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Firma Díaz-Canel libro de condolencias por la muerte del Gabo

Firma Díaz-Canel libro de condolencias por la muerte del Gabo

4:02:17 p.m. 

El primer vicepresidente cubano, Miguel Díaz-Canel, rindió homenaje este viernes, en nombre del Gobierno y pueblo cubanos al Premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez, fallecido la pasada semana a los 87 años. 

Al firmar el libro de condolencias abierto en la Embajada de Colombia en La Habana, el alto funcionario expresó aflicción por el deceso del autor de Cien años de soledad, entre otras obras memorables, a quien calificó de un amigo entrañable de Cuba. 

Recordó que Gabo, como se le conoce al laureado escritor, exaltó el patrimonio cultural latinoamericano, dándole dimensión y relevancia mundial, y creyó siempre en la justicia y la dignidad humanas.

Afirmó que los cubanos le rinden sentido y agradecido homenaje por el legado de su obra y vida, y por su amistad y solidaridad con la isla y la dirigencia histórica de la Revolución. 

Junto al Primer Vicepresidente acudieron Rogelio Sierra, viceministro de Relaciones Exteriores; y Abel Prieto, asesor del presidente Raúl Castro.

Cientos de cubanos, y representantes de organismos e instituciones sociales, políticas y de masas de la isla, también han expresado su respeto en esa legación diplomática. 

(Fuente: Cubadebate / PL) 

 

Cómo se cuenta un cuento con García Márquez

Cómo se cuenta un cuento con García Márquez


5:54:09 a.m.

Por Senel Paz 

Mis experiencias con García Márquez y el cine están relacionadas principalmente con sus talleres en la Escuela de San Antonio de los Baños que siempre le hizo tanta ilusión. Asistí a uno de los primeros cursos y al último. Al primero como alumno. El mismo me había seleccionado luego de ver la primera película que yo escribí, Una novia para David. 

Ya nos conocíamos, por intermedio de Lichi Diego. Una mañana en el aula puso sus manos sobre mis hombros y dijo para todos que  yo escribía los mejores diálogos para cine en el idioma español. Yo no me inflé porque ya había sido advertido por Carmen Balcells que un elogio de García Márquez, si no estaba por escrito, no vale nada, es simple frase de simpatía o pura exageración, y pronto me tocó escucharle el mismo piropo dedicado a Paz Alicia Garcíadiego, caso en el que tiene pinta de ser justo. 

Las ideas que en el aquel taller dijo sobre la creación, la libertad del artista y su relación con el lenguaje, me alimentan hasta el día de hoy. También fue maravillosa la tarde en que habló sobre el escritor y su mujer. Estaba terminantemente prohibido grabar, pero yo grabé esa charla no porque fuera de los que gustan de contravenir las reglas, sino porque no me di cuenta que mi grabador estaba prendido. Era prestado y no lo entendía muy bien.  Igual no conservo la cinta porque una instrucción de García Márquez es más fuerte que una casualidad y al día siguiente el grabador cayó al agua de la piscina y se estropeó por completo.

La historia que armamos en aquel taller no sirve para nada, pero nos sirvió para escucharlo y llenarlo de un cocimiento que prodigaba sin recelo ni pudor. Durante tres horas ponía a nuestro servicio toda su sabiduría y experiencia y todo dependía de que supiéramos hacerle las preguntas adecuadas. Más interesante fue cuando se puso a investigar sobre nuestras historias eróticas infantiles y nuestro actos de crueldad, con la advertencia de que podía robar cualquier cosa que escuchara. En el apartado de la crueldad le gustó el cuento de mis primos que molían  pollitos amarillos en un molino de maíz.

La segunda experiencia en aquellos cursos fue ya como profesor invitado o auxiliar. Lo recogía todos los días en su casa del reparto Siboney, donde las más de las veces almorzábamos juntos. Yo me esforzaba en llegar tarde para no almorzar porque me sienta fatal hacerlo con los nervios de punta, y luego nos íbamos en su coche, él conduciendo, hasta San Antonio de los Baños. Uno de los mejores escritores del mundo era al propio tiempo uno de los peores conductores. Creo que nunca paso de la tercera velocidad  y pocas veces superamos los 60 km/h.

Todo era conversación e interrogatorio sobre asuntos y personajes cubanos de los que yo siempre tenía poco que decir. Quería saber sobre Norberto Fuentes, pero yo sabía muy poco de Norberto, apenas que había escrito uno de los libros de cuentos cubanos que a mí más me gustan y que tenía cierta obsesión por Hemingway. Por quince días, entre los viajes y los apartes, tuve a García Márquez a mi entera disposición, las más de las veces ansioso por hablar de lo que fuera, seguramente los viajes le soltaban la lengua. Pero para un tipo tímido y callado como yo, poco hablador, darle y sostenerle conversación al autor de Cien años de soledad, al Premio Nobel durante tanto tiempo, era un verdadero suplicio y estaba loco porque aquello terminara o porque me permitiera invitar a otra gente al coche. Solo una vez me dejó llevar Lichi Diego, que también era una buena cotorra y tenía con Gabo una relación relajada. 

Para mi suerte, García Márquez, si tiene certeza de la discreción del interlocutor, habla hasta por los codos. Y hasta hoy día yo soy el tipo más discreto que yo conozco. Fueron tanto los viajes, que descubrimos algo mágico: vayas a la velocidad que vayas y sea cual sea el estado y modelo del coche que te lleve, el recorrido de La Habana a San Antonio de los Baños dura 52 minutos. Durante la primera semana no me dejó abrir la boca en el aula, pero en la segunda cambió de táctica, y el penúltimo día me pidió que soltara todo el cuento de la película Fresa y chocolate de punta a cabo, y lo hice, está publicado, lo que me ha servido a mí de referencia porque yo no cuento las cosas siempre del mismo modo. 

El último encuentro fue el del último taller. Cuando me pidió que lo acompañara de nuevo, me dijo que David Trueba y yo habíamos sido los «asesores» que más le habíamos gustado y ayudado. Esto es más creíble. Pero creo que quienes tuvieron la idea de que yo lo acompañara fueron Mercedes Barza y Alquimia Peña. Mercedes me lo entregaba en el portal de la casa y yo estaba con él seis o siete horas, hasta que se lo devolvía en la casa o donde ella me dijera. No estaba bien en esos días, pero estaba muy empecinado con dar el taller, no quería renunciar de ningún modo, quizás no quería reconocer que no lo podía llevar y que aquel sería el último. Además, ya los guionistas esperaban.

Un año después tuve varios encuentros con él en Cartagena y estaba perfecto, pero ahora no estaba en condiciones. Yo conocía bien la maravilla de sus clases y también la técnica. No era capaz esta vez. No lograba mantener una historia en la cabeza. Interrogaba a un guionista y a la cuarta pregunta empezaba de nuevo y al final no la retenía. Sabía que esto estaba pasando y sufría, de cada sesión salía más sombrío y confuso. Mercedes notó que algo andaba mal y me pidió que llevara yo el taller, pero eso no era posible porque la gente había hecho un largo viaje y había pagado el curso para tener un taller con él, no conmigo. Nadie hacía reclamos, se  portaron maravillosos; todos mantenían una actitud de respeto y se empezaban a conformar con estar con él un rato y llevarse a casa una foto y el diploma del curso.

Él se mantenía callado en los viajes, o me comentaba una y otra vez, apretándome la rodilla con la mano,  cómo y dónde a Fidel y a él se les había ocurrido crear la Escuela de San Antonio, y cómo Fidel descubrió el sitio justo y cómo vino a decírselo y dónde. Decía que tenía la certeza de que por aquellos días Fidel escribía el Granma de la primera a la última página. Yo le comenté si el Comandante le parecía tal mal escritor y la bromita no le gustó nada. Cada día estaba más nervioso y preocupado, y se quejó de que le habían cambiado a los alumnos, que no eran los mismos del día anterior y que estos de ahora no servían. Pero tampoco podías estar seguro de que no te estuviera tomando el pelo y burlándose de sí. Por si o por no decidimos que la gente se sentara siempre en el mismo sitio, pero la cosa no mejoró. Hasta el día jueves. 

El día jueves llegó al aula y dio la charla más maravillosa y lúcida de cuantas tuve ocasión de escucharle. Armó y desarmó las historias a su antojo, contestó a todas las preguntas,  e hizo muchas y sabias observaciones y confesiones, sabía todo el tiempo quién era cada cual y de dónde venía. Aquella clase, la única del taller, no tiene equivalente en oro, y satisfacía por completo la expectativa de todos, «mi encuentro con García Márquez». Su felicidad era inmensa. En el coche me dijo, con cierto dejo de pregunta: «Hoy la clase estuvo bien». Yo le confirme. «¿Sabes por que? Porque no había hecho los deberes y tenía que hacerlos. Hoy me gané el salario, la gente no vino por gusto, y por mañana no te preocupes, que será cosa de coser y cantar, casi vacaciones». Yo quizás lo miré con más admiración y respeto que nunca y él sonrió. Esta vez no fue su genialidad sino el sentido del deber lo que metió su memoria en cintura. «Y tú», me dijo, «¿que quieres saber?; te concedo una pregunta, una sola, si la haces rápido». «¿Cómo se les ocurrió a Fidel y a usted la Escuela de cine?», dije. Se echó a reír, se rió de mí, de sí mismo, de Fidel y de las hijaeputadas de la vida.

(Fuente: Cubadebate)

 

Continúa el misterio sobre la identidad de Shakespeare

Continúa el misterio sobre la identidad de Shakespeare


6:21:28 p.m.
 

Los limitados datos históricos sobre los que se sustenta la biografía de William Shakespeare han alimentado durante siglos especulaciones sobre su identidad, que siguen abiertas en contra del criterio de la mayoría de académicos. 

Partidarios de la conspiración alegan que el decimoséptimo conde de Oxford, Edward de Vere (1550-1604), un hombre ilustrado y viajado, pudo haber escrito los dramas shakesperianos con más facilidad que el propio Shakespeare (1564-1616), de origen más humilde y una educación formal menos brillante que el aristócrata. 

Otros han defendido que fue el filósofo y político británico Francis Bacon (1561-1626) quien escribió las obras de Shakespeare bajo un pseudónimo que ocultaría una clave masónica, mientras el tercer candidato a ser el verdadero autor de Hamlet es el dramaturgo inglés Christopher Marlowe (1564-1593).

Marlowe murió oficialmente en una pelea poco después de ser acusado de ateísmo, años antes de que fueran escritas gran parte de las obras de Shakespeare, si bien los defensores de esta tercera teoría creen que pudo fingir su muerte para librarse de los cargos y continuó escribiendo con un nombre falso.

Aniversario entre dudas

Algunas de esas dudas sobre la verdadera identidad del que se considera el mejor dramaturgo de todos los tiempos continúan vivas cuando se celebra el 450 aniversario de su nacimiento, en parte porque los datos históricos que se conocen sobre él con certeza son escasos, empezando por la fecha de ese nacimiento. Tan solo se conserva un documento de bautismo de la iglesia de Stratford-upon-Avon (centro de Inglaterra) que atestigua que el 26 de abril de 1564 se registró un Guilielmus Johannes Shakespeare. 

El 23 de abril, la fecha en la que se suele fijar su nacimiento y que coincide además con la de su muerte a los 52 años en 1616, es una convención que se ha adoptado, suponiendo que sus padres le bautizaron tres días después de nacer. Con todo, los académicos aseguran que se conservan más documentos acerca de Shakespeare que sobre la mayoría de escritores de su época.

«No existe duda de que William Shakesepare, nacido en Stratford-upon-Avon, escribió las obras que se le atribuyen. Cualquiera que piense lo contrario necesitaría desacreditar una gran cantidad de evidencias para demostrarlo», afirmó Paul Edmondson, investigador de la Shakespeare Birthplace Trust y coeditor de sus obras para la editorial británica Penguin Books. En 2011, la película Anonymous, una biografía ficticia del conde de Oxford firmada por Roland Emmerich, volvió a alimentar las especulaciones sobre la autoría de las obras de Shakespeare.

Documento en Internet

Además, un documento titulado Declaración de duda razonable sobre la identidad de William Shakespeare se propaga por internet desde 2007 poniendo en duda que el hombre que nació en Stratford-upon-Avon escribiera Otelo y el resto de obras atribuidas a Shakespeare. 

Para tratar de aplacar esas teorías, Edmondson y Stanley Wells, profesor emérito en la Universidad de Birmingham, reunieron en 2013 en el libro Shakespeare más allá de toda duda pruebas históricas sobre la identidad del dramaturgo. El libro detalla las menciones conocidas al autor desde el siglo XVII y trata de demostrar que Shakespeare trabajó en el mundo teatral de Londres y que no había dudas sobre su identidad y autoría entre sus contemporáneos. 

Los expertos tampoco albergan dudas de que el dramaturgo británico colaboró con otros escritores para redactar algunas de sus obras, lo que para la mayoría de académicos supone una prueba más de que no existe misterio alrededor de su identidad.

En 2012, las investigadoras de la Universidad de Oxford Laurie Maguire y Emma Smith publicaron un trabajo en el que concluyen, a partir de un análisis del vocabulario, el ritmo y el estilo del texto, que la obra Bien está lo que bien acaba (1602) fue escrita por Shakespeare con la colaboración del escritor Thomas Middleton.

Con todo, hay investigadores que ponen en duda la versión ortodoxa, entre ellos el profesor William Leahy, de la Universidad de Brunel (Londres), que sostiene que sus famosos trabajos son obra de cinco o seis personas, una de ellas Shakespeare.

Quienes defienden que el dramaturgo británico no escribió los textos que se le atribuyen cuentan también con el libro de la escritora estadounidense Diana Price La biografía no ortodoxa de Shakespeare (2001), que trata de desmontar las pruebas históricas que han recopilado los académicos.

(Fuente: 20minutos)




 



 

Familia de García Márquez decidirá si publica obra inédita del escritor

Familia de García Márquez decidirá si publica obra inédita del escritor

 

6:18:29 p.m.

«En agosto nos vemos» es el nombre de la novela que habría sido redactada a comienzos de la década pasada y cuyo destino quedó en manos de Mercedes Barcha, esposa del premio Nobel, y sus hijos Rodrigo y Gonzalo. 

La decisión de publicar la obra inédita «En agosto nos vemos», del recién fallecido Gabriel García Márquez, la tomará su esposa Mercedes Barcha y sus hijos Rodrigo y Gonzalo, cuando «la familia se serene».

Así lo afirmó el director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), Jaime Abello, en quien el Nobel de Literatura depositó toda su confianza.

Abello indicó que esta «novela corta no publicada» es por ahora el único documento inédito del creador del «realismo mágico», al apuntar que «es poco probable que haya otros, aunque podría haberlos».

El anuncio de que existía ese manuscrito lo hizo el director editorial de Penguin Random House en México, Cristóbal Pera, tras el fallecimiento de García Márquez el pasado 17 de abril.

Se trataría de una obra escrita a inicios de la década del 2000 en la que relata la historia de una mujer que visita una isla donde está la tumba de su madre.

«No sé en qué momento lo escribió», confesó Abello sobre «En agosto nos vemos», teniendo en cuenta que la última novela del Nobel, «Memorias de mis putas tristes», se publicó en 2004 y un año después el propio García Márquez confesó que no volvería a escribir.

El responsable de la FNPI, creada por García Márquez en 1995 para fomentar la excelencia del periodismo en Iberoamérica, remarcó que el legado literario que deja el genio de las letras está constituido por «su biblioteca, archivos, manuscritos, borradores y todas sus obras publicadas, cuyos derechos los va a tener la familia durante mucho tiempo».

«Le corresponderá a la familia y a su editora de toda la vida, Carmen Balcells, administrar ese legado», insistió Abello, para luego argumentar que «ellos tienen que tomar una decisión, al igual que con sus cenizas. Hay que dar tiempo para que la familia se serene y vean qué van a hacer».

Mercedes Barcha, conocida como «La Gaba», fue la compañera eterna de García Márquez. Se casaron 1958, recorrieron juntos gran cantidad de países. Fruto de ese matrimonio son sus dos hijos: el director de cine Rodrigo García Barcha, nacido en Bogotá y quien reside en Los Angeles (EE.UU.), y el editor Gonzalo García Barcha, que vino al mundo en Ciudad de México y vive actualmente en París.

(Fuente: emol)

Rosas blancas en la primavera eterna del Gabo

Rosas blancas en la primavera eterna del Gabo


5:41:02 a.m.

El Gabo contó y contará siempre con las rosas blancas, que en nombre de Cuba, florecieron en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, con sendas ofrendas florales de Fidel y Raúl

Parecería que todas las flores del mundo estaban allí, alrededor de ese latinoamericano, colombiano excepcional, en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Y como si otro exclusivo hombre de este lado del Atlántico, chileno, lo estuviera viendo, nos decía que podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.

Gabriel García Márquez no fue, sino es, esa eterna primavera de Pablo Neruda o la rosa blanca que José Martí nos expresa en verso que ha de cultivarse en junio como enero para el amigo sincero que nos da su mano franca.

La mano del Gabo nunca le faltó a Cuba. Siempre dispuesta, estuvo al alcance de un pueblo que lo conoció en esa dimensión de la creación intelectual que él mismo definió como el más misterioso y solitario de los oficios humanos. Y la apreció en toda su magnitud por la amistad con nuestro Fidel, al que también hizo suyo.

Con Fidel, Raúl, con Cuba, compartió su literatura, sentimientos, ideas tan humildes como aquella referida al éxito, cuando expresó: «¡No, el éxito no se lo deseo a nadie. Le sucede a uno lo que a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan, ¿qué hacen? Bajar, o tratar de bajar discretamente, con la mayor dignidad posible». O las que en defensa de la humanidad, las trazó paralelo con el pensamiento del líder histórico de la Revolución cubana, como «No tenemos otro mundo al que podernos mudar» y «Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra».

Por eso la primavera eterna del Gabo, la que jamás se detendrá, contó y contará siempre con las rosas blancas, que en nombre de Cuba, florecieron en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, con sendas ofrendas florales de Fidel y Raúl. La de Fidel dirigida Al amigo entrañable y la de Raúl A un gran amigo de Cuba.

(Fuente: Granma)

El arte y la literatura: canon y mercado

El arte y la literatura: canon y mercado


5:28:02 a.m.

¿Cómo se define el canon vigente en el arte y la literatura cubanos contemporáneos y qué peso tiene el mercado en su formación? ¿En qué medida los mecanismos de mercado pueden promover un canon artístico/literario donde prevalezca la calidad y la libertad creadora? ¿Hasta qué punto pueden (o deben) la crítica, la educación, los medios, las instituciones públicas construir cánones alternativos a los del mercado?  

Estas y otras interrogantes motivarán el debate de hoy jueves 24 de abril de la revista Temas,   como siempre, en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC (Fresa y Chocolate, 23 y 12, El Vedado), a las  4:00 p.m. La entrada es libre.

Recuerde que puede participar también enviando de antemano sus preguntas al panel, o mediante un mensaje de correo electrónico dirigido a temas@icaic.cu  o a través de las cuentas de Facebook www.facebook.com/ultimojuevesdetemas  y Twitter twitter@temascuba

Además de preguntas, puede dejar sus comentarios sobre el  tema del mes, que ya le adelantamos para lo que resta de 2014:

29 de mayo: Dirigir en público y otros metabolismos políticos

 26 de junio: La cuestión de la seguridad nacional

31 de julio: Volver a los 60: la historia no contada

25 de septiembre: Cooperativas y autogestión

30 de octubre: El futuro del patrimonio cultural

27 de noviembre: ¿Qué es el Estado de derecho?

Recuerde los sitios de contacto:

Despiden a García Márquez en un homenaje entrañable

Despiden a García Márquez en un homenaje entrañable

 

7:13:34 a.m.

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos  y su homólogo de México Enrique Peña Nieto  unto a colaboradores aplauden cerca a las cenizas del escritor Gabriel García Márquez hoy, lunes 21 de abril de 2014, durante su homenaje en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, México. (Foto)

Gabriel García Márquez fue despedido hoy por familiares, amigos y autoridades, pero también por miles de personas que llegaron al Palacio de Bellas Artes para participar en un entrañable homenaje presidido por una sencilla urna de madera que contenía sus cenizas, cubierta y rodeada de rosas amarillas.

El premio nobel murió el jueves pasado en esta capital, a la edad de 87 años. Hoy, los presidentes de México y de Colombia, Enrique Peña Nieto y Juan Manuel Santos, respectivamente, encabezaron el homenaje para rendir tributo a un hombre que, como dijo Santos, «incorporó en sus obras la esencia misma del ser latinoamericano».

(Fuente: EFE)

 

«No recuerdo…»

«No recuerdo…»


5:48:54 p.m.

Por: Silvio Rodríguez 

No recuerdo dónde lo conocí. Puede haber sido gracias a Haydee Santamaría. Acaso coincidimos en alguna comida en casa de la amiga común, quizá en aquella en que fui embromado con una tortilla de plátanos maduros. Lo que sí tengo claro es que en septiembre de 1969, entre la treintena de libros que embarqué en el Playa Girón, había un Cien años de soledad que ya había leído un par veces.

Lo veo a flashazos, en distintos momentos. Un 31 de diciembre me invitó a una fiesta en la que estaban su amigo Fidel Castro y el actor norteamericano Gregory Peck. Hubo un momento, cercano a las 12 de la noche, en que me vi conversando con aquellos gigantes y me sentí desubicado.

La primera vez que estuve en su casa de México fui con Raúl Roa Kourí y mi hermana María, casados por entonces. Estaban de tránsito, camino a New York, donde estarían 6 años sirviendo a Cuba ante las Naciones Unidas. Fuimos por la mañana y pasamos algunas horas en el despacho del escritor, donde estaban algunos de sus libros, su máquina de escribir. Allí constaté que, tal y como se decía, sobre su mesa de trabajo había un un florero con una rosa amarilla. Creo que fue la primera vez que vi una rosa que parecía un sol. O la primera que reparaba en ella, iluminada por la mitología en torno al genio literario.

Hablamos de música. Uno de sus hijos estudiaba flauta. En algún lugar yo había leído que él escribía escuchando a Bach; pero aquella mañana nos dijo que entre sus partituras preferidas estaba el concierto para violín y orquesta de Sibelius. Revisó sus discos (con la ayuda de Mercedes) y me regaló una versión, que tenía repetida, dirigida por Von Karajan e interpretada por Christian Ferras. Antes de dármelo rotuló su nombre en la carátula, con plumón azul Prusia. Después me obsequió su novela más famosa, que yo casi me sabía de memoria. Hablamos también de cumbias y vallenatos, tema del que era experto. Concluyó la clase magistral con ejemplos en los que su nombre era mentado y, con cierta ternura, nos hizo escuchar una cumbia que lo increpaba por algo que no recuerdo. Finalmente me obsequió dos casetes, con selecciones personales. Aquellas cintas no me duraron mucho, porque le comenté a una periodista que las tenía y se las llevó, jurando muchas veces que sólo las quería para copiarlas y que enseguida me las devolvería. Ojos que te vieron. O más bien: oídos que te escucharon…

No recuerdo por qué un día me tocó llevarlo al centro campestre de Río Cristal, donde se iba a celebrar un almuerzo relacionado con el premio literario Casa de las Américas. Por el camino traté de hablar lo menos posible, para no meter la pata, pero acabamos comentando la separación de un matrimonio. Yo, sagitario imprudente, sentencié que era una desavenencia pasajera. Él me miró de una forma en la que pude reconocer, en el breve vistazo que le dirigí puesto que iba manejando, que sentía más congoja por mi optimismo que por la pareja distanciada. Puede que en el fondo yo pensara como él, y que sólo siguiera la costumbre totémica de expresar mis deseos y no lo que realmente sucedía. A veces me he equivocado, de diente para afuera, aunque de diente para adentro sepa que ejecuto un ritual que significa lo contrario. En aquel caso, en pocos días comprobé que su mirada de piedad tenía más peso que todas mis palabras. Y, además, comprendí que él no era adicto a mis ceremonias primitivas y que conocía mucho mejor que yo a personas que yo veía más a menudo.

Hace poco conté, a propósito de una canción de mi ultimo disco, la especial circunstancia de haber tomado un vuelo en el que sólo iba otro pasajero. Era hasta México, con escala en Cancún. Aquella tarde los cielos estaban cargados de oscuridades y nuestra soledad compartida, entre tantos asientos vacíos, propició el acercamiento. En aquel avión, que daba tumbos y bajones, el escritor me iba explicando –con una serenidad inconcebible– que a veces se le ocurrían ideas que no daban para novelas o cuentos, y que posiblemente eran canciones. En todo momento fui consciente de la fatalidad de que aquel encuentro ocurriera en circunstancias tan adversas, porque los incesantes sobresaltos no me permitían estar todo lo atento que deseaba. Luego, en Cancún, se llenó el avión, los cielos se aplacaron y el viaje dejó el misterio atrás, siendo menos propicio, aunque yo me despedí diciendo que iba a tratar de darle taller a algunas de las ideas —a veces relampagueantes— que tuve la suerte de escuchar. En un terrible hotel de Panamá hice un primer acercamiento que se perdió en la bruma, y sólo hace muy poco logré organizar algo cantable.

Cierta vez estuve una noche en su casa del DF y, a la hora de irnos, comprobamos que faltaba el carro en que habíamos llegado. Buena parte de aquella madrugada la pasó con nosotros en la comisaría, prestando declaraciones y tratando de ayudarnos. Otra noche, hace no mucho, fuimos al bar de una señora llamada Margarita, lleno de caricaturas, donde Sabina hacía gala de los tantos corridos y rancheras que se sabe. La última vez que fuimos a su casa cargó a Malva en la puerta de despedida.

Dejo constancia que la única vez que visité la hermosa Cartagena de Indias fue gracias a él, que me recomendó al Festival de Cine como jurado. Ni antes ni después he vuelto a entrar a un Casino. Aquel era propiedad de un amigo, señor que amablemente nos regaló unas fichas para que probáramos suerte en la ruleta. Yo le seguía las manos al dealer, a ver si las ocultaba bajo la mesa para apretar algún botón. Pero el hombre daba un respetuoso paso atrás, cada vez que la rueda de la fortuna empezaba a detenerse, quizá leyéndome la mente. Viendo lo rápido que dilapidé mi capital, el escritor, de un blanco impecable, se partía de la risa.

Voy a conservarlo así, sonriente, gozando de la vida, a lo mejor en la voluta de una idea que la insondable alquimia de su talento dejará en una ínfima reseña, algo que ni siquiera llegará a ser canción: acaso un insecto posado en un mantel, la pintura vahída de un bote surcando el río Magdalena, la nota disonante de un triste amolador de tijeras. Seguro así me sentiré alguito menos huérfano.

(Fuente: Cubadebate /Segunda Cita)