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Por Mercedes Rodríguez García

04/10/2010 02:59:30

El 3 de octubre de 1965 no se borrará de mi memoria. En mi cuadra había solamente dos televisores, así que los vecinos de las 22 casas restantes, se disputaban las entrepersianas de ambas viviendas, en la calle Anderson, en Santa Clara. Fui yo misma quien armó el alboroto, cuando grité desde la puerta y a todo pulmón: «¡Caballeros, Fidel se cortó la barba!»

Y no sé porque se me ocurrió el chiste cuando el ambiente era más que solemne. Pero los jóvenes (cursaba yo la secundaria básica) suelen comportarse de tal modo, aun cuando la presencia del líder cubano ante las cámaras de la TV obedecía a asunto demasiado serio.

Desde hacía meses la gente se  preguntaba qué era de la vida del Che, que hacía rato no aparecía en público ni su nombre en los periódicos. (La prensa enemiga sí difundía cualquier falacia, desde que estaba muerto hasta que lo habían destituido y mandado para Rusia).

No voy a contar el efecto de la broma, que no tuvo mayores consecuencias, y sí un efecto impensado, pues sacó a algunos de la cama y a los más del lado de los radios por donde escuchaban las palabras de Fidel  dando a conocer que el Partido Unido de la Revolución Socialista adoptaba el nombre de Partido Comunista de Cuba y se presentaba su primer Comité Central. 

Aquel 3 de octubre  Fidel despejaba la incógnita: «Hay una ausencia en nuestro Comité Central de quien posee todos los méritos y todas las virtudes necesarias en el grado más alto para pertenecer a él y que, sin embargo, no figura entre los miembros de nuestro Comité Central».

Y de inmediato dio lectura a la carta de despedida del Che. A partir de ese día todo quedaba explicado:

Carta de despedida del Che a Fidel

«Año de la Agricultura»
Habana

Fidel:

Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos.
Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del
camino hacia la victoria.
Hoy todo tiene un tono menos dramático porque somos más maduros, pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo que ya es mío.
Hago formal renuncia de mis cargos en la Dirección del Partido, de mi puesto de Ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos.

Con los años la llegaríamos a aprender de memoria, al menos, los primeros  párrafos. Hoy, pasados 45 años, todos somos más maduros, y apreciamos con exactitud la talla del comunista excepcional que fue el Comandante Ernesto Guevara, y la trascendencia del texto que le sigue:

Haciendo un recuento de mi vida pasada creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el triunfo revolucionario.
Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario.
He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la Crisis del Caribe.

Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios.
Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos.

Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor, aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos… y dejo un pueblo que me admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes; luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.

Y también con una mezcla de alegría y dolor evocamos los párrafos finales de aquel texto, que más de repetir de carretilla debíamos interiorizar:

Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo al que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra Revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano, y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena: me alegra que así sea. Que no pido nada para ellos pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.

Y aunque no creo en eso de «que si el Che estuviera vivo muchas cosas no hubieran pasado tantas cosas», pienso que sí que…

Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo, pero siento que son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas.

No me arrepiento de aquella broma que el tiempo se ha encargo de negar hasta el día de hoy.

Pero sí, Ernesto Guevara de la Serna, ¡cómo me hubiera gustado que emborronarás cien cuartillas más, aunque con palabras tampoco puedo ahora expresar lo que yo quisiera hubieras dejado por escrito con tu puño y letra.

Entonces, Guerrillero Heroico, me despido a tu manera en aquella inolvidable Carta de despedida  a Fidel

Hasta la victoria siempre, ¡Patria o Muerte!
Te abraza con todo fervor revolucionario,

Che