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jueves, 22 de diciembre de 2016
8:47:27 p.m.
 

Por Mercedes Rodríguez García 

No existe verdad más grande. Después de la familia, los maestros constituyen la figura más importante en la vida de cualquier ser humano. Y así ha de reconocerlo la sociedad para que sus hijos crezcan virtuosos y educados y la Patria no corra el riesgo de de ser sometida por la peor de las miserias, la miseria espiritual.

Porque el docente es la reserva moral del pueblo, porque es la garantía de la confirmación del ser nacional. No hay destino digno sin cultura nacional, no hay cultura nacional sin valores, no hay valores si no hay docentes capaces de vivirlos para poder enseñarlos.

Y enseñar ¿es un arte o una ciencia? Disyuntiva difícil de responder categóricamente. Existe la Ciencia de la Educación, ellos han de dominarla, pero no sin los conocimientos que les da la vida, magna de haberes y saberes.

La ciencia difiere del arte. Se rige por leyes, las cuales establecen que a las mismas causas corresponden los mismos efectos. El arte, en cambio, no tiene reglas fijas ni leyes. El arte se rige por principios. Principios que se enuncian de igual manera, pero que se aplican de infinitos modos y formas.

Si alguna vez me preguntaran a quienes debo parte de lo que soy, sin duda respondería, a mis maestros.

De niña, tutelaron mi pulso —su mano sobre mi mano— para que salieran las primeras letras, pero también, bordados, dibujos y notas musicales. Ellos me inculcaron fe y espíritu solidario, laboriosidad, capacidad de sacrificio, constancia y voluntad, a decir la verdad y hacer el bien.

Como adolescente me sentí dichosa. No tuve profesores «rígidos». El flexible diseño de sus clases, me permitieron sacar más enseñanzas que risas de mis chistes.

De joven, en la Universidad, aprendí de ellos la gran ocasión que brinda la diversidad.  Sentía las clases como una invitación a investigar, a aprender, a construir yo misma el aprendizaje, y no sólo a seguir lo que hacían o decían.

Por eso, cuando me tocó el aula como misión,  nunca adopté un principio equis como cierto. Me sentía artista transformadora de criterios. ¡Había aprendido en la vida que las mismas causas, en la enseñanza, no producen los mismos efectos!

bien lo sé. A veces escoger lo que seremos se nos hace un poco espinoso. Pero cuando nos asiste una vocación definida los primeros pasos del camino ya están recorridos. Lo que resta, depende mucho del esfuerzo de cada uno.

Yo tuve la suerte de contar con auténticos maestros y profesores guías. Y aunque muchos de ellos ya no existen físicamente, continúan entre mis paradigmas. Otros viven y  se resisten a abandonar el magisterio. Recorren lento las aceras de las calles que los llevan a la escuela, los pasillos que los conducen al aula. Mas, continúan alegres, soñadores y lúcidos.

Y  andan por ahí —como simiente— los de mis hijos, que a lo mejor darán clases a mis nietos. Y han de vivir por largos años los más jóvenes, los que ahora se forman, y en cuyas manos recae de inmediato el futuro de las generaciones posteriores.

¡No existe mayor dicha que sentir a un alumno llamarnos «profe»! Incluso, ya convertido en profesional. Y… ¡cuánto más como colegas! En ese preciso instante sentirás el orgullo de haber sido el maestro de ayer, el de hoy, el del mañana: el maestro de siempre.

En este Día del Educador los invito a replantear la praxis y a convertir las aulas en espacios de interacción donde el aprender y el enseñar transcurran con ciencia pedagógica  y con el arte de la vida.

Ambas finalidades son complementarias e indisociables si lo que se quiere es capacitar a los sujetos para que construyan y fortalezcan su capacidad de decisión frente a las necesidades que plantea la Patria.

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