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LA TECLA CON CAFÉ

Cafetal adentro

Santa Clara: El nido de los Anidos

Santa Clara: El nido de los Anidos

Por Mercedes Rodríguez García

Los Anido. Familia raigal, cuyos rizomas vienen de lo profundo, donde corren las aguas subterráneas e imperan ciertas piedrecillas, grises y rojizas de origen ígneo. 

Raíces luengas, vitales, surgidas de semilla superior. Raíces fieles, genuinas, auténticas, perdurables. Santaclareños de pura cepa, probables descendientes de aquellas aproximadamente 177 personas que dieron origen a la villa de Santa Clara, fundada el 15 de julio de 1689, entre los ríos del monte y la sabana. 

Y aunque nunca constaron legajos, botijas con doblones, ni cofres llenos de cartas, ni crucifijos adiamantados, ni bitácoras con precisiones del viaje, don Agustín Anido Pérez de Alejo y doña Mercedes Estrada Hurtado de Mendoza constituyen los antecedentes más próximos y ciertos del un arcano tronco primigenio escapado de San Juan de los Remedios, y asentado en tierras del Hato de Antonio Díaz.

Después, llamaríanse Los Dos Cayos, villa Nueva de Santa Clara del Cayo, Pueblo Nuevo de Antonio Díaz, hasta que al cabo de muchos años vino a fijarse su verdadera denominación con el nombre de Santa Clara,  dado por Real Orden, en la que se nombra a Nuestra Señora Santa Clara de Asís, patrona y abogada del nuevo sitio poblacional. 

DEL ABUELO MAMBÍ 

Pues uno de los descendientes de aquel Anido fundador, Agustín Anido Estrada (abuelo Papatín), contrajo matrimonio con Amparo Artiles Alemán (abuela Mamía). Uno detrás del otro les nacieron siete hijos: Arturo (abogado), Agustín (médico humano), Alfredo (médico laboratorista), Alberto (estomatólogo), Armando (doctor en Ciencias Comerciales), Merceditas (profesora de piano) y Clara Amparo (maestra de Kindergarten) 

Cada cual por su camino, pero siempre en Santa Clara, encontraron pareja, y constituyeron hogar y familia continuadora de profesiones, y heredera del talento, la vocación, la educación y la cultura que siempre los distinguió y sostienen los Anido que sobreviven.   

Y como  la Gloriosa Santa Clara anda de cumpleaños  317 años, nadie mejor para evocarla que cuatro emblemáticos santaclareños de linaje: Marta Anido Gómez, Esther Lilia Anido Valdés, Alberto y Freyda Anido Pacheco. Primos y hermanos que sobreviven de una familia numerosa que llegó a congregar bajo techos aledaños, en la década de 1940, a casi tres decenas de miembros. 

Del abuelo Papatín, notario de profesión, recuerda Marta: «Era un hombre meticuloso, de mucho temple, integrante de la directiva del Club Juan Bruno Zayas, constituido en Santa Clara, por encargo de José Martí. Como conspirador actuó bajo los seudónimos Agente Oeste y Agente Capiro.  

«Cuando el general Monteagudo planificó tomar la ciudad, concibió, entre otras acciones ocasionar un corto circuito y echar abajo el alumbrado eléctrico, que en 1894-1895 fue establecido gracias a Marta Abreu. Para esa acción se brindó el abuelo junto con Silvio Lubián. En casa de nuestra familia se guardaron los instrumentos con que sería ejecutada la operación, con el objetivo de que parte de las fuerzas entraran por las calles entonces nombradas Santa Rosalía entre Carmen y San José, hoy Martí entre Máximo Gómez y Villuendas.  

«Un suceso inesperado destruyó aquellos planes, pues el General Monteagudo fue llamado urgentemente por Máximo Gómez, pues los Estados Unidos habían firmado la Resolución Conjunta y se esperaba una intervención en Cuba», concluye Marta, la que hubiera sido bailarina y a quien su fabulosa memoria le ganó definitivamente asiento de primera fila en la historia y la cultura local. 

retadores del tiempo 

«De niños, durante las vacaciones, nos congregábamos en el chalet de la quinta Los Cocos, propiedad de mis abuelos, en la carretera a Camajuaní, casi frente a lo que hoy es la Escuela de Arte Samuel Feijóo. Un lugar fresco, limpio y claro, con muchos árboles frutales, flores silvestres, pájaros y mariposas. Iban mis seis tíos y todos sus hijos. La vida transcurría tranquila, entonces los chiquillos no dábamos tanto dolores de cabeza, había mucho respeto por los mayores y, sin muchas explicaciones, le obedecíamos», cuenta Esther Lilia, pedagoga jubilada, doctora en Filosofía y Letras. 

«Los paseos predilectos eran hasta el Deportivo, un club campestre en predios del actual Arco Iris, allí, en un rancho cocinábamos arroz con gris, cerdo frito y alguna vianda, la cerveza y los jugos los sumergíamos en el agua del río Ochoa para que se mantuvieran frescos. Así, el aquel ambiente rústico nos consumíamos de felicidad, relata de nuevo Marta. Íbamos en el auto tío Totó, atestado, montados hasta en el pescante, no había policía de tráfico, de lo contrario nos hubieran acribillado a multas.

«¿El parque Vidal? Una plaza muy tranquila. El sitio donde, sin falta, nos llevaban cada tarde, invariablemente de cinco a siete. Las hembras nos reuníamos alrededor de la glorieta, cantábamos y jugábamos a la rueda-rueda. Allí aprendíamos a patinar, comprábamos caramelos de pulla, barquillas, cucuruchos de maní, y luego a la casa donde nos esperaba, ya servida, la comida.» 

«A mi hermano le encantaba el 20 de Mayo, una confitería, repleta de dulces y bombones, quedaba en lo que hoy es el cine Camilo Cienfuegos, permanecía alelado frente a la vidriera», narra Freyda, la excepcional pianista, capaz de interpretar una pieza y cambiar el tono en menos de una primera mirada. Artista grande. Mujer modesta, ciudadana sencilla. 

«Sí, pero yo prefería la Boulanger, una explanada donde actualmente está el Sandino. Allí armaban sus carpas cuanto circo llegaba a Santa Clara, se realizaba la Feria Mexicana, montaban aparatos mecánicos: caballitos, estrellas, montaña rusa, jugábamos pelota y empinábamos papalotes…» reprocha Alberto, compositor, escritor, pintor, crítico de música, cine y teatro, caminador impenitente; hombre amable, conversador cuando se emociona, y francamente entretenido, al punto de no ver ni escuchar a quien le saludan porque alguna idea lo consume, dicho a su manera: «…Es que voy cabalgando sobre una nota musical.»

PREGUNTAS EN EL PRESENTE

Santa Clara, ciudad estrecha, nocturnal, mística.  Si no fuera que la vestimenta te luce desgastada, parecerías una jovencita. A fin de cuenta, ¿qué son tres siglos comparados con las milenarias civilizaciones orientales?

— Marta, ¿Te gusta el parque Vidal tal y como está? 

—Añoro algunas cosas que lo identificaron: la pérgola, lugar alegórico de 18 columnas; su enredadera de fondo a la estatua de Marta Abreu; los canteros rodeados de sillones y sillas dispuestos para entablar amena conversación. 

—Esther Lilian, refiéreme dos lugares de la ciudad: uno que te guste mucho y otro que te disguste bastante? Si quieres no me digas por qué. 

—Me encanta el parque Vidal, a cualquier hora. Me causa muy mala impresión El Güije, a orillas del Cubanicay en su cruce por áreas del Sandino. El entorno es magnífico, pero me deprime ver la gente que allí se reúne solo para tomar ron. 

—Ahora, tres lugares de la ciudad antigua que consideres simbólicos. 

—La Estación de Ferrocarriles, los lavaderos públicos en la margen del Bélico, y el Teatro La Caridad. 

—Marta, ¿Es posible que la ciudad tenga algún día su ballet? 

—Se trata de un viejo anhelo que quisiera ver cumplido antes de morir. Desde 1939 Santa Clara forma bailarines, y existe un público conocedor. Si unimos voluntades e intereses, Santa Clara podrá exhibir más temprano que tarde su compañía de ballet. 

—Esther Lilian, si de ti dependiera ¿en qué convertirías las ruinas de El Billarista? 

—En cualquier cosa menos en un parquecito, tal vez en un hotel en moneda nacional. 

—Freyda, ¿qué preferirías como alivio al transporte público: coches o carretones? 

Ambos resultan útiles en estos momentos, pero rescataría los coches, existen en otros municipios, son más atractivos, cómodos y seguros. 

—Alberto, si te doy una varita mágica para que eches a andar, ahora mismo, algo de lo que no funciona dentro del Casco Histórico de la ciudad, ¿qué tocarías?El reloj del antiguo Ayuntamiento o de la CMHW, como dice la gente. Para que toque sus campanadas y todos volvamos la cabeza y sintamos, junto con él, el latido de esta ciudad luminosa, familiar, entrañable… Mi gran amor de los amores.                               

Siempre el mismo timonel rebelde del Granma

Siempre el mismo timonel rebelde del Granma

Aquel día de julio de 2003 la oportunidad de conversar con alguien muy cercano al Comandante en Jefe llegó sin preparación previa. Estaba en Santiago de Cuba. Había fiesta caribeña. Pienso en que este 13 de agosto Fidel cumplirá 80 años, y bueno resulta rememorar una de las conversaciones más fructíferas que he tenido en los últimos tiempos: Se trata de la entrevista que hiciera entonces a Pablo Caballero Cuza, fotógrafo personal del máximo líder de la Revolución cubana.

Por Mercedes Rodríguez García

Estoy  en la sala del plenario donde el 21 de septiembre de 1953, se iniciara el juicio a los encartados en la Causa 37 radicada en la Audiencia de Santiago de Cuba por el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

No sé si más o menos que entonces. Pero el calor de este 5 de julio de 2003 resulta sofocante. Así que no me cuesta ningún trabajo sentir en carne propia el que debe haber pasado el joven Fidel Castro, de cuello y corbata, enfundado entonces en su único traje, de lana color azul marino. Quizás haya sido esta una de las razones por las que demoró en usar semejante vestimenta, muchos, muchos años después, y luego de aparecer en público con una guayabera blanca, todo un acontecimiento para los cubanos y motivo para que más de una agencia de prensa extranjera encabezara sus despachos sensacionalistas.

Y de blanca guayabera anda también, de un lado a otro del imponente salón, un mulato canoso, de cara ancha, mediana estatura y complexión fuerte, a quien me he propuesto «conquistar», y Mónica, mi colega santaclareña, retratar en plena actividad.

Lo conozco de vista y de nombre. Sobre una mesa, en mi casa, tengo una foto que nos hiciera, junto a Fidel, a las cuatro mujeres de la delegación villaclareña al VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el 14 de marzo de 1999. En semejantes reuniones con carácter diferido, volveríamos a coincidir, siempre muy cerca ambos del máximo líder de la Revolución cubana.

Sin embargo, ¿constituiría este un argumento lo suficientemente persuasivo como para que me concediera una entrevista con todas las de la ley? ¿Me reconocería Pablo Caballero Cuza, fotógrafo personal del Comandante en Jefe? Y como de momento no se me ocurrió otra cosa, lo enfrento con un amistoso «¿Qué tal, Pablo?», como si se tratara de un viejo conocido al que demuestro singular cariño, gracias al efecto unísono de delicados y continuos palmoteos de mi mano derecha sobre sus sólidos bíceps.

—Labor difícil, ¿eh?

—Ya estoy acostumbrado, en esta profesión se ejercita todo.

—¿Estimulante?

—Sí, siempre en movimiento físico y mental, con los reflejos activados.

¡Bárbaro!, digo para mis adentros. Entre los dos ha surgido una corriente empática. Lo confirmo porque, además de responderme con afabilidad, me pasa su brazo izquierdo por el hombro y me insta a seguirlo.

Del Palacio de Justicia a la actual Ciudad Escolar 26 de Julio, vamos a pie. A las 7:00 p.m. debe inaugurar una exposición con fotos inéditas de Fidel, y aunque el sol todavía reverbera, solo faltan minutos para la apertura.  

Respecto a la solicitud formal de entrevista, no me dijo ni sí ni no. Sin embargo, tratándose de quien se trataba, debía confesarle mis verdaderos intereses, de modo que no viera en preguntas sucesivas segundas intenciones y, sin prejuicios y hasta donde le fuera posible, me refiriera aspectos poco o nada conocidos acerca del jefe de Estado cuya cantidad de atentados fallidos se clasifica como récord mundial; y por demás, hombre que rechaza el culto a la personalidad y nada proclive a revelar aspectos de su vida privada.

Sobre la marcha continuamos el diálogo:

—¿Desde cuándo trabaja como fotógrafo del Comandante en Jefe?

—Desde 1969 ó 1970.

—¿Alguna vez se ha ganado un regaño por cuestiones profesionales?

—¿Por tirarle una foto? No, aunque en determinado momento en que está absorto en lo que dice o hace,  el relámpago del flash lo saca de su concentración, lo mismo le sucede con las luces de la televisión.

—Y, debido a causas imprevistas, ¿se ha quedado sin película?

—Sí, mas se ha solucionado porque él ha sabido esperar pacientemente. En ese aspecto es muy comprensible.

Tiene Fidel —y usted, por supuesto— predilección por una marca específica de cámara fotográfica?

—No. Yo siempre he preferido la Nikon, porque es de las mejores, muy segura. No puede decirse que Fidel sea un aficionado a la fotografía, aunque sí ha tomado algunas y aprecia su valor documental y artístico. Siempre habla de las imágenes de Martí, de cómo a pesar del tiempo han llegado a nuestros días en bastante buenas condiciones; he aquí una de las ventajas con respecto a la digital, que no resisten más allá de 20 años de almacenamiento. Yo prefiero el negativo en colores, o  blanco y negro, según los fines.

—¿Lo considera un personaje difícil de captar?

—Eso depende de dónde se encuentre. Si se trata de una reunión, hablando con alguien, recibiendo a una personalidad. En los recorridos se muestra muy dinámico, se mueve entre la gente, conversa con los obreros, con los jóvenes, y ello dificulta un poco la labor del fotorreportero. Al final se obtienen las mejores imágenes por su fuerza y naturalidad.

—¿Cuál fue su primera misión como fotógrafo en el Consejo de Estado?

—En 1971 acompañé al Comandante a Chile.

Al respecto le comento:

Viajó en un IL- 62, desde entonces nunca ha dejado de hacerlo, los considera un equipo fuerte. La prueba es él, lo ha confesado en público, incluso los recomienda a compatriotas y turistas. Su proverbial sentido del humor, de la ironía —según Frei Betto, «a veces sarcástica»— constituye una de las armas que utiliza magistralmente contra el enemigo, incluso, acompañada de ciertos gestos. No obstante, en las fotos que se publican aquí no abundan esas expresiones. ¿Cuántas fotos le ha tomado a Fidel?

—Aproximadamente un millón de negativos, cada uno de 36 fotogramas. Pero no soy yo solo, en total deben existir cerca de 5 millones. De cada película se escogen para publicar entre tres y cuatro fotogramas.

—¿Como se inició en la fotografía?

—En el Ministerio del Interior; luego pasé varios cursos: en la UPEC, en el ICAIC, en Cartografia y Catastro. Lo demás, mucha práctica.

Entre las fotos que usted ha hecho de Fidel, ¿alguna con significación especial?

—Para mí todas poseen un gran significado, incluso, no puedo distinguir entre una imagen del Comandante en Jefe y la persona del  Comandante en Jefe.

—¿Acaso no siente predilección por una foto determinada?

—Para mí todas y cada una poseen el mismo valor.

—Bien, démosle otro enfoque a la pregunta: ¿ninguna foto emblemática?, algo así como el Che de Korda.

—Puede que con el tiempo alguna alcance esa connotación, pero no quiero ni pensarlo. Yo he preferido exhibir esta muestra ahora y no en otro momento porque constituyen imágenes vitales de un hombre que, pese a los años, mantiene los mismos ímpetus de joven, un vigor y una disposición anímica increíbles. En este sentido hay una foto muy elocuente, a la salida del Memorial a José Martí, conversando por el celular con Pérez Roque, que estaba en África. Está apoyado en la parte delantera de su «Mercedes», cruzado el pie izquierdo sobre el derecho, no sé, pero hay algo que lo asemeja a un muchacho.

—¿Qué es lo que usted más disfruta de su trabajo?

—Las genialidades del Comandante en Jefe, su capacidad creadora y visionaria, su humanismo, su caballerosidad, su comprensión y muchas cosas más que admiran su pueblo y el mundo entero, pero sobre todo su sencillez. Fíjate, un día nos ponchamos durante un recorrido, fue por Holguín. Él dijo: «Dame acá la llave, que yo mismo voy a cambiar la goma.» Se tiró rápido como un rayo, y la escolta y yo más atrás. Allí está la foto cambiándole el neumático al jeep.

—Cuénteme otra historia.

—¿Sobre fotos?

—Bueno... sí.

—También de recorrido, con un periodista extranjero. Fidel escogió el lugar, frente al mar, cercano al Complejo Morro-Cabaña. Sin apurarse, muy sereno, en franca actitud contemplativa se dejó fotografiar. Yo aproveché la ocasión, no le gusta posar, lo ha hecho en escasísimas oportunidades.

—Y usted, ¿también se mantenía sereno?

—Sereno, aunque siempre dispuesto a ejercitar el cuerpo, la mente, la fuerza...

—¿La imagen a que hace referencia forma parte de la exposición?

—Sí, la encabeza.

—Si tuviera que salvar una de esas 39 fotos, ¿escogería esa?

—Todas.

—¡Ah, no! ¿Vamos a caer en lo mismo? ¿Y si no le da tiempo?

—Haría como el capitán de barco: moriría junto a ellas.

—¿Qué han significado para usted todos esos años junto al Comandante en Jefe?

—Una escuela de Revolución, de dignidad, de humanismo, de patriotismo e intransigencia revolucionaria.

—Y desde la perspectiva del líder, del guerrillero, ¿cómo ve al Fidel Castro de estos tiempos?

—Como el mismo rebelde timonel del Granma.

—Por ahora ni una pregunta más, Pablo, tal vez cuando vea la exposición...

—Confío en usted, soy mejor tirando detrás del lente que hablando.

Ya de noche, el guantanamero Pablo Caballero Cuza corta la tradicional cinta.

Efectivamente, ¡allí está! la bella foto de Fidel frente al mar; la primera a la izquierda, sin dudas un símbolo: de cuerpo entero, en uniforme de campaña, bien firme sobre el diente de perro; erguida, inquisitiva y noble, retadora, la mirada se pierde en ese mundo posible, infinito y mejor. Al fondo, la hermosa Habana, estirándose de este a  oeste junto al litoral, tratando de alcanzar el sol que se marcha junto con la tarde.            

Sin tiempo para los años altos

Por Mercedes Rodríguez García

Desde sus sillas de rueda María y Zeida me hacen señas. Quieren un cigarrillo y candela. Sin vacilar, se los ofrezco. No saben dónde ponerme ni donde más alto encaramar un par de sonrisas que, como alpinistas expertas, suben por entre las arrugas hasta coronar las frentes. «Usted es una gran señora», me dicen.

 

Aún faltan cuarenta minutos para las diez de la mañana y ya en los pisos se va evaporando la humedad de la primera limpieza del día.

 

Por los espaciosos pasillos y corredores, descubro unos cincuenta de esos hombres y mujeres que habitan el Hogar, por donde deambulan, charlan, tejen, leen, esperan la visita, el almuerzo, el noticiero, la hora pensada para salir de pase o salir un rato a la calle a encontrarse con vecinos y amistades de antaño.

 

«Yo soy la menor de todos, la ahijada de Tita Conde y Luis González tengo 73 años y nací pesando cuatro libras», expresa de un tirón Adela Milagros, la que se despierta cantando todas las mañanas, la parlanchina, la que se autodiagnostica crisis cíclicas de «melancolía ambulatoria», la que deshilvana su humilde pasado de conserje para tejer una fábula como secretaria de Cintio Vitier en la Universidad Central. «Que nadie me hable de muerte, que bastante cerquita la he tenido. Una vez estuve en terapia intensiva con 240 de presión.»

 

Pero no, Adela, no es la más joven. Norberto, mulato de carcajada violenta, .ya alcanzó las seis décadas. Le falta una pierna, pero nada le impide ser el campeón. «Toda la vida he sido un hombre alegre, para mí no hay hora triste ni momento malo, los problemas me los tiro a la espalda. ¿Mujeres? Tuve cantidad. Sí me gusta la música. Cuando joven toqué en un conjuntico. No, no tengo música preferida. Una tarde, estando en el Ejército Rebelde, allá por Altos de Conrado, entré a un barcito y escuché en un barcito una canción que hablaba de la madre. Hay letras y melodías que llegan al corazón y pinchan el alma.»

 

Para Cándida, que acaba de cumplir 70, no hay mejores canciones que las de Julio Iglesias, el español que dice Oristela, haber visto actuar en el Camilo Cienfuegos, allá por los años 60, «cando era del MININT y me pusieron a cuidar la cola.» Nació en 1917, en el campo.«Si hay algún secreto para llegar a viejo, solo le puedo decir: trabajo y carne de puerco.»

 

¿Qué cree usted José Alberto? «Mi médico me dijo que iba muy bien. ¡Qué clase de pregunta tú me haces, chica? Yo lo que he hecho durante toda mi vida es pelar, y los barberos guardamos muchos secretos. Sí no sabré cosas. Porque para ese oficio hace falta mucha cultura, usted tiene que entretener al cliente para que no se aburra y se vaya. Me enseñó mi padre, todavía vive, tiene 92 años.» ¡Vaya que sí está soñando José Alberto, nacido en 1905.

 

—¿Qué edad me dijo que tiene su padre?

—Mantengo buen oído y buena lengua. Ya le dije, 92 años, y vive. Mi madre no, murió en un accidente...

Y con el recuerdo viene el llanto. “Perdóneme, perdóneme, siga preguntando. Prefiero pelar con máquina que con tijera, es más rápida, pero no asienta el corte...»

 

José Alberto conserva el porte elegante, la altivez del mozo, los modales del caballero, el gesto sobrio, el don de mando, la severidad del juez. Sobre su sillón de ruedas parece todavía el jefe de familia.

 

De igual modo, Zoila aparenta toda la nobleza del mundo. De modales delicados y hablar pausado, irradia tranquilidad, paz y sosiego. «Enviudé hace 34 años y aún sigo enamorada de mi esposo. No pensé llegar a anciana, pero de nada me puedo quejar a los 88. Siempre llevé una vida cómoda, metódica, en la finca, cuidando de la casa y de mis hijos.»

—¡Teje que es una preciosidad!, dice  Angela, quien desde niña trabajó como doméstica.

«Francisco Oms era mi esposo, zapatero. Llegué a tener  22 pares de zapatos hechos por él. Ahora, a los 76 años, los nervios me traicionan. Ayudo en todo lo que puedo, a ver si se me van los malos pensamientos.»

 

Por eso Gregoria, prefiere tener siempre un compañero a su lado. «Para espantar la soledad, que tiene la cara muy fea. Aquí hasta me pusieron dientes y me garantizan el calzado ortopédico. ¿Usted no lo cree? ¿No es verdad? Solo tengo 67 años, me gusta vestir bien, pintarme los labios, total, la gente siempre va a hablar.»

 

Entonces Cándida, emite su juicio:

 

«Pues yo me casé aquí. Hice tremenda boda, con traje y Palacio de los Novios. Ya él murió. Me han hecho tres operaciones en la cadera, y eso me limita. Me gusta leer. Cuando llega la noche me deprimo un poco, lloro. A principios de Julio me iba a casar, pero lo pensé mejor. ¡Demasiado soberbio el hombre!»

Y no sé si será verdad. Me pareció que Gabina y José Miguel... Él dice que ella es su novia, pero la mujer, con un guiño, lo pone en duda. Gabina con 83 años, y José Miguel, con 80, piensan llegar a los 120 años.

Por primera vez, y sanamente, siento envidia. Envidio la energía de ambos, la fuerza con que ríen y burlándose de su hipertensión, la expresividad en sus chistes picantes. Y codicio también la esperanza cierta de los que ya no pueden andar y permanecen en sus dormitorios. Se les baña y cambia de ropa, toman su alimento o medicina.

Reposan y esperan. Esperan. Soles y lunas resbalan por las paredes y se acumulan en la piel, seca, delicada, matizada de lunares. Saben que al final no les faltará una mano amorosa y solidaria, motivo suficiente para verlo todo verde y floreciente, aunque no se pueda andar sobre los pies, ni alcanzar los frutos de un salto juguetón y campechano. A la altura de los años que han vivido, se brinca sin garrocha y sin impulso.

Hoy, la meta es cierta, la distancia, sueño; el amanecer, derecho.(Ver más de ancianos en Villa Clara en: www.vanguardia.co.cu.)

Todavía su energía habita la casa

Todavía su energía habita la casa

Por Mercedes Rodríguez García

Celia María Hart Santamaría, hija de Haydée, la Heroína del Moncada, dice:

"Tenía la capacidad de ser muy cariñosa y muy exigente, una mezcla que nos resultó muy difícil de enfrentar a mi hermano y a mí. A veces no necesitaba palabras, era como si tuviera una luz por dentro, una luz que hacía que todo se viera."

La observo desde mi asiento en la fila trasera, cinco sillas más a la derecha de donde ella se encuentra. Me interesan sus reacciones ante las canciones que interpretan Vicente Feliú, Lázaro García y el trío Trovarroco junto a Vionaika Martínez. No persigo una lágrima, ni un suspiro. Celia María ya me había demostrado, semanas atrás, una extraña fuerza, nada temperamental. Quizás -como el Moncada para su madre-  Haydée sea para ella «un hecho biológico y espiritual», al decir de Cintio Vitier. 

De todas maneras, Celia María no es de hierro. Al menos, tararea. De perfil le hallo bastante parecido con su madre. De vez en cuando ladea a ambos lados  la cabeza, hunde la barbilla en el pecho, se acaricia las mejillas con los pétalos de dos girasoles que sostiene entre sus manos; ora cosquillea con ellos las orejas, ora los deposita en sus piernas y, con la diestra libre, surca hacia atrás el cabello rubio.

Durante el primer encuentro habló sobre su madre:

«Era muy preocupada, sobre todo porque yo fuera una persona útil y honesta. Nos sacaba la punta a los lápices, nos forraba las libretas, con el mismo cariño y energía con que nos exigía el máximo de puntuaciones. Tenía la capacidad de ser muy cariñosa y muy exigente, una mezcla que nos resultó muy difícil de enfrentar a mi hermano y a mí.»

Fue en Encrucijada, en ocasión del 75 aniversario del natalicio de Abel. Dos colegas la abordaron a boca de jarro. Una pregunta, dos preguntas, tres... Aprovecho y  grabo sus declaraciones, esta, sobre el segundo jefe del Movimiento 26 de Julio, el tío que no conoció, pero al que siempre sintió como si estuviera vivo.

«El cariño hacia él  me llegó a través de mamá, más por el sentimiento que por las descripciones o narraciones que ella pudiera hacerme de ese  que fue su hermano más chiquito y mimado, y en el que no dejó de pensar ni un solo instante.»

En carta a Benigno y Joaquina,  la propia Haydée rebela lo que a Celia María le ha costado trabajo resumir.

Ante la pérdida del hijo, no se resignan. Entonces les llama «padres privilegiados» porque tendrán un hijo que no se convertirá en un viejo feo y arrugado, sino que continuará con su cara linda y tierna. ¡Cómo entonces aceptarlo muerto! Si para ella, a quien le reprochaban que «nada más quería a Abel, que era lo único que me importaba en la familia» su hermano continuaría siendo el guía, el eterno joven rebelde y noble. A sus progenitores, venidos desde España, le pidió: «amen esta tierra donde él nació, quieran a Cuba, quieran a Fidel...»

CON LA MISMA FUERZA DE SU MUERTE

«A mí me sorprende la muerte de mamá siendo una jovencita. Lo que más recuerdo de ella es su fuego. Era muy obsesiva, por ejemplo, con las cosas de la escuela. Nos repasaba cualquier materia por tal de que saliéramos bien. Nada la detenía. Así que la recuerdo con la misma fuerza que tuvo su muerte.»

De sus años escolares, Celia María rememora:

«Yo ponía a mi papá, Armando Hart, en el sitial del dirigente que era, algo que me resultaba un poco raro. No podía pasar inadvertida. Sin embargo, cuando me preguntaban acerca de mi mamá, simplemente decía: directora de Casa de Las Américas, y va que chifla. Nada más.»

La emoción le acentúa el cansancio. Hace calor afuera. En la sala de vídeo, la atmósfera se torna más placentera. Otra interrogante:

—¿Qué significa para ti volver a Encrucijada?

—Vine una vez, creo que un Día de las Madres, a ver a mi abuela. Tendría unos 13 años. Ese solo hecho me remueve. No sé por qué la asocio con una abuela que tenía mi mamá, que ella quería mucho y por la que me pone María, no porque ese haya sido su nombre de guerra. En este aspecto de las su vida sería bueno que profundizaran, porque no hay muchas cosas en claro. ¿Qué tal era la abuela Lita? Mi tía Aida, cuenta una cosa y otra contaba mi mamá, son personas muy arraigadas. Yo creo que se trata de una familia muy especial, incluso mi tío Aldo. A veces dicen cosas que una no entiende, en el fondo, muy profundas y que a mi edad no tenían explicación, pero bueno, con esos bueyes tuvimos que arar.»

Como mujer al fin, no descubre su edad. No hace falta. Ante el grupo se muestra en extremo desenfada. Su lenguaje gestual deja en blanco muchas palabras: las manos, sobre todo, arman. Los ojos, la descubren. Las cejas, en un abrir y cerrar de abanico retador, la descubren. Por momentos adivino a su madre. Pero también a Hart, en ese ceceo inconfundible, defecto de dicción  a la mayoría de los cubanos resulta agradable:

«Mamá era muy fabuladora. Es el caso de la piedra. Habría que comprobarlo. Me contaba que un día, tal vez algún aniversario  relacionado con la República Española, mi abuelo sacó una bandera o algo parecido. Y ella, como era, le lanzó una pedrada. Bueno, tuvo que salir corriendo. Ni siquiera se me ha ocurrido preguntarle a mis tíos Aldo y Aida sobre el asunto. Yo pienso que es verdad, porque lo contaba con tanta vehemencia: ?No la saques, papá, que aquí solo se pone la cubana’, dice que le dijo...  ¡¿y como era ella de tremenda..!?»

 —Entonces, ¿venir aquí...?

—Me ha traído ese sentimiento por Abel que transpiraba mi mamá. Abel, su muerte... La dejó marcada de manera imborrable.

CAMBIÓ SU CUMPLEAÑOS

—¿Cómo fueron sus relaciones con los intelectuales?

—Bueno, vienen a mi mente las tortillas de papa cruda. Virarlas era todo un acontecimiento, como apagar la velitas. Participaban todos los de la Casa: Carpentier, Benedetti, el consejo de dirección en pleno, Mariano, Retamar. Mi casa era como un puerto abierto a todas las naves. Cada 312 de diciembre para mí será su cumpleaños, ella se adueñó de este día. La fiesta comenzaba desde por la mañana, aunque su fecha de nacimiento es el día 30. Yo creo que eso viene por una tradición cristiana, que a mi me gusta mucho: la celebración de la natividad, y eso limpia cualquier tristeza, quiero decir, celebrar los aniversarios de nacimiento ante los de la muerte, es el caso de nuestros héroes y mártires, como siempre se ha hecho con Martí, cada 28 de enero.

—¿Cómo recuerdas a Pablo, a Noel, a los muchachos de la Nueva Trova?

—Pablo y Silvio, muy flaquitos. Siendo yo niñita mi mamá me insistía: ’Fíjate bien, esta gente va a ser muy importante’.  Me instaba a que oyera lo que ellos tocaban. A mi juicio mamá tenía un bajo nivel escolar, sin embargo, me asombraba su juicio para distinguir la buena literatura de la mala, la pintura, la cerámica. Poseía una extraña sensibilidad. Ahora hay libros y estudios sobre la llamada inteligencia emocional, estudios de psicólogos, que yo creo que eso pudiera explicar en mucho lo de la cultura que logró alcanzar mi mamá.»

ELLA CREÍA QUE ABEL ERA LO MÁXIMO.

«Me contó que cuando estaba en el Movimiento con Abel, antes de conocer a Fidel, Abel era lo máximo. Pero un día, llegó Fidel a 25 y O, y cuando él se va ella le replica en tono inquisitovo: ’ Abel, ¿tú estás claro que el jefe es él?

—¿Nadie de la familia se te parece a Abel?

—Mi mamá decía que mi hermano. A mí no. Porque mi tío tenía los ojos muy claros, y era sí, bien parecido y portado, muy elegante. Co respecto a mi tío, no me canso de decir que  transpiró en mi hermano y en mí ese sentimiento que siempre la inundó y que la dejó marcada de manera imborrable. Cuando Trigo hablaba de Abel, directa e indirectamente me recordaba a mi mamá. Ella hablaba calladita sobre las formas y las cosas de Abel, pero siempre con un sentimiento de subordinación, que lo tuvo también para con Fidel.»

—¿Qué más recuerdas de Haydée con relación a tu tío Abel?

Que en la escuela ellos estudiaban mucho a Martí, y que era Abel, en vez de ella, quien la repasaba, porque se llevaban unos cuantos años. ’Si, mi hijita -me decía-, Abel entró a la escuela muy pequeñito, pero sabía más que yo’.  Para ella Abel era algo insuperable.

CERCANO EL CUMPLEAÑOS DE HAYDÉE

Se impone el homenaje. Encrucijada natal. Diciembre 23. El día verdadero será el lunes 30. Vicente, Lázaro  Vionaika y el trío Trovarroco , superan con la música las palabras: Si de tanto soñarte, Sueño de un despertar, Dulce abismo, Aurora de los ángeles, Créeme, Yo estaba en el otro borde, Siempre será el amor, El rey de las flores, Todo el mundo tiene su Moncada, Soneto a Yeyé... Y Yeyé, aquí y allá y en toda esta Isla.

Desde mi asiento en la fila trasera, cinco sillas más a la derecha de donde ella se encuentra Celia María, que terminado el acto, en el batey del central que lleva el nombre de Abel, se dispone a escapar...

 —Me debes una foto.

—¿Sí?

—Sí, aquí, junto a Nené Prieto, la que le enseñó a bordar a tu madre.

—¡Qué lindo bordaba mi mamá! ¡Por qué esas dotes no se heredan?
Y en el aire se queda la pregunta.

Se va junto a Vilma, la tía Aida, sus dos hijos.
 
De prisa deja un cofre a las cuidadoras del museo en el ingenio insignia. Era de Haydée. No sabe bien lo que guardaba en él.

Delante de las fotos se extasía. Han pasado 22 años. La madre sigue allí, habitando la misma casa con su energía.

Porque Haydée, la Heroína del Moncada, era como si tuviera una luz por dentro, una luz que hacía que todo se viera, una luz que nunca se ha apagado.

Nota: Los dos colegas que compartiero esta entrevista: Alberto González Rivero y Enma Rodríguez Aguilera, de la CMHW.

La rusa de Santa Clara

Como casi en toda época, desde los mitológicos Dalila y Sansón hasta Cleopatra y Marco Antonio, en la Antigüedad; Julieta y Romeo, en el Medioevo; Josefina y Napoleón, en la era Moderna, y Evita y Juan Domingo Perón, en la contemporaneidad, la capital villaclareña de principios del siglo XX también tuvo su fabulosa pareja, protagonista de un amor que escandalizó a la alta sociedad de la ya populosa villa: Olga y Joaquín. Médico él. Ella, una atractiva y librepensadora moscovita.

Por Mercedes Rodríguez García

Fue en 1982, de viaje por la entonces Unión Soviética, cuando me vino a la mente el asunto, mientras transitaba del hotel Rossia a la Plaza Roja.

Faltaban pocos días para que terminara el segundo mes del año. En esa época los  la nieve y el hielo se derriten. En las calles se forman charcos de agua fangosa y los carámbanos se acumulan en los tejados hasta que, ante el asomo tímido del sol,  ruedan brillantes por las cornisas. La escarcha se funde con el lodo, y el andar por las aceras se torna pesado y peligroso.

Más o menos semejante descripción del tiempo era la que hacía en 1960 Olga Skvortsova a su nieta cubana, en misiva fechada el 23 de febrero. Conocí de la carta algo más de dos décadas después, cuando me enteré de que el escritor Enrique Cirules preparaba una novela sobre la extraordinaria mujer cuya vida quedaría atada para siempre a Santa Clara.

¿Quién era esta moscovita llegada de la legendaria y desconocida Rusia a la Ciudad de Marta, la patriota y benefactora que el día de la inauguración del teatro La Caridad hiciera su entrada acompañada del brazo del Dr. Rafael Tristá, alcalde y padre del  hombre con quien contrajo matrimonio a poco de haberse conocido en el París de 1907? ¿Vive todavía en Santa Clara alguno de sus descendientes directos? 

AMOR  A  PRIMERA  VISTA

Joaquín Tristá, médico de 23 años, ampliaba estudios en la Sorbona cuando conoció a Olga Skvortsova, de 19 años, quien trabajaba como aya en una mansión francesa. Dicen que la lozanía, encanto, forma de pensar e independencia de la joven desquiciaron al no menos atractivo cubanito, cuyos relampagueantes ojos castaños desordenaron a su vez el corazón de la muchacha, con la cual se casó meses después. Tampoco demoró mucho la llegada del primogénito Boris, un francesito que pronto atravesaría el Atlántico, avisado su padre de que el abuelo se hallaba gravemente enfermo.

Don Rafael Tristá no pudo conocer al nieto. El activo patriota de la contienda libertadora contra el yugo español, falleció varios días antes de la llegada del barco a puerto habanero.

La casona de dos plantas, altos techos y numerosas habitaciones, acogió al matrimonio y al pequeño, no sin cierto disgusto. Joaquín, al marchar a Europa, estaba comprometido con una distinguida y aristocrática señorita de la localidad. Para que el escándalo fuera mayor, Olga se pasaba días enteros vagando por las calles de la ciudad y conversando con la gente, cuestión prohibida de modo terminante a las damas de la aristocracia. 

A ello se unían sus visitas a los barrios pobres donde vivían los negros, y los paseos con Boris por la plaza central. Allí, muy tranquila, sentada en un banco mientras el chiquillo jugaba, ella encendía un cigarrillo y se ponía a leer.

En el hogar las cosas tampoco marchaban bien. Olga gustaba de la música. Sin tener en cuenta el luto riguroso que imperaba por la muerte del cabeza de familia, ligera de ropas —decía que el calor la asfixiaba— se sentaba delante del piano y, del mismo modo, deambulaba por las habitaciones...

¡Pánico!, ¡horror! imperaban en aquel ambiente conservador, lleno de prejuicios religiosos y sociales. Sin embargo, ya no tenía tan a su lado al amado y defensor esposo. 

SE CALDEA EL CLIMA POLÍTICO

Acá y allá estallaban motines contra la prepotencia norteamericana. Cuando los cubanos casi tenían ganada la guerra contra España, intervienen los Estados Unidos e imponen a la nación un status semicolonial. La presencia permanente del poderoso vecino del Norte se afianza cada vez más, pues con frecuencia desembarcan sus marines en la Isla.

En tales circunstancias Joaquín prefiere no dedicarse a la política y sí por entero a su profesión. 
«De la mañana a la noche atendía a sus pacientes. Se volvió receloso, precavido y partidario de las tradiciones. Por las noches, después de cenar, se iba a jugar a las cartas o al dominó con los amigos, y empezó a frecuentar una logia masónica», acota Cirules en una entrevista concedida en 1989 a Serguéi Sere­dá, corresponsal de la TASS en La Habana.

Como es lógico, Olga se quedaba sola muy a menudo. De vez en cuando comentaba para sus adentros:

—Joaquín no me ama, ¡ya no es aquel cubano de ojos ardientes que conocí en París!

Mas nadie podía imaginar cómo iba a reaccionar la decidida y desprejuiciada extranjera.

Una tarde, luego de largas meditaciones, escribió a sus parientes en San Petersburgo. Les contaba de sus penas, temores y tribulaciones.

«En cierta ocasión —continúa Cirules— Joaquín llevó a Olga y su hijo a La Habana para resolver unos asuntos. Y un buen día, en el ‹‹San Carlos››, donde se hospedaban, se aparecieron un tío y una tía, que habían llegado a Cuba para socorrer a su querida sobrina.

 La decisión parece que se tomó en un instante. Cuando el esposo volvió al hotel, el vapor se llevaba ya a Boris, Olga y sus familiares hacia Nueva Orleans, desde donde zarparon luego rumbo a Europa.


A LA PUERTA TOCA UNA UCRANIANA

De regreso a Santa Clara, la localidad es pábulo para largas murmuraciones y comentarios de los más diversos tipos. Pero el escándalo más gordo estalló pasados varios meses, en pleno verano de 1910. Una mañana tocó en la casa de los Tristá una mujer vestida con un atuendo desacostumbrado en Cuba: ancha falda y blusa bordada con profusos y brillantes motivos en colores.

 —¿Usted es  señor Joaquín Tristá?

—Para servirle, ¿qué desea?

—Soy amiga de Olga  Skvortsova. Mire, le traigo el crío, está de pecho, hombrecito, hijo suyo... 

—Por favor, entre y siéntese, explíqueme claro y despacio para entenderla.

—Se nombra Yuri, es gemelo, nació en Moscú, en 28 de junio. Con otro,  Iván,  quedó ella.

—Pero, ¿por qué?, ¿cómo puede...?

—Olga piensa injusto privar padre de sus tres hijos. Ya conocer usted cómo decidir ella sus cosas.

Podrán imaginarse la reacción de Joaquín y el resto de la familia Tristá. Lo cierto. Yuri creció junto a su padre. Iván y Boris, junto a su madre. Con el caer de las  hojas del calendario la historia de la Rusa de Santa Clara se fue olvidando.

Cuando estalló la II Guerra Mundial Olga marchó como traductora al frente. En 1917 la Gran Revolución de Octubre la sorprende, junto con Iván y Boris, en Járkov. En 1922, al enterarse por la prensa de la hambruna desatada en Rusia, Joaquín le pide en una carta a Olga que le mande los muchachos. Ellos mismos deciden. Boris se negó. En enero de 1923, Iván se reunió con su padre y hermano en Cuba. Juntos cursaron la secundaria, les llamaban «los moscovitas».

Terminado el bachillerato, en 1928, matriculan en la Universidad de La Habana. Gobernaba en Cuba el tirano Gerardo Machado. Iván entra en contacto con la intelectualidad de izquierda e intima con Rafael Trejo. Por su parte Yuri toma parte en una rebelión armada y luego se suma al movimiento progresista liderado por Guiteras.


CONTINÚA LA HISTORIA UN HIJO DE YURI

Luego de una segunda visita precisamos detalles:

—¿Qué fue de su tío Iván?

—Cuando se recrudeció la lucha contra el machadato él y papá pasaron a la clandestinidad; el viejo tuvo que esconderse aquí en Santa Clara, y mi tío se vio obligado a regresar a la URSS, donde se reunió con mi abuela y su hermano Boris. Como ciudadano soviético fue llamado al ejército, y en 1936 acudió como militar en ayuda de la República Española. Al terminar la Gran Guerra patria tenía el grado de comandante. Ejerció largos años en el Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras.

—Visitó su segunda patria después del triunfo de la Revolución?   Por supuesto, y se encontró con su hermano, y los viejos amigos y compañeros de lucha. También visitó la tumba de José Antonio Echeverría, hijo de su prima hermana Conchita. La última vez que vino fue en 1969. Falleció en julio de 1985, a los 75 años. 

—¿Y qué fue de Boris?

—Llegó a ser destacado ingeniero metalúrgico, laureado con el Premio Estatal. También murió. 

—¿Pudo su padre Yuri volver a ver a la madre?

—Sí, hizo un viaje a la URSS. Después de muchos decenios se encontraron. En 1961 Antonia María fue a estudiar becada a ese país. Ella es la Viví de la carta que usted me dice le sirvió de base a Guillén para escribir la crónica. Cuatro años después falleció mi abuela.

—¿Y su papá?

—También, en 1989.

—Su hermana  enviudó en 1973 del comandante nicaragüense Oscar Turcios Chavarría. Tiene usted una sorprendente familia... ¿Conoce de la novela que escribe Enrique Cirules?

 —Sí, le he ayudado en lo que he podido. No sé cómo se las habrá arreglado a la hora de reconstruir casi un siglo de historias.

Trotamundos de miel y de luz

Trotamundos de miel y de luz

Al paso que lleva el doctor en Pedagogía Juan Virgilio López Palacio, siempre habrá un pretexto para la entrevista. En esta ocasión lo ha sido el otorgamiento de la condición Profesor De Mérito de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas. Premio Nacional de Pedagogía en 2003, le sobra experiencia para conversar sobre cualquier tema en la materia. Sirvan ambas  excusas para  entablar el diálogo con  este hombre de 70 años, todavía vital, elocuente, enamorado de la vida y de su obra.

Por Mercedes Rodríguez García

Nunca sobra el tiempo —ni ha de faltar— si de hablar de Educación se trata. Mucho menos si la plática transcurre con un hombre al que medio siglo de magisterio queda reconocido en un Premio de tal envergadura, amén de decenas de reconocimientos y siete condecoraciones que avalan su trayectoria como ser humano, profesor y revolucionario.

Lo agradable, sustancioso y aprovechable de la conversación con el doctor Juan Virgilio López Palacio será siempre su poder comunicativo, su imperturbable, su lucidez extrema, como si Varela y Martí encontraran en él una especie de receptáculo, de cáliz, de vasija germinal para una nueva y contemporánea existencia.
Hace apenas unos meses que llegó de Brasil, y seis desde que aterrizó en La Habana procedente de Chile, donde ahora mismo brinda sus servicios como asesor y conferencista.  Ir y venir que puede haber sido de Cuba a México, Nicaragua, Argentina o Colombia, y en el Viejo Continente,  España, Moscú, Ucrania...
“Dicha de viajar”, dirán algunos. Para los justos, el placer de saber mostrar y demostrar con autoridad, creatividad y juicio propio, cualidades dignas de quien con sabiduría y constancia escala —hasta vencer—, la cima. Ello, si la cúspide no se traduce en simple sobrevolar de océanos y cordilleras y sí en apnea profunda y alpinismo olímpico.

Eterno trotamundos en pos de horizontes pletóricos de miel y de luz, nació bajo una tormenta de sueños, en Santa Clara, al parecer signado por una constelación de lápices, cuadernos, libros, tizas y borradores, al día siguiente de concluidas las fiestas por el trigésimo cuarto aniversario de la República cedida por los yanquis a Don Tomás.

Medio siglo ejerciendo la docencia, avalan los más disímiles presupuestos pedagógicos. Gusta de la polémica  donde se gana en claridad y confianza. Por escabroso que sean no elude ningún tema, ni dentro ni fuera de su Patria, cuyo prestigio en la materia le elevan por sobre naciones, incluso, del Primer Mundo.
«Académico cubano refuerza rol docente en la formación de los estudiantes», afirma un titular de La Prensa Austral, de junio 4 de 2005.

A Punta Arenas arribó para dictar clases teóricas  a los participantes en una Maestría en Ciencias de la Educación, dirigida  a un grupo de profesionales locales, oportunidad que aprovechó también para encabezar unos cursos a  profesores directivos de los colegios de la Corporación Municipal de esa apartada región del cono Sur americano.

Escribe el periodista que le entrevistó entonces: «López reconoce que la imaginación se ha convertido en una de las mejores características de los cubanos, como consecuencia de las sanciones internacionales dirigidas por Estados Unidos».

Con su risa de bajo, sonora y espontanea, jacarandosa, el criollísimo mulato le había comentado: «Tenemos una organización que se llama Asociación de Innovadores y Racionalizadores. Imagínese, si no aplicara la creatividad yo, por ejemplo, no podría mantener un auto de 27 años, un Fiat argentino, reparado con piezas de Peugeot, francés  y de Lada, soviético».

—¿En qué cree usted, doctor, que Cuba afianza su prestigio educacional?

—En la integralidad, en la cohesión de la teoría y la práctica, en el rigor intelectual y científico, en la vocación y espíritu de sacrificios de todos y cada uno de los educadores, en la capacidad de resistencia y de respuesta ante las limitaciones materiales, en la prioridad y la atención que recibe del Estado, sin ser absolutos.

—Y, ¿comparada con Latinoamérica?

—La Educación en la mayor parte de América Latina tiende cada día más a la privatización, y muy pocos son los países que conceden prioridad a la escuela pública. Brasil, por ejemplo, puede considerarse una excepción. He visitado planteles de este tipo, con maestros de excelente preparación pedagógica, y dotados con herramientas de punta. Sin embargo, eso no es lo que se ve en Nicaragua, o en Argentina en menor medida; en Colombia y México, existe un gran desarrollo en la Educación. Lo mismo pudiera decirte de Europa.

—¿Cierto que un alcalde de Chile calificó de pobre la Educación en su país?

—No exactamente. Eso fue mientras impartía una conferencia de Didáctica Contemporánea, en Santa María de Iquique «Nosotros somos ricos y tenemos una Educación pobre”, me confesó al final de la disertación», aunque debo aclararte que la escuela pública en Chile es muy fuerte, solo que no posee, como en muchas otras naciones, una cultura pedagógica de visitas a clases. El director no se atreve a visitar  ninguno de sus maestros».

Seguidamente hablamos de aspectos tan debatidos en las calles cubanas: la llamada Municipalización y  las clases por la tele. ¿Qué me puede comentar al respecto?

—Desde antes de la Revolución se han tomado muchas medidas de contingencia en materia educacional. Las cosas nuevas siempre  levantan expectativas y decenas de comentarios en contra. Pero a la larga la balanza se inclinará a favor de ambas. Confío en Fidel, es un hombre sabio.

—¿Se considera un apasionado de las Nuevas Tecnologías en la Educación?

—Un profesor no debe olvidar jamás que lo más importante en la enseñanza de los alumnos resulta la motivación y la propia acción  del educador, más allá del apoyo en equipos como las computadoras o en recursos como Internet. Si se dispone de esta tecnología, siempre bienvenida, mejor. El maestro es la llave para conseguir todo lo demás.

—Pero el mundo de hoy se arropa con tecnología, ¡y bien sofisticada!..

—Cierto, vivimos en una era extraordinariamente tecnológica, donde el consumismo, desgraciadamente, se impone. De ahí que la Educación deba velar por el buen uso de esa tecnología. El mundo es mucho más que máquinas, y a las generaciones hay que inculcarles una actitud de servicio social y de espíritu humanístico.

—¿Cree haber conseguido todo en la vida?

—Me siento satisfecho.

—¿Feliz?

—Sí.

—¿Dispuesto a continuar en el aula y un poquito más allá?—Siempre que conserve lucidez y salud. Como se dice por ahí, hasta el último aliento.