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La convicción de Amy Winehouse de que la fama artística también puede hacer añicos a las mentes en apariencia más inteligentes, resalta en el documental Amy, de más de dos horas de duración, que próximamente podrá verse en las pantallas cubanas.

Filme británico con guion y dirección de Asif Kapadia, Amy fue reverenciado desde la polémica en el festival de Cannes del pasado año, ganó numerosos premios internacionales y finalmente recibió, en este 2016, el Oscar al mejor documental.

Lo “polémico” viene dado porque prevalecía una imagen —redondeada por el padre de la cantante— que la presentaba como un ser desvalido e ingenuo controlado por el novio, suerte de bestia parda que se aprovechaba del espíritu autodestructivo de Amy Winehouse.

En un inicio el documental contó con la cooperación de los padres de la cantante, pero al comprender que el realizador buscaba contar la verdad y no “lo que ellos decían de esa verdad” lo desautorizaron antes de ser estrenado en Cannes.

Amy está realizado con sensibilidad y mucha información para comprender la vida y obra de una cantante y compositora, fallecida en el año 2011, a los 27 años de edad, una artista que con un estilo muy propio conjugó el jazz, el  pop y el  soul en un cóctel de calidades que sorprendió gratamente, luego de la aparición de aquel primer disco, Back to Black (2006), ganador de varios premios Grammys.

Pero al director del filme no le interesa hacer una apología musical de la artista, sino indagar en la vida de una muchacha pobre, judía, y con un pasado oscuro ensombrecido por el consumo de la droga y el alcohol. Para lograrlo no rueda nada, sino que recurre a la compilación de videos familiares y de amigos y a fragmentos de archivo y voces en off, todo en función de una historia llena de contrastes.

Inmersión a lo más íntimo y polémico del personaje hecha también a partir de cien entrevistas realizadas con personas muy cercanas a Amy, lo mismo amigos de la infancia que personalidades del mundo de la música y del espectáculo.

Al componer un cuadro humano sin pelos en la lengua, el filme está  lejos de hacer de la cantante una víctima absoluta llevada al abismo de las drogas por el que fuera su novio, porque cuando este no  la conocía ya ella acumulaba, antes de cumplir los 16 años, una hoja clínica llena de depresiones, bulimias, alcohol y drogas suaves, comienzo descarriado de lo que vendría después. 

Y quizá sin proponérselo, el documental se erige en un alegato en contra de esa epidemia de los espíritus débiles que engatusa y mata, aunque al final es el alcohol el causante de la muerte de la cantante, el mucho alcohol en un cuerpo minado por la droga, el que la hace entrar en el tristemente célebre club de los 27, integrado, entre otros, por Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain, hermandad mortuoria de leyendas de la música que por sobredosis, accidente, o suicidio, se fueron de la vida prematuramente.

A raíz del triunfo de su película, el director Kapadia dijo en una reveladora entrevista que todos, incluyéndose él mismo, eran culpables de lo que le había sucedido a Amy Winehouse, porque cuando la veían cantar ante un micrófono y al mismo tiempo tambalearse por los efecto de la droga, o el alcohol, les daba gracia y  se reían, y puso de manifiesto la responsabilidad de los padres de la muchacha, en especial el padre (y hay imágenes inéditas que lo dicen todo), más interesado “en ver a su hija sobre un escenario y ganando mucho dinero, que en verla  simplemente de pie”. 

O de ciertos apoderados y gente del ambiente que se sirvieron de la cantante sin tratar de ayudarla, o de la prensa amarillista, encargada de encumbrar a las figuras para luego destrozarlas a partir de las manipulaciones más espurias.

Sin maniqueísmo de ningún tipo, aunque al final nos quede la certeza de estar ante una historia de buenos y malos, Amy es un retrato certero de una artista (nada tonta) en  medio de sus circunstancias. Un fallo cardiaco acabó con su carrera meteórica, pero se sigue escuchando con la devoción que solo pueden provocar los mitos verdaderos, esos que ocasionan disfrute, y al mismo tiempo compasión.

 (Fuente: Granma/Rolando Pérez Betancourt)

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