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Al paso que lleva el doctor en Pedagogía Juan Virgilio López Palacio, siempre habrá un pretexto para la entrevista. En esta ocasión lo ha sido el otorgamiento de la condición Profesor De Mérito de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas. Premio Nacional de Pedagogía en 2003, le sobra experiencia para conversar sobre cualquier tema en la materia. Sirvan ambas  excusas para  entablar el diálogo con  este hombre de 70 años, todavía vital, elocuente, enamorado de la vida y de su obra.

Por Mercedes Rodríguez García

Nunca sobra el tiempo —ni ha de faltar— si de hablar de Educación se trata. Mucho menos si la plática transcurre con un hombre al que medio siglo de magisterio queda reconocido en un Premio de tal envergadura, amén de decenas de reconocimientos y siete condecoraciones que avalan su trayectoria como ser humano, profesor y revolucionario.

Lo agradable, sustancioso y aprovechable de la conversación con el doctor Juan Virgilio López Palacio será siempre su poder comunicativo, su imperturbable, su lucidez extrema, como si Varela y Martí encontraran en él una especie de receptáculo, de cáliz, de vasija germinal para una nueva y contemporánea existencia.
Hace apenas unos meses que llegó de Brasil, y seis desde que aterrizó en La Habana procedente de Chile, donde ahora mismo brinda sus servicios como asesor y conferencista.  Ir y venir que puede haber sido de Cuba a México, Nicaragua, Argentina o Colombia, y en el Viejo Continente,  España, Moscú, Ucrania...
“Dicha de viajar”, dirán algunos. Para los justos, el placer de saber mostrar y demostrar con autoridad, creatividad y juicio propio, cualidades dignas de quien con sabiduría y constancia escala —hasta vencer—, la cima. Ello, si la cúspide no se traduce en simple sobrevolar de océanos y cordilleras y sí en apnea profunda y alpinismo olímpico.

Eterno trotamundos en pos de horizontes pletóricos de miel y de luz, nació bajo una tormenta de sueños, en Santa Clara, al parecer signado por una constelación de lápices, cuadernos, libros, tizas y borradores, al día siguiente de concluidas las fiestas por el trigésimo cuarto aniversario de la República cedida por los yanquis a Don Tomás.

Medio siglo ejerciendo la docencia, avalan los más disímiles presupuestos pedagógicos. Gusta de la polémica  donde se gana en claridad y confianza. Por escabroso que sean no elude ningún tema, ni dentro ni fuera de su Patria, cuyo prestigio en la materia le elevan por sobre naciones, incluso, del Primer Mundo.
«Académico cubano refuerza rol docente en la formación de los estudiantes», afirma un titular de La Prensa Austral, de junio 4 de 2005.

A Punta Arenas arribó para dictar clases teóricas  a los participantes en una Maestría en Ciencias de la Educación, dirigida  a un grupo de profesionales locales, oportunidad que aprovechó también para encabezar unos cursos a  profesores directivos de los colegios de la Corporación Municipal de esa apartada región del cono Sur americano.

Escribe el periodista que le entrevistó entonces: «López reconoce que la imaginación se ha convertido en una de las mejores características de los cubanos, como consecuencia de las sanciones internacionales dirigidas por Estados Unidos».

Con su risa de bajo, sonora y espontanea, jacarandosa, el criollísimo mulato le había comentado: «Tenemos una organización que se llama Asociación de Innovadores y Racionalizadores. Imagínese, si no aplicara la creatividad yo, por ejemplo, no podría mantener un auto de 27 años, un Fiat argentino, reparado con piezas de Peugeot, francés  y de Lada, soviético».

—¿En qué cree usted, doctor, que Cuba afianza su prestigio educacional?

—En la integralidad, en la cohesión de la teoría y la práctica, en el rigor intelectual y científico, en la vocación y espíritu de sacrificios de todos y cada uno de los educadores, en la capacidad de resistencia y de respuesta ante las limitaciones materiales, en la prioridad y la atención que recibe del Estado, sin ser absolutos.

—Y, ¿comparada con Latinoamérica?

—La Educación en la mayor parte de América Latina tiende cada día más a la privatización, y muy pocos son los países que conceden prioridad a la escuela pública. Brasil, por ejemplo, puede considerarse una excepción. He visitado planteles de este tipo, con maestros de excelente preparación pedagógica, y dotados con herramientas de punta. Sin embargo, eso no es lo que se ve en Nicaragua, o en Argentina en menor medida; en Colombia y México, existe un gran desarrollo en la Educación. Lo mismo pudiera decirte de Europa.

—¿Cierto que un alcalde de Chile calificó de pobre la Educación en su país?

—No exactamente. Eso fue mientras impartía una conferencia de Didáctica Contemporánea, en Santa María de Iquique «Nosotros somos ricos y tenemos una Educación pobre”, me confesó al final de la disertación», aunque debo aclararte que la escuela pública en Chile es muy fuerte, solo que no posee, como en muchas otras naciones, una cultura pedagógica de visitas a clases. El director no se atreve a visitar  ninguno de sus maestros».

Seguidamente hablamos de aspectos tan debatidos en las calles cubanas: la llamada Municipalización y  las clases por la tele. ¿Qué me puede comentar al respecto?

—Desde antes de la Revolución se han tomado muchas medidas de contingencia en materia educacional. Las cosas nuevas siempre  levantan expectativas y decenas de comentarios en contra. Pero a la larga la balanza se inclinará a favor de ambas. Confío en Fidel, es un hombre sabio.

—¿Se considera un apasionado de las Nuevas Tecnologías en la Educación?

—Un profesor no debe olvidar jamás que lo más importante en la enseñanza de los alumnos resulta la motivación y la propia acción  del educador, más allá del apoyo en equipos como las computadoras o en recursos como Internet. Si se dispone de esta tecnología, siempre bienvenida, mejor. El maestro es la llave para conseguir todo lo demás.

—Pero el mundo de hoy se arropa con tecnología, ¡y bien sofisticada!..

—Cierto, vivimos en una era extraordinariamente tecnológica, donde el consumismo, desgraciadamente, se impone. De ahí que la Educación deba velar por el buen uso de esa tecnología. El mundo es mucho más que máquinas, y a las generaciones hay que inculcarles una actitud de servicio social y de espíritu humanístico.

—¿Cree haber conseguido todo en la vida?

—Me siento satisfecho.

—¿Feliz?

—Sí.

—¿Dispuesto a continuar en el aula y un poquito más allá?—Siempre que conserve lucidez y salud. Como se dice por ahí, hasta el último aliento.