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Por Miguel Angel Valdés Lizano

Alumno 5to. Año de Periodismo

Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas

 

Algunos amigos me alertaron sobre su condición de criatura esquiva. El anonimato era su madriguera y, como experimentado depredador, aún poseía la capacidad de intuir cualquier amenaza a su mundo de silencio. Cualquier error en mi estrategia le permitiría escapar fácilmente.  Oculto entre la jungla humana que escuchaba sus palabras, logré percibir con cautela el carácter lento, pero contundente de sus gestos.

Durante casi una hora, sin mostrarse agotado, habló sobre la obra de Heras León, su maestro y amigo. Recordaba con nostalgia aquella época de incomprendidos, los días en la escuela de Periodismo, la fe juvenil en el futuro. Me enfrentaba a un animal más que instintivo, calculador. Solo un disparo preciso lograría atraparlo.  Pululando en Revolución y Cultura encontré, por casualidad, algunas de sus primeras huellas en el mundo de las letras; de ahí podía sacar un buen gancho para atrapar a la bestia. Parecía olfatear mi presencia. Me acerqué lentamente después que concluyó la charla. Lo saludé frente a frente, y en el momento decisivo, el que define si se es cazador o cazado, aguanté la respiración y apreté el gatillo:

Senel, ¿usted recuerda aquella entrevista que le realizó a Soler Puig en sus inicios como periodista?

―Sí ―respondió sin poder contextualizar la interrogante, como intentando descubrir en vano algún rasgo familiar en mi rostro. ¿En realidad le resultó tan difícil como cuenta? ―inquirí, una vez más.  ―Lo difícil no fue por él, sino por mí ―confesó sonriendo―. Cuando uno comienza en el periodismo resulta un reto enfrentarse a aquellas personalidades que admira; eso me pasó a mí con Soler ―agregó con una llamita pícara en la mirada.  “Entonces usted conoce lo que siento yo ahora porque me propongo entrevistarlo” ―le propiné con mis palabras su golpe de gracia. Se sabía capturado. Simplemente sonrió y, casi sin opción, decidió premiarme con sus respuestas.  

—¿Se define como periodista, escritor o guionista?  

―Soy escritor: narrador y guionista; pero no periodista. Estudié Periodismo pero no creo que me pueda considerar como tal. Me sirvió como herramienta, un camino para buscar otros rumbos como los del séptimo arte. Me aportó mucho, pero no creo que sea bueno en este oficio, por ello, mi mayor muestra de respeto hacia esa profesión ha sido dejarla de ejercer.  

—¿Por qué el personaje de la abuela campesina se reitera en varias de sus obras literarias?  

―Aunque yo hablo en los relatos de una abuela, en realidad son dos.  «El prototipo de mi personaje resulta la fusión de mis dos abuelas. Crecer en el campo junto a dos seres como los que yo tuve resulta un privilegio. Como no había ni radio en aquellos montes era usual que la gente se sentara en torno a un buen narrador empírico bajo la luz de la chismosa. Hasta en los velorios se contaban cuentos. Las familias que no tuvieran una persona que narrara bien, estaban perdidas y hasta llevaban una vida más desgarradora.  

«Mi abuela paterna, casi analfabeta, era una gran cuentera de aventuras, se inspiraba en acontecimientos de su realidad a los que le otorgaba, a veces, un carácter fantástico, con un empleo asombroso de la organización dramática. Mi abuela materna poseía una gran capacidad para improvisar y sus cuentos se inspiraban también en elementos de su realidad inmediata, aunque resulta cómico que sus historias muchas veces se entrelazaran entre sí, provocando una desorientación casi total en sus receptores porque se perdía el hilo central.»  

—¿Por qué un medio tan hostil para la cultura como puede ser el campo, resulta en ocasiones, como en su caso, enorme fuente de inspiración?  ―La infancia deja huella en todo ser humano. Aunque tuve una vida dura en el campo, plagada de hambre y miseria, como la dibujan los reportajes del Granma, siempre existieron dos ingredientes hermosos en todo eso: mi familia y el paisaje geográfico donde crecí.  

«Nací en una zona de Fomento que parecía un mar verde, los arrieros surcaban las lomas del Escambray, hasta confundirse con las nubes allá en las alturas. Tuve abuelas maravillosas, hermanos muy traviesos. Los lazos existentes entre nosotros contrastaban con nuestro nivel de vida, incluso, nos ayudó a sobrellevar tanta miseria.  

«Recuerdo que cuando comencé a estudiar mis compañeros se quejaban por la beca, yo la pasaba bien porque, por lo menos, comía todos los días, y además, descubría cosas que nunca había comido. Sin embargo, la vida agreste del lomerío y luego la pueblerina que conocí al mudarme para Cabaiguán, me marcaron por siempre.  

—¿Por qué su reacción cuando se decidió separar a Heras León de su plaza de profesor en la Facultad de Periodismo?

―Heras fue mi profesor de técnicas periodísticas. Cuando nos informaron sobre su sanción surgió un estado de inconformidad muy grande entre todos mis compañeros que lo apreciábamos. Yo solo tenía 19 años y poseía un concepto vago sobre la política. Planteé mi inconformidad en la dirección de la facultad y a los dirigentes estudiantiles. No considero que me haya propuesto asumir una actitud contestataria, sino que actué movido por un principio de justicia que me enseñó desde niño mi familia. Casi pierdo mi carrera. Aquellos eran momentos muy complejos. Desde entonces me tildaron de “cabecita de playa”.  

—¿Hasta qué punto puede decirse que recibió el influjo de la narrativa cubana de los sesenta?  

―Soy un escritor que me formé bajo la influencia de los narradores de la generación que me antecedió, no solo de los cubanos, sino también de muchos otros de Latinoamérica. Los admiré mucho porque trataron temas como la tierra. Aprecio, por ejemplo, la obra de Juan Rulfo, Onelio Jorge Cardoso y también a otros más contemporáneos como Reinaldo Arenas. Ellos constituyen mi punto de partida. Sobre el legado de los escritores de los sesenta pretendí erigir mi propio mundo. Sin embargo, mis narraciones nacen más por necesidad que por influencias; gracias a eso logré encaminar mi forma propia de decir, aunque reconozco con orgullo y satisfacción la herencia obtenida.  

—¿Cuál es su criterio sobre la novela cubana de los sesenta, unas veces tan endiosada y otras, tan marginada?

―Muchas veces se reduce la novela cubana de los sesenta a las que nacieron como simple reflejo del emergente ideal social revolucionario. En esta época también se escribieron otros textos valiosos como Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante; Celestino antes del alba, de Arenas; Paradiso, de Lezama y El siglo de las luces, de Carpentier.  

«Dentro de esas otras obras que sirvieron en esencia para promover las ideas revolucionarias, pueden encontrarse joyitas como Bertillón 166 de Soler Puig, que muchas veces resulta menospreciada y, aunque posee la maldición del escritor recién estrenado, no resulta para nada esquemática, ni complaciente. Además, en sentido general, todos estos textos con frecuencia no tuvieron la máxima calidad estética, pero sí se voltearon hacia temas marginados por la literatura precedente.»  

Oficialmente en los últimos tiempos se ha reconocido el lamentable matiz grisáceo que imperó en la política cultural cubana de los setenta. ¿Cree usted que esta cumplió con el objetivo ideológico que la originó o, como piensan muchos, logró el efecto contrario?  

―Creo que los mismos criterios de política cultural que primaron terminaron demostrando su carácter erróneo, en cuanto a la relación entre el arte y la Revolución. Debemos analizar ese período como evidencia de las tensiones propias de todo proceso radical. Sin dudas, resultó un momento gris pero, al mismo tiempo, demostró la solidez y lo genuino de las transformaciones. Nadie vino de afuera a corregirnos, fueron nuestros intelectuales y dirigentes quienes revirtieron la situación. Esta etapa hay que estudiarla con mayor profundidad y no verla simplemente como un trauma eterno, como algo frustrante.  

—¿Cuál es el aporte principal de los escritores de su generación a la narrativa cubana?  

―Mi generación se encuentra integrada por narradores de la talla de López Sacha, Reinaldo Montero, Arturo Arango, Leonardo Padura, Abel Prieto, Mejides... Estos escritores no rompieron de forma definitiva con los que le antecedieron, más bien constituyeron un puente que buscó la continuidad, se luchó porque no faltara ningún eslabón entre los dos períodos. Mantuvimos una actitud de búsqueda en las obras de la generación anterior que habían sido víctimas de incomprensiones e intentamos rescatarlos porque sentíamos que los necesitábamos. Necesitábamos a Heras, a Jesús Díaz, a Lezama, a Virgilio, a Novás Calvo, a Infante. Por eso, no ocurrió una ruptura virulenta con la literatura anterior, como sí sucedió con la generación posterior a nosotros. 

—¿Desde su condición de creador cómo valora la gestión de Abel Prieto frente al Ministerio de Cultura?  

―Me has hecho una pregunta que yo debía rechazar porque para mí Abel no es solo un ministro, sino también un amigo. Nos conocemos desde la universidad cuando nadie sospechaba, soy más categórico, nadie hubiera apostado que llegaría a ocupar ese cargo. Era el tipo del que cualquiera hubiera dicho: este llegará a ser cualquier cosa menos dirigente. El conocerlo desde hace tiempo me ha permitido palpar su perseverancia.  

«Cuando realizo una recapitulación de todos los años transcurridos, encuentro siempre su coherencia como persona, como revolucionario profundo, valiente y complejo; cualidades que siempre lo acompañaron, con mayor o menor grado de madurez. Si a eso le sumas su capacidad de diálogo, su sentido del humor criollo y sus profundos conceptos sobre la identidad nacional; te das cuenta que resulta un ministro de lujo.»  

—Por favor, dígame su criterio acerca de lo que algunos denominan “literatura de la diáspora”.  

―Considero que la categoría “literatura de la diáspora” se refiere más a los autores que a la literatura en sí. Las más importantes obras de estos escritores de la emigración nacieron en la Isla. Los principales libros de Infante, Novás Calvo, Montenegro, Labrador Ruiz, se gestaron antes que sus autores abandonaran el espacio físico de nuestra realidad insular.  

«Esto provoca una especie de frustración, un vacío... Lamentablemente resulta muy difícil chocar con ellos. Muchas veces las actitudes políticas asumidas por las partes no han sido positivas. Muchos creadores nunca superaron lo que escribieron en Cuba. La relación de un artista con su espacio es vital y casi siempre el vínculo directo, genuino, se quiebra con la lejanía. Las obras escritas en el exterior, que de alguna forma pudieran considerarse cubanas, se encuentran más marcadas por la nostalgia que por el espíritu de la Isla. Ellos rearman sobre la nostalgia una Cuba-otra.  

«Fuera de esta perspectiva traumática no ha madurado una literatura que refleje nuestra identidad real porque Suecia podrá producir muy buenos suecos; España, muy buenos españoles, pero solamente aquí pueden producirse cubanos. Muchos escritores abandonaron muy jóvenes nuestro país y su marco referencial se tornó exiguo, subjetivo. Otros, más que por valores estéticos, han trascendido por sus posiciones políticas.»  

—¿En qué medida reconoce en su obra la influencia de Reinaldo Arenas?  

―Reinaldo es un escritor muy importante para mí. Entre nosotros más que influencias existen coincidencias. Cuando se lee Celestino antes del alba y Un rey en el jardín, se encuentran convergencias en cuanto a la estructura familiar, con el ambiente agreste, en cuanto a la reconstrucción de la historia reciente... No obstante, lo que yo escribo proviene de influencias autobiográficas; no librescas. Me identifico con Reinaldo en lo relacionado con nuestra infancia, nuestras sensibilidades, los paisajes. Eso hace que los mundos literarios de ambos concuerden hasta cierto punto.  

«Luego cada cual siguió su rumbo. Alcanzamos nuestras definiciones estilísticas y conceptuales. Sus últimos textos no tienen nada que ver conmigo. Tampoco comparto con Reinaldo la actitud que asumió ante la vida, su sentimiento de frustración, su carácter irritado y maldito; en ese sentido somos antípodas.» 

—En su obra El lobo, el bosque y el hombre nuevo se aprecia un tratamiento original del tiempo, elementos del metarrelato e intertextualidad. ¿Coincide usted con quienes lo consideran el primer relato post-moderno de la literatura cubana?  

―Me considero un escritor primario e instintivo, aunque eso no quiere decir que no me mantenga de espaldas a las tendencias más actuales de la literatura. No reelaboro teóricamente lo que escribo, ni siquiera como profesor de Dramaturgia me gusta encasillarme en este mecanismo de pensamiento conceptual. Me salen las cosas sin necesidad de pincharlas para descubrir el misterio. El lobo… ciertamente posee una serie de características que no asumo de forma consciente ni porque esté de moda. Se encuentra en el ambiente como expresión de la naturaleza del escritor de estos tiempos, se convierte en una necesidad. Uno se inserta sin proponérselo.  

—¿Qué permanencia le augura a esta literatura post-moderna en la historia de las letras universales?  ―No puedo hacer vaticinios tan difíciles. La post-modernidad responde a un espíritu, a un momento. Solo el tiempo podría colocarla en el lugar preciso. Considero que es una expresión auténtica en correspondencia con la cosmovisión del hombre de hoy. Responde a una sensibilidad que refleja nuestros tiempos. He leído a escritores como Kundera, Kurt Vonnegurt Jr. y, aunque te confieso que no los ubico entre mis favoritos, debo reconocer que me resultan atractivos y pueden que, en determinadas ocasiones, afloren en mis relatos, de manera inconsciente.  

—Algunos especialistas consideran que la cinematografía cubana de los 90, e incluso la que se ha hecho en los 2000, no trasciende de la crítica vacua, simplista y metonímica de la realidad. Usted como guionista de filmes como Lista de Espera y Las noches de Constantinopla, ¿qué opina al respecto?  

―Criticar es un proceder muy complejo para encontrarle el tono, porque se somete a muchas desviaciones. Pienso que sí, que el cine por múltiples factores se ha banalizado, ha caído en la puya, en la sátira ciega, en el estereotipo de la realidad. Hemos perdido el carácter reflexivo que debe poseer la crítica. Aunque se han creado obras muy buenas en este período como Madagascar, y Suite Habana.  «Resulta incuestionable afirmar que el arte se ha subordinado a la industria. Hemos tenido que apoyarnos en las co-producciones para no dejar de filmar, y casi siempre debemos hacer concesiones, mostrar la imagen que se vende. .» 

—¿Siente especial predilección por algún director específico de la historia del cine cubano?  

―Yo creo que el cine vive mucho de festivales y de premios; eso daña el arte. Me opongo a toda esa publicidad. Frecuentemente como motor del consumo se promueven listas y nombres, sin ni siquiera señalar los criterios de selección. No me gusta ser excluyente, estas cosas no se comparan. Es como en la literatura: a veces tengo ganas de leer a López de Vega y otras a Balzac; no podría definir por eso cuál es mejor. Lo mismo me sucede con el cine: a veces quisiera ver un filme de Fernando Pérez; a veces a un director joven.  

—¿Cuán satisfecho se sintió con la adaptación de Fresa y Chocolate, realizada por Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea?  

―No me gusta decir que el tema de Fresa y Chocolate sea la intolerancia, sino el reconocimiento de la diversidad humana; eso te hace bueno o malo en función de la virtud. La película y el relato original van destinados a enseñar que la actitud ante el progreso debe ser la única forma de distinción entre los hombres. Pienso que ese mensaje llegó a las personas, y vive aún.  

«Resultaba necesario reflexionar sobre ese aspecto desde hace mucho tiempo. Vivíamos momentos peculiares para la historia cubana y, más que por obtener prestigio o fama, escribí el relato para desahogarme, para compartir mi meditación. Creo que esa es la misión de todo creador que aprecie su oficio. La adaptación en gran medida cumplió también con ese propósito desde las particularidades del lenguaje audiovisual.»

 —¿Por qué no se le ve en nuestros medios?  

―Creo que no hay por qué castigar a las personas. No me gusta el bombo y platillo. No soy de los artistas que para satisfacer el ego deben verse todos los días en la televisión. Disfruto mi intimidad, soy un animal de las sombras. http://www.laventana.casa.cult.cu