20140606224532-jose-marti.jpg


5:23:06 p.m.

Magnos y prolongados fueron los esfuerzos de José Martí para unir y vertebrar a todos los cubanos de buena voluntad en aras de hacer una revolución profunda mediante la cual alcanzar la soberanía. De ahí la importancia que les concediera a los órganos secretos que, en el más absoluto anonimato, defienden la causa independentista. Una faceta poco conocida de su vida, todo un batallar clandestino que le permitió organizar y dirigir la gran contienda libertadora. 

Por Mercedes Rodríguez García

Corren los meses finales de 1879. Deportado por segunda vez en tierra ibérica, el joven Martí sospecha que es objeto del espionaje enemigo. Y aunque no se cohíbe de visitar teatros y museos españoles, planea abandonar España cuanto antes. Tan furtivamente lo hizo que se desconoce con certeza el día de diciembre que se trasladó a Francia, desde donde embarcó hacia Norteamérica, el 20 de ese mismo mes y año.

Su actividad patriótica y revolucionaria era tan destacada que a pocos días de establecerse en Nueva York, es nombrado vocal del Comité Revolucionario Cubano. Para fines de marzo ya figura como su presidente interino, en sustitución del mayor general Calixto García Íñiguez.

Como político, organizador y propagandista su actividad es febril. Sabe bien que las autoridades coloniales españolas y sus agentes intentaban destruir la unidad de los cubanos, por lo que trataba de llegarles al corazón en cada una de sus circulares y discursos. «Cuando se lucha por la existencia de la patria, la división y la rivalidad son crímenes», escribió en la proclama «Al Ejército Cubano».

Es por entonces cuando Martí se convierte en blanco principal del espionaje y contraespionaje de las autoridades coloniales españolas y norteamericanas. Del 21 de abril al 21 de agosto de 1880 —ya prácticamente fracasada la Guerra Chiquita— lo mantienen «bajo control permanente de día y ¡de noche!», revela en un artículo el investigador francés Paul Estrade.1 En un solo mes los sabuesos de la Agencia Pinkerton envían a su jefe 67 reportes contra el Apóstol.

Martí lo sabe. Por ello —sin la experiencia que adquiriría ya en la década de los 90 del siglo XIX— alerta sobre la actividad de los órganos secretos y del peligro que esta representaba para los planes revolucionarios, y es de los primeros en denunciar los trabajos inescrupulosos de la Pinkerton’s National Detective Agency (equivalente al actual FBI, y precursora  de la Interpol y la CIA), y la Davie’ Detective Agency.

A pesar de todos los recursos y artimañas empleados por el enemigo, el cubano era genial esquivándolos y neutralizándolos. Tenía un olfato especial para distinguir y reconocer a los agentes o vacilantes y débiles de carácter que pudieran ser captados por el enemigo y traicionar la causa revolucionaria.

Raúl Rodríguez La O, en su libro Los escudos invisibles,2 cita numerosos casos que Martí personalmente descubrió y denunció. «Siempre alertaba y exigía que en revolución los métodos han de ser callados, y los fines, públicos. […] Si la Guerra Chiquita no tuvo éxito, se debió sin dudas a otras razones y no a faltas suyas en ese sentido, pues hizo todo cuanto humanamente le fue posible para lograr la victoria desde la responsabilidad que ocupaban», aclara el historiador y periodista.

En adelante y con las experiencias derivadas de las dos contiendas anteriores, Martí se propone reiniciar los preparativos para la nueva guerra. Seguro estaba. Como en la Guerra Grande (1868-1878) y durante la Guerra Chiquita (1879-1880), el único camino era la vía armada, pero con la organización precisa. A ello dedicó todas sus energías y sabiduría política, hasta que el 10 de abril de 1892 pudo fundar el Partido Revolucionario Cubano (PRC), para organizar la Guerra Necesaria, que, bajo su dirección, dio inicio el 24 de febrero de 1895. 

Invisible la actividad mayor

Aunque entre 1883 y 1886 son más —y a cualquier precio— los partidarios de enviar expediciones armadas a la Isla, Martí está convencido de que a nada bueno conducen las locuras, la desesperación, el aventurerismo y  el inútil derramamiento de sangre. Él fragua «una revolución seria, compacta e imponente, digna de que pongan mano en ella los hombres

honrados».3 «Nuestro país abunda en gente de pensamiento»,4 y urge enseñarles a  los cubanos que la revolución «no es ya un mero estallido de decoro, ni la satisfacción de una costumbre de pelear y mandar, sino una obra detallada y previsora de pensamiento […] que es poco en lo presente visible, y mucho más en lo invisible y en lo futuro».5 

Grande y agotadora faena lo consume. Crecen sus actividades proselitistas de organización y propaganda. Se mueve de un lugar a otro de la inmigración. Polemiza. Envía cartas a todas las amistades y personas que pueden servir a la causa. Enfrenta sectarismos y oportunismos que aparecen en el camino. Nada descuida. Pone al descubierto maquinaciones de los elementos anexionistas. Fuera y dentro de Cuba.

Los pulmones y el corazón lo aquejan. Pero Martí calza las botas invisibles «que de un tranco como las del gigante del cuento, van del valle a la montaña», como escribe en carta a su amigo Juan Bonilla, el 8 de agosto de 1890. Presiente que «llegan los días grandes». Se recupera. Vigila y se estremece. Insiste en la necesidad de hacer las cosas en silencio.

Para la nueva contienda, más maduro y experimentado, Martí no se dejó sorprender por el adversario. En ese sentido organizó y estructuró a las fuerzas revolucionarias como nunca nadie había hecho, al tiempo que exigió un alto grado de compartimentación y extremo cuidado con vistas a conservar en secreto lo que no podía llegar a oídos del enemigo. «En la noche en que andamos, no se pueden ver todas las cabezas», escribió en el periódico Patria correspondiente al 25 de junio de 1892.

Mucho le preocupaban los descuidos o delaciones que pusieran en peligro vidas humanas. Por eso él mismo eligió agentes especiales o con nombres figurados o seudónimos para operar y cumplir misiones, tanto en la emigración como en Cuba.

Se trataba en realidad de un sistema eficaz de inteligencia y contrainteligencia en estrecha coordinación con el general Máximo Gómez, capaz «de congregar con unidad de pensamiento y con el sigilo impuesto a la vez por la maestría del adversario y el riesgo de los propios, todos los elementos allegables en una época de confusión y peligro», como orienta a en una misiva a los presidentes de los Cuerpos de Consejo de Key West, Tampa y Nueva York.

Convencido el Apóstol de que los gobernantes norteamericanos esperaban agazapados la oportunidad favorable para lanzarse sobre la Isla, también tomó medidas para que estos no pudieran enterarse de los movimientos y actividades revolucionarios de los emigrados cubanos. «Acá, hallé el peligro que a toda costa hemos de evitar, de la intervención de este Gobierno en nuestras cosas. […] Vd. vigíleme allá. Lo peligroso, a puertas cerradas. […] vele porque no demos asidero al enemigo en lo de preparar ostensiblemente,  […] la invasión armada de un país que está en paz con éste», instruye a Serafín Sánchez en carta fechada el 2 de agosto.

Patriotismo vigilante 

Luego de constituido el PRC el primer comisionado que Martí seleccionó fue el patriota villareño Gerardo Castellanos Lleonart, natural de Esperanza. El 4 de agosto le escribe: «Explique la grandeza, la extensión y la energía del Partido. Recalque hoy que, como Vd. en Las Villas, está organizando la Isla entera. […] Ordéneme los elementos revolucionarios, de modo que en cada región quede un núcleo. […] Mándeme la dirección de Cuba a que, con disfraz suficiente y sólo para Vd. claro, pueda mandarle algún nombre más, y la dirección mía que hayan de poner a las comunicaciones».

Todo el año 1893 Martí había logrado muy buena organización de su sistema de comunicación y espionaje, pero no conforme, continúa impartiendo orientaciones para perfeccionarlo.Sin cesar alerta discreción y silencio para impedir la labor de los agentes españoles y de la Agencia Pinkerton. Con la satisfacción por el éxito de su gira por República Dominicana, Haití, Panamá y Costa Rica, hace más precisas las indicaciones en su batalla silenciosa contra las tinieblas. Nada deja a la improvisación ni al azar.

En noviembre de 1894 ya estaban creadas numerosas claves, seudónimos, siglas, cifrados, palabras y señas convenidas, y agentes especiales para misiones importantes o peligrosas. El 5 de enero de 1895, queda oficialmente constituida en La Habana la más importante agencia de espionaje de la Guerra Necesaria y de todo el proceso independentista cubano desde 1868. Bautizada con el nombre de Agencia General Revolucionaria de Comunicaciones y Auxilios, fue elegido como jefe principal otro villareño, José de Jesús Ramón de la Calendaria Pons y Naranjo (Cándido); a partir de ese momento, el agente General Luis.

Veintiséis días después, el Delegado Martí le hace llegar sus felicitaciones por escrito al patriota santaclareño radicado en la capital cubana:

«¡Cuánto trabaja Vd... cuánto aún nos queda por hacer! [...] La libertad viene hacia nosotros, la veo, la palpo... La sangre vertida en el 68 fertilizó los corazones e hizo surgir nuevos caracteres... Vd. era un descreído y sin embargo hoy cree y es uno de los mejores servidores del ideal. Adiós, hasta la otra que será... enseguida. Le abraza, José Martí».

Una entre muchas misiones 

En noviembre de 1897, el coronel del Ejército Libertador Fernando Méndez Miranda, con quien el agente General Luis mantuvo contacto, recibe la misión de llevar a los Estados Unidos un grueso volumen de correspondencia, dirigida al Partido Revolucionario Cubano.

Para ello se valió de los agentes secretos de la ciudad de Caibarién. Gracias a uno de ellos, es infiltrado clandestinamente. Allí lo afeitaron,  pelaron a rape y cambiaron su vestimentacon el fin de despistar a los españoles. Tres días después, fue conducido a la casa de María Escobar Laredo, la agente Vencedor, quien organiza su salida por ferrocarril hacia La Habana, por cuyo puerto pudo partir el oficial mambí.

La agencia cubana fue una verdadera institución de espionaje. Sus miembros o agentes fueron capaces de obtener todo tipo de información y se encargaron de hacer llegar la correspondencia mambisa a sus objetivos, traslado de armas, municiones, alimentos, medicinas, ropa y calzado, así como de infiltrarse en las filas españolas, y recibir y atender emisarios del campo insurrecto y del exterior.

Al respecto, Rodríguez la O en la página 146 de Los escudos invisibles, resume: «Baste decir que el Agente General Luis tenía penetrado al cónsul general de los Estados Unidos en Cuba, general Fihzhugh Lee y al vicecónsul, Dr. José A. Springer, durante el mando del general español Valeriano Weyler. Igualmente había penetrado al hermano del vicecónsul, Santiago Springer, cuando este era agente consular en Cárdenas».

Epílogo y vigencia 

El agente General Luis y su Agencia General Revolucionaria se mantuvieron en activo aun después de finalizada la guerra de 1895 a 1898. Durante la ocupación norteamericana, continuaron sirviendo a la causa cubana y asumieron una actitud crítica frente a los males de la República neocolonial.

Tanta fue la disciplina, sentido de la responsabilidad y discreción que impregnó, exigió y cuidó el Apóstol a estos patriotas héroes de la Patria, que sus ejemplos perduran y alientan la vocación, entrega y el sacrificio de quienes hoy también la sirven y defienden en silencio.

Notas:

1 «La Pinkerton contra Martí», Anuario del Centro Estudios Martianos, no. 1, 1978. 

2 Editorial Capitán San Luis, La Habana, 2003. 

3, 4, 5 Carta de Martí al general Máximo Gómez, fechada en Nueva York el 20 de julio de 1882.