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7:09:32 a.m.


Por Mercedes Rodríguez García


No es fácil encajar una noticia como la que recibimos el domingo 1º del último mes del año. Y aunque ya debía estar acostumbrada a lo desacostumbrado,  a lo que de una manera u otra debía suceder más temprano que tarde, fue paralizante. Comunicación brevísima, lacónica a esa hora de empezar  la noche.

Bastaron dos palabras de Chang, dos aguijonazos del otro lado del teléfono. De una y otra parte, demasiados afectos. ¿Para qué más datos? Deseé que la que la lluvia no volviera y la luna acabara de menguar. Pensé en los versos de Vallejo: «Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! ».  Y son pocos; pero son: «Abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte».

Y tú, y yo, ni rostro fiero ni lomo fuerte. Mejor, palabras. Que a mi siempre se me van de más y a ti, de menos, agudas, eficaces, dulces. O causticas, irónicas. Por esto último Pedrito comenzó a llamarte Capitán veneno para luego, desaparecido prematuramente el rubio de tu pelo, él mismo bautizarte El canoso, dos títulos de los 70 cuesta abajo y sin freno.

Para entonces me parece verte llegando, menudo, derechito, breve. Siempre con un libro entre las manos, o dentro de cierto maletín protocolar estilo sovietunion donde también podía hallarse algún elepé de Alla Pugachova, un tubo de pasta, un cepillo y una maquinita de afeitar traídos desde General Carrillo hasta el sórdido albergue de Berenguer, ese que te arrebató la soltería gracias a la mujer compuesta de la puerta inmediata.

No digo ¡qué tiempos aquellos! porque no quiero que la nostalgia me saquee las dichas del presente, aún cuando amontono memorias de aquel infalible bicolor que tan bien te enseñaron a blandir Roberto y Luis Ciriano cuando asumiste la jefatura de información, y de paso hacías la guerra a las florituras, circunloquios, extensas incidentales e insulsas parrafadas que tanto afean el estilo periodístico.

Y aunque no estuviste mucho tiempo en coberturas de calle, tenías bien sabida la academia, y mucha inteligencia y buen tacto para liderar aquel  teamteacher de reporteros y fotorreporteros, impertérritos trasnochadores detrás de la exclusiva.

Éramos bien jóvenes y bien viejos en perfecta avenencia, cuando mesas suecas y carnavales iban y venían, y gasolina y almuerzo no quitaban el sueño a jefes ni a subordinados. Y quedaban tiempo y dinero en los bolsillos para un «saltico» a La Habana en época de festivales de Ballet, Teatro y Nuevo Cine Latinoamericano, siempre de la mano de algún helado legítimo Coppelia, algún batido y bocadito en el Carmel,  o uno de aquellos fastuosos canelones Vita Nova. Al otro día, recalo obligado en la UPEC y en el instituto Internacional de Periodismo.

No. No creo que de entonces acá haya llovido tanto. Tal vez algunas tormentas de verano que dejaron más claro y azul el cielo, más blanca la pauta del formato, de aquel maquetado de Vanguardia a pura matemática, tipómetro y cartabón, a punta de rojo y azul y negro… Hasta la aniquilación total de la rotativa y la entrada triunfal de la impresión off set, de las PC, el Corel Draw, el Page Maker, el Photoshop, softwares que te hicieron revelar todo el genio y talento que tenías dentro y con el cual untarías Signos, ungirías no pocas libros de la editorial Capiro, y un sinfín de anónimos y salvadores diplomas de empresas y organismos. 

Creo que fue tu mejor etapa. Y no escribiré mucho de la más reciente, en la que te tocó refrescarnos unos cuantos preceptos inviolables del mejor periodismo, no sin «perretas» de algunos bisoños y/o  experimentados. (Tú siempre vadeando espacio para que lo ojos del lector «respiren», para que la página «levante» con la gráfica).

Porque para eso estabas allí, lápiz correctivo, «tijera» en mano. Y no sé, en verdad, cómo te las arreglabas para arrasar con párrafos enteros, chapear oraciones, entresacar palabras sin que a veces nos percatáramos de la poda, de la sustitución.

Ahora sé que era tu magia, tu carisma para hacer  que todos entendiéramos, sin molestias ni ofensas, ni exabruptos; llamándonos a capítulo con la mejor de las sonrisas. Así de gallardo era tu guante blanco, tu látigo con cascabel en la punta. Así tu mano, ilustre mano que no olvido, de paso, sobre mi cabeza, restándole importancia al asunto que nos hizo terciar floretes, sin un solo rasguño de ambas partes.

Y no nos vimos más. No quise verte más. Para no pensarte en lo adelante solo, corazón arriba, adolorido y sin antídoto, tratando de escabullir el cerco del sarcoma extendido, la hipoxia conclusiva de la hora cero en que todos nos largamos para siempre y sin remedio.

No hay prácticas para morir sino dejar el cuerpo. ¿Por qué aferrarse a la solidez física? Tu luz es perdurable. Intacta permanecerán la claridad de tus ojos, tu frente dilatada entre las desamparadas sienes y antiquísimas canas; ese aire sensorial un poco canciones de Serrat y de Barbra Streisand, pero Alocubano, tan de Jorge, tan de García, tan de Sosa.

Y termino. Sin que esta vez te atrevas a quitarme un solo párrafo, tres líneas, dos palabras; sin llegar a conclusiones terrenales, sin revalidar que te fuiste con las últimas lluvias de noviembre, y sin esperar siquiera a la primera decena de diciembre, cuando debíamos celebrar de alguna manera alegre y memorable y, esos dos años que ya le sobran a 60.