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Por Mercedes Rodríguez García

Como disfruto de un mes de supermerecidas vacaciones (nunca intelectuales), además de recomponer el hábitat hogareño y entretenerme con mi recién nacida nieta Ana Sofía, poseo toda una programación para ver ciertos videos de entre una larga lista que he confeccionado (por orden de prioridad) en aras de disipar la abulia veraniega, hace ya más de un quinquenio sin mar, por falta de presupuesto económico. Hablaré hoy de «Diamantes de sangre», una producción de Spring Creek / Bedford Falls en asociación con Initial Entertainment Group, y distribuida por Warner Brothers Pictures.

Amén de la lectura, me encanta el cine, así que busco determinados filmes, la más de las veces «transportados» en mi USB de 8 GB (regalo de una exalumna de periodismo radicada en Vigo, España), recomendadas por amigos afines a mi «hobby» o referenciadas por la crítica especializada. No importa el género  clasificaciones, aunque prefiero los dramas psicológicos y las películas de épocas.

Lo cierto es que esta de que hablaré no la tenía «programada».Mas, por lo que me impactó, que vale la pena compartir algunasde mis reflexiones, en «sintonía» con la realidad que vivimos los habitantes de la Tierra, en cualquiera de sus cuatro puntos cardinales.

Se trata de «Diamantes de Sangre», que como en un absurdo contrasentido se me antojó emblema elegante de la llamada modernidad: teléfonos inteligentes, portátiles y cámaras digitales, cuyos componentes principales se fabrican a partir de minerales provenientes del Congo, África, escenario del film, y continente del que no se habla mucho en los medios de comunicación masivos.

Les contaré algo de la película, a mi juicio bastante convencional, pero abrillantada con las actuaciones de Leonardo DiCaprio (Danny Archer, un excelente ex mercenario de Zimbabwe), y Djimon Hounsou Solomon Vandy, un pescador.  

Solomon fue arrebatado de su familia y forzado a trabajar en los campos de diamantes. Un día encuentra una piedra preciosa extraordinaria y la esconde, aún conociendo el riesgo que encierra ser descubierto, incluso, el de matarlo instantáneamente. Pero él también sabe que el diamante no sólo puede proveer los medios para salvar a su esposa e hijas de la vida como refugiados, sino también ayudar a rescatar a su hijo de un destino todavía peor como niño-soldado.

Archer se gana la vida intercambiando diamantes por armas. El se entera de la existencia del diamante escondido por Solomon, cuando está encerrado en la cárcel por contrabando. Archer sabe bien que un diamante semejante sólo se encuentra una vez en la vida, y que su valor podría permitir a Solomon salir del África y alejarse del círculo de violencia y corrupción en el cual está involucrado.

Maddy Bowen (Jennifer Connelly), es una periodista norteamericana que  ha ido a Sierra Leona para revelar la verdad sobre el comercio de diamantes y poner al descubierto la complicidad de los líderes de esa industria. Con la ayuda de Maddy, Archer y Solomon emprenden una peligrosa travesía a través del territorio rebelde. Archer necesita que Solomon busque y recupere el valioso diamante rosado. Pero Solomon busca algo mucho más preciado para él: a su hijo.

Jamás me había imaginado nada parecido. En «Diamantes de Sangre» he visto mujeres mutiladas, niños obligados a comerse la carne de sus propios padres, y niñas sometidas a quebrantamientos que les desgarran las entrañas. Los caudillos sufragan masacres, a partir de lo obtenido en la venta de minas que contienen tántalo, tungsteno, estaño y oro. (El tántalo del Congo se emplea para hacer elementos electrónicos, que van dentro de los teléfonos, ordenadores y dispositivos lúdicos como los XBOX, PSP2 , etc.) Claro, nada de esto lo refieren sus fabricantes, quienes han intentado acallar la sangre  de una marca, ya sea un Motola o u Noika.

Les cuento que en la actualidad tiene lugar en el mundo un movimiento esencial que presiona a las empresas para expulsar los «conflictos minerales» lejos de las cadenas de suministro. ¿Cómo? Dicen los expertos que mediante Facebook y Youtube, quienes afirman que sus activistas hostigan a compañías como Apple, Intel y Research in Motion (fabricantes de los Blackberries) para conseguir que los suministradores apoyen y exijan el uso de, por ejemplo, el tántalo australiano, en lugar del traficado por la milicia congoleña.

El mes pasado leí en internet que uno de estos activistas llenó la página Facebook de Intel con peticiones para apoyar una legislación que frene el comercio de los minerales provenientes de zonas en conflicto armado. (Por un tiempo, Intel deshabilitó los comentarios —creando un escándalo sobre los «minerales sangrientos» mayor del que podrían haber creado jamás los defensores de los derechos humanos.)

No es que las compañías tecnológicas estadounidenses sean las responsables de la masacre, ¡no, Dios me libre!, o que «abandonando» el negocio de los minerales conflictivos de los teléfonos estadounidenses se vaya a detener inmediatamente la guerra. Incluso el Proyecto «Ya Basta» (Enough Proyect), una organización anti genocidios, que ha presionado bastante, calcula que sólo un quinto del tántalo mundial proviene de allí.

«No hay una solución mágica para la paz en el Congo», apunta David Sullivan del Enough Proyect. «Pero este es uno de los impulsores del conflicto. La economía bélica debería dirigirse a resolverlo», ha declarado.

La administración Obama también debería presionar más a Ruanda para que desempeñe un papel activo en el Congo, al menos para impedir que el comercio de tales «mercancías» figure como pieza clave en el rompecabezas congoleño, ello sin descartar la presión pública en contra de un grupo de compañías lideradas por Intel y Motorola, protagonistas de un «proceso para auditar los orígenes del tántalo en las cadenas de suministros.»

Pero «auditar la cadena productiva hasta las fundiciones para determinar si los minerales son limpios o sangrientos, añadiría un centavo al precio del teléfono», según el Enough Project, quien afirma que las cifras se originaron con la industria.

Mientras tanto «Apple asegura que sus productos no contienen «minerales sangrientos» porque «es lo que sus proveedores le dicen», afirma Jonathan Hutson, del Enough Project. « La gente está diciendo que esa respuesta no es suficiente. Por eso hay estos movimientos de base, para que como consumidores podamos elegir comprar sin conflicto».

Entonces, no entiendo, después que vi «Diamantes de Sangre», como un teléfono, o un tablet pc pueden considerarse «guays», si solo en imágenes me consta que están ayudando a «glorificar» una de las guerras más brutales de este planeta… Y ellas, nadie habla.