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domingo, 08 de marzo de 2020
11:16:24 pm

Por Mercedes Rodríguez García

Quisieron ponerle un nombre. Que fuera único, que nadie sobre la Tierra lo tuviera. Que fuera breve pero a la vez intenso, sonoro y gentil. Que tuviera luz, aroma y color, y que, como paloma o mariposa, volara; y como sol, calentara; y como luna, brillara. Un nombre que por sobre todas las especies, océanos y selvas se elevara, y en lo alto —lo más alto— compartiera la diestra divina y poderosa. Un nombre que tuviera mucho de diamante, pero además de espuma y manantial; que tuviera bastante de esmeralda, y también de fuego y de volcán, de óvulo fructuoso. Un nombre sencillo como la más sencilla de las flores silvestres que crecen en el valle, o de esa planta que retoña y retoña, afianzada en tundras y praderas, resistente al frío, a los vientos, y a la sequedad de la hacienda. Un nombre que, como columna, sostenga; que como palanca, levante; que como escudo, proteja; que como lanza, defienda: en todo trance, en todo tiempo. Nombre de hogar y de familia, de labores, leyes y preceptos. Nombre genérico, curador de todos los dolores, surtidor de todas las ternuras. Nido de amor, gruta de cariño, socavón de afectos.  Un nombre para todas las vidas, para todos los días. Por lo siglos de los siglos: ¡Mujer!