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24/04/2013 9:17:48

 

Por Pedro Hernández Soto

 

Abril es pródigo en hechos heroicos recogidos en las paginas  historia Patria. Quienes  tuvimos la oportunidad de aportar desde la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, un pequeñísimo grano de arena a la Primera gran derrota de los Estados Unidos en América Latina.

 

También es de recordar cada día 21 de este mes —a partir de 1969— el aniversario de la pérdida de aquel gran revolucionario, infatigable combatiente por la justicia social que fue Rodolfo de las Casas, «Casitas» para sus amigos u «Ofi», para los aún más allegados. 

El propio día 17 de abril de 1961, cuando salí del improvisado albergue situado en «la casita del maíz», debajo del antiguo y ya derruido tanque de agua, lo hice vestido de miliciano, tras la orden de Fidel desde el día anterior, de Alarma de combate para todo el país. No era el único, así estaban también aquellos quienes caminaban presurosos,  parte de aquel puñado de estudiantes, trabajadores y profesores, incorporados a las Milicias Universitarias Ramón Pando Ferrer, que no es ocioso recordar que si acaso llegábamos tan solo a una compañía.

En el Teatro Universitario —aún no terminado totalmente— alguien, no recuerdo ya quién, me informó: Dirígete al SEDER, hay reunión de la Milicia. Allí me encontré con unos pocos compañeros y compañeras. Eugenio Urdambidelus, a la sazón presidente de la FEUC y jefe de aquel cuerpo armado me dijo: hay un desembarco enemigo por Playa Girón, incorpórate que tendremos una misión importante.

Casi terminando de hablar llegó un carro donde viajaban un teniente mulato y achinado, de uniforme y boina verde olivo, Casitas y Pepe el Cura. Estos dos muy respetados dirigentes estudiantiles, fundadores de las Milicias Estudiantiles en Santa Clara. Todos portaban armas. Salieron con rapidez.

Estaba casi recién llegado yo desde mi natal Cienfuegos para estudiar Perito Químico Azucarero, lo recuerdo bien desde los primeros momentos de 1960, enfundado en un traje verde olivo de reglamento, tocado con boina negra y pistola calibre 45 al cinto, y venía precedido de un bien granada aureola de estudiante.

Al poco rato nos trajeron unas armas largas. Ya éramos más. Nos formaron y distribuyeron en dos escuadras de hombres y otras tantas mujeres. Tomamos posiciones protegiendo la instalación, incluso con ametralladoras en el techo, la puerta y otros lugares en derredor.

Entonces llegó el primer grupo de detenidos (hombres) que se acomodaron en el tabloncillo con ellos venían, custodiándolos Casitas y otros jóvenes más. Después me enteré que las detenidas eran cuidadas por nuestras milicianas en un local de la entonces Escuela de Pedagogía, creo. A partir de entonces, hasta la desmovilización, hacíamos guardia doce horas y descansábamos otras doce. Con el tiempo y las tensiones aquello se volvió francamente agotador.

El resto de la historia es bien conocida, por las instalaciones deportivas pasaron unos 700 contrarrevolucionarios según unos, otros afirman fueron más de mil. Era una mezcla de pequeños burgueses, obreros acomodados, lumpens, profesionales y hasta estudiantes universitarios. Entre ellos la llamada Niña de Placetas, que posteriormente se alzó en el Escambray y protagonizó la tristísimo historia de matar a la criatura que allí gestó y parió, para que no le estorbara en su afán como bandida.

Una anécdota: entre los detenidos estuvo un gordito, bastante pesadito él, de Santa Clara (los había de toda la provincia de Las Villas y un poquito más allá), que se quiso hacer el gracioso y comenzó a cantar con voz estentórea. Coincidió esto con la presencia de Casitas quien lo llamó con suavidad a un lado y le dijo algo bajito, muy bajito al oído: santo remedio, se calló de una vez y por todas. El horno no estaba para galletitas.

Desde aquel momento me di cuenta que Rodolfo de las Casas era un torrente de acciones organizativas y de trabajo político ideológico, en un discurso que sostenía con una conducta intachable de cubano honesto y comprometido con la Revolución.

Siempre tenía tiempo para escuchar a su interlocutor y le prestaba toda su atención mientras se mesaba la espesa barba negra crecida en la Sierra Maestra como miembro de la columna Uno del comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, donde llegó a ostentar la jefatura de una capitanía según Juan Nuiry ha relatado en su ascenso al baluarte montañosos en octubre de 1958. Después daba su opinión con el carácter que recomendaba los planteamientos escuchados.

Fue organizador principal de la fundación de la Beca Universitaria  y el Batallón Universitario, supo disciplinar con métodos muy pedagógicos y políticos a aquel grupo de cerca de 500 jóvenes que ingresamos desde diferentes procedencias y educaciones, poco después de Girón, la gran mayoría a cursar estudios de nivelación a muchos de los cuales tuve la suerte de dar clases de Física.

Rodolfo de las Casas Pérez, Casitas

Entonces pude conocer mucho mejor, más de cerca al dirigente estudiantil Casitas, y por supuesto admirar más su moral, sencillez, humanidad, carácter y gran cariño por la Revolución. Nunca le vi usar grados, ni alardear de su jefatura en el Instituto Nacional de la Vivienda como delegado en Las Villas.

Por terceros me enteré de su azarosa lucha clandestina, de haber trabajado con hombres y mujeres de la talla de Osvaldo Herrera, Ramón Pando Ferrer, Quintín Pino, Margot Machado, José Quián Cullén (Cheo), Julio Camacho Aguilera, Enrique Hart , Faustino Pérez y Oscar Lucero, entre otros. De no cobrar salarios al Gobierno Revolucionario.

Al parecer, afectado por grave enfermedad nerviosa debida  a las torturas recibidas, los dramáticos momentos que vivió y la presión de trabajo, en una consecusión de inexplicables acciones, se quitó la vida en Camagüey el 21 de abril de 1969. Sus restos descansan en el Panteón de los Héroes y Mártires de la lucha revolucionaria del Cementerio de Santa Clara.

 

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