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Por Mercedes Rodríguez García

Hay gente que para sentirse feliz se exige demasiado a sí misma. Aunque, a decir verdad, la felicidad —como los yo de la personalidad— exhibe varias caras. De tal modo, cada cual la condiciona según su psicología y su cultura, aunque una gran mayoría lo hace a partir de los bienes materiales que posea, ¡y al diablo la espiritualidad!

Lo cierto: a la larga el tiempo determina, pues lo mucho y lo poco, la nada y el todo comparecen de manera intrínseca en una especie de código que la vida se encarga de imponer en su decursar, hasta que, al final, uno saca la cuenta de si ha logrado o no ese estado de satisfacción, gusto o contento. Mas, como código al fin, nos corresponde hallar las claves para descifrarlo.

Un día, en una de esas peñas improvisadas que se arman cuando llega el aceite y las papas a la bodega y a la placita, el tema de la felicidad consiguió involucrar casi a una decena de contertulios. La cuestión comenzó cuando una señora adujo que el gato adoptado por su vecina era más feliz que la dueña.

Así, de entrometidos que somos los cubanos, pregunté en voz alta —hasta con la intención de que levantaran la mano— si todos los allí presentes pensaban igual. Silencio. Creo que fueron más los avergonzados que los atrevidos a opinar, pues nadie estaba dentro del minino ni de la mujer para afirmar tan particular y complejo asunto.

Más tarde, mientras picaba mis papas y el olor de las fritadas de los inquilinos de abajo se colaba por la caja de aire del edificio, pensaba muy en serio en los motivos que pudiéramos tener los cubanos para ser felices. Vulnerables a los más variados cambios que la cotidianidad nos impone, los hijos e hijas de esta islita maravillosa la hemos pasado grises durante años. Y más las hijas, pues la condición de mujer nos ha exigido no solo esfuerzos físicos gigantescos, sino también extrema voluntad para sobrellevar privaciones, y, al mismo tiempo, mantener incólume el fiel de la balanza hogareña, muchas, incluso, sin dejar de trabajar y con la responsabilidad, además, de cuidar o atender junto con los hijos, a padres, tíos o abuelos.

No puedo olvidar la crudeza de los 90 y cómo en aquel 26 de Julio de 1989, en Camagüey, Fidel planteó cosas que a muchos oídos les parecieron extrañas. Recuerdo cuando recomendó a las mujeres guardar los vestiditos o algo similar. Dos años y medio después, increíblemente, ocurrió la desintegración de la URSS y el llamado efecto dominó sobre los países del Este europeo.

Toda una polvareda ideológica y de pronósticos fatales para los cubanos, que vimos —por suerte— en medio de aquel desastre, las consecuencias del dogmatismo, el burocratismo, el autoritarismo y el divorcio con las masas y la realidad. La lección la aprenderíamos con sangre, sudor y lágrimas.

La bicicleta, los carretones, los mal llamados fogones eficientes, el carbón y la leña, el «picadillo» de cáscara de plátano, el «detergente» maguey, las bañaderas corrales, los polleros en los balcones… signaron aquellos años duros, durísimos, inolvidables. Pero a mi manera no dejé que la felicidad se fugara. Algunos pedacitos, enfermos y octogenarios, los perdí para siempre; los retoños se lastimaron y demacraron.

Mas, entre las carencias, necesidades y vicisitudes de sus escuelas, se graduaron.Ha terminado el primer quinquenio del siglo XXI y no he podido averiguar si el gatito de marras se siente o no feliz. En cuanto a la dueña, la percibo tranquila en su vejez, escrupulosamente vestida, dispuesta desde muy temprano cuando sale a regar las macetas y los rosales del jardincillo con flores de pascua. La tensión arterial y la diabetes controladas le permiten manejar el hogar. Ya tiene menos carga en la cocina y su monedero pesa más. Sin embargo, no ha renunciado a vender los cigarrillos de la cuota. «Para la alcancía de mi nieta», le he escuchado decir.

Aún la carga es pesada, pero van quedando atrás los momentos de extremo deterioro material. Se vislumbra el camino, que puede convertirse en carretera, en anchas alamedas, si no volvemos a marearnos ni a regodearnos con los logros, si continuamos arrancando la mala hierba, si conservamos el justo equilibrio entre la satisfacción de las necesidades económicas básicas y el mantenimiento de los principios; si continuamos levantando la moral y la solidaridad, integrándonos a todas las comunidades humanas, sin diferencias de credo, raza o sexo; si eternizamos la sensibilidad a prueba de desilusiones, de fracasos, de ingratitudes; si combinamos juventud y experiencia; si en el afianzamiento de nuestra cultura e identidad otorgamos a la modestia la dimensión exacta del valor de los hombres, del valor de sí mismo…

Cada noche, mientras el gatito de mi vecina halla un resquicio por donde salir a zanganear por esquinas y tejados, mientras su dueña espera que la inexorable marcha de las manecillas la acerquen a de su cumpleaños —ya tiene 85— pensemos muy seriamente en qué, quiénes, cómo, por qué y para qué somos. Y más allá de la levedad de los vinos, el placer de las fibras, el baile y la música, meditemos en afectos y convicciones.

Tratemos de hallar las claves para descifrar los códigos de la felicidad. Ya yo encontré algunas de las mías: horror a los lugares comunes y a la arrogancia, rebelde con causa, enemiga de los esquemas, y amante de la crítica y de las utopías. La felicidad, algo muy difícil de alcanzar, casi la toco con las manos.