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Por Mercedes Rodríguez García

No lo creo de modo tajante. Pero si la moda y los modales  fueran los responsables de  trastornar valores y costumbres a nivel social, entonces ¡mandémosla al diablo! Sencillamente no debería existir. Mas, para que no me tilden de retrógrada, aceptemos lo contrario: ha sido la sociedad la responsable de la «trastocadera».

Por muchas razones me cuento entre aquellos compatriotas que defienden a ultranza lo autóctono, aunque no me agraden los guateques, ni las controversias ni, las rumbas de solar, ni el guagancó; mucho menos este calor húmedo y viscoso que nos invita a andar como Adán y Eva en el ¿paraíso? Si acaso, a falta de parra, una hoja de yagruma  para cubrir las «partes pudendas».

Pero una cosa son los deseos y otra las normas de conducta. Normas que no recoge ningún cuerpo legal, pero sí algunos reglamentos establecidos por determinadas entidades, y que nadie tiene derecho a violentar bajo ningún concepto. Mucho menos porque la moda —que está de moda— dicte tal o más cual tendencia. Porque, como esgrimen muchos, se haya «perdido el hábito». Que en este caso, sí «hace al monje».

Sucede que la mayoría de las veces «el monje» se queja e interpone como justificación que no existe la vestidura. O si existe, el bolsillo no resiste. Cierto y claro. Y quién no ha escuchado expresiones como estas: « ¡Traje y corbata en Cuba, será para que me ahogue!». «¿Mangas largas, están locos?», «Camisa de cuello, ¡eso es cosa de viejos!». «Guayabera, ¡ni los guajiros!».

Pero volviendo a la sociedad (es). Si bien es una de las responsables en incontables sentidos del resquebrajamiento de las normas de convivencia social, de la pérdida de la llamada etiqueta o protocolo

—condicionada en determinadas etapas por necesidades extremas— ha llegado la hora de ir recuperando el  terreno perdido, a tono con la época. Porque en lo que sí expreso mi desacuerdo total es con la desfachatez en el vestir y en los comportamientos inadecuados.

 

¿Porqué andar a toda hora y en cualquier ocasión en jeans, pantaletas y pulóver? ¿Por qué  difamar de aquellos restaurantes que exigen entrar en mangas de camisa? ¿Por qué subir al ómnibus a pecho descubierto? o ¿por qué no dar los buenos día-tarde-noche? ¿Por qué no levantarse —y sin arrastrar la silla—cuando el profesor o un superior entran al aula?

Recuerdo como en mi familia se hablaba con frecuencia y con orgullo sobre la elegancia de los cubanos. Y además aquello de que «pobre pero educado», «pobre pero dignos», «pobre pero limpio».

Según las posibilidades de cada cual, no faltaba en el escaparate «una prenda y par de zapatos para los domingos», comprados con sacrificios, tal vez con el ahorro de muchos meses de penurias y privaciones básicas.

Entonces, aunque no supiera leer ni escribir, nadie pensaba que las normas de cortesía resultaban muy complicadas, ni preferían seguir el camino más fácil y sencillo, lo que generalmente se traduce en groserías y mala educación.

Aunque algunos piensen que el protocolo es «cosa del capitalismo», algo  «muy riguroso y un poco anticuado», hasta cierto punto le asiste la razón. Pero conviene saber  el protocolo, la etiqueta, el ceremonial, guardan estrecha relación con los ámbitos en donde se actúa, desde saber cómo comportarse en un evento social hasta cómo redactar una invitación, cómo hablar en público o cómo desenvolverse en una cultura diferente; cómo pedir un favor y cómo agradecerlo, cómo saludar a los demás. Aunque no sean de su agrado, porque las buenas maneras no la evidencian quienes la reciben, sino quienes la dan.

Existe una estrecha relación entre el protocolo, la educación y las buenas costumbres, y ello comenzó a cobrar importancia con la aparición de la Corte, cuando era muy delicado para la nobleza el trato ante el Rey, demostrando así  la diferencia social con el pueblo.

Dichas costumbres fueron evolucionando hasta nuestros días y siguen vigentes, pues aunque las reverencias, uso del sombrero y el beso de mano pasaron de moda, la buena educación, la cortesía y las buenas maneras no deben pasar por alto. Es más, a mi juicio pudiera establecerse como una asignatura en las escuelas. (Luego de que no pocos docentes cursen un diplomado en la materia.)

De tal modo pudieran enseñarse, por ejemplo, acciones irregulares que deben evitarse en las concurrencias, actitudes fondo y forma, acciones pertenecientes a la conversación; sobre las amistades, la buena crianza, el carácter; el respeto y educación en la vía pública; el vestido, la combinaciones de colores y el maquillaje de ocasión, y hasta los buenos modales en la red y el correo electrónico.

No será fácil el rescate, aún cuando los medios de comunicación —sobre todo la televisión— lo repitan cada media hora. Ningún efecto se logra sin no se ve, ni no se oye, sino se lee. La educación, la cultura, la instrucción del ser humano, resulta un «negocio» tan difícil y delicado, como la política. Un ejemplo: es como si acabaras de llegar a una orquesta, alguien te diera una flauta, y al día siguiente te pidieran que tocaras a Stravinski.

Pero pensándolo bien. Difícil sería no poder contar con la flauta. Y lo peor, que nadie se preocupara de enseñarla a tocar… aunque no fuera al otro día, ni para interpretar al compositor ruso, que de paso durante su vida experimentó con muy diversos estilos musicales.

Su gran habilidad como compositor residía, en parte, en su capacidad para seguir evolucionando y en hacer suyas las técnicas nuevas. Según sus propias palabras, «seguir un sólo camino es retroceder».