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29/01/2011 1:55:27


Se esperaba con interés el discurso del Presidente sobre el tema, después de sus palabras el 12 de enero en la Universidad de Tucson, Arizona, sobre la matanza que había tenido lugar en aquella ciudad cuatro días antes. Seis personas murieron y 14 fueron heridas, entre ellas, la joven congresista demócrata Gabrielle Giffords, electa por tercera vez al Congreso de Estados Unidos, la cual se oponía a la Ley antiinmigrante de aquel Estado,  que fue parte del territorio arrebatado a México en la injusta guerra de 1848.

El Tea Party, la derecha fascista del Partido Republicano, había obtenido un notable éxito entre los electores que se toman la molestia de ejercer el derecho a votar en las elecciones de ese país.

La población de Arizona, como la del resto de Estados Unidos, reaccionó con indignación. Su conducta fue sin duda correcta, y así lo expresé.

Nunca he dudado de los factores éticos que suelen ser características de los pueblos, con independencia de la política de los gobiernos.

Si aquel discurso de Obama fue omiso, en cuanto a la increíble muestra de primitivismo que refleja el uso generalizado y prácticamente irrestricto de mortíferas armas de fuego, el mensaje sobre el Estado de la Unión merece un análisis político y ético, ya que Estados Unidos es una superpotencia de la que, con independencia del Presidente y el Congreso, depende, entre otros importantes factores, el destino de la especie humana.

Ningún país aislado tiene ni puede tener respuesta a los problemas que hoy enfrenta el mundo.

Obama, en primer lugar, está envuelto en un proceso electoral. Tiene que hablar para los demócratas y los republicanos, los que votan y los que no votan, los multimillonarios y los pordioseros, los protestantes y los católicos, los cristianos y los musulmanes, los creyentes y los no creyentes, los negros y los blancos, los que apoyan y los que no apoyan las investigaciones con células madres, los homosexuales y los heterosexuales, cada ciudadano y su opuesto; para terminar clamando que todos son norteamericanos, como si el 95,5%, es decir, el resto de los 6 900 millones de habitantes del planeta, no existieran.

Fidel Castro Ruz/ Enero 27 de 2011/ 7 y 12 p.m.

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