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1:37:19 p.m. 

Por Mercedes Rodríguez García 

El tiempo es inexorable. Es decir, no se detiene. No se deja vencer con ruegos. No se le puede evitar, ni burlar, ni hostigar, ni cambiar. Es como él. Es él, y acaba de hacer un alto en Santa Clara.

¿No lo sintieron acercarse? ¿No escucharon sus pasos —zancados de siete leguas— dejando atrás aire y salitre capital? ¿No le vieron salir con un Sol de
equinoccio en la frente, tocado de campaña oliva y tricolor, aromático de lirios y de cedro? ¿No le imaginaron nunca marchando a la inversa, victorioso y sublime, ensortijado el cabello, negrísima la barba, macizo, sonriente, gallardo, valeroso? ¿No le sintieron increpando a los yanquis, gritando embravecido Patria o Muerte, Venceremos, sin declinar un segundo ni el corazón ni la
frente?

Lleva nombre breve e insigne, y a contrapelo de las luces y las sombras, sin venir de otro planeta, trajo luz divina en un yate y dio candil de proa al pueblo.

Se le conocía martiano. ¿Socialista?, todavía no. Una vez, cuando enterraba a sus muertos de los bombardeos, lo dijo sin tapujos, y paralizó a la tarde. Después, en un crítico octubre de corazones rotos, viró literalmente al mundo de cabeza. En Girón aceleró los relojes y adelantó la victoria. Congeló al imperio. Ningún arma galáctica: municiones ígneas entre las piernas y las ingles. (Ingle de varón, diría Carilda).

Sobre ruedas, blindado bajo el vidrio, entró a la Plaza, tarde en la noche. Ya no fijó banderas, ni cantos, ni rostros; ni arriba, la luna y las estrellas; ni pegadas a la tierra las palmas, las fuentes y luces mortecinas. Fue directo al amigo, al hermano, al Guerrillero Heroico, que —aseguró— no está convertido en estatua, ni forjado en bronce, ni esculpido en mármol.

Lo imagino. Un fuerte apretón de manos y un dilatado abrazo. Como en casa de María Antonia, antes de salir por Tuxpan.

Hablan de Aleida y los muchachos, y del ciclón Flora, con Raúl; de cuando se marchó «camuflado» al Congo y, «disfrazado», a Bolivia. Se ríen. Hablan de Cuba, del Partido, de las nuevas generaciones, de lo que ocurre en Venezuela, de Chávez, de Evo, de Nicaragua, de Argentina, de Correa; de Colombia, la firma de la Paz y el destino deAmérica; de los peligros de Trump, de los desaciertos de Europa, de la Inglaterra del Brexit. ¡Mundo tan enrevesado este!, Che. Lo que no se puede es retroceder, dejar que los imperialistas nos planten la pata encima, como tú dices: «ni un tantito así».

La madrugada avanza. Amanece. No hay adiós ni despedida en la ciudad gloriosa que los venera y reedita.

Ahora ¡a continuar la marcha! A entrar de nuevo al Parque, a otra hora, pero lo mismo que aquel resplandeciente 6 de enero de 1959. Al combate. «Vamos a cantar el Himno Nacional», ordena.

En minutos, parte. Íntegro, cabal, humano, solidario, invencible, sanador de los pobres.

Va con ojos de águila, oteando el horizonte, agitando las manos señalizadoras.