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(Basado en lo descrito por el colega chileno Manuel Delano)

«Fuerza papito», pide un letrero escrito en cartón. Pero las labores de rescate de los 33 mineros atrapados por un derrumbe a 700 metros de profundidad, dejan cada día menos esperanza para que a «papito» le queden fuerzas, porque ya seguro no tiene vida. A medida que pasan los días, la búsqueda con sondas resulta infructuosa. Pero todavía hay quienes se aferran a la esperanza.  

Escribe Delano: «Las galerías de la mina, en las que cabía un camión pequeño, se enroscan como una serpiente por el subsuelo hasta una profundidad equivalente a la altura de tres rascacielos.»

Ahí, en lo insondable de las galerías, «se conjetura que puede haber supervivientes, aunque los mineros solo tenían alimentos para dos días.»

Con banderas chilenas, como la que décadas atrás ondeaban en las manifestaciones de las víctimas de la dictadura de Pinochet, «los familiares de los mineros se dan ánimos entre sí y permanecen expectantes en las afueras de la mina San José desde el derrumbe del jueves 5 de agosto.»

Explica Delano que fracasó la primera estrategia: a sacar a los  atrapados a través de la chimenea de ventilación, «pues los propietarios de la mina no habían construido una escalera ni una segunda vía de acceso.» Fue duro, muy duro el esfuerzo en vano. Hasta el ministro de Minería, Laurence Golborne, se ablandó, y  los parientes de los obreros le reprendieron: «No llore, usted debe dar el ejemplo».

El segundo intento solo alcanzó penetrar a 750 metros de profundidad sin ubicar la galería donde se supone que están los mineros. La paciencia comenzó a agotarse. «Los parientes propusieron al Gobierno bajar voluntarios abriendo pasajes entre las galerías, pero las autoridades se negaron por el riesgo de que aumentara la cantidad de víctimas.» Los familiares protestaron frente al acceso a la mina. «No queremos una tumba», pedía un cartel de los manifestantes.

La infelicidad desnudó también las malas prácticas de una empresa productora de cobre y oro que, «para aprovechar los altos precios del metal rojo, explotó la mina al máximo, sin respetar las normas de seguridad y sufriendo accidentes con frecuencia.» Ex trabajadores cuentan «que se sacaba mineral hasta de los pilares que mantienen de apuntalamiento de las galerías.»

Los propietarios lograron que la explotación fuera reabierta después que había sido clausurada, a pesar que todavía no cumplía con todas las medidas que pedían los órganos fiscalizadores del Estado.»

Pero en medio de la tragedia también aparece la solidaridad. Elogiable el ejemplo de las empresas mineras que han enviado a sus mejores equipos y técnicos; también el del Gobierno, «que ha conseguido la ayuda de maquinaria traída desde Australia y Estados Unidos.»

¿Podrán las sondas determinar si hay sobrevivientes? Y de haberlos, ¿pasarle alimentos, medicinas, agua…?

Pero quedad lejos, lejos, muy abajo el subsuelo, «el socavón del diablo» o «la mina maldita», como comienzan a llamar la mina a partir de los titulares de sendas revistas.

Algunos vienen y ofrecen dinero a quienes permanecen en los campamentos. En el Esperanza —bautizado así por los familiares— «el dinero no sirve, porque no hay qué comprar. Los alimentos y refrescos son gratuitos, hasta el punto de que los indigentes de Copiapó, a 50 kilómetros de distancia, suben a alimentarse.»

He seguido las noticias y compartido imágenes televisivas, y visto a los deudos durmiendo en carpas cercanas a la mina. De igual modo a los rescatistas, a los médicos, a los periodistas, a los fisgones… «ha habido jornadas en que cerca de 400 personas convivían en el lugar.»

Por el día, todos esperan anhelantes las noticias. De noche, prenden fogatas para combatir el frío. Abajo se está peor, mucho peor. Y no  se siente nada, nada.

¡Fuerza, chilenos! Si no rescatan a «papito» y a los demás, la desdicha habrá servido para que emerja la ignomia.