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Desde el lunes 9, en Santa Clara se Baila en casa del trompo, un evento que gana mayor prestigio y que se extenderá hasta el próximo día 20 de diciembre. 

Como cada año, este importante festival, organizado y dirigido por Ernesto Alejo, convierte a la ciudad en la capital de la danza. Quizás, uno de los atractivos principales sea precisamente que el arte se ofrece bajo las estrellas, para que el público pueda apreciar de cerca cada movimiento o peripecia de las agrupaciones. 

En la apertura tuvieron espacio en el escenario los estudiantes de las escuelas vocacional y profesional de arte, importante oportunidad para estos muchachos, quienes representan los futuros profesionales de la danza en el territorio. 

Para los aficionados resultó impresionante la gracia con la cual niños de 9 o 10 años tomaban a sus compañeras sin esfuerzo alguno y las elevaban ante el asombro de los presentes en una pose perfectamente erguida. Las piernas tersas y los brazos al viento anunciaban los plié, los yeté o los grand battment que protagonizaban las jovencitas de la EVA, al tiempo que sus lazos azules y rojos, permanecían impasibles ante los complicados movimientos. 

El folclore se fusionó con el ballet clásico durante la Danza a Yemayá, en busca de un acercamiento a los ritmos autóctonos. La distribución heterogénea de la escena echaba a ver la amalgama de talles arqueados y convulsas volteretas al compás de la rumba. El colorido de los trajes que portaba la compañía Nuestra América, integrada por estudiantes de la Universidad de Ciencias Médicas, también acaparó la atención de los presentes. 

Sin lugar a dudas, una de las presentaciones más aclamadas fue la entrada en escena de Danza del Alma, la compañía anfitriona. En la plataforma, tres bailarines dispusieron varios colchones y una larga escalera. A partir de estos aditamentos mostraron un derroche de maniobras corporales propias de la contemporaneidad. 

Otra de las presentaciones de lujo durante la inauguración fue la obra Sin pretensiones, del grupo matancero Espiral, dirigido por la coreógrafa Lilian Padrón. Integrado por nueve bailarines, la función impresionó de gran manera por la forma peculiar con que se vincula los elementos contemporáneos con maneras clásicas. 

Al espectáculo le sucedió el conocido pasacalle, que consiste en un recorrido desde el centro de la ciudad hasta la sede del Consejo Provincial de las Artes Escénicas. Durante la marcha, los diferentes grupos expusieron sus maneras de danzar al compás de la típica conga y seguidos por la multitud de espectadores. 

Al concluir el recorrido en el colosal y ecléctico «palacio de la danza», quedaron  inauguradas las exposiciones Ocho años en la casa, de Carolina Vilches Monzón, e Infall, de Attila Glazer y Nelson Reguera, primer bailarín del grupo húngaro Pál Frenák. 

La muestra de la fotorreportera de Vanguardia, Carolina Vilches consta de 26 instantáneas en blanco y negro que reúnen momentos especiales de la anterior edición del evento. Las fotografías se distinguen por un alto matiz artístico y exhiben, tanto a bailarines suspendidos en el aire, como movimientos singulares capaces de transcurrir en segundos. Las imágenes que componen la exposición poseen, sobre todo, valor documental y estético, en tanto aprovechan los contrastes de las luces, las sombras y la escena para inmortalizar instantes del festival. 

La jornada continuará en los próximos días con las presentaciones del grupo húngaro Pál Frénak y Danza Espiral en el teatro La Caridad. El Conjunto Folclórico Nacional ocupó la plataforma en la noche del 13 y actuó en el Teatro el 14 y 15.  Los días 18, 19 y 20 danzará el Ballet folclórico de Camagüey en los mismos sitios. 

Como actividades colaterales tuvo lugar en El Mejunje la presentación del libro «El hacha en la cruz» sobre las tradicionales Romerías de Mayo del periodista y promotor cultural Alexis Triana Hernández. El 19 será el homenaje al Grupo Escambray, en la Sala Margarita Casallas.