domingo, 26 de agosto de 2018
6:16:25 p.m.
 

Legendaria compositora e intérprete —insigne trovadora— Teresita Fernández* acumuló una prolífica obra autoral en el terreno de la canción. Sus piezas antológicas para niños y adultos, junto a la musicalización de los versos de José Martí, la sitúan en los más altos peldaños de la historia de la música cubana. (Vídeo: En 1994, Teresita Fernández, durante unrecital improvisado en Casa de Las Américas, grabado por Luis Pescetti.)

Personalidad dotada de una exquisita sensibilidad, disimulada por un temperamento enérgico; orgullosamente cubana; sincera e inclaudicable en la defensa de sus criterios, Teresita conquistó la admiración de quienes la conocieron y disfrutaron de sus canciones. 

Fue un privilegio para el colega Ángel Félix Ferrera sostener un encuentro con ella ante los micrófonos de Habana Radio, donde le contó, por ejemplo, aspectos relevantes de su vida y trayectoria de eterna creadora. 

A continuación reproducimos íntegramente la entrevista, publicada en dos partes en la web de HR los días 31 de octubre de 2017 y 7 de noviembre de 2017. 

 “Nací el 20 de diciembre de 1930 en el seno de una familia muy prestigiosa de Santa Clara. La academia de música de mi madre, nombrada Santa Cecilia, está incluida en la historia de la música en Cuba. Ella era una formidable pianista y profesora de música de la Escuela Normal de Maestros. La labor pedagógica la asumió, quizás, por necesidad, porque ella hubiera querido ser concertista. Uno de sus sueños frustrados era hacer con sus hijos una especie de compañía para presentarse por el mundo. No obstante, las circunstancias, el matrimonio y el cuidado de los niños no se lo permitieron. Mi hermano mayor fue fundador del Teatro Lírico de la provincia de Holguín. El segundo en edad cantaba en los coros de las iglesias, y el más pequeño se decidió por la pintura. Todos crecimos en aquella academia, donde se reunían en las noches los músicos de la banda municipal y muchos integrantes de los coros. Era, por otra parte, la época dorada del tango; y mi infancia transcurrió escuchando a los grandes intérpretes de la música porteña. Mi madre era valenciana y la criaron en México, y mi padre era asturiano; es decir, que la panorámica musical que escuchaba en mi hogar era extremadamente variada. Lo que te quiero decir es que, como músico, la más mala de mi casa fui yo”. 

Privilegiada con el don de la oratoria y de un fino humor, Teresita argumentó al respecto: 

“Imagínate, mi madre quería que yo fuera profesora de música, como ella. Y yo sólo terminé el piano de “mentirita”, porque terminé el quinto año y, después preparé el sexto y el séptimo con una amiga mía, me examiné y me dieron el título. Entonces le dije a mi mamá: «Bueno, mira, aquí tienes el título de maestra, de pedagoga, de música… Ya soy lo que tú querías; ahora déjame ser lo que yo quiero ser». Y yo tenía tanto amor por la poesía y por las letras que tenía un conflicto entre estas y la música. No definía cuál de estas manifestaciones me gustaba más; y la única forma de arreglar ese entuerto era ser trovadora. Y así fue como me uní a un trovador popular amigo de mi familia en la ciudad de Santa Clara, Benito Vargas, que era tabaquero por el día y trovador nocturno dando serenatas. Le pedí que fuera mi maestro, y me enseñó los acordes que todavía utilizo y que no me preocupé jamás en saber cómo se llaman. Únicamente quería poder acompañarme con la guitarra para expresar los sentimientos que deseaba convertir en canciones”. 

Me contaba Teresita en aquel encuentro ante los micrófonos que ahora comparto en la web, que su vocación por el magisterio también era muy fuerte —pensaba en nuestro Mendive, en Tagore, en Gabriela Mistral; y siguió pensando hasta el último aliento que la docencia es la más importante de las profesiones. Por tanto, decidió simultanear las labores de maestra y trovadora. 

“Soy simplemente una maestra que canta. Si pudiera definirme, diría que soy juglar, como aquellas personas nómadas, pobres y libres que andaban por el mundo cantando lo que querían cantar”.

 

Teresita Fernández también me relató cómo fue su llegada a La Habana y su vínculo, sin tener apenas nociones de política, a las actividades revolucionarias contra la dictadura batistiana. 

“A una amiga que vivía en Guantánamo y militaba, como yo, en la Juventud Católica, le mataron a un hermano durante las llamadas «pascuas sangrientas» desatadas por la tiranía. Me enteré y le escribí manifestándole que si me necesitaba podía contar conmigo. Ella, que estaba involucrada con sus hermanos en la lucha del movimiento 26 de julio, me respondió afirmativamente y viajó a Santa Clara para escapar a la persecución de las fuerzas represivas. Cuando mi mamá se enteró quedó aterrada, pensando que a mí también podrían asesinarme. De todas formas, como nosotros siempre fuimos de firme raíz católica, le recordé que Cristo había sentenciado: «Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia». Y le comenté que la justicia, en este caso, estaba de parte de quienes combatían al tirano. Vine entonces con ellos para La Habana y residimos clandestinamente en varias direcciones de la ciudad. Un día me fui para la sede de la emisora CMQ a buscar a las integrantes del dúo de las Hermanas Martí, y ellas nos ayudaron a sacar hacia Venezuela a uno de los hermanos de mi amiga. Así fue como me involucré con los revolucionarios. Mi amistad con las hermanas Martí continuó, y fueron ellas quienes, más tarde, me llevaron a conocer a Bola de Nieve para que me escuchara cantar”. 

Y de su encuentro con el gran músico, compositor y cantante Ignacio Villa, Bola de Nieve, Teresita Fernández me refirió interesantes anécdotas que les invito a conocer en una próxima incursión “del éter a la web”. Hasta entonces.

 

Un acontecimiento que impulsó definitivamente su carrera artística fue un encuentro fortuito con el pianista, compositor y singular cantante Ignacio Villa, reconocido universalmente como Bola de Nieve. 

“Fueron las Hermanas Martí quienes me llevaron al poblado de Guanabacoa a conocer a Bola de Nieve, interesadas en que ese gran artista me escuchara cantar Ay, Mamá Inés/ Ay, Mamá Inés/ Todos los negros/ Tomamos café. 

“Pero me gustaría remontarme a mi infancia, cuando tuve conciencia de la existencia de ese músico excepcional. Era la época en que Ernesto Lecuona organizaba giras por diferentes ciudades cubanas, entre ellas Santa Clara. Bola, a quien me familia admiraba extraordinariamente, era pianista de ese colectivo artístico, y allí —muy pequeña aún— por primera vez lo vi actuar. Te imaginarás la emoción, años después, cuando me presenté ante él. Me parece estarlo viendo con una bata de casa roja, que le quedaba lindísima. Me escuchó con muchísima atención y amabilidad, y poco tiempo después me envió un telegrama a Santa Clara invitándome a trabajar con él en el Elegante Restaurant Monseigneur, de La Habana… Por cierto, recuerdo que llegué a la capital sin mi maleta, que habían bajado del ómnibus en Matanzas sin yo saberlo. Por suerte, una señora me regaló un pullover y una saya negra, y con ese vestuario comencé a trabajar en ese selecto establecimiento. Viene ahora a mi memoria que algunas personas decían que me quería parecer a Eddit Piaf, y lo cierto es que aquella era la única ropa que tenía. Recuerdo también que me puse una sencilla cadenita de plata que también me habían regalado. En la puerta del establecimiento, Bola me estaba esperando, me quitó la cadena y me dijo: «Usted no necesita más adorno que la canción». Así era ese hombre extraordinario”. 

Mientras conversábamos, observaba en la mirada de Teresita Fernández una extraña e intensa luz, reveladora de los sentimientos que la embargaban al evocar a Bola de Nieve. 

“Me contaban los trabajadores de la cocina del restaurant que cuando yo cantaba él entraba a ese recinto y golpeaba la pared con su puño. Se emocionaba tanto cuando yo daba aquellas notas altas, que se recostaba mirando a la pared y le daba esos toquecitos. Imagínate, para mí todas esas cosas son consagraciones. Por tanto, estaré agradecida eternamente a esa persona inolvidable que todo el mundo admira: Bola de Nieve”. 

 

En la trayectoria creativa de Teresita Fernández sobresalen las canciones dirigidas a los niños. Ella sentía especial cariño hacia esas obras que han trascendido a varias generaciones de cubanos y latinoamericanos. 

Me duele que vean el trabajo con los niños como un arte menor, cuando en realidad es un arte de futuro. Mis canciones son sencillas porque hablan de animalitos, pero las melodías tienen toda la complejidad de la música que escuché en mi casa. Tengo algunas obras que llamo cancioncitas, por su brevedad. Otras pudieran denominarse como canciones de amor. Musicalicé, además, cerca de treinta rondas de Gabriela Mistral, así como muchos poemas de Martí, de Federico García Lorca, de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Y, además, he compuesto piezas de contenido social. Algo que me satisface mucho es haber llevado a la música, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, los poemas del Ismaelillo, de nuestro José Martí. Ese es el mejor de mis trabajos. Con Martí y con Gabriela Mistral me di cuenta de que, poniéndole música, logro acercar la poesía a infinidad de personas”. 

Y concluyó nuestra entrevista a Teresita Fernández con una aseveración magistral de esta mujer, sensible y enérgica en similares dosis, acerca del fabuloso poder de la música y la poesía. 

“La música y la poesía están en todas partes, en el mar, los árboles, el viento… La definición que más me gusta es la de Walt Witman, cuando dice que somos cronistas de los siglos. Yo sólo he hecho la croniquita de mi propio viaje. Hay quien sale a cazar música y poesía con jaula de oro, y lo logra. Esos son los grandes intelectuales. Yo salí con mi jaulita de sencillas maderas y logré cazar sólo un tomeguín, que también tiene para mí un inmenso valor.  Cuando oigo a niños, padres y abuelos cantando “Mi gatico vinagrito” siento un orgullo enorme de haber servido a varias generaciones de seres humanos. Y si tuviera que empezar de nuevo, cantando sólo para los niños, lo haría con el mayor placer del mundo”. 

“Yo le puse vinagrito /Por estar feo y flaquito/ Pero tanto lo cuidé/ Que parece Vinagrito/Un gatico de papel./Miau, miau, miau miau…/Con cascabel. 

Gracias, Teresita, por tus enseñanzas y tu aliento imperecedero. 

Gracias, por enriquecernos espiritualmente y hacernos mejores seres humanos. 

* Teresita Fernández falleció en la Habana, a los 82 años de edad, el 11 de noviembre de 2012. Nació en la central provincia de Santa Clara, el 20 de diciembre de 1930. Trovadora, cantautora, guitarrista y compositora. Graduada como maestra normalista y Doctora en Pedagogía. Miembro de Honor de la Asociación de Pedagogos de Cuba (APC) y de Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC)