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«Ahora si es verdad que el sueño de Bolívar está empezando a recorrer las entrañas de estas tierras, de estos pueblos. Por eso el que tenga ojos que vea, y el que tenga oídos que oiga el rumor de la América Latina y del caribe…»

 (Fragmento del discurso pronunciado por el presidente venezolano, Hugo Chávez Frías, en el IV Encuentro Hemisférico de la lucha contra el ALCA, Karl Marx, La Habana, 4 de mayo, 2005.)

Por Mercedes Rodríguez García

No pocos entre los muchos testigos que han escrito sobre Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco, refieren entre las muchas cualidades de este caraqueño excepcional, el talento demostrado en las batallas y la perseverancia invencible a despecho de todo obstáculo. 

José Luis Busaniche —en una utilísima investigación reunida en una antología de los juicios sobre El Libertador—,cita el de Joseph Andrew, un olvidado marino inglés, romántico buscador de minas por el Alto Perú, quien le conoce en Potosí, en 1825:

«Como hombre, a mi ver, habría ganado más que Washington. Había libertado varios países sin ayuda extranjera y con todas las desventajas posibles. Ninguna Francia le dio ejércitos y tesoros para ayudarle. Ningún Franklin ni Jefferson estaban a su derecha.

Para Andrew, la ignorancia y completa falta de experiencia de quienes rodeaban a Bolívar en asuntos civiles y militares, «echó todo sobre su genio; osó noblemente y tuvo éxito.»

Y entre las más raras formas del carácter militar, asegura que pocos o nadie lo ha igualado. «Hambre, sed, calor tórrido, frío de montaña, largas marchas, en desiertos y ardientes arenales, todos fueron soportados por él y sus compañeros con paciencia nunca eclipsada.»

Sobre quien mucho se ha discutido y continúa discutiendo desde los más variados ángulos, no han faltado opiniones biliosas, presuntuosas, envenenadas, dictadas más por los celos, la envidia y las bajas pasiones que por la reflexión madura y serena de enemigos y adversarios respetables.

A mi juicio, las ideas de Bolívar, nutridas en la corriente democrática del iluminismo europeo y de aquel llamado a la libertad y al genio de los pueblos que invocaba el romanticismo, tuvieron que sufrir la prueba —y a veces la rectificación— de su tremenda experiencia americana. Como acertadamente compara Mariano Picón, su caballería, como la de Alonso Quijano, debió modificarse del mismo modo en que don Quijote fue descubriendo que las ventas no eran castillos, ni todos los aldeanos hallados en camino, caballeros andantes.

Quienes chocaron cualesquiera de las manos (era ambidextro) de Bolívar con las suyas, refieren un apretón franco y cordial, y además, un hombre de acceso fácil y muy rápido para tomar decisiones. En cuanto a los rasgos inconfundiblemente personales, le describen «notablemente vivaz en la percepción de cualquier tema que se le expusiera, adelantándose al narrador en las circunstancias y llegando a la conclusión que se tenía en vista.»

JURAMENTO EN EL MONTE SACRO

Se sabe por boca de don Simón Carreño, su preceptor —quien por capricho usaba el apellido Rodríguez y también el de Robinson— que en uno de los paseos por Roma, Bolívar juró consagrar su vida a la independencia de América.

Sobre el episodio en concreto cuenta don Simón, que luego de descansar un poco y con la respiración más libre, puesto de pie, Bolívar pasea su mirada escrutadora, «fija y brillante por sobre los puntos principales de que alcanzábamos a dominar», y le comenta:

—¿Con que este es el pueblo de Rómulo y Numa, de los Gracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano? Aquí todas las grandezas han tenido su tipo y todas las miserias, su cuna. (…) Este pueblo ha dado para todo, menos para la causa de la humanidad. (…) Pero para la emancipación del espíritu, para la extirpación de las preocupaciones, para el enaltecimiento del hombre y para la perfectibilidad definitiva, bien poco, por no decir nada.

Sin pronunciar palabras don Simón continúa escuchándole:

—La civilización que ha soplado del Oriente ha mostrado aquí todas sus fases, ha hecho ver todos sus elementos; mas, en cuanto a resolver el gran problema del hombre en libertad, parece que el asunto ha sido desconocido y que el despejo de esa misteriosa incógnita no ha de despejarse sino en el Nuevo Mundo.

Y luego, volviéndose a su amigo y preceptor, «húmedos los ojos, palpitante el pecho, enrojecido el rostro, con una animación casi febril, le dice:

—Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos, juro por mi honor y juro por la Patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español.

Pasarían algunos años antes que el nombre de Bolívar, resonara en Venezuela como caudillo principal en el movimiento de esa independencia que había jurado defender enfáticamente en el Monte Sagrado.

Con Rodríguez regresó a París, y en septiembre de 1806, embarcó para los Estados Unidos en viaje de retorno a Venezuela. A principios de julio de 1808, se conoce en Caracas la noticia de la abdicación del trono de España en favor de Napoleón.

GENIO Y FIGURA

El 24 de julio de 1828 cumplía el jefe Simón 45 años, pero según Soublette, uno de sus generales, representaba 50.

Así lo describe Busaniche en su libro Bolívar visto por sus contemporáneos:

«De estatura mediana, cuerpo delgado; brazos, muslos y piernas descarnados. La cabeza larga, ancha en la parte superior y muy afilada en la inferior. La frente grande, despejada cilíndrica y surcada de arrugas hondas cuando el rostro no está animado y en momentos de mal humor y cólera. El pelo crespo, erizado, abundante y canoso. Los ojos, que han perdido el brillo de la juventud, conservan la viveza de su genio: son profundos, ni pequeños ni grandes; las cejas espesas, separadas, poco arqueadas y más canosas que el pelo. La nariz proporcionada. Los huesos de los carrillos agudos y las mejillas chupadas en la parte inferior. La boca algo grande, y saliente el labio inferior. La barba larga y afilada. El rostro moreno y tostado.  (…) Cuando está contento, la cara es risueña y el espíritu de El Libertador brilla sobre su fisonomía.»

De memoria admirable, Bolívar abrazaba fácilmente y se ejercitaba a la vez en las ciencias y la literatura, sin descuidar la política y el arte de la guerra, como también la oratoria y la escritura.

«El Libertador —continúa describiéndolo Soublette— es enérgico. Sus resoluciones férreas y sabe sostenerlas; sus ideas jamás comunes siempre grandes, elevadas y originales. Sus modales son afables (…) Practica la sencillez y modestia republicanas, pero tiene el orgullo de un alma noble y levada, la dignidad de su rango y el amor propio que le da el mérito y conduce al hombre a las grandes acciones. (…) Su genio es emprendedor y une a esta calidad, la actividad, la viveza, infinitos recursos en las ideas y la constancia necesaria para la realización de sus proyectos. Es superior a las desgracias, al infortunio y a los reveses; su filosofía lo consuela y su espíritu le suministra medio para repararlos. (…) Desprecia la vil lisonja y los bajos aduladores. (…) La ira no es nunca en él duradera, y cuando se manifiesta, se apodera de la cabeza y nunca del corazón, y luego éste vuelve a tomar su imperio y destruye al instante el mal que la otra ha podido hacer…»

«A veces Su Excelencia es silencioso y taciturno: entonces tiene algún pesar o proyecto entre manos, y hasta que haya tomado su resolución, que comúnmente es pronto, no le pasa el mal humor o la inquietud. (…) Las preguntas que hace Su Excelencia son cortas y concisas y le gustan respuestas semejantes. No tolera nada difuso. Sostiene con fuerza y tenacidad sus opiniones, y cuando desmiente a alguno dice: —No señor, eso no es así sino así… (…) Es muy observador y nota hasta los más pequeños detalles. No les gustan los mal educados, los atrevidos, los charlatanes, los indiscretos ni los descomedidos y los critica ponderando siempre sus defectos.»

La campaña admirable 

Marcha tras marcha, jornada tras jornada, día tras días. Muchos quedan en el camino antes de llegar a Caracas el 7 de agosto de 1813 y ser proclamado Libertador. Reveses y desalientos, y contra todas las adversidades la necesaria unidad latinoamericana. Pero reviven las enconadas discordias de antaño. Destituido y cautivo, escapa a Jamaica, desde donde anuncia el nacimiento de Colombia como un estado en el que confluirán los territorios donde el dominación colonial ha sido sometida. No hay espacio en el pensamiento de Bolívar para la monarquía como forma de gobierno. La lucha ha de ser integradora. América toda una.

Cuatro años después desembarca en la patria chica. La llamada de la rebeldía está viva, y listo el campo de batalla. En 1919, la victoria de Boyacá, anuncia el nacimiento de Colombia. En 1921, la de Carabobo, precipita la liberación de Venezuela. Cinco días más tarde, entrará, triunfante, en Caracas. En las ventanas ondean las banderas de Colombia, Perú, Bolivia. La gente se apiña hasta en los tejados. Los frontispicios de las casas decorados con palmas y flores; en las paredes, entre espejos y cuadros, se veían expuestos retratos de El Libertador, himnos de su gloria y multitud de diversas inscripciones en alabanza al General, sangre y pasión de nuestra América.

Bolívar no entiende de naciones pequeñas, aisladas, desgobernadas. Quiere una sola. Pero le acechan siglos de dominación, regionalismos, fanatismos, pobreza, incultura, incomunicación; divergencias entre las potencias de Inglaterra y Norteamérica, prácticamente aliadas con el colonialismo español acecharán la Gran Colombia, desearán la muerte del El Libertador, y harán lo imposible por diluir el influjo su pensamiento integrador.

A 227 años de su nacimiento y en la conmemoración del Bicentenario de la Independencia, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco revive en los umbrales de una vida luminosa, en una alborada que moviliza conciencias y une pueblos para que América sea una sola, unida, fuerte, solidaria.