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jueves, 30 de agosto de 2018
9:43:21 a.m. 

Por Mercedes Rodríguez García 

“Todas las mañanas me despierto y doy gracias al sol. A mí nadie me ha enseñado a vivir, mucha gente me ha enseñado a morir, pero no lo han logrado, eso será cuando Dios quiera...” 

Y así lo quiso el Todopoderoso este martes 29 de agosto, cuando hizo apenas un mes celebró su 96 cumpleaños, llena de asombrosa vitalidad y lucidez, acomodada en el sillón favorito de su “planeta”, como llamaba a la casona de la Calzada Tirry 81, en Matanzas. 

La conocí personalmente en 1977, época que marcó mi tránsito de la Literatura hacia el Periodismo, durante un encuentro literario con escritores y poetas noveles de toda Cuba, celebrado en Varadero. La recuerdo pícara, desprejuiciada, conversando con mis coterráneos René Batista Moreno y Félix Luis Viera, quienes además de leerles algunos de sus poemas, echaban dados por llevársela a la playa. 

Mujer extraordinaria, valiente, desprejuiciada, hermosa por dentro y por fuera, Carilda mantuvo con el correr del tiempo, la dulzura, ternura, y una extraña y taimada soledad, que por aquel entonces pocos sabían descubrir, a pesar de sus historias íntimas sobre hermanos que abandonaron el país, padres que se fueron detrás de los nietos, marginación de las editoriales cubanas, y otras cosas “que realmente ni el tiempo ha podido aclarar”, confesión que hiciera en enero de 2011 durante el estelar programa de la TV cubana Con 2 que se quieran

Por suerte, Carilda conservó su fe en la justicia, en el amor de sus verdaderos amigos y en el triunfo cristiano de la verdad. Por ello durante aquellos quinquenios silenciosos en su amada Patria, no supo en la soledad ser infeliz, fe que —como semilla— no le pudieron arrancar, ni los problemas ni la vida muy dura, aunque no lo parezca, que padeció por casi dos décadas. 

Puedo recordar a muchas Carilda por sus libros, presentaciones, recitales poemas, fotos, videos, anécdotas, incluso como la del Premio Nacional de Literatura 1998, al cual fue candidata nueve años seguidos. 

Pero la que yace guardada en mi retina, es aquella ya cincuentona rubia esplendorosa de Varadero, cuando la poetiza no era precisamente una leyenda y a quienes todos preguntábamos más por su amistad con Ernest Hemingway, Rafael Alberti, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, que por el poemario Al Sur de mi garganta, y el tan llevado y traído Me desordeno, amor

De sí misma Carilda manifestó ser “una mujer nocturna”,  pero además despertarse por las mañanas y dar “gracias al sol”. Porque a ella nadie la “ha enseñado a vivir” y sí “mucha gente me ha enseñado a morir, pero no lo han logrado, eso será cuando Dios quiera...”, palabras que constan en una entrevista que le realizaran los colegas Bárbara Vasallo y Ventura de Jesús, en julio 2012. 

Y digo yo que se marchó enferma de señorial locura, tranquila, espléndida, feliz, encarando a farsantes —antiguos y contemporáneos—, que no pudieron ni podrán aquilatar la altura eterna e íntegra de Carilda Oliver Labra, la cubana que por sobre la noche y el sol universales, siempre miró a las palmas, y por eso jamás se fue de Cuba. 

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