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Por Linet Hernández Moredo
(Alumna de Periodismo)

¡Estudiantes, ¡no alimenten a los perros! Insólita orden, pero común en las reuniones de la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas. ¿El profesorado pretende que un joven ignore a otro ser vivo hambriento, solo por ser un cuadrúpedo carcomido por la sarna? Evidentemente, no debe razonarse así en el esfuerzo contra el entristecedor merodeo de estos animales, problema que se extiende actualmente a las calles y a buena parte de los centros laborales en nuestro país.

Un buen día, el hombre se aburre de su mejor amigo y le hace el último favor de abandonarlo en un lugar espacioso, con comida y muchos “dueños”. El desgraciado deambula, maloliente, entre mesas de comedor y piernas extrañas, por pasillos y áreas verdes de nuestro centro.  Al mediodía gusta de refugiarse bajo las escaleras.

Siempre hay compadecidos que lo reciben en su cuarto, en detrimento del reglamento escolar. Peor, hacen peligrar su salud y la de todos los vecinos, ecologistas o no. 

Pero hay más, cuando los trabajadores de Salud Pública acuden a la solicitud de los directivos de la escuela, se activa una “brigada de salvamento”. Se adjudica a los estudiantes el delito de esconder a los animales para evitar su dramática captura: las víctimas vuelan antes de impactarse sobre el carro. No se dispone de otros recursos, tales como disparo de tranquilizantes, para su traslado.

Si algunos estudiantes se identifican con los protagonistas de ARK, inclinación encomiable, comprendan que la institución docente no cuenta con las condiciones materiales de aquella serie televisiva, ni figura entre sus funciones el rescate de animales.

Ahora bien, por eficiente que sea la actividad de los defensores, la lógica llama a no cargarles absolutamente la persistencia de numerosos caninos distribuidos en todas las zonas de la universidad.

La situación, común en el país, repito,   evidencia la inconstancia por parte del Ministerio de Salud frente a este conflicto.

En cuanto al sacrificio de los atrapados, proceso desagradable para todos, está condicionado por dos cuestiones fundamentales: la difícil situación económica que propicia el creciente número de ejemplares abandonados y enfermos, y el desenfado con que el pueblo cubano asume la cría de perros callejeros, sin sacarlos de su vida vagabunda. Por ejemplo: se limitan a darle algo de comida y no les importa que los desechos atiborren el entorno.

Por tanto, hasta ahora, la opción más viable es respetar las recogidas por parte de la institución sanitaria.  Un proyecto para encontrar personas dispuestas a atendenderlos, valdría. Pero busquemos casa limpias si queremos a los perros.