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La HBO anuncia una serie documental basada en la andanzas de Frank Sinatra, mito mayor de la música popular estadounidense. Pero, se pregunta Julio Valdeón Blanco, ¿serán capaces de contar la verdadera historia, con todas sus aristas?

Alex Gibney y Frank Marshall andan presentando su documental sobre Frank Sinatra. Constará, dicen, de varios capítulos. Contiene toneladas de archivos perdidos y grabaciones caseras, muchas de ellas suministradas por Nancy Sinatra, hija del mito.

Marsahll, productor, le ha dicho al “Hollywood Reporter” que Sinatra “estaría muy satisfecho. Porque todo el mundo tendrá la oportunidad de ver qué pensaba”. Una afirmación si no gratuita, siquiera aventurada. Al jefe le gustaban muy poco los retratos que no teledirigía, los fulanos que esnifaban entre los pliegues de su vida a la caza de sucesos inopinados o verdades ocultas.

 Fanático del poder, ni siquiera las moscas volaban sin su permiso. Pregunten a quienes trataron de retratarlo en vida. Un ejército de fieles centuriones protegía al césar, al hombre que con un micrófono provocaba orgasmos de Filadelfia a San Diego. Sus mejores discos queman incluso cuando se acaban. Una suerte de humo azul repta por el suelo y entre ensoñaciones dramáticas y lascivas la noche sabe a más noche, mientras la sombra del baladista genial sopla besos de whisky en los espejos.

Detrás está la HBO, el sello sagrado, el marchamo de las mejores series de la historia de la televisión. Con el nombre de la HBO, que ha suprimido la idea de que nada bueno puede provenir del dichoso electrodoméstico, auguramos un impecable control de calidad. Aunque desconozco si, por aquello de asegurar los derechos de las canciones, vídeos, etc., muchos de ellos propiedad de la familia, la película remontará la condición hagiográfica del noventa y nueve por ciento de estos productos. Pienso en las obras de Scorsese sobre Dylan o George Harrison.

Buenísimas, especialmente la primera, pero cojas: en nombre de la mitología borraron aristas, colorearon sombras, silenciaron marrones, hasta pulir una inmaculada imagen en la que no caben los líos de drogas, los caprichos superlativos, la egomanía inevitable a la condición de estrella.

Se equivoca gravemente quien crea que semejantes asuntos carecen de interés, que se trata de lodazal sensiblero o maloliente corrala. Imposible contextualizar al artista, o su arte, sin atender a las circunstancias íntimas que lo forjan.

Del parte metereológico a la farlopa, de los desamores a los recibos impagados, todo suma y cuenta, todo añade y engorda, todo enriquece la alquimia y al alquimista. De las orquestas de Harry James y Tommy Dorsey, de su madre Dolly y los votos demócratas al bourbon y Ava Gadner, de las acciones repartidas en fábricas de armamento a las borracheras épicas en Santa Monica o Las Vegas, la vida de Frank Sinatra es una sinfonía convulsa, mediante la cual un nieto de Sicilia, que flipaba con los rascacielos al otro lado del Hudson, colonizó la psique de América, sus salas de baile, nightclubs y poluciones nocturnas.

Imposible, lo advierte Talese, cuantificar la cantidad de ciudadanos concebidos mientras el viejo Ojos Azules chisporrotea en los altavoces. Con su garganta enérgica y elegante, torrefacta y sensual, precisa y austera, fue el sueño de América hasta la aparición de Elvis.

Permanece en la conciencia colectiva como daguerrotipo indeleble de un tiempo pasado que muchos veneran y casi nadie olió. Porque en realidad nadie, descontados él y sus íntimos, vivió a semejante trapo, y muy muy pocos son los seres humanos que lejos de engolosinarse con las lentejuelas encontraron tiempo, talento y disciplina para tallar un corpus tan abrumador.

Con sus discos flojos y sus interpretaciones de salvar la ropa, con sus movidas y su amistades peligrosas, con todo lo que ustedes quieran, pero también con más de un centenar de canciones que chotean al tiempo. Seguirá sonando cuando resten diez minutos para el apocalipsis.

(Fuente: EFEEME/ Julio Valdeón Blanco)