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9:17:31 a.m.

 

Ha llegado a mis manos una reseña digital del Libro «Francisco, el Papa manso», texto que me gustaría leer íntegramente de ser posible su adquisición, una vez presentado —hace ya casi un mes—en el salón de actos del Centro Cultural Nuevo Inicio, del Arzobispado de Granada, España. 

Escrito por los profesores del Instituto de Filosofía Edith Stein, Marcelo López Cambronero y Feliciana Merino, el volumen aclara, además, la actitud de Bergoglio ante la teología de la liberación y sus reflexiones sobre la influencia de esta corriente en el pensamiento latinoamericano, así como el compromiso que mantuvo contra las mafias que se dedican a la explotación sexual y a la trata de personas en Argentina.

Sí, mi interés por esta otra cara de la misma moneda puedo calificarlo de grandioso en cuanto y por cuanto me ayudaría a entender —y comprender o cuestionar— algunas posiciones y declaraciones vertidas en torno a la controversial figura del actual Papa Francisco, el argentino Jorge Mario Bergoglio. 

Mucho y variado escribieron los medios de prensa cuando el cardenal Bergoglio fue elegido Sumo Pontífice. Algunos,  lo presentaron como un Papa más cercano a las personas, pero otros vertieron su veneno difundiendo su «supuesta colaboración con la dictadura militar en Argentina desde 1976 a 1983», posición que contrastó con las asumidas por padres de la Compañía de Jesús —a la que pertenece Bergoglio— en defensa de los oprimidos durante los gobiernos dictatoriales latinoamericanas en el siglo XX. 

Pues ahora, como para despejar perplejidades, ve la luz, editado por Planeta Testimonio, «Francisco, el Papa manso», un libro que, centrado en la biografía de Jorge Bergoglio, relata cómo el entonces Cardenal de Buenos Aires «ocultó y salvó a cientos de personas perseguidas durante la dictadura argentina de Jorge Videla, así como su lucha personal contra la trata de personas a las mafias dedicadas a la explotación sexual y su actitud ante la Teología de la Liberación». 

Convencida estoy que no se puede creer ni suscribir todo lo que circula en la gran prensa digital ni tampoco todo lo que reproducen los sitios digitales y las páginas personales que  inundan la red de redes y donde profilera la morralla en «beneficio de la duda», sentencia judicial penal absolutoria fundada en la falta de plena prueba sobre la culpabilidad del imputado. 

Recuerdo un artículo publicado en Rebelión, donde se hablaba de un supuesto archivo fotográfico que mostraba a Bergoglio «dando la comunión» al ex presidente Rafael Videla. Y si fue así, ¿que? ¿Acaso puede un sacerdote cerrar la iglesia, llamar a los dignos a tomar la comunión y repeler a los indignos? 

O aquel otro donde leí que la titular de las Abuelas de la Plaza de Mayo, Estela Carlotto, subrayaba en un comunicado que Bergoglio pertenecía «a esa iglesia que oscureció al país», para a renglón seguido condenar a la jerarquía eclesiástica «porque fueron partícipes, cómplices, ocultadores, directa o indirectamente» y porque «no han dado ni un paso para colaborar con la verdad, la memoria y la justicia», para finalmente afirmar: «Sobre este Papa sólo tenemos para decir: Amén». 

Por lo mucho que considero y respeto a ese admirable grupo de mujeres argentinas que todavía lucha por esclarecer las desapariciones de sus familiares, nunca estuve de acuerdo con la acusación que hicieron a Bergoglio  por «no atender sus peticiones», y mucho menos la de «complicidad en el secuestro de niños por parte de los militares». 

Entiendo la lucha de las Abuelas  de la Plaza de Mayo, incluso su protesta en 2007, cuando el gobierno de Carlos Menem indultó a los asesinos, e inculparon a la iglesia católica por «callar ante los crímenes aberrantes» y participar «activamente en la tortura de nuestros hijos». De esa iglesia dijeron no ser «la iglesia del pueblo, la de los padres palotinos, Mugica y Angelelli. La que colaboró, la que nos mintió, la que nos dio la espalda es la Iglesia de Bergoglio y la derecha, la que apaña a los curas violadores, la que se queda muda ante el juicio a Von Wernich, pero vomita todo su odio cuando se habla de aborto». 

Pero lo que no se puede verter en una sola persona, los errores y desatinos de una institución, aún cuando sea su cabeza, ni extrapolar o descontextualizar determinados hechos o situaciones, como fue la oposición de Bergoglio a una legislación aprobada por Cristina Fernández de Kichner, en la que se reconocía la validez del matrimonio homosexual, y sobre la cual el entonces cardenal de Buenos Aires publicó una pastoral en la que calificó la ley de «guerra de Dios» ; y luego les pidió a sus fieles que lo acompañaran en la «guerra». La mandataria argentina comparó esa campaña arzobispal con los «tiempos medievales y de la Inquisición». 

Pienso que sí, que hubo obispos que fueron cómplices de la dictadura, pero no Bergoglio. El Papa no tuvo «ningún vínculo que lo relacione con la dictadura», como afirmara en declaraciones a BBC Mundo, el Premio Nobel de la Paz en 1980 Adolfo Pérez Esquivel. Sin embargo, necesito elementos de juicios, elementos que pueden aportar estudios científicos para, por ejemplo, validar de alguna manera que al Pontífice se le puede cuestionar «que no hizo lo necesario para sacar de la prisión a dos sacerdotes, siendo él el superior de la congregación de los Jesuitas». ¿Quién sabe? La verdad no está en una sola boca, aún cuando la boca sea todopoderosa boca.

Puede que a la luz de los breves años transcurridos, «Francisco, el Papa manso», ayude en tal sentido.  Según leí, el libro, escrito por los profesores del Instituto de Filosofía Edith Stein, Marcelo López Cambronero y Feliciana Merino, parte de una investigación realizada por López y Merino sobre el genocidio y la dictadura argentina, pero que finalmente «cautivados por el pensamiento y la vida Jorge Bergoglio en aquellos años»,  derivó en su curso hacia la persona del sumo Pontífice. Muy inteligentes los investigadores.

Me quedaría por juzgar lo que aprecie en el archivo documental que incluye el volumen —«en su mayor parte inédito»—, y «en el que los documentos de los servicios secretos de diversos países revelan la brutal campaña sostenida contra la sociedad y la Iglesia por las dictaduras militares de la época».

Según sus autores, el título del libro responde a la idea de «mansedumbre» entendida «no como debilidad, sino como fuerza por ser una vida de entrega e implicación en el mundo, no con el uso de la ideología violenta o medios conflictivos, sino de la vida centrada en Cristo».

Repito, me encantaría leerlo. No importa si en la red de redes, como un e-book, o en formato papel, que es como más disfruto cualquier texto, sobre todo, y en este caso, porque también disiparía algunas nubes sobre la actitud de Bergoglio ante la teología de la liberación, ya que según lo leído  en la reseña digital de marras, el libro aborda  «sus reflexiones sobre la influencia de esta corriente en el pensamiento latinoamericano».

Por lo demás, siento que el Papa Francisco era una necesidad del Vaticano para solidificar su posición en América Latina, continente cuyos procesos de integración y transformaciones sociales y económicas, marcan pauta al Viejo Mundo. Muy inteligentes quienes lo coronaron como líder en la Tierra de la Iglesia Católica y soberano del Vaticano.

No quiero sumarme a la interrogante de algunos escépticos colegas. ¿Qué traerá el pontificado del Papa Francisco? Sin muchas expectativas, ya aprecio cambios. Habrá que esperar, pero a mi juicio se trata de un Papa austero y humilde, preocupado por los leprosos y los enfermos de SIDA, dispuesto a escuchar las palabras de América Latina y de todos los pobres de este mundo.