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Mi Flora, mi Floroviech

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viernes, 05 de octubre de 2018
8:41:03 a.m. 

Por Mercedes Rodríguez García 

Cuando llegué a Vanguardia en 1973, la anécdota del Gaz-69 “perdido y aparecido en Oriente” salía a relucir de vez en cuando y sin más explicación por mi recordada que “un buen día apareció en el mismo lugar de donde se lo llevaron”.

Detalles del cómo lo “sustrajeron”, nunca supe a ciencia cierta, aunque me han referido que por Archivo “debe andar una crónica al respecto”. Mas, no fue “cosa” de ladrones, recrea esta especie de leyenda —tenuamente registrada— entre los pocos que quedamos y que entonces no andábamos por todo el ya cincuentenario periódico villaclareño.

 

Dicen que se lo robaron una madrugada, en medio del desconcierto generado en toda Cuba por el "Flora", y que no fue ningún ladrón de carros, sino un oriental movilizado por tierras villareñas con muchos deseos de regresar a su terruño, azotado por el terrible huracán.

Hoy, a 55 años del desastre, sin alguien de la época para corroborar lo anterior, la anécdota forma parte del imaginario colectivo del rico mundillo periodístico, donde dos colegas jubilados solo recuerdan el “cuento” cuyo protagonista permaneció entre nosotros bastante años después de la mayor catástrofe natural documentada en la historia de Cuba.


Y si viene al caso el emblemático vehículo del ejército soviético es a tenor de la triste efeméride, de aquel evento meteorológico cuya errática trayectoria sobre la región oriental durante casi cinco días consecutivos, provocó 1 157 víctimas fatales, destruyó completamente más de 11 000, y otras 21 000 recibieron impactos de consideración.

El país no disponía aún de un sistema de protección bien estructurado para preservar la vida humana y los recursos de la economía, frente a situaciones de desastres naturales.

Rememorar lo acontecido entre el 4 y el 8 de octubre de 1963, me remite además del “robo del jeep”  a mis estudios de secundaria básica, cuando hice una donación de ropa y alimentos para los damnificados. Di lo que pude, pero todavía útil: cuatro sayas y tres blusas, un vestido, dos pares de zapatos, y como cuatro cinco latas de conserva que me dio mi abuela. 


Otros recuerdos imborrables quedan en mi memoria, digamos de las imágenes captadas por Santiago Álvarez para los noticieros de la Televisión Nacional e ICAIC Latinoamericano; las de Fidel, con casco en la cabeza dando órdenes en el lugar de los hechos, una muy particular de él sobre un anfibio de las FAR rodeado de cámaras de vehículos infladas; otra, junto con su hermano Raúl, y las más, hasta donde la vista alcanza: enormes extensiones de campos, valles y montañas rodeas de agua, apenas “copitos” de techos, de árboles y palmas por sobre ella; ganado, cerdos y aves de corral en luctuosa flotación; campesinos escapando con bultos en los hombros; y otros, sentados o de pie sobre el techado incierto del guano testarudo de sus ranchos o bohíos.

 

E imborrable también el documental titulado Ciclón. Así de breve y contundente. Un audiovisual con sobrecogedoras imágenes, y música incidental en la que se dan la mano agitadas escalas, acordes graves, diabólicos y angelicales arpegios de cuerdas y teclados, y ruido de motores y sonido de las “cosas”. Como si la desolación y la muerte dictaran la pauta de la gigantesca y lúgubre sinfonía de la Naturaleza frenética y furiosa…

¡Y claro! Claro que no sale de mis neuronas! aquel divino GAZ-69 sobre el cual rodamos en quehaceres reporteriles hasta entrados los 80, y en el que ¡vaya usted a saber a estas alturas! quién y cómo se lo llevó, donde permaneció el tiempo perdido y como “un buen día apareció en el mismo lugar de donde se lo llevaron”.

La verdadera historia del “robo” del “yipi” ruso de Vanguardia continuará siendo un misterio. Pero lo cierto, lo que sí puedo asegurarles, es que debido a ella y al devastador huracán, terminé cambiándole el nombre.

Fue una tarde de temporal, a finales de los 70, en uno de los caminos de Manaca-Iznaga, Trinidad. Atascada una de sus ruedas traseras, a todas aspas el motor, me cuadré ante el capó levantado, y lo exhorté: “Vamos, mi querido Floroviech, ¡qué no se diga!...”

 

 


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