Por Mercedes Rodríguez García

En todo el mundo la juventud es noticia recurrente y para no pocos, preocupante. Desde hace años inquieta el consumo de drogas y alcohol entre jóvenes y adolescentes. En este sentido y con referencia a la violencia juvenil desatada eligrosamente en los últimos tiempos, La Nación, diario argentino, señala en un editorial del pasado 16 de abril, que la sociedad debe hacer un esfuerzo para tratar de identificar las relaciones de causalidad que pueden llegar a explicar estos trastornos de conducta gravísimos.

El alcoholismo sigue siendo un problema de gran magnitud en buena parte del mundo, no sólo por el aumento de su consumo entre los menores de edad, sino también porque es cada vez más baja la edad de iniciación de su ingesta. Según La Nación, la relación entre alcohol y delito también genera preocupación. Y cita: “Cerca del 30 % de los detenidos por delitos contra la propiedad y contra terceros consumieron alcohol previamente a la consumación del hecho, en tanto que cerca del 70 % de los internos de las cárceles bonaerenses consumía alcohol regularmente antes de ingresar en ellas. De acuerdo con datos obtenidos en las guardias de centros asistenciales, en el 80 % de los casos de peleas callejeras existe presencia de alcohol en alguno de los involucrados.

De acuerdo con un estudio al que se hace referencia, el Observatorio Argentino de Drogas, dependiente de la Secretaría de Programación para la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), determinó que tomaron alcohol en el último mes unos 346.000 jóvenes escolarizados de entre 15 y 18 años. De ese universo, el 27 por ciento reconoció haberse emborrachado, cifra que trepa al 48 por ciento cuando se preguntó por aquellos que, al menos una vez en los últimos 15 días, habían consumido cinco o más tragos. La cerveza es la bebida preferida.

Esos porcentajes permiten determinar que unos 25.000 estudiantes secundarios de ese país reconocen haber sentido síntomas comunes al síndrome de abstinencia o malestares físicos o ansiedades que los llevaron a consumir nuevamente alguna bebida alcohólica. “Son 17.000 los chicos que, pese a su asistencia cotidiana a las escuelas, consumen alcohol todos los días”, explica. Y aunque Cuba no queda exenta del fenómeno y los índices han crecido en los últimos años, la sociedad en su conjunto ha reaccionado favorablemente. En las cafeterías y otros expendios gastronómicos,  por ejemplo, se cumple la legislación que prohíbe la venta de alcohol a menores. Las organizaciones no gubernamentales y establecimientos educativos, por medio de programas y campañas de prevención, de información y educación que hacen conocer las consecuencias negativas que ocasiona el abuso del alcohol. Sin embargo, queda mucho por hacer entre  los padres y las familias. Involucrarlos más en la vida de los jóvenes, que conozcan los lugares a  donde concurren sus hijos y amistades. La primera responsabilidad recae en los hogares. Pero vivimos en sociedad, ¿no?


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