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sábado, 25 de marzo de 2017
7:14:06 p.m.

 

Por Mercedes Rodríguez García 

En mi caso, el café es más que una simple infusión, es una forma de vida. Cuando me falta o escasea,  no solo me indispongo físicamente sino que de ánimo me comporto insoportablemente anormal. Desde que amanece hasta que me acuesto, lo necesito. No importa si fuerte o ligero, dulce o amargo, frío o caliente. Su olor, es la gloria; su sabor, el paraíso. 

No sé cuanto colegas periodistas desperdigados por el mundo —Cuba es también el mundo— recurran como yo al maravilloso elixir, ese al que tal vez una hacendado europeo con sentimientos racistas acuñó en tiempos memoriales como el “néctar negro de los dioses blancos”, presupuesto que sí se encargó de refutar nuestro Ignacio Jacinto Villa y Fernández,  cuando inmortalizó —allá por los años 50 del pasado siglo—en su peculiar estilo el tango congo de Eliseo Grenet Ay Mamá Inés”, que luego ya sabemos lo que reitera en su estribillo: “todos los negros tomamos café”.  

 Pero no es de canciones, ni de prejuicios discriminatorios por pigmentación epìtlial, ni de mis hábitos “cafeínicos” particulares extendidos a la humanidad lo que me trae a las páginas de mi weblog que, un día de 2005, decidí bautizar La Tecla con Café, denominación tan justa y real, que ahora mismo, en este instante, tengo al lado mi tacita blanca —es blanca—, y ya mediada del tercer “cafetacito” del día. 

Me interesa comentar un artículo que me hizo llegar por email una amiga médico desde Paraguay, muy preocupada por mis últimos requiebros de salud que, les juro, nada tienen que ver —hasta ahora—con lo que sugiere la publicación  del Journal of the National Cancer Institute, la cual sugiere —para mi tranquilidad— que el consumo de café podría estar asociado con un menor riesgo de desarrollar melanoma maligno. 

Dice mi amiga: “No te preocupes, Mercy, sigue emborrachándote con tus cafés medicinales, que en concreto la investigación, con una muestra de 447.357 personas, concluyó que los que consumían cuatro tazas al día o más tenían un 20% menos de riesgo… ¡así que a ti el cangrejo no te muerde”. 

Sobre el tema he leído bastante. También otros estudios que circulan por la red de redes han relacionado el consumo de café con un efecto protector en el hígado, frente a la diabetes, el párkinson, el alzheimer y algunos tipos de cáncer. 

También —¿para mi tranquilidad?—,  se han desmontado mitos como el que afirma que el café es malo para la salud cardiovascular. De hecho, un estudio publicado hace años en la revista The New England Journal of Medicine,  concluyó que tomar tres tazas de café diarias podría reducir en un 10% el riesgo de muerte por enfermedades cardiacas, respiratorias, accidentes cerebrovasculares, lesiones y por accidentes, diabetes e infecciones. (Claro, yo a veces me paso en la dosis). 

Otra investigación, realizada entre los centenarios habitantes de la isla griega de Ikaria, relaciona su longevidad con el consumo de café hervido. Ellos tienen un mejor funcionamiento cardiovascular endotelial. O sea —explica mi coetánea doctora—. “Para tu tranquilidad, Mercy,  los viejitos ikarianos debían padecer de disfunción en el endotelio, que vuelve más rígidas las arterias, y más frecuentes los ataques al corazón y los trombos. Pero no, sobrepasan todos los 95 años”. 

Una invitación a tomar cafe-3

—Bueno, hija, de algo hay que morirse, y si de irse de este mundo se trata, a mí que me quiten lo bailado, y asegúrense que para entonces tenga a la mano mi tacita blanca—. Le escribo y a renglón seguido “torpedeo” con uno de mis razonamientos lógicos. 

— Como cardióloga  que eres, tú lo sabrás mejor que yo. Mas, no creo mucho en ese tipo de estudio, en ocasiones manipulados para probar la tesis, incluso poco científicos porque solo ven el aspecto cuantitativo. Sencillamente porque el café, como producto de origen natural, resulta una mezcla de miles de sustancias. Por lo tanto es complicado determinar qué lo convierte en beneficioso, o no. ¿Acaso no está validado que el café es una de las fuentes más importantes de antioxidantes del mundo vegetal, y que en la prevención de determinadas enfermedades juegan un papel más importante los antioxidantes, y en otras la cafeína, o ambos? 

—Lo malo, Mercy, es la cantidad y la frecuencia con que lo ingieres. A partir de ahí es cuando pueden aparecer efectos perjudiciales sobre el sistema nervioso, como palpitación, taquicardia, insomnio y aumento de la presión arterial—, me advierte durante el intercambio electrónico… y yo, con otro “torpedo” le reprocho: 

—Las cantidades también dependen de cómo metaboliza cada persona la cafeína. Y no existe motivo alguno para que un hipertenso bien controlado no pueda tomar café. Cualquier sujeto que sea hipertenso o padezca alguna enfermedad cardiaca puede tomar, en principio, hasta cuatro o cinco tazas de café, puesto que no se ha podido evidenciar nunca su carácter nocivo en relación a la patología cardiovascular. Mi extrasístole no tiene que ver con el café. ¿O sí? 

Al café, no renunciaré jamás, algo que sí hice varios años atrás con las bebidas espirituosas, y llevo a media práctica con el cigarrillo, tan dañino para el sistema cardiovascular y respiratorio que, defectuosos, pero aún me funcionan. Eso sí, desaconsejo el consumo de café en niños pequeños, en personas muy ansiosas o que padecen crisis de pánico o insomnio, y en algunas otras que siempre están con taquicardias, que no es mi caso. 

Sí, reitero. Desde que amanece hasta que me acuesto, lo necesito. No importa si dulce o amargo, frío o caliente, fuerte,  puro o mezclado. Bajo sus efectos he escrito millares de cuartillas y sobrepasado el medio siglo de existencia. Soy su amante frenética. Su aroma me enloquece, su sabor me lleva al éxtasis, y  al solo contacto de la taza blanca con mis labios, quedo grávida de él. Y si de morir quisiera, sería ahogada en una taza de café.