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10/04/2013 12:34:55

 

Cientos de personas acompañaron a Sara Montiel por su último recorrido por las calles de Madrid. Famosos y anónimos, amigos y compañeros de profesión, curiosos y –muchos– profesionales de los medios de comunicación.

 

Poco antes de iniciarse el cortejo fúnebre, aún en el tanatorio de San Isidro, se celebró una misa de despedida para los allegados de la artista. A las puertas del recinto, decenas de curiosos observaban cómo salían las primeras personalidades: el consejero de Cultura de Castilla-La Mancha, Marcial Marín; el actor Máximo Valverde; su paisano Luis Cobos, que calificó a la cantante como «emblema de La Mancha»; o su amigo, Javier Gurruchaga, visiblemente emocionado.

Tras la salida de conocidos y familiares, con sus hijos Zeus y Thais al frente, razonablemente enteros, dos coches repletos de coronas de flores —una de ellas, enviada por Julio Iglesias— escoltaban al vehículo negro con el féretro de la cantante, decorado solo con una de sus fotos.

Mientras los coches ponían rumbo al centro de la capital, los curiosos forcejeaban con los reporteros gráficos para ocupar el mejor sitio para fotografiar el féretro. «La verdad es que hemos venido para ver si nos encontrábamos con algún famoso», comentaba un matrimonio de jubilados.

Los seguidores de la artista estaban en ese momento, sobre todo, en las calles del centro de Madrid. A las 10.30, mientras el cuerpo de la actriz manchega seguía en el tanatorio, en la Plaza de Callao, corazón de la Gran Vía, empezaban a reunirse tímidamente grupos de admiradores de Sara Montiel, esperando la llegada del coche con el féretro.

Eran en su mayoría personas mayores de 60 años, unas decenas, quizás unos cientos, que pasaban los minutos contemplando la pantalla gigante situada sobre la hornacina de los Cines Callao, en la que se estaba emitiendo «La Violetera», película estrenada hace 55 años, en la que la Montiel, protagonista indiscutible, desplegaba su belleza racial.

Poco antes de las doce llegaba el coche fúnebre, que entraba en la zona peatonal, previamente acordonada por la policía, y se veía rodeado de fotógrafos hasta quedar prácticamente oculto para los asistentes, convidados de piedra que aplaudían tímidamente. De vez en cuando se oía un grito de «guapa» o caía un clavel rojo sobre el vehículo.

Unos minutos más tarde, tan discretamente como había entrado salió el coche de la plaza, sin avisar, otra vez a la Gran Vía, dirección Castellana. Ese fue el único momento en el que la pasión se desbordó ligeramente. A la carrera, el público se colocó en una de las aceras de Gran Vía en un pasillo espontáneo de unos cien metros, invadiendo uno de los carriles de la calzada para acercarse al coche que portaba los restos de su ídolo. Llegado al primer semáforo, el vehículo aceleró, y tras unos segundos de confusión, la pequeña multitud se fue dispersando. Los irreductibles, una cincuentena, permanecieron en Callao unos minutos, terminando de ver la película.

Mientras tanto, el coche enfilaba hacia el cementerio de San Justo de la capital, donde sus restos recibieron sepultura. Minutos antes de la llegada del féretro, periodistas y curiosos se apiñaban junto a la tumba abierta. Su eterno pretendiente, el italiano Giancarlo Viola, lloraba desconsolado mientras los periodistas se suben y se aferran a las cruces para captar mejor el momento. Un trabajador del recinto aseguraba que el tumulto le recordaba al del entierro de Gregorio Marañón, que también recibió sepultura en el recinto en 1960.

El escaso espacio disponible obligó a los trabajadores a pedir a los centenares de asistentes que desalojaran la zona inmediata a la sepultura para dejar moverse a los familiares. Mientras un anciano se subía a una tumba cercana para obtener una mejor instantánea del féretro descendiendo, un grupo de seguidoras cantaba una de sus canciones. «Era la más grande, hacía siempre lo que le daba la gana», comentaba un estudiante, uno de los asistentes más jóvenes, sobre la cantante, que ya descansa junto a los restos de su hermana y su madre.

Entre gritos de «Viva Sara», «Guapa» y «Viva Campo de Criptana», su localidad natal, personalidades como Boris Izaguirre o Enrique Cerezo abandonaban el camposanto. Decenas de personas seguían cantando y aplaudiendo, poniendo música al último viaje de la manchega más universal.

 

(Fuente: elpais)