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Muchos son los espacios artísticos por donde está la huella de Sig­fredo Ariel (Santa Clara, 1962). Su na­tural talento lo ha conducido por los caminos de la investigación musical, la escritura para radio y televisión y el diseño, pero es la poesía —una veintena de poemarios publicados— la que le permite, una vez en el papel,  reconocerse a sí mismo.

Premios como el  Julián del Casal de la Uneac, el Nicolás Guillén, de Le­tras Cubanas  y el Premio de la Crí­tica, por solo citar algunos,   hablan de la calidad de la obra del bardo, invitado al espacio Páginas inéditas, para contarles al anfitrión  Fernando Rodríguez Sosa y a un público que se llegó hasta la librería Fayad Jamís, donde tiene lugar la velada, sobre los empeños en que anda enfrascado por estos días.

Una obsesión por comunicar y co­­municarse bien con sus lectores lo han hecho cambiar sus presupuestos ideo-estéticos en los últimos tiem­pos. Anda ahora por las “aguas procelosas del coloquialismo”. Así se lo explicaba hace poco a un grupo de amigos, “porque es muy fuerte que uno escriba con todo el sentimiento y después eso no lo entienda nadie, que no ten­ga un resultado”.

Por eso le han dado tantas satisfacciones sus últimos textos, como por ejemplo Escrito en Playa Ama­rilla “que es un viraje  hacia un lenguaje sencillo, aunque tenga su elaboración literaria”, lo que ha hecho con tremenda conciencia.  “Mi camino es coloquial”, apunta.

Sin dejar de mencionar sus primiciales acercamientos a la literatura, en un hogar donde los libros reinaban; su íntima relación con la im­prenta, herencia de su padre;  su cercanía a la música cubana, de la que tanto ha escrito,  y su fructífero itinerario por la radio, Sigfredo vuelve a la poesía, que considera un modo de estar cerca de la gente.

“Poesía es, ojalá la mía lo sea, un lenguaje, una comunicación con los otros, en un sentido más íntimo; en uno más amplio  es una lengua para descubrirme a mí mismo. Cuando el poema sale, tú te estás explicando a ti mismo, al menos a mí me pasa, y  me sirve como una vía de conocimiento”.

Nunca premedita un libro, “los poemas me salen solos y después armo el libro”, dice. Una compilación de textos ensayísticos suyos sobre música anda en manos del editor René  Coyra, y varios poemas con los que cerrará después Páginas inéditas,  supone vayan a parar a un libro también en embrión que se titula To­dos los hierros.

La obra de Sigfredo Ariel, quien se define a sí mismo como un hombre apasionado,  ha pasado el tamiz del teatro y de la música, experiencia que lo sobrecoge y le resulta muy grata. Como creador tiene la aspiración de ser recordado “a partir de algunos poemas que he hecho sobre el país,  los años extraños, buenos, malos que hemos vivido”,  y como ser humano está completamente feliz por contar con los amigos que tiene  “aunque no vengan a estas cosas”, dice refiriéndose a los espacios literarios a los que se les invita.

Después de la charla, los poemas inéditos llegan y se trasluce el poeta, impresionado por un violín original de Mozart, conocido como Costa, que sonó hace un tiempo en Cuba; otros versos lo revelan en eterno ho­menaje a  Jaime Sarusky, o escribiendo sus apuntes poéticos a un bici­ta­xi. Va cerrando el espacio con Gru­llas de Bután, un texto escalofriante del que solo adelantamos los primeros versos: En las cumbres congeladas donde se ponen / a los parientes muertos cercenados en pedazos / pa­ra alimentar a las aves emigrantes, las grullas / abren sus enormes alas y rumbean el día entero / hasta que se pone el sol.

(Fuente: Granma/Madeleine Sautié)