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Por Mercedes Rodríguez García 

En la madrugada del  sábado 15 de octubre de 1994, siete ciudadanos de origen cubano miembros de la organización contrarrevolucionaria Partido Unidad Nacional Democrático (PUND) con sede en La Florida, EU., desembarcan en una lancha rápida, logran penetrar en el pedraplén Caibarién- Cayo Santa María,  tres de ellos interceptan un Lada en el que viajaban cinco pescadores deportivos, y asesinan a uno de ellos. Sobre cómo ocurrieron los hechos, en boca de dos de sus protagonistas, trata este reportaje realizado por la autora pocos días después del asesinato, durante la reconstrucción de lo ocurrido*.

EL CRIMEN

La del viernes 14 es una de las tantas tardes en que Israel, Arcilio, Tony, Claudio y Tito salen de pesquería al pedraplén, donde esta vez les sorprende un aguacero que los obliga a permanecer hasta más o menos las 9 y media de la noche, en el punto de guardafronteras inmediato al kilómetro  6 ½

Cuando escampó todo quedó en calma, la brisa soplaba de tierra a mar y la luna se dejó ver en cuarto creciente. Había que aprovechar porque dentro de dos días estaría llena y entonces nada picaría. En el kilómetro 12 permanecieron hasta que la luna se ocultó por completo. Exactamente —según manifiesta Israel Martínez—a las 3 menos 10 de la madrugada. 

Luego de recoger los avíos, con medio saco de pescado, montaron en el Lada y abandonaron satisfechos el sitio de pesquería. 

Israel conduce, a su lado va Arcilio; detrás Tony, Claudio y Tito. A unos 500 metros del puesto de guardafronteras, tres hombres les hacen señas para que se detengan. Están vestidos de camuflaje y portan armas largas.

«Pienso que son gente nuestra aunque pronto me percataré de lo contrario. De forma grosera nos ordenan bajar. Yo lo hago por mi puerta; Arcilio, por su derecha, y los de atrás, por la izquierda». Narra Israel Martínez.

 «Arcilio le explica al que tiene enfrente que somos gente pacífica, que estamos autorizados a pescar y que no portamos armas. Sin esperar respuesta nos mandan a replegar hacia las piedras. Obedecemos. Mas, una ráfaga corta a nuestras espaldas nos para en seco. Habían matado a Arcilio, que cae a unos cuantos centímetros del carro. Enseguida uno da la orden de matarnos a todos. No esperamos más y —excepto Tony que no sabe nadar y se esconde entre las piedras— nos lanzamos al agua.

«Fue un salto increíble y del salimos ilesos porque otro de los infiltrados —parece que atemorizado ya con la muerte de Arcilio—contraordena no disparar. Eso, por la parte de ellos, porque los peñascos que hay dentro del agua también pudieron desbaratarnos la cabeza. Incluso, Tony se puso más que dichoso pues el bandido que mató a Arcilio llegó a pararse sobre la misma piedra que lo ocultaba». 

La acción duraría unos cuatro minutos. La dirección del viento no dejó oír a los del puesto la breve ráfaga de muerte. Desde el agua escuchan cuando ponen en marcha atrás el carro, en el que escapan que a toda velocidad.

Todos salen del mar, comprueban que Arcilio está muerto y se dirigen al puesto. Aquí coinciden con otro pescador a quien uno de los infiltrados, apodado El Ninja, le arrebató su bicicleta mientras esperaba a que algo mordiera su anzuelo en el kilómetro 4. Por radio comunican lo ocurrido.

EN GUAJABANA

En esta cantera, cercana a la entrada del pedraplén, hace su guardia Juan José Pérez Luna. No hace un mes que trabaja allí como CVP. Trae en bandolera un fusil M-52. Atento, recorre la extensa área a proteger. Por un momento  se detiene detrás de un camión de carga parqueado. Ve luces, avanza hacia el vehículo y le hace señas con la mano indicándole que se detenga. A unos 50 centímetros de la ventanilla delantera derecha pregunta en alta voz:

—Compañero, ¿qué hora trae ahí?

La respuesta es la boca de un AKM apuntándole.

—Entrega el arma, esto es una invasión…

—¡Qué invasión ni ocho cuartos, déjense de jodederas!

Juan José piensa que se trata de una broma de mal gusto. Pero otra vez la orden y la boca del AKM, que sigue amenazándolo le hacen cambiar de idea.

«Me quito el fusil de la espalda y simulo el gesto del quien va a entregarlo. Mis movimientos son muy lentos, busco obligar al que me apunta a hacer un giro a la derecha, de modo que se desvíe un poco la punta de su arma. Esa fue la fracción de segundo que aproveché para rastrillar mi M-52, al tiempo que de un salto me coloco en la parte posterior del Lada.

«La ráfaga que me tiraron fue suficiente para que yo también les disparara seis tiros. El parabrisas trasero se desbarató, herí al chofer en un brazo y al otro, a sedal en la cabeza».

Juan José les da medio minuto para que salgan del auto, con las manos en la nuca. Ellos mismos se quitan las cananas y avanzan hacia el costado del camión. Uno intenta escapar pero de un gaznatón lo pone en «cuatro patas», posición que mantuvo en su avance hacia el pesado vehículo.

—¿Quieres mi reloj?, te lo regalo, muchacho.

—No necesito reloj para vivir.

—Mira que somos parte de una invasión de mil hombres.

—No coman mierda, ¡cien mil hombres no caben ni parados en el pedraplén…!

—¿Qué recompensa te van a dar por todo esto?

—La mejor, quitarles todo lo que traen y desbaratarles los planes.

Ya está controlado el enemigo. Mientras los mantiene a raya con su viejo fusil en la mano izquierda, con la derecha extrae por la ventanilla del carro un AKM, con el cual dispara una ráfaga al aire para que se escuche en el contingente. Al rato siente pasos y ordena, «al que sea», detenerse y luego avanzar pegado a la loma de rocoso con las manos en alto.

—Luna, soy Macana, no vayas a tirar.

—Hasta que no veo caras no conozco a nadie, así que dale, dale, pero bien arrima’o a la lomita.

Reconocido su compañero de trabajo, Juan José le alcanza un R-1 de los abandonados en el carro. Minutos después llegan en una camioneta Raúl, el chofer y Osmel, otro CVP.

«Es maravilloso como en nada se formó una especie de milicia popular. Yo no sé qué piensa esa gente. Aquí la cosa no es fácil y yo sí que se las cepillaba. Les tiré a matar y les vuelvo a tirar porque ellos lo hicieron primero y tenía que salvar mi pellejo. A mí para quitarme un arma hay que matarme y bien mata’o», expresa Juan José.

LA VÍCTIMA 

Arcilio Dionisio Rodríguez García era de Rojas, Remedios. Cuando le asesinaron tenía 34 años. Alto, fuerte, alegre, saludable. Hombre de hermosa y constante trayectoria revolucionaria, militante del PCC desde los 26 años, ocupó diversas responsabilidades como cuadro partidista en Remedios. Apenas dos meses antes había recesado sus funciones como miembro profesional del Buró del Partido en ese municipio, y nombrado jefe de departamento de la Unidad Básica de Servicios en Caibarién, donde residía. Su sepelio fue una verdadera manifestación de pueblo.

«Éramos una familia feliz, y Arcilio, un magnífico padre, esposo e hijo, muy querido por quienes le conocían», relató entonces Xiomara, su esposa.

«¿Qué derecho tiene un asesino a sueldo de arrebatarle la vida a un hombre como él, a mansalva, desarmado, sin poder defenderse?», se quejó. Marta, la madre. 


Al morir Arcilio dejó dos hijos: Ernesto, de 11 años y Rocío de 4. Ya son hombre y mujer. Han pasado dos décadas. Continúa el dolor. 

LOS TERRORISTAS 

El comando de la organización contrarrevolucionaria Partido Unidad Nacional Democrático (PUND), tenía como objetivo establecerse en las montañas del Escambray para organizar bandas terroristas y realizar acciones dirigidas a desestabilizar el orden interno. 

Se les ocuparon cinco fusiles AK-47, un fusil AR-15, un fusil M-14, cuatro pistolas y proyectiles para estas armas. 

Durante la investigación se pudo comprobar que Humberto Real Suárez (alias KP3), disparó el arma que le desbarató el cráneo a Arcilio.

Todos los infiltrados fueron arrestados el propio día por fuerzas combinadas del MININT. El último, apodado «El Ninja», es apresado al día siguiente, en el poblado de Vueltas. 

Todos fueron juzgados y declarados convictos, y finalmente, ratificadas las condenados por el Tribunal Supremo de Justicia.

Sin embargo cabecillas de la mafia anticubana en La Florida—y organizaciones internacionales que aún le hacen caso, así como cierta prensa canalla— continúan arguyendo que las sentencias de esos terroristas violan los derechos humanos. 

Lo que no dicen es que al asesino y terrorista Humberto Real Suárez le fue conmutada la pena capital por la de 30 años de privación de libertad,  deshumanizando de ese modo a la verdadera víctima: Arcilio Dionisio Rodríguez García, quien tenía 34 años cuando lo mataron. 

¡Qué grado de abyección! ¡Qué desprecio a la verdad y a la decencia! 

*Versión del reportaje realizado por la propia actora durante la reconstrucción de los hechos, y publicado en la página 4 del periódico Vanguardia, el sábado 22 de octubre de 1994.