubano da motivo para risas, ni para efectos mediáticos megafónicos.

Para lo tantas veces dicho, cabe el asombro, la incertidumbre del Planeta ante un catastrófico final; si acaso, planetariamente, una terrible contorsión…

Y ello le importa un comino al kilomegatónico artefacto de efectos impredecibles llamado Donald Trump.

La Reina del Soul en la memoria

 

lunes, 20 de agosto de 2018
9:15:38 p.m. 

El mundo se ha quedado sin su más extraordinaria voz. Hubo un día en que «murió la música», como decía la canción de Don McLean. Este jueves 16 de agosto fue como si el mundo se hubiese quedado afónico porque hay cantos que ya nunca sonarán. A los más grandes artistas se los puede imitar, quizá, pero no se los puede sustituir. En el caso de Aretha Franklin ni siquiera existe la opción de imitarla. Si ella no lo canta, no lo podrá cantar nadie. 

Cantaba lo que quería, como quería, con esa facilidad que bendice a los elegidos. No lo digo yo; lo decían sus antiguas coristas, que eran magníficas cantantes también —había que serlo para tener el honor de diluir sus timbres con el de ella—, pero que, como las demás voces del gremio, tenían que admitir con asombro una verdad incontestable: Aretha pertenecía a una categoría tan singular, tan exclusiva, que no había sitio para nadie más.

Una categoría para ella sola, como si hubiese venido de otro planeta. 


Decir que «su sombra era muy alargada» es como pretender que había un sol detrás de ella y que no era ella, en su oficio, el sol mismo. Como pretender que su inmensa presencia en el subconsciente colectivo del universo musical fuese delimitada y finita. Aretha era, y es, y seguirá siendo como un telón de fondo del que uno no puede apartar la vista, aunque se distraiga dirigiendo su mirada a figuras más pequeñas, como el cielo que seguimos viendo, sin saberlo, cuando centramos la mirada en los pájaros. 

Cada vez que otra cantante alcanzaba una nota imposible o generaba una intensidad abrumadora, la comparación era automática e inevitable, como cuando los atletas compiten entre sí sabiendo que, aunque ganen muchas medallas de oro, habrá un récord del mundo que nunca podrán igualar. Estaba Aretha, y después estaba el resto. Hablando de otras cosas diría que esto es una percepción subjetiva mía, pero todos sabemos que no lo es, sabemos que es un hecho que era única y mejor, por lo que sería una tontería ponernos a discutirlo o a intentar explicarlo. 

No se trata de medir cuál era su rango vocal o cuán potente era su voz; en sus muchos discos y filmaciones hay cientos, miles de detalles que demuestran sus asombrosas elegancia y pericia a la hora de comandar las melodías, de atemperarlas y acentuarlas con las dinámicas, de elegir giros, inflexiones e improvisaciones perfectas. Hay muchas cantantes que lo llenan todo de gorgoritos y alardes, pero Aretha subía y bajaba en los momentos justos, pasaba del susurro al grito y volvía sin que uno fuera consciente de la transición. Hay que nacer para hacer las cosas con tanta facilidad que parezcan naturales e inevitables. Era hipnótica, absorbente; no hacía los fraseos que esperabas oír, y después de oírlos te parecía que no era posible haber hecho otros. 


Su voz destacó de entre todas las voces de esa cantera inagotable que hierve en las iglesias estadounidenses. En la música espiritual, el góspel, germinaron las carreras de un sinnúmero de cantantes e instrumentistas: desde Ray Charles a Merry Clayton, desde Sam Cooke y Al Green a Tina Turner, desde Elvis Presley y Little Richard a Stevie Wonder y Billy Preston. La lista es interminable. Tanto que incluso nuevas voces a las que nunca asociaríamos con el góspel empezaron cantando música espiritual, como Katy Perry o Avril Lavigne. 

En los Estados Unidos el góspel es tan importante que siempre ha tenido sus propias discográficas y ha habido artistas que han vivido, y bien, sin pisar el terreno de la música secular. El ecosistema de las iglesias no es exactamente una competición, pero los mayores talentos ascienden rápido porque las celebraciones son, en buena parte, conciertos. Y los feligreses son, además de feligreses, espectadores. 

No voy a pretender que puedo ponerme en la piel de quienes crecen identificando su religiosidad con el góspel, pero está claro que para ellos la grandeza de los intérpretes es una expresión más de la grandeza de Dios, como en Europa lo eran la grandeza de las cantatas de Bach y los himnos de Purcell o la pétrea magnificencia de las catedrales. 

En el góspel, una gran voz es algo más que simplemente una gran voz. En un entorno donde todo el mundo canta y las gargantas privilegiadas aparecen en centenares, por no decir miles, quien consigue destacar lo hace porque posee cualidades fuera de lo normal. Aretha Fraklin poseía cualidades fuera de lo normal.

 No necesitan ustedes husmear en sus libros biográficos para comprobarlo; a los catorce años grabó un disco donde la podemos escuchar cantando en directo en la congregación donde su padre ejercía como pastor. Es muy posible que a sus oyentes de entonces lo de esta niña les pareciese un milagro. Insisto: catorce años tenía. 

 

Es fácil olvidar que Aretha no siempre fue una gran estrella y que no lo fue porque en sus primeros álbumes para una gran discográfica renunció a la manera de cantar que había puesto los pelos de punta a sus correligionarios. 

Durante la década de los cincuenta, nació del góspel la música que poco después sería conocida como soul. Era, en lo fundamental, la misma música, aunque con letras que hablaban de temas mundanos: amor, sexo, tristeza, dinero, alegría, bebida, drogas. Contaminada por toques de jazz, estilo que los creyentes más piadosos veían como banda sonora de adictos, bares de mala muerte y prostíbulos. Y, aún peor, contaminada por el rhythm & blues, que era directamente la música del diablo. 

Los grandes intérpretes de góspel no se habían atrevido a llevar su estilo más allá de las iglesias, porque se arriesgaban a que su público pensara que el demonio los había poseído. Ray Charles empezó a marcar el camino, apropiándose de la sonoridad de los himnos espirituales para cantar cosas como «Vamos a colocarnos», que sonaban a iglesia en todo excepto en el mensaje. No mucho después, la gran estrella emergente del canto espiritual de la época, el niño prodigio Sam Cooke, hizo lo mismo, abandonando The Soul Stirrers, la banda de canciones religiosas con la que había empezado a hacerse un nombre (y la banda que no pudo mantener su éxito sin él). 

Aretha, como muchas adolescentes de su generación, estaba enamorada de Sam Cooke, y quiso seguir su ejemplo. A los dieciocho años dio también el gran paso y le dijo a su padre que pretendía dedicarse profesionalmente a la música laica. El trago fue menos traumático de lo previsto: su padre no solo consintió, sino que se convirtió en su mánager. El primer single laico que Aretha grabó tenía un título de lo más elocuente: «Hoy canto blues». 

Era el año 1960. Su voz y su piano sonaban muy poco eclesiásticos; un error (si podemos llamarlo así, claro) que tardaría algunos años en corregir.

Pasó los siguientes seis años en la discográfica Columbia, donde nadie supo sacarle partido a su innata intensidad. En aquellos discos cantaba maravillosamente bien, por descontado, pero lo hacía en un estilo que estaba plagado de competidores, sin nada en concreto que la hiciera destacar del resto. 

La variedad de estilos de aquellos discos, no obstante, permitía disfrutar de algo que, curiosamente, suele pasar desapercibido: su magnífico gusto como pianista. Su manera de tocar era muy elegante y versátil; además de su experiencia en el góspel, había recibido cierta formación en piano clásico y quedaba patente que estaba familiarizada con varias otras ramas de la música. Como en el único sencillo que obtuvo una modesta repercusión internacional, la versión de una vieja canción que Al Jonson había cantado en Broadway durante los años veinte. 

  

Los discos de Columbia me gustan mucho, pero no mostraban a la Aretha que todos recordamos. Su inmenso talento se diluía no pocas veces en mitad de producciones que sonaban domesticadas y acomodaticias. Un buen ejemplo es su melosa versión de «Try a Little Tenderness», que imitaba sin mucha gracia las baladas orquestadas con las que Ray Charles, para variar, había roto moldes. Basta compararla con la que versión grabó Otis Redding, con ese crescendo final que la convertía en uno de los puntos fuertes de sus ya de por sí impresionantes directos. Era justo eso, romper las ataduras con las modas del momento, lo que Aretha necesitaba. 

En 1967, fichó por una nueva discográfica, Atlantic, donde entendieron por fin que esa clase de energía era la que se requería para extraer de Aretha todo su potencial. Ella venía de las iglesias y tenía que recuperar la extática intensidad de los himnos y las celebraciones. La música soul era la única que provenía directamente del tipo de góspel que había cantado desde niña, y en la faceta más desbocada del soul era donde ella podía brillar con más intensidad. Justo lo que Otis Redding estaba haciendo con tanto éxito. Era, recordemos, era del auge del rock guitarrero y Otis podía compartir cartel con Janis Joplin, The Who y Jimi Hendrix, y no desentonar en absoluto. Cuando Otis cantaba un tema de los Rolling Stones lo hacía sonar más enérgico que los propios Stones. 

En Atlantic, con una certera visión de por dónde conducir a su nuevo fichaje, querían hacer de Aretha la versión femenina de Otis Redding. Por supuesto, ella tenía una personalidad propia, pero seguir el ejemplo de Otis fue todo un acierto. Aretha debutó en Atlantic con una canción de puro soul, esto es, del góspel que ella había cantado siempre, pero con letras que hablaban de cosas de la tierra y no del cielo. Fue su primer gran éxito a nivel nacional. Esta, ya sí, era la Aretha con la que nos familiarizamos durante décadas. 

 

Casi de inmediato consiguió su primer número uno interpretando, cómo no, una canción que había compuesto y grabado Otis Redding. Aunque a priori parecía impensable —recordemos que Otis estaba rompiendo toda clase de moldes y se dedicaba, entre otras cosas, a mejorar toda canción ajena que pasaba por su garganta y por las manos de los músicos de su banda—, la versión de Aretha superaba a la original de Redding. Además de que cantaba como nunca antes en un disco, todo en la grabación era perfecto, desde los arreglos iniciales de la guitarra de Cornell Dupree (más conocido como uno de los músicos de sesión más prolíficos de todos los tiempos, aunque recomiendo encarecidamente sus discos en solitario: evidencia uno, evidencia dos) hasta ese legendario «R-E-S-P-E-C-T» que pillaba desprevenido al oyente (hoy, claro, lo hemos oído un millón de veces, pero entonces…). En fin, ya saben, la canción que la convirtió en una gigante de la industria. 

De ahí, al infinito. Aretha había encontrado por fin el estilo en el que nadie, absolutamente nadie, podía competir con ella, ya fuese con temas nuevos («Chain of Fools») o con versiones inspiradas, una vez más, en las que había hecho Otis («I Can’t Get No Satisfaction»). O con versiones que hizo suyas para siempre o que le valieron premios Grammy. Sí, el objetivo de Atlantic era convertirla la versión femenina de Otis Redding, pero consiguieron mucho más que eso: hicieron que Aretha fuese A-R-E-T-H-A. No tardó en ganarse el título indiscutido de «reina del soul», estableciéndose como una institución y una referencia —inalcanzable, pero ineludible— para las voces femeninas que vinieron después. 

Si una cantante quería hacerse una idea de a qué altitud quedaba el listón, ahí estaba Aretha. Estaban sus discos, sus conciertos, y estaban sus ocasionales retornos a la iglesia, en los que ponía de manifiesto que, en efecto, seguía haciendo que cualquiera creyese en los milagros. 


El éxito ya no la abandonó, ni tampoco la veneración que despertaba su figura. Aretha Franklin era como la ley de la gravedad o como el beber agua, cosas que sencillamente son indiscutibles. Las cosas pesadas caen al suelo en el cien por cien de los casos, los seres humanos necesitamos agua en el cien por cien de los casos, y Aretha Franklin te asombra y te emociona cuando la escuchas, también en el cien por cien de los casos. Ya sea en sus discos más melosos de los inicios o incluso en sus aventuras ochenteras. Porque podía ponerse una chaqueta de cuero, empezar a interpretar «Jumpin’ Jack Flash» y hacerte creer que la canción había sido escrita para ella. El tono ceniciento que sus graves habían adquirido con los años era para el oyente como esos matices que los expertos encuentran en los vinos excepcionales. Puedes oírla y regocijarte con esa ligera textura raspada que hace aparecer y desaparecer a voluntad, como solo puede hacerlo una maestra consumada en su arte. 


Supongo que ya no se estila decir estas cosas, pero Aretha era también una dama. La llamaban reina y se comportaba en consonancia, con distinción, gracia y refinamiento. Cualquier intervención suya en un acto público era un acontecimiento y ella, sin el más mínimo esfuerzo y seguramente sin la más mínima intención, aparecía rodeada de una aureola mayestática. 

Todo el mundo sabía quién y qué era Aretha y qué significaba su figura. Como cuando B. B. King se rodeaba de rockeros que lo miraban con arrobo, comportándose como niños en presencia de Papá Noel. Basta ver las infantiles expresiones de euforia de Carole King cuando Aretha pisaba el escenario para homenajearla por haber compuesto aquella canción que ella había convertido en inmortal. Vean las impagables caras de Carole y escuchen cómo cantaba Aretha, todavía, con más de setenta años. Lo dicho: un milagro. 


Ahora ella ya no está. Y no va a haber otra Aretha, como no ha habido otro Bach ni otro Velázquez. Las próximas generaciones la escucharán con el mismo asombro que nosotros, o más, y pensarán: qué gran época debió de ser aquella en la que Aretha Franklin estaba viva. Supongo que las gentes del futuro tendrán sus propios colosos, pero, la verdad, dudo que ninguno consiga provocar semejantes emociones con su voz. Ese tipo de cosas suceden una vez en la historia. Los egipcios tuvieron las pirámides, los romanos tuvieron el Coliseo y nosotros la hemos tenido a ella. Sí, qué otra cosa podemos decir: ha sido una gran época. Ha sido la época de Aretha Franklin. 

(Fuente: jotdown.es/E. J. Rodríguez)