20130401005133-chino-chang.jpg


31/03/2013 7:52:16

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Desde la Edad de Piedra existen los jefes. Y existirán hasta que se extinga el Universo. Porque —aunque muchos lo duden y proclamen la anarquía— los jefes hacen falta. Jefes, en plural, porque  casi siempre nuestra vida depende ¿pende? de varios de ellos, aunque por lo regular los jefes también tienen jefes. El llamado —con gracia y sin trasfondo— Gran Jefe Indio, en alusión al mítico sioux Toro Sentado, apelativo que no guarda relación alguna con la socorrida postura del burócrata, y sí con la vitalidad del incansable indio norteamericano que durante años condujo a su tribu por vastos territorios, tras la caballería invasora estadounidense.

 

Y es y no es el caso de mi más «perdurable» de los jefes en el cargo de director, que nada tiene de indio sino de chino, ni tampoco es uno de esos jefes «atornillados» en su sillón —ejecutivo o no—, aunque bien sé que en la casa frente a la PC «empolla» contestando en las redes sociales tendenciosos comentarios sobre la Revolución, redactando algún tópico «clave» para el publicar en el periódico, «tras las huellas» de imprudente violadores de la seguridad informática, cursando por email orientaciones de última hora, dándole el visto bueno a «espinosos» reportajes investigativos,  etc., etc., etc. 

Pero lo que más tiempo lo retiene delante de su computadora y justifica el «empollamiento» cibernético, es el haber traído al mundo el Foro de Vanguardia, un tercer y legítimo «hijo digital» del cual —no sin razón— se vanagloria y defiende con vehemencia. Ello, sin contar las «horas glúteos» que dedicó y las energías que gastó,  en darle vida a lo que parecía una idea loca y peregrina allá por los finales del pasado siglo... Erase entonces el QuipusNews, primer sistema que agrupó herramientas para la producción, control y distribución de trabajos periodísticos en la red de redes, y que en la actualidad se rediseña a partir de nuevas interfaces de usuarios y servicios.   

Hijo de sureños asiáticos radicados en Casilda, Trinidad, creció bajo las normas, costumbres, tradiciones y austeras órdenes dadas en cantonés por papá bodeguero y mamá ama de casa. De modo que asimiló el habla y la escritura en el ancestral dialecto, del que ya no le queda ni el acento, para fortuna de quienes a lo largo de 6 mil 126 días como director de Vanguardia hemos debido interpretarle, aún dándonos en español más orientaciones que órdenes.

En cuanto a órdenes —¡claro que las da!—  generalmente no suele trasmitirlas de manera vertical e impositiva, lo cual me ha hecho pensar en un despliegue de sensatez. No sé si heredada de sus ancestros, aprendida en las tantas escuelas que ha cursado como cuadro de dirección, o procedente de la lectura específica de Baltasar Gracián, un escritor y filósofo español del Siglo de Oro, autor del fascinante «Oráculo manual y arte de prudencia», que a estas alturas cabría preguntarse si resultan del todo prácticas en un dirigente —no del siglo XVII— sino de nuestro tiempo.

Pero no pienso que nuestro Gran Jefe «Chino» se proponga deliberadamente determinados «recursos ejecutivos», pues, en honor a la verdad, ha demostrado saber interpretar la prudencia con cierta amplitud, es decir, con su dosis de imprudencia. En otras palabras: con contención y cautela, evitando riesgos y excesos, sin renunciar por ello a la audacia. Muy a su manera, porque en definitiva —como apuntaba el propio Gracián— «el estilo es el hombre».

Bueno, la cuestión es que este Gran Jefe «Chino» y yo acarreamos 38 años juntos —y a veces revueltos— por lo que en ocasiones hemos cruzado balas y flechas, sin mayores consecuencias para él, que ha sabido contener su Tomahawk;  aunque con aceleración cardíaca total en mi caso. En resumen. Él es la contención; yo, el arrebato. Él, la sujeción; yo, la contienda. El Dragón (Aries) y yo Conejo  (Sagitario), signos tangentes en la Carta Astral, según los entendidos ¿Los dos juntos? Una mixtura de periodistas consumados y a prueba del tiempo, una estirpe de galgos «rabimochos y largos» prácticamente endémicos. Pero ahí los dos: «¡A Dios rogando y con el mazo dando».

Por eso llevamos tanto tiempo sin tiempo para los resquemores, que tanto daño hacen a la salud espiritual, tratando de sobrellevar las diferencias, los «duelos verbales» y otras «interferencias» filiales, normales y paranormales en personalidades y filosofías polarizadas, pero sin dudas atemperadas en el diario bregar y al calor de ideales comunes y sueños muy parecidos, compartidos en la misma trinchera, cavada para la protección y no para catacumba.

Entonces,  Gran Jefe «Chino», dada la equivalencia de hojas que el calendario ha dejado caer sobre nuestras ya encanecidas testas — que yo redimo con el tinte y el café; y tú, con pura coloración cromosomática y pescado —, vivamos presuntuosos de la los grises. Por las tantísimas mañanas, tardes, noches madrugadas, horas, minutos y segundos compartidos en décadas de agotador diarismo, cuando primaba lo contingente y había que ser mago (a) para reportar hasta 100 informaciones y media docena de de reportajes, artículos y entrevistas. 

He escrito con honestidad y placer. Por todo lo anterior y porque en realidad mi Gran Jefe «Chino» solo recesa como conductor de «programa».  Porque lo asumo como un mero cambio de cabina real para otra en el ciberespacio, y sin abandonar la «señal» impresa; como una sucesión natural, escalonada y sin traumas, que le permitirá continuar trabajando más sosegado, disfrutando todavía más de ese «periocibernético» que lleva dentro, a contrapelo de tendinitis, dolores cervicales, neuritis intercostales  y otros padecimientos propios del «atornillamiento» glúteo ante el ordenador. 

Ya voy llegando a la hora de trasladarle a Félix Arturo Chang León, nuestro director desde 1996, los «adioses oficiales», y por lo tanto de esta sui genéris crónica, misión que asumo por primera vez en vida del «cronicado», y que acepté gustosa y a título personal, consciente del reto que implicaba esquivar lo apologético. Creo que me «salvó» la riqueza del personaje, del abultado expediente de un hombre trabajador, incansable, servicial, humilde, revolucionario, inteligente y listo. ¿Errores? Son muy comunes, muchas personas los han sufrido. Y como Gran Jefe Indio, el hasta hoy mi Gran Jefe «Chino» los ha asumido, conocedor de que el triunfo del verdadero hombre surge de las cenizas del error. Y ello es propio de gente con voluntad y fortaleza de corazón.