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Por Mercedes Rodríguez García

Los sociólogos argumentan que se trata de un fenómeno demográfico; los meteorólogos, lo clasifican como atmosférico. A mi juicio ambos tienen razón: los habitantes de Santa Clara andan más alegres y optimistas bajo el aire rojinegro que la surca.

Sin embargo para un artista como Ernesto Alejo, el director y corógrafo del grupo Danza del Alma, el 26 de Julio constituye un suceso poético: «Un penacho de palma real que  se abre y da cobija a una vetusta ciudad pletórica del sol, esperanza, amor y fe.»

A Ernesto pocas veces le he visto triste, y nunca tan alegre como ahora, ensayando sobre el prístino tabloncillo del  Centro de Desarrollo e Investigación para la Danza y el Teatro (CDIDT), otrora Maternidad Obrera, luego Hospital Psiquiátrico.

La juvenil «troupe» que le obedece entrena para la apoteosis del lunes, cuando la Plaza Ernesto Guevara se convierta en Che multiplicado y eche a andar desde el bronce hasta los parques, calles, casas y edificios retocados, ataviados, coloridos, redivivos.

Pregunto a Pausant, a Yorlan, a Michel, a Jean, a Nicolai, a Arabel, qué les parece este 26 villaclareño, y no pronuncian palabra que no sea la de sus cuerpos dando forma en carne y movimientos a «Los sueños todavía», canción que a pesar de los altos decibeles no apaga el taladrar del obrero Javier en su monótona acción de colocar tornillo tras tornillo en puertas y ventanas, nuevas e idénticas, a aquellas que vieron dar a luz a varias generaciones de  los hijos de Marta.

Huele a pintura, a cemento, a barniz. Huele a Santa Clara  desempolvada, sudorosa, comprensible como para entender que el goce espiritual también vale la pena porque dispone mejor al trabajo. Al decir del viejo combatiente Augusto Navarro, «para otra lucha más larga y difícil de la que saldremos adelante.»

Augusto ya no ve con los ojos del rostro, pero sabe que Santa Clara «está ahora más iluminada y bonita», con novedosas farolas y luminarias que le han devuelto el encanto. O como manifiesta Zenaida Valdivia, su esposa,  «rejuvenecida y limpia por ser la sede del acto por el Día de la Rebeldía Nacional.»

Augusto, con 90 años, mantiene vivo en el recuerdo el día que escuchó por la radio la noticia del asalto al Moncada. «Aquí en Santa Clara también salió la policía y el ejército a dar vueltas por las calles, como unos perros de presa tras todo el que le oliera a revolucionario.»

Cuenta que en 1953, suspiró lastimoso por no ser uno de aquellos jóvenes intrépidos; que  1958 rabió por no habérsele permitido unirse a las tropas rebeldes cuando pasaron  a un costado de su casa, en Dobarganes, rumbo al regimiento Leoncio Vidal. «Me dijeron que no, que yo tenía siete hijos y era mejor que cuidara de ellos.»

Pero después del triunfo le llegó la oportunidad y, como miembro del Departamento Técnico de Investigaciones, se sumó a la Lucha contra Bandidos en las montañas del Escambray. «Ahora estoy viejo y ciego, pero loco de alegría porque Fidel se ha recuperado y parece listo para otra vez emprender los buenos y los malos momentos juntos con su pueblo…

—Y ¿si Fidel viene a Santa Clara?

— ¡Creo que de la alegría recupero la visión!

Vale, pues,  el acicalamiento que desde hace tiempo se merece la provincia y su capital. De ahí casas pintadas, edificaciones antiguas reconstruidas, fachadas retocadas, asfalto fresco en las calles, carteles lumínicos, vallas, señales del tránsito y otras galas que devuelven esplendor y belleza a urbes y poblados.

Fenómenos atmosféricos hemos enfrentado cada año: ciclones, inundaciones, sequías, y no pocos de índole económica. «Pero el pueblo ha sabido perseverar y salir adelante», como expresan las abuelitas Blanca Cárdenas e Inés Rodríguez,  quienes  «no obstante fallarnos la memoria de lo más antiguo», saben que solamente con «más sacrificio y conciencia ciudadana saldremos adelante.»

Sí. Vivimos por estos días un fenómeno demográfico: el crecimiento de los villaclareños bajo ardor y el compromiso de los cubanos por su propia historia.

«La disposición resulta clave para mantenernos en la cúspide y demostrar que en la región más central de la Isla siempre es y será 26», afirma Clara, descendiente de la familia patriarcal de los Carta.

Ella sabe bien que nuevos retos aguardan en aras de incrementar la producción y la productividad, de no descuidar el ahorro, la racionalidad, y calidad de los servicios.

Vale, pues, mantener el valor, las frentes altas, las ansias de libertad, los corazones apretados y la emoción del combate por una Cuba mejor.

Vale ir preparando el pecho para que no falte el aire del mañana cercano y de los tiempos más lejanos por venir; para llevarle siempre al Che resultados y realizaciones concretas; para que doña Marta Abreu, desde su sitial de bronce en medio de la Villa, contemple a su ciudad más clara, más humana, más renovadora y consecuente. No por caridad, ni compasión, ni piedad, sino por el altruismo revolucionario, humano y consecuente de los muertos ausentes, los vivos presentes y los que han de nacer.

¡Qué el lunes 26 de Julio de 2010 repiquen las campanas, ululen las sirenas,  resuenen  otra vez vibrantes y auténticos como aquella madrugada Santa Ana!

¡Qué resuene en Villa Clara, pintada de rojo, de negro, de blanco, de azul, de naranja, de todos los colores del arcoíris patrio el apasionado poema de Raúl Gómez García, «¡Ya estamos en Combate!»

Con el mismo sentimiento de aquel selecto grupo que entregara todo a cambio de la libertad, entendamos y recordemos solo dos versos de aquella especie de himno de vida y de muerte.

Razones sobran: «En nuestros brazos se alzan los sueños clamorosos./ Que vibran en el alma superior del cubano…»