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11:16:01 p.m.

Una estrella se le posó en su brazo derecho, el de lanzar. Millones de cubanos invocaron a los santos y hasta echaron humo deseando que la sangre no llegara al río, que los azucareros no regresaran a casa totalmente raídos. 

El béisbol, tamañas siete letras que a la par de cada juego transpiramos todos los cubanos. Y no se trata de hacer un recorrido por la historia de nuestra pelota desde 1960 a la fecha, cuando los Elefantes de Cienfuegos se coronaron como parte de la última participación cubana en las Series del Caribe, tampoco pretendemos desandar estos 54 años en los que cierto disfraz caracterizó buena parte de ese inmaculado andar de nuestro béisbol. 

Sí disfraz, porque ese cartel de «trabuco», ese poderío arrollador estuvo en buena medida sustentado por la poca prestancia de nuestros oponentes, especialmente las escuadras de Estados Unidos y Japón, enfrascadas en desarrollar sus ligas profesionales y ofreciéndonos como oponentes al talento naciente universitario. O peor aún, medirnos a homólogos del área endebles, de poco kilometraje y casta. Con semejante aval… 

Amén de todo eso nunca nos faltaron las sudoraciones para imponernos, y en más de una oportunidad afloraron las falencias, como algunos desenlaces desfavorables en los topes de Millington, frente a los Senadores de San Juan o los Sultanes de Monterrey, por solo mencionar algunos deslices durante la década de los 80 y 90 del pasado siglo. 

Con el advenimiento del siglo XXI se desmoronó el castillo de naipes, ese que de antemano estaba corroído. El último torneo serio en el que nuestra novena blandió el cetro fue la Copa Intercontinental de Taichung, China Taipei 2006. In extremis por cierto, pues el jardinero Yoandri Urgellés conectó triple salvador en el inning 11. Ese mismo año 2006 que nos vio acceder y disputar con los nipones la final del I Clásico Mundial a pura casta y corazón. 

Justo ahí se ensombreció la senda victoriosa del béisbol de la Mayor de las Antillas, y aunque duela enormemente decirlo, el triunfo se perdió en todas las categorías. 

Poco a poco las actuaciones fueron desempolvando una realidad que como avalancha hoy día se antoja aplastante: el techo de nuestra pelota es muy pobre, y las causas van desde la endeble captación y formación de los talentos en edades tempranas, hasta el ostracismo que padece nuestro clásico del patio y los jugadores que en él se desempeñan, eso sin obviar la nada despreciable cantidad de peloteros que han emprendido su cruzada en la Gran Carpa o cualquier otra organización rentada. 

Así recalamos 54 años después en Isla Margarita, para acuñar nuestro retorno a las Series del Caribe y por qué no, tomarle el pulso a un béisbol con el cual hacía mucho tiempo no confrontábamos. Más optimismo que opciones, a todos los que me increparon les planteé que amén de la paridad de las novenas en concurso en plantilla, no sería una lid nada fácil para Villa Clara. 

Primer acto 

Comenzaron las lecciones, como discriminar lanzamientos, descifrar al pitcheo oponente, la desde hace ya buen tiempo asignatura pendiente de conectar y empujar con corredores en circulación. Eso sin descartar ciertos deslices a la defensa, costosos y la ingenuidad de nuestros serpentineros en momentos climáticos, luego de dominar un turno de peligro o a un bateador temible. Esas fueron las claves del revés ante los naranjeros de Hermosillo. 

Segundo acto 

De nuevo el pitcheo devino el lado flaco, tanto desde la colina de los suspiros como guante en mano. A tal punto que retirar dos capítulos de uno, dos y tres ante los Navegantes de Magallanes devino hazaña inalcanzable. Eso y una precisión milimétrica de los anfitriones, que fue desde las conexiones cruciales, incluidos toques de sacrificio, hasta el cerco preciso establecido por su defensa (tiros exactos al cortador sin la más mínima brecha de avance para nuestras huestes) y los miembros del staff empleados. Mención especial para el avileño Adonis García, un pelotero formado en nuestra academia, y que vivió a la sombra de Yulieski Gourriel. 

Tercer acto 

Con los Tigres del Licey se terminó de constatar la inefectividad de nuestro cuerpo de lanzadores. Eficiencia fue la palabra clave de los quisqueyanos, aprovechando cada oportunidad o corredor en circulación conectando con soltura, faldeando y haciendo swines sin el más mínimo asomo de presión. Desenvueltos por completo y calzados con el soberbio performance de Jon Leicester en la lomita. 

El Vicyo salvador…  

Una estrella se le posó en su brazo derecho, el de lanzar. Millones de cubanos invocaron a los santos y hasta echaron humo deseando que la sangre no llegara al río, que los azucareros no regresaran a casa totalmente raídos, y con una imagen en el retorno poco menos que paupérrima. Así el agramontino Odelín se encaramó al box, puso alma, corazón y vida a sus 132 pitcheos, de ellos 81 strikes y transitó toda la ruta maniatando a los indios de Mayagüez boricuas a dos inatrapables, incluido un cuadrangular del tercer bate Edwin Rosario. Recetó cinco ponches y nos comeríamos todos las uñas cuando llenó las almohadillas en el sexto con tres boletos. Pero nos sonrió la suerte y ayudados por la pobre defensa del plantel borinquen respiramos y desajustamos la soga de nuestro cuello por pírrico 2-1. 

Si me interpelaran nuestra pelota, como buena parte de nuestra vida en sociedad, ha sido desenmascarada. Pareciera como si a cada paso de avance nos afanáramos en retroceder tres, marcados por una buena dosis de arrogancia y encierro. Por ahora, a pesar de vestirse de Aquiles Vicyoandri, continuamos al desnudo, más allá de estructuras y calidad, arrogancia o humildad. Continuamos nadando en la teoría de la dependencia. 

(Fuente: CubaSi / Harold Iglesias Manresa, especial)